José Martí, Serafín Sánchez y los Poetas de la Guerra


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El siglo xix cubano es testigo de diversas antologías poéticas; unas dirigidas al llamado por entonces “bello sexo”, otras encaminadas a homenajear a algún funcionario de la Corona, como Francisco Martínez de la Rosa, presidente del consejo de ministros de España y posteriormente ministro de Estado en varios períodos —que además era poeta y dramaturgo—, o a promover grupos de bardos locales, o a divulgar a los “mejores poetas” de algún estilo o lugar. En 1858 desde Nueva York se dio a conocer, en español, una compilación de poesías patrióticas cubanas, primera muestra de esa proyección, que constituyó una denuncia propagandística unida al sentimiento separatista. Entonces, por iniciativa de Pedro Santacilia se publicaron los poemas de los cubanos emigrados en Estados Unidos Miguel Teurbe Tolón, Leopoldo Turla, Juan Clemente Zenea y el propio Santacilia, bajo el título de El laúd del desterrado, que despertó mucho interés en el ambiente intelectual de la emigración y de la Isla por los años que precedieron al Grito de Yara. El laúd… fue el antecedente más importante de otra antología que se publicaría 35 años después de su salida y unos 14 años después de la Paz del Zanjón: Los poetas de la guerra.

Como referente sentimental y hermanado en la misma lucha contra España, “una noche de poca luz, después del día útil, en el rincón de un portal viejo de las cercanías de New York, recordaba un general cubano, rodeado de ávidos oyentes, los versos de la guerra” (“Prólogo al libro Los poetas de la guerra, publicado por Patria”, con notas biográficas escritas por Serafín Sánchez, Fernando Figueredo, Gonzalo de Quesada y otros, Nueva York, 1893; en José Martí. Obras completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 5, p. 227): eran los versos de los poetas de la Guerra de los Diez Años, y el “recitador de aquella noche” había sido el general Serafín Sánchez. “¿Por qué, dijo uno, no publicaremos todo eso, antes de que se pierda; antes de que caigan tal vez los hombres que lo recuerdan todavía?” (Ibídem).

Los textos recogidos dos años antes de comenzar la Guerra de Independencia de 1895, fueron los recordados por este grupo de viejos combatientes aquella noche; habían sido creados entre 1868 y 1878 en los campos de batalla o en el destierro, y fueron seleccionados y anotados por varios autores, pero sobre todo por Serafín Sánchez, un general cuya cultura poética se encontraba muy cercana a la experiencia bélica. Los poemas señalaban no solo la continuidad de cierto espíritu artístico común entre lo que circulaba en la manigua, sino un contenido emancipador, como el que animó a El laúd del desterrado; se trataba posiblemente de un retroceso literario, pero una superación en la dirección de la utilidad, pues ahora la compilación la integraban creaciones de un grupo de combatientes o exiliados, con el compromiso inequívoco de la independencia en todos los órdenes, y especialmente el militar, hasta la muerte. Los reveladores testimonios y experiencias de estos bardos que habían conocido la dureza de la manigua o el dolor del exilio en situación límite, aunque fueran escritores discretos, versificadores o artesanos de versos, en una etapa en que declinaba el segundo romanticismo criollo, los hacían valer mucho más allá que cualquier palabra.

Pero precisemos el contexto histórico en que se llegó a la convicción de publicar el volumen. El 18 de junio de 1892 el general Sánchez le escribió desde Cayo Hueso una carta a José Martí; en ella expresaba que su propósito no sería otro que agilizar la preparación de la guerra: “Entremos en materia, esto es en política cubana, que después de todo o mejor dicho antes que todo, es nuestro constante empeño, nuestro afán cotidiano, nuestro ‘pan nuestro de cada día’, pan de espíritu y para el espíritu que no saben saborear las almas materiales y escépticas que sólo viven para satisfacer sus bestiales apetitos del estómago con es otro pan que se trabaja o confecciona en burdas y groseras artesas” (En: Luis García Pascual: Destinatario José Martí, Casa Editorial Abril, La Habana, 2005, p. 298). En ese “nuestro constante empeño” por unir a todos los cubanos, se incluía la búsqueda de dinero para hacer la guerra. Serafín instaba a Martí a gestionar en Estados Unidos los recursos para “la guerra justa y necesaria” en Cuba, y enfatizaba: “Hay que poner en vigor lo práctico, y lo práctico en el caso presente es la acción decisiva de la fuerza. Escríbale al General Gómez, escríbale a los demás Jefes de la guerra que estén fuera y dentro de Cuba, escríbale a sus mejores amigos de Cuba y dígales que V. y nosotros, y todos, estamos resueltos a luchar de nuevo y a triunfar a toda costa” (Ibídem, p. 299).

