Pan con truco en la Peña del Ambia


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(PRIMERA RUMBA)

Ha muerto en la ciudad de La Habana, este 28 de enero, el poeta Eloy Machado, conocido por todos como el Ambia. Ese mismo día toda Cuba celebraba el natalicio de José Martí, el más universal de todos los cubanos. Quiso el destino unir en el sendero de la historia al poeta, pensador y revolucionario; con aquel negro que poco a poco se fue insertando en el tejido cultural de la nación, defendiendo a golpe de talento, picardía y mucha confianza, uno de los legados culturales más auténticos de esta Isla: la rumba.

Si hay un héroe anónimo al que un día habrá que reconocer el haber puesto la piedra angular para que la rumba sea Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y uno de sus promotores más constante de estos tiempos, todos estarán de acuerdo que fue Eloy Machado o simplemente El Ambia.

Sirva está crónica para rendirle un discreto y emotivo homenaje, tanto a él como a los que ya no están, pero confiaron en sus esfuerzos y en su poesía.

“Parece que fue ayer”, como bien pudiera decir Armando Manzanero, quien durante los últimos treinta años ha sido tentado con el sueño de cantar en Cuba, sueño que parece ha de prolongarse un poco más. Hoy no temo equivocarme en cuanto a la dimensión exacta de esa medida de tiempo que fue el ayer cercano, cuando Eloy Machado, El Oficial o simplemente El Ambia, como le llaman y le conocen sus amigos, autoridades, editores, diletantes y en alguna que otra universidad; recibió luz verde para organizar, fundar y dirigir una peña dedicada a la rumba en pleno corazón del otrora aristocrático barrio de El Vedado.

Hablo del corazón de El Vedado y no me alejo de la verdad más raigal. El espacio a él concedido para su “rumbón” sin derecho de pernada y sin llegar a ser una merced no es otro que uno de los dos jardines del palacete donde se ubica la Unión de Escritores y Artistas de Cuba o simplemente la UNEAC, como le llaman miembros, afiliados, giro vagante, transeúntes ocasionales y la pléyade de vecinos que rodean el tan amado y quizás odiado lugar según sus estados de ánimos, posición social y/o actitud ante el arte y la cultura. La casona de marras se ubica a unos trescientos metros de la calle 23 en su cota más cercana; y es que su posición privilegiada en la esquina de H y 17 la convierten en sitio obligado para llegar a casi todos los espacios que distinguen “la capital de la ciudad”; es decir La Rampa y todo el conglomerado y congestionado espacio que ocupan en esta zona restaurantes, bares, cines, paradas de ómnibus y cuanta cosa usted quiera imaginar; y es que La Rampa marca el kilómetro cero hacia todos los barrios de la ciudad.

El jardín de la sede de la UNEAC, situado a la izquierda una vez franqueada la entrada, se había convertido desde hacía años en el centro necesario para que los miembros o afiliados a las distintas Asociaciones se encontraran, cohabitaran y hasta dieran riendas sueltas a su imaginario, carencias, virtudes, defectos y —por qué no decirlo tal y con todas sus letras— se defenestraran entre sí llegado el caso y el momento; todo ello bajo la agradable bóveda de los álamos y laureles allí sembrados años atrás, las ramas de estos que caían desde la acera contigua. Algo así como el circo romano necesario e inherente a tan ilustre gremio, solo que en vez de gradas está protegido por una alta verja de metal cubierta con planchas de zinc pintadas de negro, y en vez de arena había mesas y algunos bancos de mármol gastados por el uso y las inclemencias del tiempo.

El Hurón Azul, nombre dado al sitio, tomado al libre albedrío, en claro homenaje al pintor Carlos Enríquez, cuya residencia con igual nombre fue años antes centro de una mentada bohemia; necesitaba nuevos aires y nuevas ideas que sustituyeran a la casi extinta familia de gallos finos que Nicolás Guillén había fomentado.

El Hurón, así llamado por los habituales, era en aquel entonces, cuando corrían los años ochenta del pasado milenio y siglo a los que me remito, un modesto bar y cafetería accesible fundamentalmente por sus cofrades y parroquianos acreditados y a los amigos de estos, donde apaciblemente podían pasar un buen rato.

Debo contar a todas luces que cuando entré por vez primera, ya El Ambia era la figura central de las tardes de El Hurón. Todos los presentes tenían o debían, según el caso, interactuar con este hombre, negro y marginal, según su propio autorretrato literario, humano y social; que entre gritos a todo pulmón y una grave y profunda sonrisa gritaba el nombre de los presentes rompiendo todo el protocolo que pudiera caracterizar un lugar en que convergían –o debían converger si lograban sentirse parte— grandes nombres de la cultura cubana de aquel entonces y del que vendría después.

