1968: TAL Y COMO LO RECUERDO


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En 1968 estudiaba en el Preuniversitario Militar Héroes de Yaguajay, un centro de enseñanza en que se había reunido una buena parte de los muchachos rebeldes de La Habana, para fundir en cuatro años el Servicio Militar Obligatorio (SMO) y los estudios de segunda enseñanza superior hasta el grado 13 —un plan que después no continuó—, y yo había llegado allí desde Pinar del Río para evitar ir al SMO sin estudiar. Las hermosas casas del Biltmore eran nuestros “albergues” ─que un sargento quería convertir en “barracas” para “controlar mejor el personal”─  y las calles de aquel lujoso reparto donde rodaban Cadillacs, se encontraron en esos momentos abarrotadas de katiuskas rusas, “cuatro bocas” checas de 12,7 mm y chinas de 35 mm, morteros de varios calibres, cañones de 85 y 100 mm y los llamados K-30, unas piezas de artillería de dos cañones.

Todavía quedaban residentes antiguos por allí, que medio espantados nos veían como una plaga. El Biltmore se había poblado de jóvenes que nos entrenábamos con piezas de artillería y estudiábamos en una escuela que había pertenecido a la más rica clase cubana: nos íbamos a graduar de bachilleres artilleros. Estábamos allí desde 1965 y los jefes eran militares que habían capturado al último bandido en las montañas; muchos habían sido héroes de guerra, pero en su mayoría no tenían nivel cultural ni capacidad docente, y algunos, ni siquiera preparación social para lidiar con nosotros.

El 68, llamado “Año del Guerrillero Heroico” en honor al Che, asesinado en Bolivia el 9 de octubre del año anterior, fue muy intenso culturalmente. En enero se inauguró en el hotel Habana Libre el Congreso Cultural de La Habana, que reunió a casi 500 participantes de más de 70 países  y unos 100 periodistas; entre las labores previas al evento, en nuestro centro se conversó mucho sobre los temas que se iban a tratar: la formación integral del ser humano y la responsabilidad de los intelectuales frente a los problemas del mundo, con una mirada latinoamericana y no europea, así como el papel desempeñado por la comunicación y la creación artística, y el trabajo científico y técnico desde las condiciones de América Latina. Al Congreso asistieron intelectuales de casi una docena de tendencias de izquierda y algunos de derecha disfrazados. 

Desde entonces teníamos plena conciencia de que la construcción del socialismo no era un asunto militar, aunque nos impusieran la violencia de la guerra, y ni siquiera solo político, sino eminentemente cultural, pues se comprobó desde entonces que, con la ofensiva conservadora recién comenzada, los ataques se dirigían a la ideología socialista sustentada en la formación de la cultura del Hombre Nuevo, porque sin él no hay socialismo. La derrota de la guerrilla del Che era el inicio de una batalla contra los símbolos; uno de sus primeros ejemplos fue cuando la foto de Korda se convirtió en ícono de las protestas juveniles en cualquier sitio del mundo y los tanques pensantes de la ideología capitalista asumieron esa imagen hasta saturarla y convertirla en una mercancía todavía usada hasta por nosotros mismos. Cuando leímos el Diario del Che en Bolivia, distribuido hacia el mes de julio, nos dimos cuenta de que esta derrota militar debía alertarnos sobre el impostergable rumbo de la construcción de la cultura crítica socialista; como había querido el Che, la sociedad cubana tenía que convertirse en una gran escuela.

