Antonio Maceo: de su heroísmo y sindéresis


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Porque a veces parece como si no se le conociera bien, sigue haciendo falta mayores aportaciones sobre los méritos militares de Antonio Maceo Grajales, a quien, tanto por su temeridad como por sus sonados éxitos como táctico y estratega, no ya los más grandes combatientes independentistas de la Isla y expertos foráneos en asuntos de guerra, sino los más sobresalientes jefes adversarios, lo han considerado el más infatigable luchador separatista cubano, el jefe de más acciones libradas, el de mayor palmarés en las campañas mambisas, y –discutible o no– el más grande general de todo el Ejército Libertador.

Porque, en ocasiones, se enfoca su vida como la de un hombre romo y testarudo, privado de su colosal apostolado moral, resulta exigencia urgente hablar de su notable cultura –no académica, pero sí vasta y útil–; así como también, de la armonía de sus ideas políticas y sociales, de lo tremendamente certero de su pensamiento, la coherencia entre su ideario y su conducta, que revelan la esencia de su arquitectura moral; en fin, para seguir develando así su heroísmo y sindéresis.

Para cumplir con tales propósitos, se podría escribir artículos enjundiosos, que den razones suficientes para demostrar esas otras cualidades del héroe de tantas batallas; pero, también, narrar episodios de su vida, que grafiquen, ilustren la bondad de sus sentimientos, la corrección y cohesión lo mismo de su ideario que de su conducta, tanto como la utilidad nacional de su modo de proceder.

Y, precisamente, en relación con el 169 aniversario de su natalicio*, y sin pretensión de abarcarlo todo, en ambos sentidos, he aquí algunos de esos sucesos que ayudan a retratar de cuerpo entero la talla moral del general Antonio Maceo Grajales...

“¡Con los machetes, basta, General!”

Amanecía, y una nueva jornada estaba abriendo las puertas al Ejército Invasor, ya en los predios de la provincia matancera. Era el 15 de diciembre de 1895, y como a las 10 de la mañana, las fuerzas cubanas, encabezadas por el General en Jefe, Máximo Gómez, y el Lugarteniente, Antonio Maceo, hicieron alto cerca de la localidad de Barajagua.

Al contingente, casi todo de caballería, le acompañaba un reducido grupo de infantería, mandado por los hermanos Vidal y Juan Eligio Ducasse Revé.

Los dos altos jefes cubanos estaban persuadidos de que para seguir avanzando hacia occidente resultaría inevitable un choque con el enemigo, ante el cual se les presentaba un inconveniente: el cómputo de municiones sólo daba a razón de dos balas por componente, lo que hizo que el general Gómez lo comentase con el general Maceo.

– General Maceo –le dijo Gómez-, hay un gran inconveniente, pues tenemos dos cápsulas por fusil.

Por toda respuesta –y tal vez sabiendo que era lo que, en realidad, el General en Jefe quería oír-, Maceo le dijo:

– ¡Con los machetes, basta, General!

– ¡Bien! –abundó Gómez-, al avistar al enemigo: un tiro y... al machete.

De esa valentía así hablaron estos jefes españoles:

General Arsenio Martínez Campos, en carta íntima, del 18 de marzo de 1878, al presidente del Consejo de Ministros de España, Antonio Cánovas del Castillo, calificó al general Maceo como hombre de “mucho valor y mucho prestigio y que bajo su ruda corteza esconde un talento natural [...]”.

Neuville: “Todos los generales cubanos eran buenos [...]”; señaló, asimismo, que los generales como Máximo Gómez se daban siempre, [...] donde quiera que había ejército, pero que Maceo era único, porque mientras los demás peleaban, u ordenaban pelear, Maceo metía el pecho de su caballo entre las filas españolas, obligándoles a pelear.

Rafael Primo de Rivera: Corría un día del año 1926, y en la Universidad de Madrid dictaba una conferencia el señor Ruiz de Lugo Viña, delegado municipal, en cuyas palabras mencionó al general Maceo [Antonio Maceo Grajales], pero así, a seca, sin siquiera molestarse para decir de quién se trataba.

Primo de Rivera, quien estaba allí entre los presentes, interrumpió al disertante, y le dijo: “Yo, general del ejército español, hijo de generales, sobrino de generales, tengo a mucha honradez haber sido herido en combate frente a Antonio Maceo, el más grande de los generales españoles nacido en Cuba.”

General Valeriano Weyler, en declaración a la prensa, tras la muerte de Maceo: “[...] era el más peligroso de todos los jefes insurrectos cubanos; incluso más que Máximo Gómez [...]”. También, años después al general mambí Rafael Montalvo: “[...] él ha sido el más grande general que ha dado Cuba en su lucha por la independencia”.

* * *

De su sentido de lealtad y de moralidad, hablan estas anécdotas:

“Eso sería [...] contrario, a todas luces, al interés cubano.”

