Rodrigo Sosa…un gran artista que viste con la piel de un músico


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Desde hace algún tiempo, sobre todo en los últimos cinco años, el contexto sonoro cubano se ha visto invadido (para suerte de los melómanos) por un sin número de propuestas artísticas, en las que la diversidad genérica y la influencia de los mainstreams resulta denominador común. Esta masividad creativa hace que cada vez sea más difícil encontrar “un producto” que transgreda la media y capte la atención de aquellos con un oído más aguzado. Entre tantas formas de creación musical y atractivas maneras de decir, la sinceridad interpretativa resulta sin lugar a dudas, el elemento que puede convertir “lo musicalmente correcto” en arte.

Cuando el vínculo entre un músico y su instrumento surge a partir de la más genuina necesidad de expresión, el sonido de este se convierte en su única voz como legado creativo. Y es precisamente esta “honestidad musical” lo que, en mi opinión, convierte el quehacer de Rodrigo Sosa y La Quenística en una propuesta artística que ha logrado atraer las más disímiles miradas y colocarse en la preferencia o, al menos, no pasar desapercibida ante el público cubano y foráneo.

A partir de una puesta en escena en la que la elegancia y el dominio del espacio son inherentes al sujeto creador, Rodrigo ofrece un producto donde variados elementos despiertan la curiosidad de todos los que de manera intencionada o por azar, son testigos de su quehacer. Es entonces cuando se hace evidente la necesidad de desentrañar la relación existente entre la perfecta tríada establecida a partir de la quena como columna vertebral de su propuesta musical, el virtuosismo técnico e interpretativo de Rodrigo Sosa; y el gran universo sonoro en el que se inserta su obra.

Con la quena como principal rasgo de identidad y ente generador de su creación, Rodrigo Sosa dibuja los más diversos paisajes sonoros de América Latina. Arropado por algunos de los códigos estético-musicales propios de la escena jazzística contemporánea y desde el más profundo respeto, Sosa ofrece lo que pudiera ser visto como una “reinterpretación” del folclor latinoamericano. La inclusión en “su hacer” de géneros del acervo musical de nuestro continente como el joropo, la cueca, el tango, el danzón, por solo mencionar algunos; entrelazados con conceptos sonoros más globales como el funk, el R&B, el latin jazz y el jazz en su más amplio espectro, permiten insertar su propuesta dentro de los presupuestos estéticos de la llamada World Music.

Aun así, no es menos cierto que por momentos pudiéramos dudar sobre cómo entender su creación musical. ¿Estamos en presencia de un jazzista o de un folclorista de estos tiempos? ¿Acaso es suficiente con asumirlo como un músico popular o un instrumentista virtuoso? Caminar sobre los límites siempre ha tenido sus riesgos y ventajas. 

La realidad es que delimitar un género musical o un área de creación para Rodrigo Sosa y La Quenística pierde total relevancia ante la sinceridad de su puesta en escena. Tal vez no ha terminado su búsqueda; a lo mejor su principal atractivo es precisamente pertenecer a ambos mundos.

Defensora inquebrantable de las músicas populares y folclóricas, La Quenística deviene espacio de experimentación continua en cuanto a nuevas fusiones genéricas, combinaciones tímbricas y a estéticas musicales se refiere. La aprehensión y asimilación de códigos sonoros pertenecientes a imaginarios culturales diversos, que luego se funden y concretan a partir de los nexos que provee la improvisación “jazzística” como lenguaje musical común, se convierte en una oferta musical más que novedosa dentro del contexto sonoro contemporáneo cubano.

Jamás hubiésemos imaginado escuchar el Almendra interpretado por la quena. Más impensable aún, hubiese sido siquiera soñar con la interpretación de un tema antológico de la música andina como es El cóndor pasa, envuelto en las combinaciones rítmicas propias de géneros de la música cubana como el son. Qué decir entonces de la posibilidad de concebir un latin jazz para quena como Que nadie se meta con Rodrigo o escuchar improvisar con gran sabor y cadencia a un quenista (por demás, argentino) sobre un Tumbao cubano, empleando como “suyos” recursos y entonaciones características de nuestra música y haciéndose acompañar por instrumentos como el tres, las tumbadoras y las pailas.

Para nada se cuestiona el valor de la quena como instrumento musical ancestral, parte cardinal en el desarrollo de la historia de la música americana y por muchos años, voz de los pueblos andinos. Mucho menos, se ponen en duda sus cualidades tímbricas. Se trata, tal vez, de reconocer la osadía de Rodrigo Sosa al apostar por un instrumento que, si bien es poseedor de siglos de historia, no cuenta con una presencia notoria en la escena musical contemporánea.  

Y es que cuando un músico ama profundamente su instrumento se establece una relación que traspasa el escenario. El sentir y asumir la quena como una filosofía de vida, como su voz y principal verdad, ha llevado a Rodrigo Sosa a convertirse en un apasionado admirador y defensor del instrumento.

Más allá de la vitalidad y soltura que demuestra en escena, siempre acompañadas de gran elegancia y personalidad, las capacidades técnicas e interpretativas de Rodrigo resultan dignas de admirar. Su manera de optimizar las posibilidades tímbricas del instrumento lo convierten en un maestro del trabajo colorístico. La contraposición de los registros extremos de la quena, sobre todo, el empleo de los sonidos agudos y sobreagudos (espacio sonoro por el que se pasea con gran comodidad y naturalidad), resulta un rasgo característico de su práctica y ofrece al oyente un universo de colores y matices de gran atractivo.

Asimismo, la ejecución de pasajes rápidos, bien articulados y colmados de ornamentos, donde el cuidadoso trabajo de dicción y limpieza en el sonido (timbre) está en pos de develar la esencia de cada obra e imprimirles el carácter indicado, solo es muestra fehaciente del gran virtuosismo alcanzado por Sosa. Más allá de tecnicismos, su especial manera de decir, plagada de una sensibilidad que contagia a quienes hemos sido testigos de su propuesta, sumada a su fuerza y proyección escénica arrolladora, dejan al descubierto “un gran artista que viste con la piel de un músico”.


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