Los revolucionarios y la revolución cubana


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Los revolucionarios tienen aspectos comunes en todas las épocas: promueven la revolución, que significa optar por un cambio violento de instituciones establecidas por un viejo régimen, tanto políticas, económicas como sociales, frente a quienes son partidarios de mantener o conservar las estructuras del antiguo sistema; por tanto, si definimos con sentido histórico a qué se llama “viejo régimen”, que en la época moderna es el capitalismo, la lucha revolucionaria es larga y por etapas, según el momento en que se vive, aunque siempre ocurrirá de manera tensa. En los albores de la modernidad, José Martí había escrito en uno de sus apuntes: “Las Revoluciones son como el café: han de hacerse con agua hirviendo” (José Martí. Obras completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, t. 22, p. 124). Entonces, no hay nuevos o viejos revolucionarios; todos los son en la medida en que participan, con las herramientas y conceptos que les son propios en la etapa histórica en que viven, en una batalla por lograr la igualdad plena de los derechos para todos o la liberación de formas de opresión al ser humano inaceptables: el propósito del socialismo hoy, aunque en otras partes del mundo se llame de diferentes maneras.

Las opiniones o criterios de los revolucionarios no pueden coincidir siempre en cada asunto; sería algo anormal, pues hasta en una familia con crianza, economía, educación, cultura… igual para todos los hijos, las diferencias entre unos y otros a veces resultan descomunales. Es imposible que en una sociedad pueda ocurrir la coincidencia plena de todos los ciudadanos, aunque la gran mayoría comparta con una u otra posición consensuada, que significa que las acciones realizadas por unos no perjudiquen a otros. Si bien la unidad entre revolucionarios es el principio de los principios, no siempre las discrepancias o desacuerdos deben poner en riesgo la estabilidad de esa imprescindible unidad; solo hay que identificar la esencia que destruye la revolución para que los revolucionarios la preserven en conformidad, aunque sea sobre la base de enormes sacrificios. Es fundamental prever el cáncer que puede destruir a las revoluciones, y que no siempre es igual, pues cambia según las distintas etapas históricas. Vuelvo a Martí, quien, cuando ya preparaba la revolución cubana, afirmaba en 1893: “Las revoluciones arrollan a los que no las saben prever, y ponen a su cabeza a los que han contribuido a salvarlas” (“Carta circular” [?], marzo de 1893. Citado por: Ramiro Valdés Galarraga: Diccionario del pensamiento martiano, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2002, p. 608).  Entonces, hay que distinguir a los simpatizantes de los desafectos. Ni unos ni otros son iguales. Lo que nunca puede romperse entre los primeros es la unidad esencial para conservar la Revolución, pues siempre se estará en desventaja frente al poderoso y establecido estatus capitalista. O los simpatizantes de la Revolución se unen, o desaparecen.

En Cuba, Martí ha sido un paradigma de revolucionario en el siglo XIX y Fidel Castro ha constituido el otro arquetipo en la centuria siguiente; los dos mantienen un legado vigente para todos los revolucionarios hoy en la Isla, pero cada cual atesora en su memoria parte de los pensamientos y prácticas de ambos, según sus puntos de vista. Estos paladines fueron críticos con algunos de sus coetáneos, como corresponde a los revolucionarios radicales —los que van a la raíz de los problemas con espíritu crítico y autocrítico—; muchas veces no coincidieron con la solución propuesta a ciertos problemas, enfoques de política o elaboraciones estratégicas de algunos de sus compañeros de lucha, quienes tenían otras concepciones porque se basaban en informaciones y valoraciones basadas en educación y experiencias diferentes. El pensamiento de Martí, además de anticolonialista y antianexionista, latinoamericanista y antirracista, fue profundamente civilista, democrático y anticaudillista; y Fidel, además de distinguirse como líder antimperialista mundial, combatió diversas formas de sectarismo y burocracia dogmática de raíz estalinista; los dos contribuyeron decisivamente, en sus etapas respectivas, a una manera singular y trascendente de ser revolucionario, según las etapas que vivieron, y esto último parece una verdad de Perogrullo, pero a veces la veneración de sus figuras olvida que no hay que descontextualizarlos.

