El intelectual pragmático y el político culto


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                                                                                       La Asamblea de Guáimaro.
                                                                                       Juan Emilio Hernández Giro (Santiago de Cuba, 1882 – La Habana, 1953).
                                                                                       Colección Museo de la Revolución.

 

En Cuba desde finales del siglo XVIII e inicios del siguiente, hubo reconocidos intelectuales de equilibrado pragmatismo y vocación de servicio social demostrados en sus acciones, y políticos o estadistas cuya cultura general les permitió integrar, con buenos resultados, diversos conocimientos a una coherente estrategia política. José Agustín Caballero, un “activista” de la Ilustración, inició las reformas antiescolásticas en los estudios universitarios cubanos, trabajó en la redacción del Papel Periódico, integró la Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP), ejerció el magisterio y promovió el primer proyecto autonómico para Cuba; en definitiva, fue uno de los primeros maestros en formar una generación de criollos con amor a la patria y al progreso. El Dr. Tomás Romay, primer científico cubano preocupado por la higiene y salud de todos sus compatriotas, en uno de sus mayores logros introdujo la vacuna contra la viruela; para ello expuso su vida y la de sus hijos al vacunarse y mezclarse con moribundos de esa enfermedad, para demostrar públicamente la eficiencia de su propuesta; Cuba conoció la inoculación preventiva contra la viruela en una campaña promovida por Romay en 1802, cinco años después de que el médico inglés Edward Jenner la promoviera en su país. Posiblemente el padre Caballero y el doctor Romay inauguraran una tradición cubana de grandeza que hoy perdura.

Tradicionalmente se ha visto al intelectual como el individuo dedicado a la reflexión crítica sobre la realidad, que intenta influir en ella, sobre todo a través de los medios para ganar la opinón pública, como parte de un grupo que contribuye a lo que también se ha llamado intelligentsia. La intelectualidad, vista usualmente como una agrupación de artistas, escritores y científicos sociales, que a veces incursionaron en la política o hacen declaraciones relacionadas con la política, fue identificada y visible en Francia a finales del siglo XIX durante el “caso Dreyfus”, con el apoyo brindado casi en bloque a la liberación del judío Alfred Dreyfus, acusado injustamente de traición. Sin embargo, a lo largo de la historia no pocos intelectuales han sido más conocidos por resultados no tan vinculados a la creación artística o a investigaciones propiamente sociales; ejemplos sobran en cualquier parte del mundo y de muy diversas tendencias políticas, como Benjamin Franklin, Karl Marx, Albert Einstein, Bertrand Russell, Benedetto Croce, Leonardo Boff, Paulo Freire, Noam Chomsky, Stephen Hawking… Todos ellos han brillado por sus logros en diversas disciplinas del conocimiento, y también por su quehacer social e influencia política, dejando una huella, en algunos casos, definitiva, no solo en sus disciplinas específicas, sino también en la política más trascendente.

En la Isla muchos intelectuales han desarrollado su labor política o son políticos, aunque no se les haya conceptualizado como intelectuales. A Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, conocido como el obispo Espada, español de ideas antiesclavistas y antifeudales, durante un tiempo apenas se le estudió, y no se aquilataron en su contexto sus valiosos aportes a la sociedad cubana en la ciencia y el quehacer político. Su prédica y obra contribuyeron a construir un pensamiento propio de cultura moderna y a la formación de la conciencia nacional. Miembro honorario de la SEAP, llegó a presidirla, y desarrolló un sistema de ideas y obra a favor del progreso; aunque nunca llegó a postular el separatismo, defendió para Cuba el régimen constitucional con libertades públicas. Por sus concepciones liberales y su labor a favor del autonomismo, se convirtió en enemigo del poder en España y de la Iglesia. El rey ordenó apresarlo, pero después decidió dejarlo en paz; el Vaticano continuó con la decisión de castigarlo hasta poco antes de morir. El obispo Espada ha sido una de las figuras cimeras en el nacimiento de la cultura cubana en el siglo XIX, y quizás no se le ha hecho justicia del todo al no profundizar más sobre sus resultados, a pesar de la publicación de su obra por el Dr. Eduardo Torres-Cuevas.

