Ediciones El Lugareño: Escenas Cotidianas, de Gaspar Betancourt Cisneros


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Portada del libro Escenas Cotidianas del Lugareño.

Como indicamos en otra ocasión, entre el 2016 y 2017, Ediciones El Lugareño, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey, publicó en su Colección Esencias, cuatros textos de la historiografía camagüeyana sin los cuales no es posible entender el devenir de La Ciudad de las Iglesias en el área declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad en el 2008: Historia de Puerto Príncipe, de Tomás Pio Betancourt; Escenas Cotidianas, de Gaspar Betancourt Cisneros; Colección de datos históricos-geográficos y estadísticos de Puerto del Príncipe y su jurisdicción, de Juan Torres Lasqueti y Apuntes de Camagüey, de Jorge Juárez Cano.

Las Escenas Cotidianas de Gaspar Betancourt Cisneros fueron publicadas por primera vez en la Gaceta de Puerto Príncipe entre el 16 de junio de 1838 y el 2 de junio de 1840, un conjunto de 26 artículos de costumbres imprescindibles para penetrar en las raíces culturales de la ciudad de Camagüey y su región, máxime si desde las ciencias sociales se les aproxima el investigador pertrechado de técnicas interpretativas y un una eficaz labor contextualizadora tanto de la vida del autor como de las escenas literariamente recreadas. En 1950, por la resolución firme del doctor Raúl Roa, entonces Director de Cultura del Ministerio de Educación, fueron agrupadas en un libro como parte de la colección Clásicos Cubanos, con prólogo de Federico de Córdova. Esta edición, de 1950, sirvió de base a la de Ediciones El Lugareño (2017), que contó con el prólogo de la doctora María Antonia Borroto Trujillo, investigadora que penetra incisivamente en la manifiesta eticidad del articulista para con su tiempo.

Pancarta que narra la obra de El Lugareño. Museo Provincial Ignacio Agramonte.

No es posible evaluar con justicia la obra de Gaspar Betancourt sin los apuntes que subraya Federico de Córdova. Su vida transcurrió entre el 29 de abril de 1803 y el 7 de diciembre de 1866. Dentro de su formación se inscriben las lecciones de Filosofía que recibiera de José Antonio Saco, explicadas a partir de la recién publicada obra de Félix Varela y las de Manuel Vidaurre en el tema del Derecho. Luego de transitar por Europa, entre 1821-1822 parte a Estados Unidos y en Fhiladelphia se gana la vida trabajando en el ramo del comercio, mientras en 1823 embarca desde Nueva York a La Guaira tras una entrevista con Simón Bolívar a favor de la independencia de Cuba. Regresa al Camagüey en 1835, cargado en su peregrinar de principios que declara con las siguientes palabras: “El verdadero patriota no adula a nadie […]. Cuando la verdad está de por medio, cuando los progresos de la Patria se interesan en ella, el Patriota no disimula las mentiras ni dobleces […]. Este es el Patriota […]”.  Patriotismo que el propio Gaspar Betancourt Cisneros confiesa en los siguientes versos:

Yo no tengo más que una amiga, doña Camagüey;

Y una querida, doña Camagüey;

Y una madre, mamá Camagüey;

Y la quiero sabia y virtuosa para mi consuelo;

Y la quiero lindísima para mis placeres;

Y la quiero sana y opulenta para que no se muera de consunción.

 

A diferencia del Alférez Real don Tomás Pio Betancourt Sánchez Pereira en Historia de Puerto Príncipe, Gaspar no se ocupa de la ciudad letrada, en el sentido declarado por Ángel Rama, sino en la ciudad real, en aquella cargada de contradicciones entre ciudad tradicional y ciudad moderna, perspectiva que comparte en el Camagüey con José Ramón Betancourt, (“El Estudiante”), autor de Una feria de la Caridad en 18.... Sus artículos centran la atención en la vida cotidiana y en ese sentido lo revela como un genuino articulista de costumbres, de ahí que Emilio Roig de Leuchsenring aprecie en sus escritos: “bajo aquel tono de ligereza y frivolidad que parece caracterizarles, encierran un fondo de filosofía y sensatez, que se oculta al común de los lectores, no es con todo un secreto para los que tienen una vista más perspicaz”.