El general Sánchez incluía en la política el pan espiritual de la cultura, y al mismo tiempo, estaba convencido de la necesidad del dinero para llevarla a la práctica; por eso instaba a su amigo Martí, el hombre capaz de lograrlo, y como sabía que la organización de una guerra solo podía ser efectiva con la comunión de las voluntades de nuevos y viejos combatientes, también le solicitaba una reconciliación con su otro amigo, el general Gómez. Como sabemos, ya había ocurrido el desencuentro del joven Martí con el Generalísimo por el Plan Gómez-Maceo (1884-1886), y también se había producido el fuerte intercambio de cartas entre Martí y Enrique Collazo entre el 6 y el 12 enero de ese mismo año 1892 —la de Martí, como “carta abierta”, fue publicada en El Porvenir, el 20 de enero—, por el discurso “Con todos y para el bien de todos” y su referencia al libro de Ramón Roa A pie y descalzo. Serafín sirve espontáneamente de enlace para la reconciliación imprescindible entre sus amigos que luchaban por una misma causa política. Pero en los preliminares de la contienda, el general espirituano se hacía doblemente útil, pues dispuesto a prestar sus servicios en ella, preparó junto a un grupo de patriotas, una recopilación de versos para hacer visibles los enormes sacrificios y muertes en la guerra, de manera que los lectores lo recordaran, y en el preludio de una nueva campaña épica funcionara como una suerte de entrenamiento psicológico: un mensaje, que, sin poderse interpretar de otra manera, contaría ahora con la colaboración de Martí.

¿Quién era Serafín Sánchez? De familia criolla tradicional poseedora de esclavos, su padre creía que para el hijo era mejor la experiencia del campo que la instrucción; el joven se interesó por la cultura hasta hacerse maestro, y además por la vida campestre, al punto de que también se convirtió en agrimensor. En la primera guerra se alzó en febrero de 1869 y por la instrucción que había alcanzado fue ayudante de varios generales; a las órdenes de Ignacio Agramonte, este lo propuso para capitán después de varios combates; por sus méritos militares, en 1875 era teniente coronel y dos años más tarde fue ascendido a coronel. Combatió en la llamada Guerra Chiquita, alzándose en noviembre de 1879, y al concluir la contienda ese año, Calixto García desde Nueva York lo ascendió a mayor general. Durante la Tregua Fecunda apoyó el Plan Gómez-Maceo y en 1892 viajó a Estados Unidos para colaborar con Martí en el Partido Revolucionario Cubano. Participó en el frustrado Plan Fernandina y se incorporó en la Guerra de Independencia como uno de los generales más útiles de todas nuestras contiendas; cuando cruzaba el río Zaza el ejército español atacó la columna mambisa que lo acompañaba y recibió un impacto de bala que le atravesó los pulmones; consciente de su muerte inminente, sus últimas palabras fueron una orden para que la marcha continuara. Intervino en más de 120 combates y estuvo siempre consciente del papel de la cultura en la conquista de corazones para la lucha contra el gobierno colonial en la Isla.

Serafín, convencido de la utilidad de una selección de poemas e implicado en la redacción de casi todas las notas de Los poetas de la guerra, estaba persuadido de que serviría para la justa y equilibrada preparación ideológica, y para el rescate de la memoria histórica y la causa independentista; mas también sabía que esta propuesta no estaría completa ni sería tan eficaz sin que Martí la prologara. Probablemente además supiera que el principal mérito de la colección era su beneficio patriótico, antes que sus logros literarios.