Resulta superficial y prejuicioso criticar a jóvenes revolucionarios de hoy partiendo de realidades ajenas a su vida, porque nacidos en el Período Especial y con su infancia y adolescencia cuando avanza el primer cuarto del siglo XXI, no solo continúan en profundidad y amplitud en la lucha revolucionaria con toda la carga patrimonial de esos y otros adalides, sino que como enseña la dialéctica histórica, se liberan de prejuicios y rechazan cierta forma anquilosado del lenguaje, que, como se sabe, constituye la “envoltura material del pensamiento”. El legado martiano y fidelista no hay que construirlo repitiendo una y otra vez, en las escuelas y en los medios, frases pronunciadas en un contexto determinado: la esencia de sus pensamientos y ejemplos se demuestra en el trabajo y el rendimiento cotidiano, en los resultados objetivos que no enmascaran las dificultades y problemas. La sinceridad y la expresión desnuda es un requisito indispensable para que los jóvenes revolucionarios compartan sus dudas y reservas con quienes pueden debatir de manera sincera y objetiva, con el orgullo de lo vivido, y también, con las insatisfacciones derivadas de un proceso social complejo, siempre bajo asedio y agresiones. El diálogo intergeneracional entre revolucionarios solo puede perdurar sobre la base de la franqueza y la humildad. 

La base más importante de la política revolucionaria de cualquier época es la ética. Cuando Fidel llegó a la Comandancia Militar de Columbia, hoy Ciudad Libertad, el 8 de enero de 1959, según las versiones taquigráficas de las oficinas del Primer Ministro, aseguró: “Decir la verdad es el primer deber de todo revolucionario. Engañar al pueblo, despertarle engañosas ilusiones, siempre traería las peores consecuencias, y estimo que al pueblo hay que alertarlo contra el exceso de optimismo” (Granma, jueves 8 de enero de 2009). En la guerra cultural que hoy se libra, nunca debe perderse esa brújula; identifiquemos a politiqueros y demagogos, que mienten para salir del paso o lograr beneficios personales, a oportunistas y simuladores, que cavilan y planifican sus rutas de escalamiento personal: hay que desenmascararlos velada o abiertamente, según convenga, pues ellos no son revolucionarios. No es lo que se dice en un acto político o lo que se escribe en un comunicado, proclama, discurso o artículo: lo que cuenta para saber quién es quién, es lo que ha hecho a lo largo de su vida, pero, sobre todo, lo está haciendo ahora mismo en su accionar cotidiano a partir del ejemplo. Todo el mundo sabe que resulta primordial saber la fuente de los ingresos con que cada cual vive; no se puede creer en quien no sale de fiestas y parrandas, y después, enrojecido en un discurso, exige sacrificios; hasta el gato está al tanto de los que pregonan una cosa como fariseos, usando la levadura de la hipocresía en las almenas, y de la puerta hacia dentro piensan y hacen lo contrario.   

Hoy más que nunca, con la experiencia que los revolucionarios cubanos tenemos, estamos obligados a reconocer a esos que, “enfebrecidos de fervor”, rechazan cualquier ingreso que no sea avalado por el Estado, y ven con ojeriza cualquier riqueza, aunque sea obtenida lícitamente, o consideran que si un joven acepta una beca que le brindará conocimientos valiosos y herramientas útiles, es un acto de traición a la patria, como si todas las becas fueran promovidas por las mismas instituciones y con los mismos intereses, y la ideología capitalista entrara por ósmosis; ejemplos hay suficientes de quienes se beneficiaron con determinadas becas y hoy trabajan con altísimos resultados y rendimientos en Cuba.