Pero no se podían abandonar las armas. Los ataques militares a la Revolución continuaban: ese año estalló una bomba en la administración de correos de La Habana donde se encontraba una valija procedente de Estados Unidos y posteriormente se suspendieron esos envíos; un avión cubano que se dedicaba a transportar juguetes para nuestros niños fue objeto de un atentado; desde una lancha rápida fue atacado el central Emilio Córdova en Sagua la Grande; se intentó secuestrar la motonave 26 de Julio que se dirigía a Canadá; la tenería Patricio Lumumba de Caibarién fue incendiada; otro sabotaje se produjo en la planta de productos químicos Cubanitro de Matanzas; una bomba estalló en la misión cubana ante la ONU y hubo un atentado terrorista contra el Consulado General de Cuba en Canadá; contrarrevolucionarios incendiaron un depósito de abonos químicos en Madruga; cayó prisionero un agente de la CIA que introdujo un virus en nuestros cafetales; fue reducido a cenizas el almacén provincial de productos alimenticios en Camagüey; se capturó una red de espionaje con equipos para transmitir códigos y claves; desde una embarcación dispararon contra tropas guardafronteras en Boca Real, Pinar del Río; fueron capturados dos marines fuera de la base de Guantánamo; fue secuestrado el atunero Alecrín, de la Flota Cubana de Pesca; se infiltró por la playa El Morrillo en Pinar del Río un grupo contrarrevolucionario que fue capturado… Raro era el día en que no pasaba algo.   

Paralelamente a la defensa, se puso énfasis en el esfuerzo económico. Una vez derrotados los bandidos, presentes en todas las provincias de la Isla, el desarrollo económico constituía un elemento esencial para la continuidad del proceso revolucionario. Fuimos algunas veces a sembrar café al Cordón de La Habana y se llamaba a filas para integrar la Columna Juvenil del Centenario, junto a constantes movilizaciones a la caña y al tabaco. Se hacían esfuerzos para evitar la dependencia de la Unión Soviética y desarrollar la economía cubana por nuestros propios esfuerzos; los dos frenos que se inauguraron en aquella década aún persisten: el implacable bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por el gobierno de Estados Unidos, que incluía acciones en terceros países, y la incapacidad para desarrollar económicamente el país en condiciones de ese bloqueo y sin ningún tipo de subsidio, algo sumamente difícil pero creo que no imposible.

Se celebraban el centenario del inicio de nuestras luchas patrióticas y se desgastó la propaganda a tal punto que se acuñó un lema callejero que todavía se recuerda: “No cojas lucha, que son 100 años…”. Se vieron las mejores películas del cine cubano: Memorias del subdesarrollo de Tomás Gutiérrez Alea y Lucía de Humberto Solás. Creo que vi la primera en ese mismo año, en las vacaciones de agosto, y en mi propia familia reconocí a algunos parientes de Sergio, cuando fueron a despedirse de mí definitivamente —de 8 hermanos, mi padre fue el único que decidió permanecer en su país. En las otras vacaciones, las de diciembre, un amigo en Pinar del Río me prestó un libro de poemas de un coterráneo: Fuera de juego, de Heberto Padilla, Premio de Poesía Julián del Casal de la UNEAC ese año; el texto, extrañamente, estaba precedido por una “Declaración de la UNEAC”, de un Comité Director de la institución; también se añadía una copia del acta del jurado, firmada por José Z. Tallet, César Calvo, Manuel Díaz Martínez y José Lezama Lima, y el voto por escrito de J. M. Cohen: “Este libro habría ganado un premio en cualquier país del mundo occidental”; además, un “Voto razonado de los jurados entregado por Díaz Martínez”, con la firma de todos. El libro me pareció muy bueno, pero evidentemente se presentó de una manera absurda: la Uneac publicaba un libro pero no estaba de acuerdo en publicarlo. Era todo muy raro. 

La situación internacional andaba muy complicada. Por los círculos de estudio que se realizaban en la Unidad Militar o por la televisión, me enteraba de las sonadas protestas contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos, que se habían unido al reclamo por los derechos civiles de los negros: una verdadera bomba social. Los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy nos dejaron boquiabiertos, y comprendimos hasta dónde podía llegar el nuevo fascismo norteamericano. Percibí la gravedad del Mayo francés, de la matanza de la plaza de Tlatelolco en México y de algunos movimientos en España de oposición al franquismo, porque además de escuchar por onda corta la música que me gustaba, también entraban estas estremecedoras noticias sin la parquedad con que se trataban aquí esos sucesos, cuando se referían a países cuyos gobiernos mantenían una relación si no cordial, al menos no agresiva con la Isla. Increíblemente, y a pesar de mi conocido antimilitarismo, después de largas discusiones entre amigos simpaticé con dos golpes de Estado en América Latina: el de Juan Velasco Alvarado en Perú y el de Omar Torrijos en Panamá.