Pero no ha de verse en El Lugareño el “don divino”, en su lugar, para evaluarle con objetividad, es preciso reconocerle integrado a las coordenadas de la Ilustración, un movimiento intelectual al que le es inherente el debate, la confrontación y los análisis desde la razón para encontrar solución a problemáticas globales en términos territoriales. Gaspar está inmerso en un tejido de hombres de diferentes formaciones y posturas interrelacionados entre sí tanto en lo teórico como en lo práctico, en una gigantesca red de intelectuales e instituciones que desafía no solo las barreras espaciales sino también de orden político, económico o social, porque su esencia fue, básicamente, cultural.

Existen evidencias de que, en 1833, la Sociedad Patriótica tenía establecido un sistema mediante el cual los intelectuales de otras regiones sostenían una sólida vinculación con los de la isla; tal es el caso de Francisco Martín de Calahorra, escritor colombiano establecido en Madrid, y Dionisio Villanueva y Solís, poeta español, quienes fueron acreditados con el diploma de socios corresponsales de la Real Patriótica de La Habana.

La obra de Gaspar Betancourt Cisneros encuentra cimientos en el terreno literario de los madrileños Mariano José de Larra (1809-1837) y Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882) en tanto, como aquellos, posee marcada influencia de la Ilustración francesa. De Larra, retratista crítico de la sociedad española de su época, pasó su infancia y adolescencia en Burdeos hasta que regresó, afrancesado, en 1818; fundó el periódico El Duende Satírico del Día en 1828 y El Pobrecito Hablador en 1832, títulos en los cuales se reconoce la ironía, propia del costumbrismo, para denunciar la complacencia, la hipocresía, la vacuidad y la corrupción de la sociedad española.

De Mesonero, por su parte, permaneció en Madrid, pero —como El Lugareño— recorrió varias ciudades entre las que se destacaron París y Londres —centros de referencia cultural para enfocar a la ciudad ilustrada—, primero como funcionario e inspector de obras públicas —y por tanto protagonista urbano del Madrid del XIX— y, más tarde, como periodista. Ambos sentían cierta antipatía por el compromiso político, de ahí que encontraran en la prensa un medio alternativo para mostrar su preocupación por la modernización de la ciudad desde la elevación del nivel cultural de sus conciudadanos: la prensa decimonónica, reitero, constituyó el soporte esencial para la difusión de este tema. Con la experiencia de haber publicado el Manual de Madrid (1831) y varios artículos bajo el título “Cartas españolas”, De Mesonero fundó el Seminario Pintoresco Español en 1836, donde describió la vida cotidiana durante los reinados de Fernando VII e Isabel II; sin embargo, la distancia entre este periódico y un definido ambiente político e ideológico, le resta alcance en relación con las “Escenas Cotidianas” del principeño.

No debe pasarse por alto que, De Larra, De Mesonero y Betancourt Cisneros contactaron con un París cuya imagen es fruto de las intervenciones de la Ilustración del XVIII. La formación en el extranjero, al tiempo que desdibujaba los más antiguos patrones culturales, se tornaba mucho más heterodoxa.

En el distanciamiento con su Camagüey, en el diálogo con una región que desborda la insularidad del Caribe, puede estar una nueva formulación del concepto de Patria en Gaspar, esa que desborda la concepción de “patria chica”, manifiesta en los referidos versos e indicada por Varela, para expresarse en “unión en sentimientos, unión en principios, unión en todos los pueblos”. 

 Como cierre, las consideraciones que le ofreciera el Dr. Emilio Roig de Leuchsenring:

Supo causar al patriótico empeño su agudo espíritu de observación del medio en que vivió y de los hombres que le rodearon, y el arma formidable que poseía en su vena irónica, bisturí que hendía en las llagas sociales, no por el malvado placer de ponerlas al descubierto, sino con el noble propósito de curar y aliviar el cuerpo enfermo. Y para hacer más fructífera su labor crítica y reformadora, echaba mano de ese estilo maravilloso —claro, sencillo y ameno— con que le dotó la naturaleza y que le permitía llegar a todas las capas sociales y ser comprendido, al igual que por el hombre culto, por el de escasa educación y el de pocas luces intelectuales.

 

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