Entre la gramática y el disparate…


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                                                                                                                     El Quijote de América.
                                                                                                                     Sergio Martínez, 1980.
                                                                                                                     Conjunto escultórico emplazado en el Vedado. .                                                                                                                    La Habana.

En otro texto el autor de este artículo declaró que, entre la gramática y la vida, aunque la primera es también importante y él la disfruta, prefiere guiarse por la segunda. De hecho, en la mayoría de las páginas donde ha tratado asuntos del lenguaje se ha referido a falacias o camuflajes que tienden sobre el pensamiento algunos usos lexicales, o una norma como la del género masculino impuesto con carácter de neutro o no marcado.

De esas inquietudes nacieron hace años los miniensayos que empezó a dar en Juventud Rebelde y aumentó para Más que lenguaje (libro editado en 2006 y reeditado en 2008), y los aparecidos en la serie esporádica “Del idioma”, que publicó en la revista Bohemia con espléndidas ilustraciones de Roberto Figueredo, artista lamentablemente fallecido hace un año, y a quien reitera admiración y gratitud. Pero en aquellos textos rozaba al menos problemas —y ahora se centra en ellos— que causan estropicios en la oralidad y en la escritura. Conciernen a la gramática, la redacción, la sintaxis y el léxico, aunque, para eludir tecnicismos, explícitamente el título usado apunte solo a la gramática.

El lenguaje evoluciona, y el sentido de algunas expresiones cambia radicalmente. Hace mucho tiempo que álgido se asocia con la extrema complicación, con lo más tenso o caliente, pero eso viene de su vínculo con el punto más gélido en lo que varias veces oí a los mayores en mi familia llamar “fiebre de frío”. Por rumbos también curiosos, nimio paró en insignificante, aunque, ¡vaya mutación!, nació como sinónimo de excesivo.

Vale pensar que esas variaciones se produjeron cuando a la ignorancia extendida en el pueblo, creador por excelencia del idioma, se sumaba la escasez de medios de comunicación, o el limitado alcance de los que existían. Pero hoy ocurre que en un establecimiento comercial se anuncia la venta, no de libretas rayadas, sino “ralladas” —como si sirvieran para sustituir al coco en la sabrosa mermelada que se hace con él—, o “bobadillas” en lugar de bovedillas. ¿Será, esto último, en honor de Emilio Bobadilla, escritor satírico cubano que usó el seudónimo Fray Candil?

Las bovedillas le recuerdan al articulista que, en los más de dos años de su experiencia como constructor en una microbrigada de Alamar, con frecuencia oía llamar sodadura, y hasta soldadura, a la cubierta de azoteas hecha con rasillas, baldosas destinadas a ese fin. Pero el verdadero nombre de tal cubierta es soladura, y solador el del albañil que la ejecuta. Si el término soladura se aplica en Cuba a los techos y no a otras superficies planas —horizontales o verticales—, quizás sea porque, a diferencia de otras zonas de habla española, aquí, donde apartamiento, acaso por influencia del inglés, devino apartamento como nombre de lo que en aquellas se llama piso, con esta voz se nombran superficies por donde se camina en un inmueble, mientras que, en Cuba, suelo es tierra. En el área de la construcción una errática asimilación del inglés convirtió a plywood (que se pronuncia aproximadamente plaibud) en playwood (pronunciable pleibud).

Sin entrar dirimir sobre localismos, podría esperarse que las confusiones se dieran entre personas de escasa formación lingüística. Pero también campean entre profesionales con preparación universitaria y que disponen de medios para fortalecerse en ella y cumplir eficazmente sus tareas. Comentaristas deportivos atribuyen favoritismo a un atleta o un equipo, y no ventaja o superioridad alcanzadas con entrenamiento y destreza, que sería lo pertinente, porque el favoritismo corresponde a favores o concesiones inmorales. Y abundan entusiastas noticias sobre colectivos de trabajadores cuyo esfuerzo “da al traste con grandes rendimientos”. Pero dar al traste con significa echar abajo, no propiciar.

Por lo particularmente grave que es, procede seguir insistiendo sobre lo errático que resulta emplear humanitario como sinónimo de humano. Lo humanitario no es lo humano en general, sino aquello que le hace bien a la humanidad, y una crisis o una desgracia, dañinas para quienes las sufren, ¿podrían ser humanitarias? Menos aún lo son las acciones criminales con que fuerzas imperialistas proclaman que propagan democracia, cuando si algo hacen es causar genocidios y “daños colaterales”.