Es más: después de la Junta de Bijarú (31 de mayo de 1895) y previo a salir para la zona camagüeyana de Jimaguayú, los representantes de la comisión oriental de delegados a la Asamblea Constituyente -fijada para septiembre de ese propio año-, se reunieron con el general Maceo en Camazán (localidad de Holguín) y le plantearon la idea unánime de ellos –“recogiendo el sentir de las tropas”, dijeron- de proponerlo a él (a Maceo), durante la constitución oficial de la República de Cuba en Armas, para el puesto de General en Jefe del Ejército Libertador, y a Gómez, como Secretario de la Guerra, en el gabinete que allí resultase formado.

Visiblemente contrariado, en vez de halagado, con voz firme, pero sin levantar mucho el tono, el general Maceo les dijo:

– Sería presentarme como un ambicioso, y eso sería contrario, a todas luces, al interés cubano. El general Gómez -continuó el jefe cubano- ha sido maestro de todos nosotros, y no aceptaría un puesto inferior a sus merecimientos. Su separación de la línea de combate perjudicaría grandemente a nuestra causa. En el puesto que él, muy merecidamente ocupa, Cuba nos tiene a los dos [...]. Además, yo, como cubano, estoy obligado a pelear por la patria en cualquier puesto que se me señale; Gómez, como extranjero, no...

Y así, prohibió terminantemente a los representantes de Oriente llevar esa proposición.

Nació entonces, a iniciativa de esos propios delegados orientales, el puesto de Lugarteniente General del Ejército Libertador de Cuba. Concebido como una distinción suprema al hombre negro y humilde que se había erigido en mayor general de las fuerzas independentistas, y convertido en líder de los cubanos separatistas en Baraguá (15 de marzo de 1878); al intransigente luchador por la independencia del país, la abolición de la esclavitud y la libertad de su pueblo; al eterno conspirador contra el dominio colonial español sobre su patria, salvador de la Revolución del 95, con su llegada a Cuba y sus primeras acciones bélicas; al Héroe de Jobito, Peralejo y Sao del Indio. En fin, un reconocimiento extraordinario, con un cargo establecido sólo para él.

Cualquier humano hubiese aceptado el cumplido, dando muestra de alborozado agradecimiento. Maceo, no. Y en vez de satisfacer tal reclamo de la vanidad, escribió estas inmortales y poco conocidas líneas:

“La República es la realización de las grandes ideas que consagran la libertad, la fraternidad y la igualdad de los hombres: la igualdad ante todo, esa preciada garantía que, nivelando los derechos y deberes de los ciudadanos derogó el privilegio de que gozaban los opresores a título de herencia y elevó al Olimpo de la inmortalidad histórica a los hijos humildes del pueblo, a aquellos que, cultivando el espíritu con las luces que da la educación, fundaron la útil e indiscutible aristocracia del talento, de la ciencia y la virtud.

“Fundemos la República sobre la base inconmovible de la igualdad ante la ley. Yo deseo vivamente que ningún derecho o deber, título, empleo o grado alguno exista en la República de Cuba como propiedad exclusiva de un hombre, creada especialmente para él e inaccesible por consiguiente, a la totalidad de los cubanos. Si lo contrario fuese decretado en nombre de la República, semejante proceder sería la negación de la República por la que hemos venido combatiendo y nos arrebataría el derecho con que Cuba enarboló la bandera de la guerra por la justicia, el 10 de octubre de 1868 [...].”

Impuestos los delegados del contenido de esta carta, en vez de desaliento, un gran sentimiento se apoderó de ellos: mezcla de admiración por este hombre tan claro y recto, y de mayor fe en la victoria de la causa en la que todos comulgaban.

* * *

“Sólo iré ante el Gobierno a darle machete [...]”

A fines de 1896, las tensiones entre el General en Jefe y el Consejo de Gobierno habían llegado a un grado muy alto. Muchos, resentidos con el endemoniado carácter del general Gómez, aspiraban a que el general Antonio Maceo le sustituyese, o –en no pocos casos- a que tomara la presidencia de la República de Cuba en Armas y, junto con ella, la jefatura del ejército insurrecto.

En representación de tal corriente, el general Eusebio Hernández –ex amigo íntimo de Gómez–, le escribió a Maceo pidiéndole que fuera ante el Ejecutivo y destituyera tanto al General en Jefe como al Consejo de Gobierno, y asumiera ambos mandos.

Más que halagar su vanidad, la proposición causó indignación en Maceo; de eso hablaba con sus ayudantes y con su jefe de Estado Mayor, Miró, a quien en cierta ocasión comentó:

– ¡Sólo iré al Gobierno a darle machete, si un día entrara en componenda con los españoles!

 

* Tomado del Blog Cuba y su Historia / Libro inédito Anecdotario de héroes de Joel Mourlot. Publicado el 14 de junio de 2014.


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