Sin exagerar su papel como liberal, Francisco de Arango y Parreño fue el estadista más importante y líder del primer reformismo; influyente orador, escritor preciso y convincente en algunos temas, sobresalió por su defensa al progreso, al menos el de los hacendados criollos, y aunque siempre se ratifique como súbdito del rey de España, no hay que desconocerlo como economista y sociólogo de su época, pues por su objetividad en una sociedad esclavista, y a pesar de su probada fidelidad a la metrópoli, fue acusado de conspirador poco antes de morir. Arango y Parreño, junto a Don Luis de las Casas, contribuyó a hacer posible un salto impresionante a finales del siglo XVIII y principios del XIX, con el incremento notable del programa de obras públicas, que incluía paseos, parques, alamedas, puentes y caminos, creación del Cuerpo de Bomberos (“bombas de fuego”), así como la ampliación de La Habana extramuros; la fundación de otras villas como Guantánamo, Manzanillo…; la persecución a vagos, viciosos, vagabundos, gente de “mal vivir” como jugadores, prostitutas…; la ejecución del censo de población en 1791 —cuyas cifras, comparadas con las del censo de 1774, arrojaron el doble de los esclavos—;  la inauguración de la Casa de Gobierno y el edificio de la Intendencia de Hacienda;  la fundación del Papel Periódico de la Habana (1790-1805); el establecimiento de un clima cultural, científico y técnico favorable al progreso, en que trabajaban con cierta armonía criollos ricos y peninsulares, y la constitución de la SEAP (1793), la fundación cultural y científica más importante de la época.

La SEAP fue una institución integrada por intelectuales, hacendados y comerciantes para “promover la agricultura y el comercio, la crianza de ganados e industria popular, y oportunamente la educación e instrucción de la juventud”; en sus años iniciales, a sus sesiones asistía el capitán general don Luis de las Casas y funcionaba como Consejo de Gobierno en estrecha relación con las autoridades españolas. Entre sus socios fundadores hubo economistas como Arango y Parreño, maestros como el padre Caballero, científicos como Romay y miembros acaudalados como el benefactor y sacerdote Luis de Peñalver, Juan Manuel O’ Farrill, conde de la Casa Montalvo, etc. La institución desarrolló el trapiche mecánico e introdujo mejoras industriales en la producción azucarera, además del arreglo de caminos, a iniciativa de Arango y Parreño; estableció las cátedras de Botánica y Química en la Universidad de La Habana, y fundó la primera biblioteca pública en 1793 a partir de donaciones de sus miembros; creó la primera Casa de Beneficencia por iniciativa de Luis de Peñalver, quien donó dinero para levantar un inmueble para estos fines; modernizó el Seminario de San Carlos, que se fundó en 1773, fue anexado al antiguo Colegio de San Ambrosio, y autorizado para funcionar como universidad bajo el nombre de Seminario de San Carlos y San Ambrosio, espacio de promoción de nuevas ideas contra el escolasticismo y a favor de los métodos pedagógicos avanzados como la ciencia experimental; creó el Consulado de Agricultura y Comercio, que favorecía las necesidades sociales y servía de tribunal para ciertos litigios, además del Jardín Botánico en 1817 y la Academia de Pintura, Dibujo y Escultura de San Alejandro en 1818, entre otras obras notables.

La Ilustración en España y sus colonias americanas resultó una enfermedad terminal para las prácticas esclavistas y feudales ante el arrollador paso de la Revolución Industrial: para la metrópoli significó la definitiva pérdida de su grandeza, desde la ya lejana época del Renacimiento cuando nunca se ponía el sol en sus dominios; para los territorios americanos, el enterramiento fulminante del colonialismo en los albores del siglo XIX. Cuba y Puerto Rico fueron excepciones, pero en nuestra isla se estaba incubando un intelectual comprometido y pragmático, con intereses políticos nutridos por una sólida cultura humanista ecuménica que contribuía decisivamente a la comprensión cabal del alcance de las decisiones revolucionarias cuyos ecos llegaban del exterior y de los debates producidos en la incipiente sociedad civil. En la preparación y fusión de esa conciencia contribuyeron factores externos junto a pocos patriotas que, desde posiciones políticas diferentes y maduraciones sólidas de su pensamiento humanista, aportaban y enriquecían la amalgama de ideas de las que Cuba siempre se nutrió.