En ese último ejemplo no se cambia precisamente el sentido de colaterales: se manipula para edulcorar la realidad de las víctimas de bombardeos y otras prácticas abominables. Tal realidad debería bastar para tener más cuidado y diferenciar humanitario y humano, o inhumano. Pero la misma prensa cubana y otras de clara orientación revolucionaria, o de izquierda al menos, están plagadas de confusión en tal sentido.

El uso de plagadas suscita recordar su significación negativa, porque viene de plaga, no de maravilla ni nada parecido. Expresiones del tipo de “Ese concierto estuvo plagado de grandes estrellas”, o “Aquella competencia deportiva estuvo plagada de atletas extraordinarios”, son dislates a más no poder. Bien usados, podrían ser metafóricos enunciados irónicos válidos para sugerir que ni en el concierto ni en la competencia brilló la buena calidad en los protagonistas. Pero lo que asiduamente irrumpe en la inercia de la expresión fallida es el mal uso de plagado o plagada en lugar de pleno y plena —o sus derivaciones lleno y llena—, o de pletórico y pletórica.

La violación de reglas básicas de concordancia revela desconocimiento o descuido. Es correcto decir y escribir “Juan le dio a María la carta”, porque le representa el complemento indirecto, María, que es singular. Pero pululan dichos como “Juan le dio la carta a Emilia y a Pedro”, en vez de “les dio la carta”, como reclama el plural Emilia y Pedro. En esas frases vale sustituir el complemento directo femenino (una carta) por la, tanto si el indirecto es singular (“Se la dio a María”), como si es plural (“Se la dio a Emilia y a Pedro”). De ser varias cartas, habría que usar plural en ambos: “Juan se las dio a María” y “se las dio a Emilia y a Pedro”.

Pero frecuentemente se confunde la ubicación del número y, aunque el complemento directo sea singular (un libro), se dice “Juan se los dio a Emilia y a Pedro”, o, tratándose de un cambio de programación informado a la teleaudiencia se dice “Se los informamos, estimados televidentes”. Como el complemento directo es singular, debe decirse: “Juan se lo dio a Emilia y a Pedro” y “Se lo informamos, estimados televidentes”. Si fuera plural, como “nuevos horarios”, procedería “Se los informamos”, lo mismo para “estimado televidente” que para “estimados televidentes”.

Por su parte, el complemento indirecto se sustituye por la forma pronominal se, sean cuales sean su género y su número. Ese recurso evita cacofonías tan ásperas como las que habría en “le lo dio a ella o a él”, “le los dio a él o a ella”, “les lo dio a ellos o a ellas” y “les los dio a ellas o a ellos”. Compárese con la más fácil y eufónica articulación de “se lo dio a ella o a él”, “se los dio a él o a ella”, “se lo dio a ellos o a ellas” y “se los dio a ellas o a ellos”. Tolérese el puntillismo, en consideración de lo abundantes que son los errores cometidos.

Otra falta frecuente se da al poner el verbo en singular en oraciones subordinadas cuyo sujeto es plural, representado por “los que” o por “las que”, aunque en busca de agilidad se use aquí solamente un ejemplo masculino: “Juan es el que más batea” difiere, ¡y cuanto!, de “Juan es uno de los que más batean”. Si en el segundo ejemplo se sustituye “los que” por “aquellos que”, será muy fácil notar que batear debe escribirse en plural: “Juan es uno de aquellos que más batean”.

De tan generalizados, esos errores y otros pasan inadvertidos. Una vez al articulista le correspondió ofrecer un taller de Redacción a profesores universitarios del área de Español, y hubo algunos (y algunas) que no lograron ver dónde radicaba la falta explicada. Cabe suponer, pues, que siguieron usando mal la concordancia, y enseñándosela mal a su alumnado, que así estará preparado para prolongar el error. Y si ese fuera el único error, habría razones para preocuparse, pero no anda solo.