Entre los poetas estuvieron Pedro (Perucho) Figueredo, uno de los bayameses que con Carlos Manuel de Céspedes inició la Guerra de los Diez Años y autor de nuestro Himno Nacional; Antonio Hurtado del Valle, periodista y poeta cienfueguero conocido como El Hijo del Damují; Miguel Gerónimo Gutiérrez, patriota de Santa Clara, partícipe del levantamiento en el Cafetal González en 1869, designado presidente de la Junta de Gobierno de Las Villas y elegido vicepresidente de la Cámara de Representantes; José Joaquín Palma, poeta, periodista y educador bayamés, uno de los iniciadores de la primera guerra y de los principales redactores del primer periódico revolucionario criollo, El Cubano Libre, del que llegó a ser director, y creador de la letra del Himno Nacional de Guatemala: posiblemente el más reconocido de los seleccionados.

También se encuentran Luis Victoriano Betancourt, abogado y periodista habanero, quien representó a Occidente en la Cámara de Representantes de la República en Armas e intervino posteriormente en algunas polémicas sobre la visión de la guerra; Ramón Roa, combatiente villaclareño, poeta muy popular en la gesta, teniente coronel del Ejército Libertador, participante en diferentes batallas y testimoniante de la primera guerra, retirado a Islas Canarias con su numerosa familia cuando comenzó la de Independencia; Fernando Figueredo, hijo de un riquísimo hacendado camagüeyano, incorporado desde el extranjero a la lucha en 1868 por su afinidad con Céspedes y convertido en su secretario privado, jefe del Estado Mayor de la primera división del primer cuerpo del Ejército de Oriente, y, posteriormente, secretario de la Cámara de Representantes por Oriente, opositor ferviente al Pacto del Zanjón junto a Antonio Maceo en la Protesta de Baraguá, contra la paz sin independencia y sin abolición de la esclavitud.

Están presentes también el coronel y maestro bayamés Pedro Martínez Freyre, que acompañó igualmente a Maceo en la Protesta, y fue secretario del general Luis Marcano; el espirituano Juan de Dios Coll, quien hambriento, afiebrado y llagado, fue el ganador, entre 17 combatientes, de un concurso de sonetos celebrado en plena manigua cuyo premio consistía en comer la escasa miel de un panal; y el delicado camagüeyano Francisco La Rúa, que casi desnudo y descalzo compuso unas estrofas en forma de silva para su adorada Enma, cuando de tanto caminar entre las piedras sus pies ya estaban destrozados. Se adicionaron además algunas glosas populares anónimas. Cabe destacar que entre los seleccionados estuvo una mujer, la poetisa Sofía Estévez —autora del poemario Lágrimas y sonrisas, de 1875—, conspiradora ardiente de todos los clubes de Camagüey y esposa del capitán Manuel Rodríguez, quien al comenzar la guerra del 95 erigió su hogar en Cayo Hueso como refugio de patriotas y al morir su esposo regresó a la manigua para cubrir el puesto dejado por este.

Al revisar los textos de las dramáticas historias personales y las heroicas batallas, o las evocaciones en la serena nocturnidad de los campamentos, o los versos encendidos que invitaban a una carga al machete o sacaban una lágrima, el “zancudo soneto” o la “suelta décima”, las alabanzas solidarias o los cantos de enaltecido amor patriótico, la fustigación al tirano y el espíritu hímnico para levantar la moral de las tropas mambisas, la imprescindible carta o la improvisación con guitarra, encontramos narraciones y leyendas que regeneran el espíritu y retratan la atmósfera de los descansos en la manigua.

Los poetas de la guerra se inician con las octavas reales del Himno de Bayamo o La bayamesa, hijo del espíritu libertario de La marsellesa y marcha devenida Himno Nacional de Cuba. De El Hijo del Damují se seleccionó una gloriosa silva, “A México”, como para expresar la simpatía con su historia y el estatus del republicanismo latinoamericano; una agresiva denuncia a la infortunada lira del poeta catalán Camprodón, al lado de los que ahogaban en sangre a Cuba; unas simbólicas quintillas “A las olas”; el “Himno a Las Villas”, compuesto después del entusiasmo por la noticia de la invasión a ese territorio por las tropas insurrectas; el romance descriptivo en que se rememora el combate de Atallaosa, en Sancti Spíritus, y las llamadas “décimas de campamento” para saludar al Camagüey con un espíritu antirregionalista y unitario.