Entre los factores externos pueden enumerarse: la propia Revolución Industrial inglesa de mediados del siglo XVIII, difusora de una mecanización que implicaba también una nueva organización del trabajo e hizo posible el surgimiento de un raro grupo social cubano que mezclaba intereses de la emergente clase burguesa entre hacendados terratenientes con sentimientos patrióticos emancipadores; los movimientos independentistas de la América hispana desde 1808 a 1824, que ejercieron una gran influencia en los criollos cubanos radicales y liberales; la Revolución Francesa, que dejó el ideario político de “igualdad, libertad y fraternidad” entre la nueva clase burguesa en contra del “viejo régimen”, e influyó ideológicamente como ningún otro acontecimiento en la cultura política, no solo de Cuba sino en todo el continente; la Revolución de Haití, entre 1791 y 1804, la primera en abolir la esclavitud y proclamar una república de hombres libres en América, y el proceso de independencia de las Trece Colonias norteamericanas entre 1775 y 1783, que inició un período de prosperidad burguesa, acompañado de una expansión territorial de temida voracidad.

Aunque en 1795 se produjo una temprana intentona revolucionaria en Bayamo por el conspirador Nicolás Morales, un mulato libre de 56 años, descubierta casi de inmediato, la tentativa no tuvo mayores consecuencias, salvo que el delator fue premiado por el gobierno español con 6 caballerías de tierra en Manzanillo. Antes de que se produjera una rebelión efectiva basada en la maduración de las ideas separatistas, nació una Constitución en 1809 redactada por el abogado masón bayamés Joaquín Infante, calificado por las autoridades españolas como “el mayor revolucionario que puede pisar territorio cubano”; el documento justificaba la conspiración dirigida por Román de la Luz, Luis Francisco Bassave y el propio Infante, miembros de la logia El Templo de las Virtudes Teologales; en ese mismo año fue descubierta la conspiración y el proyecto de Constitución de Infante se publicó en Venezuela en 1812. En enero del propio año se organizó la primera rebelión cubana de inspiración abolicionista, encabezada por José Antonio Aponte, negro criollo libre, católico y maestro carpintero, que resultó también la primera conspiración de carácter nacional registrada en la historia de Cuba, y ese mismo año fue aniquilada, ahorcados sus principales implicados y exhibidas sus cabezas para “escarmiento de los malos”. Durante un tiempo, la figura de Aponte fue satanizada, y después injustamente silenciada y poco estudiada por prejuicios racistas; solo hace unos años se ha visibilizado gracias a la labor de un grupo de historiadores, que han reclamado la inclusión de su estudio en los programas docentes. Ernesto Limia Díaz lo ha calificado justamente como “precursor de la independencia nacional” y ha destacado una faceta de su vida poco divulgada: “Tenía una cultura inusual entre los negros de su época. En su casa conservaba títulos sobre la naturaleza, geografía, gramática, historia y literatura universal; además, disponía de varios volúmenes sobre arte militar…” (Cuba Libre. La utopía secuestrada, Casa Editorial Verde Olivo, La Habana, 2015, p. 77).

Más trascendencia han tenido las enseñanzas del sacerdote católico Félix Varela, profesor del Seminario San Carlos, elegido Diputado a Cortes y acusado posteriormente de “conducta traidora”, por lo que tuvo que huir a Estados Unidos, donde vivió desterrado hasta su muerte, convertido en el conspirador separatista más peligroso para España, debido a su influyente propaganda y agitación política, desplegadas con un razonamiento minucioso en defensa del verdadero patriotismo. Practicante de la vida austera basada en el amor al prójimo y el bien común, ejemplo de sacerdote católico consecuente, maestro querido, orador reflexivo, polemista célebre y escritor sobrio, Varela fue uno de los fundadores más fecundos y legítimos de la cubanidad y el precursor ideológico de la independencia y la libertad de la Isla, sin ninguna intromisión extranjera; Emilio Roig de Leuchsenring lo ha calificado como “el primer cubano intelectual que predica, porque de ello está convencido, que no es por la evolución, bajo la soberanía de la Metrópoli, sino por la revolución, como Cuba puede y debe conquistar sus derechos políticos y económicos” (Emilio Roig de Leuchsenring: “Algunas características del pensamiento político de Varela”. En: Escritos políticos. Félix Varela, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, p. 2). Han pasado más de 165 años y sus prédicas sobre la sociedad cubana siguen vigentes para desenmascarar a los “traficantes de patriotismo”, a los que emprenden con la politiquería una “especulación” y a quienes “nunca se sabe cómo piensan, pues no consta cuándo fingen” (Idem, “Máscaras políticas”, p. 107-111).

