Con José Martí: una sugerencia para la prensa cubana


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En lo que sigue no se hablará en general del quehacer periodístico de José Martí. Apenas se trata básicamente, de modo somero, la sugerencia que sigue vigente en uno de los propósitos que él animó en Patria, rotativo concebido por él en función de la obra emancipadora para la cual también creó el Partido Revolucionario Cubano.

La organización política y el periódico se han estudiado ampliamente, aunque siempre habrá zonas de ellos en que profundizar, y no deba cesar la divulgación que una y otro merecen. En lo que respecta particularmente a Patria, su aparición el 14 de marzo de 1892 —menos de un mes antes de proclamarse el 10 de abril de ese año el Partido, al que sirvió como vocero no oficial— ha dado lugar al Día de la Prensa Cubana. La celebración de esa efeméride estimula este comentario sobre el propósito antes aludido.

En 1894 —también en marzo, por lo que da pie asimismo a una recordación especial, pero el 24 de ese mes— publicó Martí en Patria “La verdad sobre los Estados Unidos”, artículo que no terminaba en sí mismo: fue parte de las continuas advertencias del autor sobre lo que esa nación significaba para nuestra América en general y para Cuba en particular, y sirvió de anuncio de una sección que el periódico iniciaba.

Como todo lo creado por Martí, el artículo tenía médula, al igual que la sección, aunque esta sería esporádica por su propia naturaleza, y de duración relativamente escasa. El fundador y alma de Patria murió poco más de un año después de iniciarla, y la publicación no tenía ni frecuencia ni espacio para mucho más en medio de sus estrecheces económicas, y de tanta actividad desplegada por quienes la hacían realidad, empezando por el propio Martí, tras cuya muerte el periódico y el Partido no mantuvieron el rumbo con que él los concibió y orientó.

Titulada “Apuntes sobre los Estados Unidos”, la sección estaba destinada a ofrecerle al público, “estrictamente traducidos de los primeros diarios del [mencionado] país, y sin comentario ni mudanza de la redacción”, “aquellos sucesos por donde se revelen, no el crimen o la falta accidental—y en todos los pueblos posibles—en que solo el espíritu mezquino halla cebo y contento”. Martí, hecho a ver en lo hondo, se proponía favorecer el conocimiento de “aquellas calidades de constitución que, por su constancia y autoridad, demuestran las dos verdades útiles a nuestra América:—el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos—y la existencia, en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos”.

Lo que tenía Martí en mente era todo un programa. Sabía que la guerra de liberación nacional que él preparaba para Cuba con alcance continental y aun planetario, y que estallaría menos de un año después de circular “La verdad sobre los Estados Unidos”, tenía muy graves escollos que vencer. Debía librarse no ya solo contra el ejército español, sino contra las pretensiones de la emergente potencia que él, el día antes de caer en combate, llamó “Norte revuelto y brutal” que despreciaba a los pueblos de nuestra América.

Tempranamente vio el revolucionario fundador un peligro sobre el cual se pronunció reiteradamente: el embeleso que algunos hijos e hijas de nuestros pueblos sentían por aquella nación donde —como afirmó en su discurso del 19 de diciembre de 1889, conocido con el título de “Madre América”— había triunfado, con una independencia que no erradicó la esclavitud en su territorio, una “libertad señorial y sectaria, de puño de encaje y de dosel de terciopelo, más de la localidad que de la humanidad, una libertad que bambolea, egoísta e injusta, sobre los hombros de una raza esclava”.

Para cambiar a fondo semejante realidad no bastó que antes de transcurrir un siglo los esclavos echaran “en tierra las andas de una sacudida, y surgiera, “con un hacha en la mano, el leñador de ojos piadosos”, Abraham Lincoln: “por entre los cimientos desencajados en la estupenda convulsión se pasea, codiciosa y soberbia, la victoria; reaparecen, acentuados por la guerra, los factores que constituyeron la nación”.

Martí señala que, “junto al cadáver del caballero, muerto sobre sus esclavos, luchan por el predominio en la república, y en el universo, el peregrino que no consentía señor sobre él, ni criado bajo él, ni más conquistas que la que hace el grano en la tierra y el amor en los corazones,—y el aventurero sagaz y rapante, hecho a adquirir y adelantar en la selva, sin más ley que su deseo, ni más límite que el de su brazo, compañero solitario y temible del leopardo y el águila”.

Tal fue la república que, forjada con la Guerra de Secesión, se confirmó opresora y voraz. El discurso no era una pieza aislada: formaba parte de la campaña del autor contra las maniobras que los Estados Unidos reforzaron entre 1889 y 1891, período en que auspiciaron el Congreso Internacional de Washington, enfilado a imponer con bases institucionales el panamericanismo imperialista, y la Conferencia Monetaria Internacional, por medio de la cual ya entonces la nación anfitriona buscaba el predominio continental, y mundial por ese camino, del dólar. Intensa fue la conocida labor de Martí para contribuir a que tales peligros fueran conjurados.

“Madre América” muestra que el orador conocía la presencia, en el público, no solo de lúcidos latinoamericanistas, como Roque Sáenz Peña, quien, representante de Argentina en el Congreso, refutó en ese foro la engañosa consigna de “América para los americanos”. Acuñada en la doctrina Monroe, tal es la declaración de voracidad que ha retomado con explícita desfachatez la actual administración estadounidense. También había en la velada donde Martí pronunció el discurso políticos fascinados con los avances materiales y de organización que los Estados Unidos exhibían.