Gonzalo de Quesada, también colaborador en las notas de Los poetas de la guerra, recordaba las extensas cuartetas “A España” de su compañero Miguel Gerónimo Gutiérrez, y a continuación se incluyen, del mismo bardo, las elegíacas décimas tituladas “Mi corazón”, dedicadas a su amigo José Joaquín Palma, que continúa con una especie de “contestación” en forma de romance y redondillas a Miguel, publicados en Tegucigalpa, Honduras, en el libro Poesías de José Joaquín Palma, de 1882, cuando su autor evocaba momentos de Cuba, y la amistad entre un bayamés y un santaclareño. Hurtado, Gutiérrez y Palma cantaron juntos “Las décimas del arroyo”, pues según Serafín nunca se recitaron solas; se trataba de una improvisación transcripta que recreaba el ambiente de los campos de Cuba. A Luis Victoriano Betancourt, periodista de ciudad, se le incluyeron unas quintillas dedicadas a la madre que no pudo ver morir, y otras en homenaje a su amigo el médico José M. Castro y Mesones, caído en un asalto español a un campamento insurrecto.

De Ramón Roa se escogió “La carga”, en que lució su arrojo valeroso el brigadier Henry Reeve por el carril de Las Guásimas, así como las popularísimas décimas “Vida mía”, una de las glosas más conocidas de las gestas guerreras. Elegido fue también “El combate de Báguanos”, décimas de Fernando Figueredo, el autor de La revolución de Yara, dirigidas a su madre y evidentemente influidas por las de Roa, y las cuartetas del “Himno holguinero”, de Pedro Martínez Freyre. Fueron además seleccionadas glosas, décimas y cuartetas al Ejército Libertador: todo un pastiche poético en que predominaba el dramatismo del escenario épico y heroico por encima de lo acertado de la escritura o la improvisación. Los poetas de la guerra dejaron los mensajes necesarios en la dirección imperiosa, y ejercieron una función comunicativa eficaz dirigida a quienes debían entrenarse para enfrentar las duras condiciones de la contienda. En 1928 José Manuel Carbonell reunió en un volumen de la colección Evolución de la Cultura Cubana una selección de La poesía revolucionaria en Cuba, en que se encontraban muchos de los poemas de Los poetas de la guerra; sin embargo, ya las circunstancias eran otras.       

No necesitan estos textos el estéril ejercicio de tratarlos como grandes poemas innovadores, con voluntad y conciencia de estilo. No existía ni coherencia temática ni formal en la selección; tampoco todos los poetas habían ganado igual popularidad, ni todos alcanzaban un pensamiento complejo o suficiente capacidad para traducir sus fuertes emociones; ni había criterio definido desde el punto de vista literario para agruparlos en una misma antología. No tiene sentido emprender un análisis literario de ellos, pues representaban en su gran mayoría un lenguaje pasatista de un segundo romanticismo epigonal ya decadente, en una época en que se habían reemplazado galopantemente las poéticas anteriores por el estilo propuesto por la modernidad. El propio Martí había sido uno de los primeros y más fecundos creadores del modernismo literario americano; ya había escrito sus “endecasílabos hirsutos” inéditos de los “Versos libres”. Por ello, a Los poetas de la guerra, los había calificado en el prólogo como cultores de una “forma ingenua y primeriza”, pero al mismo tiempo, de “poesía generosa e histórica”.

Es muy conocido y repetido el fragmento en que Martí justifica la publicación de estos versos, y no encuentro mejor argumento para explicar esta necesidad que sus propias palabras: “los combates y la amistad y el amor fueron puestos en rima o romance, inferiores siempre, por lo segundón y mestizo de la literatura en que se criaron, a las virtudes con que en ellos se copiaban insensiblemente los poetas. Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían. Rimaban mal a veces pero sólo pedantes y bribones se lo echarán en cara: porque morían bien. Las rimas eran allí hombres: dos que caían juntos, eran sublime dístico: el acento, cauto o arrebatado, estaba en los cascos de la caballería” (“Prólogo al libro Los poetas de la guerra, publicado por Patria”, cit., p. 230). Y no se puede hallar tampoco mejor explicación para las razones de este tipo de literatura que las expuestas por el Apóstol: “Pero la poesía de la guerra no se ha de buscar en lo que en ella se escribió; la poesía escrita es grado inferior de la virtud que la promueve; y cuando se escribe con la espada de la historia, no hay tiempo, ni voluntad, para escribir con la pluma en el papel. El hombre es superior a la palabra” (Ibídem, p. 235).


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