El asunto es mucho más complejo y transita por diversos derroteros: existen becas para intentar subvertir el orden en Cuba, enmascaradas con otros fines, e igualmente es verdad que cuando alguien gana mucho dinero con poco trabajo, por lo general no es lícito, o la ley no está bien estructurada según la estrategia socialista de conseguir bienestar para todos. Habrá que buscar en cada joven su ética para conocer su verdadera condición revolucionaria —no la aparente de los discursos—, pero también hay que reconocer la responsabilidad, en estos dos ejemplos, a no pocos revolucionarios maduros. Cuando tememos que un joven vaya al extranjero a una beca —no hay que satanizarlas en bloque, ni santificarlas de la misma manera—, puede entenderse que no le tenemos confianza a ese joven; ¿y eso no será porque no lo hemos educado bien, la escuela y las organizaciones estudiantiles y políticas no lo formaron como debían y los medios no han sido eficaces en la consolidación de sus convicciones y valores? No le hemos creado una cultura revolucionaria, la verdadera fuerza sostenedora del real compromiso, palabra mayor que se utiliza mucho pero cuyo basamento es una fragua entre el sentimiento y la razón. Al temer que alguien gane mucho, quizás lo que se oculte sea la falta de seguridad en nuestros sistemas de controles económicos y financieros, la efectividad de la política tributaria o la incapacidad de administradores que prodigan honorarios sin rendimiento o pagos indebidos; entonces, lo que realmente sucede es que no confiamos en determinados cuadros, instituciones y controles establecidos y sistemáticamente vulnerados. ¿Y acaso eso es responsabilidad de ese joven? La responsabilidad tampoco es del imperialismo yanqui: el saldo negativo corresponde a lo errático de lo constituido y a nuestros cuadros, muchos de ellos con responsabilidad y cargos, entre cuyas obligaciones está evitar que estos problemas ocurran.      

Otra deuda tenemos con los jóvenes y hasta con los menos jóvenes: no hemos iluminado todas las zonas de la Historia. Al dejarlas a oscuras, les ofrecemos un programa a los enemigos de Cuba para que diseñen la iluminación más conveniente a sus intereses. No solo jóvenes caen en la trampa de repetir falsedades históricas, algunas ridículas; de interpretar medias verdades, sin tener en cuenta otras informaciones decisivas para llegar a conclusiones objetivas; o sencillamente, encaminarse hacia deducciones erróneas a partir de un hábil manejo de descontextualizaciones o informaciones tendenciosas muy a mano, gracias a las tecnologías digitales, a las que la Isla ha llegado tardía y parcialmente, por diversas y complejas causas externas e internas que darían para otro trabajo. La Historia no es un cuento del pasado; estudiamos lo que pasó no como entretenimiento o distracción, vanagloria de algunos y fuente de créditos para otros, sino como herramienta de construcción para estos momentos; o asimilamos la Historia para el presente o ella nos desechará en el futuro.  

Los revolucionarios y la Revolución cubana, con su nueva política informativa, deben resolver definitivamente toda la materia oscura que tiene su Historia, pero sobre todo la que se presenta en las informaciones actuales. Raúl Castro ha criticado en más de una ocasión el llamado “secretismo”, y es hora de separarnos definitivamente de los vicios de “aquel” socialismo que coartaba su propia “libertad de expresión”. Ojalá que estas perspectivas contribuyan a saldar esas deudas, no solo con la Historia sino con la realidad actual, en el pleno ejercicio de la democracia socialista cubana. Estos empeños y labores no son solo de los dirigentes, por muy encumbrados que estén. Tanto Martí como Fidel repetían que las revoluciones, por muy individuales que parezcan, son obra de muchas voluntades. Esta es una hora decisiva para construir una compleja unidad, antimperialista y socialista, con democracia participativa real y justicia social, sin exigencias de unanimidad y en un sistema eficaz y eficiente que no solo sea autosustentable, sino que proporcione riqueza material y espiritual individual y colectiva como sustento de la prosperidad, sin burocracia, pero con orden, basada en el conocimiento científico y en los saberes prácticos, “con todos y para el bien de todos”.  

 


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