El auge de grupos pacifistas, feministas y homosexuales, junto a movimientos culturales como el beatnik, hippie, happening, pop-art, psicodelia... los conocía por revistas que circulaban de mano en mano bajo el enigma de su origen: a veces por un funcionario, padre de algún amigo, que viajaba al exterior, y otras, por el misterio que nos acompañaba y nos informaba, mal o bien, pero al menos nos enterábamos de lo factual o fáctico. Por esas mismas vías nos llegaban libros sobre ideologías anarquistas, trotskistas, maoístas… a veces muy mal vistos aquí por considerarse “penetración cultural” y “desviaciones ideológicas”. De la lectura de aquellos textos salieron lemas como “la imaginación, al poder”, “prohibido prohibir”, “seamos realistas, pidamos lo imposible”, “haz lo que quieras, aquí y ahora”, “no te fíes de alguien que tenga más de 30 años”, “si no formas parte de la solución, formas parte del problema”…

Lo más prohibido en aquellos momentos fueron las imágenes y la música; sin embargo, mis amigos y yo nos arreglábamos para mantenernos al día. La radio de onda corta la escuchaba escondido en una caseta donde antes estaba el motor de la piscina de una de esas casas que nos servían de albergue, un sitio privilegiado de recepción y escondite adoptado después de varias pruebas. La televisión de Estados Unidos la veía en algunos días despejados por antenas ideadas por amigos mayores, instaladas en la azotea de apartamentos altos en casas muy cercas del Malecón, cuando me escapaba de la Unidad Militar; por esta vía disfruté una vez del famoso show de Ed Sullivan, presentador de un programa con lo último que se escuchaba en la música de Estados Unidos. No podía creer que los integrantes de Creedence eran blancos y que los Bee Gees eran solamente tres.

Recuerdo que Hey Jude, de Los Beatles, se convirtió en la canción más larga de la historia hasta entonces y que permaneció más tiempo en el número uno de los Estados Unidos; aquí la radiaban en el programa Nocturno, mezclada con las pésimas versiones de canciones en inglés del diarreico Roberto Jordán. Para ese año se escuchaban menos los Rolling Stones por la radio cubana, después de su disco Sus majestades satánicas reclaman, quizás porque Mick Jagger, Keith Richards y Brian Jones fueran arrestados por presunta posesión de drogas; sin embargo, casi todos los días el grupo que se reunía alrededor de la radio en la caseta de la piscina los escuchábamos por la WQ. El espectacular guitarrista Jimmy Page y la estremecedora voz de Robert Plant fundaban Led Zeppelin, y por otras emisoras de onda corta, que en las noches claras se escuchaba sin mucha interferencia, nos enteramos de que había nacido un nuevo tipo de rock. La enorme grabadora de cinta de un amigo reproducía estas canciones que estratégicamente se mezclaban con las de Los Fórmula V.

Las conquistas espaciales de la URSS eran noticia de primera plana en los periódicos y revistas cubanos, pero apenas se mencionaban los logros de Estados Unidos en ese terreno; mis amigos y yo nos informábamos de que el Apolo 8 de ese año fue la primera misión tripulada en salir de la Tierra, orbitar la Luna y regresar a nuestro planeta, el primer ensayo para que al año siguiente un astronauta pisara nuestro único satélite natural, pues ensayos como estos fueron la preparación para la misión exitosa del Apolo 11, paradójicamente puesta en dudas hoy por no pocos estadounidenses.