Su grito alegre, cual vigía del barracón o celador de la virginidad de la amistad, anunciaba la presencia, lo mismo de un escritor de moda o de alguien que estuviera en la lista de sus íntimos, era siempre el mismo:

—Yo soy el Ambia… poeta y marginal… —mientras recibía con un abrazo o apretón de manos, de acuerdo a la jerarquía afectiva, al o a los recién llegados—… y aquí está mi amigo…

 Allí, en aquellas tardes, en aquel momento, se sentaban las reglas de un mundo en que todos, sin importar títulos o premios, estaban a la misma altura y, curiosamente, había consenso general ante tal hecho.

El día que anunció a boca de jarro a sus íntimos, entre ellos Tato Quiñones y Helio Orovio, que en una semana comenzaría una Peña de Rumba, a ver qué pasaba; también estrechó en un grito febril al escritor Lisandro Otero que conversaba plácidamente con Manuel Cofiño, invitándolos a ambos a la primera función con aquello de “…ellos son mis consortes también…”, mientras les servía a toda prisa un largo trago de ron Paticruzado, que era oficialmente la bebida de El Hurón en aquel momento; a la vez que entre risas y burlas gritaba al poeta y editor David Chericián que “…esto no es el INIT… así que espera tranquilo…”

Sin embargo, junto con la naciente Peña del Ambia, Eloy también anunciaba un manjar al estilo de Jacinta la sufrida: “pan con truco…” y que de alguna manera era parte de aquel sueño inalcanzable; un plato de comida justo en su ya perdida infancia. Compartiría entonces el Poeta con sus amigos habituales y el resto de los presentes además de su poesía, algunos de sus más remotas vivencias.

—Un pan que tiene adentro cualquier cosa… o nada… —sentenció.

Para muchos, entre los que cuento a Guillermo Rodríguez Rivera, Leonardo Acosta y su esposa; a los actores Tito Junco y Samuel Claxtón; el poeta y etnólogo Rogelio Matínez Furé y otros cuyo nombre prefiero reservarme; la primera peña de rumba sería todo un acontecimiento, mas la gran noticia la dio el mismo Eloy cuando anunció que aquella peña sería el espacio para grupos de rumba que nadie conociera, pues aunque nunca nadie lo dijo, nada más justo que comenzar con Los muñequitos de Matanzas, Los Papines o Clave y Guaguancó; nombres conocidos y establecidos en el mundo de la rumba y la música cubana en general.

Para nada, aquella primera peña marcaría el debut de un grupo de aficionados —si cabe la definición para hombres curtidos en el arte de hacer rumba de cajón muy macho— que para aquel entonces se llamaba Guaguancó Portuario y que dirigía el mismísimo Calixto Callava, un imprescindible del género; y que con el paso de los años cambiaría su nombre por el de Yoruba Andabo y al que comenzarían a imitar y a superar otras tantas formaciones.

Un amante de las metáforas pudiera decir que aquellos días previos pasaron a velocidad crucero, y el miércoles acordado, Eloy llegó ataviado con una camisa blanca de lienzo al estilo de las vestimentas africanas que le cubría parte de su cuerpo, un gran collar de cuentas verdes y su gran cabeza negra sudada bien fuera por la emoción o el calor de aquella tarde de comienzos de junio de 1985.

Para entonces los desconocidos rumberos ya habían situado sus “jícamos”, cajones y toda clase de utensilios necesarios para una rumba, en la escalera que separaba el patio poblado de unas descoloridas mesas hechas de hierro con tapa de mármol gris y en las que ordenaban unas sillas pesadas con unas sentaderas de rejillas, ya para aquel entonces oxidadas por vivir expuestas a sol y sereno por no se sabe cuantos años y generaciones; y que marcaron con su herrumbre algún que otro pantalón o distinguida guayabera al más puro estilo de la moda existente o por venir.

Como se trataba de “la rumba fundacional” estaban presentes todos los amigos del Ambia, estaban también algunos de sus detractores (que siempre los hubo); tomando notas los dos bandos de tan osado paso autorizado por “la Presidencia”.

No se sabe si fue a pedido del poeta o de sus amigos, pero tocó a Helio Orovio las palabras de presentación del nuevo espacio. Helio, mezclando sapiencia, sentido del humor y su sonrisa burlona, brindó una corta charla sobre el género rumbero que solamente interrumpía para acomodarse aquel peinado que usaba para disimular su profunda calvicie y al que dedicaba escasos segundos con ambas manos, y marcar la pausa en el diálogo.

Durante dos horas los integrantes de Guaguancó Portuario estuvieron golpeando tambores, cajones y los batá de modo interrumpido, mientras los cantantes alzaban su voz a cappella, pues solo existía un micrófono para aquellas personas; mientras el Ambia, feliz y desconfiado como siempre ha sido, cruzaba de un extremo al otro bailando una rumba muy a su estilo personal y disfrutando el triunfo de su espacio y de su “pan con truco” que distinguiría desde ese momento las otras tardes en la UNEAC en que no hubiera rumba por algunos años y se bebía tranquilamente un ron entre amigos.​​​​​


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