Entre las varias y enérgicas crónicas en que Martí denunció las estratagemas estadounidenses figura aquella, fechada 4 de octubre de 1889, en la cual citó, para que tuviera mayor verosimilitud que dicha por un precoz antimperialista como él, lo sustentado por un diario representativo del imperio, The New York Herald: “Es un tanto curiosa la idea de echar a andar en ferrocarril, para que vean cómo machacamos el hierro y hacemos zapatos, a veintisiete diplomáticos, y hombres de marca, de países donde no se acaba de nacer”.

Con tal desprecio se refería la arrogante publicación a los delegados hispanoamericanos que participaban en el Congreso, y al tren palacio usado por el país sede como recurso de la campaña cultural desplegada para dominar a nuestra América y al mundo entero. Los organizadores del foro invitaron a dichos delegados, so pretexto de protocolo, a pasear en ese tren, que estaba pensado para deslumbrarlos con los avances tecnológicos y económicos del país.

En esos hechos, y en muchos más, se piensa al leer el artículo que desde el inicio refuerza el título que Martí le dio: “Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el prurito de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas, o pregonarlas como virtudes”. Y añade lo que debe tomarse como alusión al racismo dominante en un país donde la tardía abolición de la esclavitud no borró ni de lejos la discriminación racial. Lo muestran sucesos que siguen ocurriendo hoy, como el linchamiento de personas de piel “negra” y la persistencia de otras realidades, entre ellas el Ku Klux Klan y los denominados supremacistas blancos, a los que responde la criminal asociación.

Quien ya en “Nuestra América”, ensayo publicado en enero de 1891 en Nueva York y en México, había negado —adelantándose en un siglo al descubrimiento del mapa del genoma humano— la existencia de razas en la humanidad, en el texto de 1894 sostuvo: “No hay razas: no hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y forma que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima e historia en que viva”.

Negar esa realidad, añade, es propio de “hombres de prólogo y superficie”, seres “que no hayan hundido los brazos en las entrañas humanas, que no vean desde la altura imparcial hervir en igual horno las naciones, que en el huevo y tejido de todas ellas no hallen el mismo permanente duelo del desinterés constructor y el odio inicuo”. Así son quienes se dan al “entretenimiento de hallar variedad sustancial entre el egoísta sajón y el egoísta latino, el sajón generoso o el latino generoso, el latino burómano o el burómano sajón: de virtudes y defectos son capaces por igual latinos y sajones”. Y él sabía que la acusación de inferioridad no la azuzaban precisamente latinos contra sajones, sino a la inversa.

Sería tentador espigar en el texto de Patria las que vale tomar como rememoraciones de la “Vindicación de Cuba” con que en 1889 Martí había refutado insultos lanzados contra Cuba en órganos de prensa estadounidenses. Pero no hay espacio para ello en el presente artículo, que apenas trata de sugerir que la prensa cubana acoja más sistemática y asiduamente el propósito con que Martí planeó la sección “Apuntes sobre los Estados Unidos”, y tenga en cuenta para hacerlo las características con que él la concibió.

Para combatir el imperialismo no es necesario priorizar solamente escritos cubanos sobre la realidad de aquella agresiva nación, representada hoy por un césar que muestra con particular desfachatez la naturaleza de un imperio criminal y en decadencia. La eficacia de la prensa cubana en la denuncia de tal realidad —y de las modificaciones con que esta se agrave o pretenda edulcorarse a sí misma en el futuro— se fortalecería también con textos de ciudadanos estadounidenses que denuncien monstruosidades que, hacia dentro y hacia el exterior, siguen dándose crecientemente en la más poderosa potencia imperialista del mundo.

Tampoco habría que limitarse a textos calzados por firmas estadounidenses ya familiares para el público cubano, y con los cuales se esté siempre de acuerdo. Sería acertado multiplicar las firmas y diversificar enfoques. Tal vez las dosis de discrepancia observables hasta sirvan para subrayar, desde lo heterogéneo, la índole de una realidad dominada por la voracidad imperial, que genera y generará cada vez más aberraciones. Para hallar esos textos dispone Cuba de profesionales capacitados, y de los servicios de internet, y cabe asegurar que no le faltaría la colaboración de personas de los propios Estados Unidos, e incluso de otros países.

La labor sugerida, que reforzaría el trabajo de la prensa sobre el tema, podrían asumirla publicaciones relevantes sin renunciar a sus respectivos perfiles editoriales. Y en las actuales circunstancias, marcadas por una más abarcadora y recia guerra cultural por parte de los Estados Unidos para imponer su modo de vida en función de su voracidad planetaria, se prolongaría el cumplimiento del afán con que Martí pensó una sección cuyo título no es necesario reproducir para retomar su tarea: sea cual sea el nombre que se use, lo más importante es “ayudar al conocimiento de la realidad política de América, y acompañar o corregir, con la fuerza serena del hecho, el encomio inconsulto,—y, en lo excesivo, pernicioso—de la vida política y el carácter norteamericanos”, como expresó Martí en “La verdad sobre los Estados Unidos”.

Al igual que otros textos, en ese refutó distintas expresiones de la moda de la yanquimanía. Ninguna de ellas le mereció tanto rechazo como la que caracterizaba a aquellos para quienes “la moda es el desdén, y más, de lo nativo; y no les parece que haya elegancia mayor que la de beberle al extranjero los pantalones y las ideas, e ir por el mundo erguidos, como el faldero acariciado el pompón de la cola”.


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