Hablar de “su alumnado” es correcto, pero trae al tema un pleonasmo frecuente, que irritaba, con razón, a la amiga argentina Ana María Radaelli, quien murió viéndolo prosperar. Buena escritora, culta, sabía que bastaba decir “Carlos se rompió el brazo”, porque nadie puede romperse a sí mismo el brazo de otra persona. Pero llueven expresiones como “El atleta se lesionó su mano izquierda” o “El carpintero se cortó su dedo índice”. ¿No basta decir “se lesionó la mano izquierda” y “se cortó el índice”?

Se dirá que para usar bien la lengua se requiere sensibilidad lingüística, además de preparación —que demanda la mar de buenas lecturas—, y es cierto. Pero la corrección en el idioma es responsabilidad de todas las personas que lo usan, y en particular de quienes se dediquen a profesiones que tienen en él un instrumento fundamental. Lamentablemente está ocurriendo que se menosprecia la seriedad con que debe asumirse ese instrumento, propósito que exige tener voluntad cultural, y saber que esta no se consuma sin esfuerzo, sin dedicación.

Todo eso lo deben tener en cuenta especialmente quienes asumen la tarea de velar por el buen desempeño expresivo en áreas de comunicación. Editores, redactores, jefes de áreas informativas, por ejemplo, no deben suponer que basta acumular y trasmitir datos. Si la trasmisión no tiene la calidad debida, es muy probable que mengüe la efectividad del mensaje. Para que se generen daños indeseables bastaría que se incumpliera lo relativo a los contextos y a las referencias culturales en juego.

No ha de confundirse un kurta, de Asia, con una cotona de Sudamérica, ni —como ha ocurrido en la prensa cubana— un liquilique con una guayabera. Y no todos los zapatos de madera son la misma cosa. En el teatro griego se usaban coturnos, y hay pueblos que hoy calzan los llamados suecos o suecas. Quien esto escribe tiene aún desconcertados los oídos por la presentadora de televisión que, hablando de Gilma Madera —merecedora de admiración, memoria, respeto—, dijo que esa artista le había puesto a su hermoso Cristo de la Bahía de La Habana “unas chancletas iguales a las que ella usaba”.

Mientras no se pruebe lo contrario, en ese contexto lo orgánico habría sido decir sandalias, aunque tal vez, de aún vivir, la ingeniosa escultora —quién quita que en broma o en ambientes familiares dijera chancletas— se habría desternillado mientras imaginaba a su ícono —y nadie vea en esto ni asomo de voluntad de blasfemia antirreligiosa—, bailando la danza de la chancleta con un grupo folclórico santiaguero, para lo que entonces también valdría decir cutaras. Pero va y la artista está en un sitio desde donde oyó aquel comentario sobre su obra, y se divirtió, aunque ya no lo exprese con el hermoso rostro y los ojos centelleantes que deslumbraron a quienes la vieron.

Una de las tragedias que hoy tiene el mundo —no solo Cuba— radica en que muchos editores, jefes de redacción, especialistas en comunicación, en fin, son sedicentes editores, jefes de redacción, especialistas varios, o les han hecho creer que lo son por habérseles ubicado en tales plazas. De fecha reciente el articulista recuerda la sorpresa que sintió cuando en una Redacción un texto suyo en que usó el calificativo sedicente suscitó en alguien, que ni siquiera se tomó el trabajo de consultar el diccionario, la idea de que se trataba de una palabra mal escrita, o mal empleada, cuando es un galicismo asimilado por el español y tiene carta de ciudadanía no solo en el lenguaje culto de mayor vuelo, sino en el habla y el periodismo más o menos corrientes. Todos padecemos ignorancia, ¡todos!, aunque no seamos lo socráticamente sabios que necesitaríamos ser para percatarnos de ello y proponernos revertir el frustrante déficit.

Las instituciones responsabilizadas con la enseñanza de la lengua madre, empezando por los ministerios de Educación, ni de lejos deben sugerir que vale menospreciarla, para lo cual basta excluirla de exámenes de ingreso a niveles de enseñanza en que debe mostrar toda su dignidad. El otro día estudiantes secundarios comentaban sobre un profesor que, entre otras muchas faltas de ortografía, había escrito hacercamiento en la pizarra. Ojalá esa calamidad no se diera nunca, o fuera un hecho aislado, porque tanto los libros de texto como lo escrito por un maestro o una maestra son fundamentales para fijar la ortografía en el alumnado desde edades tempranas. Entre las normas de la lengua y los disparates, lo aconsejable estriba en conocer y respetar las normas.


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