Ya en la Isla habían madurado el intelectual pragmático y el político culto en figuras que contribuyeron desde diversos lugares y con diferentes criterios políticos a la rebelión contra España. El patriota liberal camagüeyano Joaquín de Agüero decidió dar la libertad a 8 esclavos heredados de su padre y se levantó en armas en 1851 en apoyo a la venidera expedición de Narciso López, militar y político venezolano que había sido leal a España y se rebeló contra su opresión, siguiendo el criterio de que la anexión a Estados Unidos era la mejor vía para la felicidad en Cuba; José Isidoro Armenteros, desde Trinidad, igualmente intentó apoyar a López, a pesar de que se le conocía más bien por su ideario independentista. Agüero fue fusilado junto a otros compañeros; Armenteros igualmente fue ejecutado y López murió a garrote vil en la Explanada de la Punta. Los tres dieron su vida defendiendo sus ideas y merecen respeto; sin embargo, su cultura no estaba orgánicamente fundida al ideal patriótico de la nación cubana.

Desde el reformismo se recogen frutos más trascendentes y útiles, a pesar de la falta de radicalismo y la imposibilidad de idear una patria libre de ataduras coloniales. José Antonio Saco, “más cubano que todos los anexionistas”, como reza su epitafio, bayamés que estudia en Santiago de Cuba y La Habana, discípulo de Varela, a quien sucedió en su cátedra, fue un activo ideólogo de los criollos en las páginas de periódicos y revistas; vinculado a proyectos como la Academia Cubana de Literatura, fue desterrado por Tacón en 1834; en sus textos se revelaba un profundo conocimiento de la economía y la sociedad cubanas, y un exhaustivo estudio de la esclavitud. Del Monte, calificado por Martí como “el cubano más real y útil de su tiempo”, no solo organizó sus afamadas tertulias literarias, que también eran políticas, sino que se ocupó del estado de la enseñanza y del progreso económico y espiritual de los criollos ricos, en textos aparecidos en una de las mejores publicaciones periódicas de su época en América: la Revista Bimestre Cubana. Un caso singular fue José de la Luz y Caballero, que sucedió a Saco en la cátedra con 24 años de edad, y aunque comenzó la carrera eclesiástica, la dejó para dedicarse por entero al magisterio; publicó un valioso Libro de lectura e inculcó entre sus alumnos una acendrada ética, un pensamiento libre de dogmas y un entrañable amor a la patria y a la justicia que conducían a la Revolución.

En este escenario, no es casual que surgiera un líder entre los grupos de conspiradores dispersos en toda Cuba, que cultivaba la poesía y la música, conocía de filosofía y prácticas políticas diversas, y tenía el ímpetu para que la madurez de su pensamiento independentista se fusionara con su rebeldía en un levantamiento en armas de esencia profundamente radical, sustentada en el ejemplo: al liberar a sus esclavos, renunciaba a la posibilidad de sustento que le podía dar su riqueza. El 10 de octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes proclamó en su ingenio Demajagua, en un manifiesto de la junta revolucionaria dirigido a Cuba y al mundo, la decisión de los cubanos de luchar y morir por su independencia; al año siguiente convocó a la celebración de la Asamblea de Guáimaro para aprobar una Constitución republicana que estuviera en vigor en todos los territorios de Cuba Libre, y se aprobaron como símbolos nacionales el Himno de Bayamo, la bandera de Narciso López y el escudo de Miguel Teurbe Tolón. En la redacción de la carta magna intervino el joven abogado Ignacio Agramonte Loynaz, espíritu culto y refinado, levantado en armas en Camagüey —“diamante con alma de beso”, lo llamaría Martí—, que en 1867 había propuesto, entre cuatro temas para debatir en el Liceo de La Habana, del cual fue socio facultativo, la “Influencia de las Bellas Artes en el adelanto de los pueblos”. La Constitución Política de Guáimaro, con sus 29 artículos, fue la expresión legal del inicio de una Revolución, no de una revuelta de inconformes, que reunía en un documento constitutivo la cristalización de la expresión de patricios maduros como intelectuales pragmáticos y políticos cultos.  

      

 


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