Tres acontecimientos nacionales se dieron a conocer en 1968 e impactaron de diferentes maneras a la opinión pública nacional: la conspiración de la microfracción que involucró a algunos militantes desde las más altas estructuras del Partido Comunista de Cuba, unidos alrededor de la figura de Aníbal Escalante; la llamada “Ofensiva Revolucionaria”, que estatalizó todos los negocios privados, incluida la venta de perejil; y la reacción ante la intervención de Praga, Checoeslovaquia, por las tropas del Pacto de Varsovia ─sin la participación de Rumanía y Albania─, cuya mayoría visible de efectivos pertenecían a la URSS del entonces vital Leonid Brézhnev. Aunque aparentemente estos hechos no tengan relación, marcaron un reacomodo estratégico en las relaciones entre Cuba y la Unión Soviética. De estos tres sucesos, mucho ya se ha publicado desde diferentes puntos de vista, solo trataré de rememorar mi visión personal de entonces.              

El juicio de la Microfracción comenzó en enero y los comunistas cubanos, abiertamente estalinistas, que conspiraron, creían que Fidel era el Kerenski de la Revolución de Febrero rusa y que Aníbal Escalante era el Lenin de la Revolución de Octubre, la que conducía al “verdadero” socialismo; tal era el mimetismo dogmático de esta época en algunos ideólogos partidistas, que consideraban a Carlos Manuel de Céspedes un terrateniente burgués más —reivindicado por Fidel en octubre de 1968 en su histórico discurso en conmemoración del centenario del alzamiento en Demajagua—: no podían aquellos miopes realizar un análisis objetivo de la historia de Cuba, partiendo del “equilibrio de los elementos naturales del país”, como había solicitado José Martí, y logré intuir que teníamos un enemigo interno, en algunos casos confundido, hasta a veces con buenas intenciones, y, para ser justos, sin identificarse con el imperialismo norteamericano y sus subproductos.

Unos años después de 1968 casi todos hemos comprendido que la “Ofensiva Revolucionaria” fue una ruta equivocada, pero con el idealismo de 18 años, no poseía madurez ni visión política para entenderlo, y por ello quizás ridiculizamos a los “timbiriches” y a los pequeños negocios privados en una obra que contribuí a escribir y a actuar con el grupo de teatro de creación colectiva del preuniversitario; después la representamos en festivales, y, si mal no recuerdo, hasta ganamos un premio. Si bien existieron casos dramáticos de propietarios que trabajaron toda su vida para lograr un pequeño negocio y se ahorcaron cuando llegó su confiscación, también otros habían abusado de las penurias de la gente y acaparaban y especulaban con los productos necesitados por la población: en realidad, no sabíamos realmente de lo que nos estábamos burlando. Cuando después comprendí la complejidad de este tema, comencé a llamarme, hasta hoy, “el hombre de las equivocaciones”.

Casi finalizando las vacaciones de agosto, el día 20, se produjo la invasión a Praga, con cientos de miles de efectivos y miles de tanques. La represión se dirigía a combatir lo que los checoeslovacos habían propuesto como “socialismo de rostro humano”, bajo el liderazgo de Alexander Dubček. Con el lentísimo proceso de “desestalinización” de la URSS iniciado por Nikita Jrushchov, a quien demovieron en 1964, todavía no se habían reivindicado las víctimas de Stalin, como los condenados de la purga de Praga. Los estudiantes y jóvenes repelieron la invasión y las imágenes que pude ver mucho después fueron impresionantes. El “apoyo crítico” de Cuba, debido al avance del liberalismo, un tema de alta política, me sirvió para comprender la complejidad de esta ciencia política. El año 1968 fue decisivo en mi formación y creo que posiblemente en la de muchos cubanos, y merece ser estudiado con mayor detenimiento. En aquellos momentos me di cuenta de que todo lo aprendido debía someterse a un riguroso análisis crítico, y desde entonces, trato de que todo lo acontecido pase por ese filtro, sin que las apariencias me cieguen, aunque la pasión suela jugarme alguna mala pasada.


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