No todo lo que brilla es Son, ni todo lo que suena es Oro (I)


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Ignacio Piñeiro.

Una de las grandes polémicas que rodea a la música cubana de todos los tiempos es la referida al origen del son como género musical; el consenso establecido sitúa su origen en las zonas montañosas del oriente de la Isla, pasada la segunda mitad del siglo XIX; y entre los primigenios se mencionan “El Son de máquina” y el de “La Ma´ Teodora” que dio origen al hoy olvidado encarnizado cruce de criterios entre Alejo Carpentier y Alberto Muguercia.

Muguercia defendía la tesis de que “existe un son habanero” a partir de determinados elementos históricos, sociales y sobre todo musicales existentes; en los que influían estructuras instrumentales que para ese entonces (desde fines del siglo XIX) se habían desarrollado en el occidente de la Isla; pero si ello no bastara Muguercia apeló a que se estudiaran los movimientos migratorios forzados que vivió Cuba a partir de la política de reconcentración aplicada por las autoridades españolas para frenar el avance y apoyo a las huestes independentistas; el estudioso además se refirió al posible intercambio entre músicos cubanos y soldados/músicos norteamericanos una vez que los Estados Unidos ocuparon la Isla de 1898 hasta el año 1902, como conclusión de la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana.

Tesis y estudios que reforzaría años después Odilio Urfé en sus conferencias y algunos trabajos publicados sobre el tema, y que demostró con las interpretaciones que sobre el tema hacía La tanda de guaracheros, agrupación que fundó y dirigió hasta su muerte y que estuvo integrada por testigos de esas formas de hacer la música cubana. Que nadie olvide un tema como “El sungambelo”, por solo citar un ejemplo notable.

Las evidencias concretas en cuanto a la existencia o no del “son habanero” han quedado en el terreno de la especulación, aunque cada día aparecen más elementos que refuerzan esta tesis. Sin embargo; nadie ha negado la existencia del son oriental, que si se mira fríamente se podrá entender entonces que el son que llega a La Habana tras los sucesos de 1906 es un son en estado primitivo, donde el peso instrumental lo tiene el tres, instrumento que sobrevivirá a las distintas transformaciones musicales que habrá de sufrir el género en décadas posteriores. Y aquí amerita recordar que hay estudios que muestran la presencia del tres más allá de la zona oriental, al ser instrumento de uso común en la música campesina junto a otros similares.

Para el musicólogo cubano Jesús Blanco, “el son habanero” comienza a tener mayor relevancia a partir de la incorporación del tres, y por el sonido que aporta una vez que los músicos de esta urbe comienzan a desentrañar los secretos de ese instrumento, que interactúa con otros elementos propios de las músicas en boga por ese entonces. A estas alturas del análisis es menester dejar claro que serán la clave de rumba y el modo de cantar los coros de clave, los primeros grandes aportes de los “soneros habaneros” al son primitivo, o “de tónica y dominante” proveniente de la zona oriental, al que aluden muchos historiadores y estudiosos.

Es desde ese momento, afirma Blanco, que la cultura del son comienza a desarrollarse dentro de la música cubana y ese desarrollo tendrá su primer punto de giro con la aparición del Sexteto Habanero, fundado por Gerardo Martínez.

No habrá terminado el primer tercio de ese siglo cuando Ignacio Piñeiro introduce las dos modificaciones cumbres en la historia del son en esta primera etapa: el bajo y la trompeta; pero si ello no bastara, es el mismo Piñeiro quien abre los horizontes creativos al fusionarlo con la rumba y sus distintas variantes. Indefectiblemente el son comenzaba su ruta de lujo; una ruta de lujo que llega a su máxima expresión con la aparición del conjunto sonero por obra y gracia del tresero Arsenio Rodríguez; aunque en el oriente del país este proceso evolutivo demoró en ser asimilado, con la excepción de Miguel Matamoros que se atrevió a fusionarlo con el bolero y con el atenuante de haber entendido lo que estaba ocurriendo en el occidente de la Isla con el son.

Un camino que no se detendrá en nuestros días y que tiene entre sus méritos notables el modo de hacer el son hoy por parte de los septetos que pululan en el oriente del país, fundamentalmente en la ciudad de Santiago de Cuba; así como las marcadas influencias —muy notables por cierto— del cuatro puertorriqueño y otras más universales como puede ser el rayado de la guitarra rockera.

Decir hoy son también implica un cierto llamado a barricadas musicales y culturales que se esconden tras un acontecimiento importante que vivió la música cubana a fines del siglo pasado y que responde al nombre de Buenavista Social Club (BSC). Estas barricadas esgrimen como argumentos frases como: “…rescate de la música cubana…”, “…defensa de la tradición musical…” y las reiterativa de todas: “…crisis…”.

El fantasma de una supuesta crisis en la música cubana aparece nuevamente, solo que esta vez sus agoreros no tienen otro argumento de peso que no sea la cuestionable necesidad de aferrarse al BSC como tabla de salvación para proponer proyectos donde “la tradición y la defensa” no son más que vulgares armas de sobrado matiz económico y cierta necesidad de explotar megalomanías y otros oscuros intereses.

Curiosamente, tales afirmaciones, más que una visión de conjunto sobre los acontecimientos, han tenido oídos receptivos en quienes se han plegado —con mayor o menor fortuna— a tales “asuntos” o se constituyen abanderados de juicios carentes de todo peso cultural y social, y que ignoran el movimiento dialéctico que ha caracterizado siempre a todos los géneros de la música cubana, en especial la popular.

Tal parece que estamos ante uno de los pasajes de las novelas de Erasmo de Rotterdam donde la estulticia se nos quiere imponer; solo que esta vez intentan bañar en Oro determinados presupuestos musicales que niegan la ruta hasta hoy seguida por la música y los músicos cubanos.

Algunas zonas de la discografía cubana de este año, se han atrevido a negar a Ignacio Piñeiro y a Arsenio Rodríguez con tamaña vulgaridad. Nunca antes tan aberrante ofensa se había ni siquiera llegado a pensar.  


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