Colectando la memoria del país, su propia historia… ahí va el trovador, como un camino


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Así reza la Canción de ombligo, que Vicente Feliú dedicara a Lino Betancourt y a los viejos trovadores. Y justo así transcurrió la fértil vida de quien tuvo su pasión en la trova de todos los tiempos. La noticia de su muerte conmociona, pero ha confirmado la trascendencia de su impronta en la crónica de acontecimientos históricos y la construcción de memoria en torno a lo más raigal de la música cubana.

Periodista, escritor y locutor radial, investigador musical por excelencia, Lino Betancourt Molina (Guantánamo, 1930 – La Habana, 2018), era reconocido como el “historiador de la trova cubana”, uno de esos títulos de honor que solo pueden otorgar la militancia y el compromiso incondicional.

Fue en su natal Guantánamo donde inició su labor profesional en emisoras radiales en los años cincuenta. Santiago de Cuba le dio luego la posibilidad de conocer de primera mano la esencia de la trova y el son más auténticos. Según su propia palabra, esto marcó su inicio en ese mundo de voces y guitarras, cuando entró en contacto, como periodista de una emisora santiaguera, con grandes cantores. Continuó más tarde en La Habana como testigo privilegiado en encuentros como la Peña de Sirique, que reunía a músicos que defendían “lo más cubano y tradicional”, entre ellos Sindo Garay, Oscar Hernández y Bienvenido Julián Gutiérrez.

Es esta la simiente de su obra, que ha quedado registrada en numerosas publicaciones periódicas, así como en casi una decena de libros, dedicados fundamentalmente a estudios acerca del nacimiento y desarrollo de la trova a lo largo y ancho de Cuba.

Entre lo más reciente de su producción, Lo que dice mi cantar (Ediciones La Memoria, Centro Pablo de la Torriente Brau, 2015), es una compilación de decenas de textos en varios géneros, escritos para el sitio digital Cubarte. Incluye crónicas, semblanzas, relatos sobre trovadores y hechos vinculados con el género; personajes conocidos, otros casi desconocidos, además de referencias a bailes, ritmos y al cancionero trovadoresco en los siglos XIX y XX.

La trova y el bolero. Apuntes para una historia (Editora Musical Producciones Colibrí, 2011), precisamente registra momentos y figuras imprescindibles de la tradición trovadoresca cubana, desde el siglo XIX hasta poco antes de la primera mitad del XX.

Como la rosa, como el perfume (Ediciones Museo de la Música, 2011), creado junto a Eduardo Ramos, es un cancionero que contiene el texto – letra de cuarenta obras emblemáticas, junto a la síntesis biográfica de sus creadores.

Igualmente son reconocidas sus publicaciones sobre la vida y obra del legendario músico cubano Francisco Repilado, Compay Segundo (2000) y Siempre Compay (2009), así como La trova en Santiago de Cuba (2005).

Recientemente había anunciado otras novedades editoriales: un volumen de crónicas y otro de un cancionero con una iconografía que incluiría unas 500 fotos de trovadores famosos.

Otro ámbito de escritura destacado es el de las notas fonográficas, donde pueden relacionarse entre sus aportes más recientes los discos De la trova un cantar, con el cual se celebró el 150 aniversario del natalicio del gran Sindo Garay o Serenatas con nombre de mujer.

Sin embargo, su obra publicada no es más que el resumen de un quehacer incansable en función del conocimiento y promoción de la música cubana en todos los espacios posibles, de ahí su intervención con la misma intensidad en la palabra escrita que en la oralidad, como experto cuya línea de pensamiento hizo énfasis en los orígenes e íconos de la canción trovadoresca en Cuba. De ese modo ofreció su saber en conferencias, conversatorios y talleres en eventos nacionales e internacionales.

Debieran tomarse como lecciones obligadas sus constantes participaciones en la mayoría de los espacios de diálogo, eventos teóricos o coloquios sobre la música cubana; su presencia en la radio, la televisión y hasta los medios digitales, con oportunos relatos de acontecimientos históricos y lúcidas reflexiones sobre los mismos.

Ejemplo notable su aporte al Festival de la Trova Pepe Sánchez, realizado cada año en Santiago de Cuba. Con razón fue señalado que “nadie le superaba en conocimiento sobre el ‘Pepe Sánchez’, entre otros motivos porque él fue uno de sus fundadores en 1964”, y por justicia en las horas posteriores a su muerte fue anunciado que el evento teórico del Festival llevará, en adelante, el nombre de Lino Betancourt.

Alto honor para quien mereciera importantes condecoraciones como el Premio Nacional de Radio (2007), el Premio del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau (2016), o la Placa conmemorativa del Centenario del Natalicio de Rafael Hernández (Puerto Rico), pero sobre todo el reconocimiento, agradecimiento y cariño de los músicos cubanos. Como si se tratara de “un hermano de madera y barro bueno… un hermano mayor, un peregrino”.


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