Tarde en la Habana


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José María Vitier durante un concierto en Canción de otoño, 2015

Sobre el imponente reto que pudiera representar para la crítica y alejándome por un segundo de pasados artículos y referentes de calidad innegable, un planteamiento toma raudo mis consideraciones sobre el recital brindado en la Biblioteca Nacional de Cuba este último sábado 7 de julio. El concierto fue protagonizado por el reconocido músico José María Vitier, junto al Viceministro de Cultura y multi-instrumentista Abel Acosta y acompañado por las cantantes Liuba María Hevia y Bárbara Llanes.

Mucho se ha escrito y de cierto es que excelente sobre la formidable obra de este pianista y compositor cubano, por lo que no deja de ser un desafío conjugar verbo para describir con justeza toda la singularidad que en este entregado artista se congrega. No obstante, un fenómeno llama de inmediato mi atención.

La identidad musical cubana ha sufrido notables transformaciones durante las primeras décadas de este nuevo siglo. En el terreno de la música de concierto en particular se ha podido apreciar un acercamiento a expresiones sonoras populares que, si bien ya venían precedidas por el trabajo de compositores como Roberto Valera, Carlos Fariñas o agrupaciones como Irakere o el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, encuentran una organicidad contundente en el lenguaje de los nuevos creadores (Wilma Alba, José Víctor Gabilondo, Yulia Kúrkina).

Por otra parte, la pianística expande sus posibilidades hasta presentar intérpretes de proyección compleja y heterogénea, donde se imbrican géneros y estilos hasta conformarse sólidas personalidades musicales. Aldo, Harold, Luna, Fonseca. Si algo tienen en común la mayoría de los artistas de esta generación es la vibrante visión de la cubanidad expuesta en sus piezas y que parecería ser cada vez más habitual dentro de la estética contemporánea.

Pero en el caso de Vitier y una vez frente a su música, contemplamos hoy una isla completamente distinta. Romántico, la primera obra de su recital, traza la silueta de sobrios edificios superpuestos con un delinear nada menos que nostálgico. Un paisaje se intuye desde la recargada línea melódica -omnipresente en la mano derecha- homóloga de esa sucesión imaginaria que nuestros ojos encuentran en el horizonte del trópico. Pero acto seguido, Danzón imaginario y Tempo Habanero alumbran las calles para descubrir una ornamentada escena, un barroquismo de retóricos giros y recursos como los que se encuentran en Portocarrero. Este es el hacer de Vitier, solo comparable con la exquisita escena del film Fresa y Chocolate (Gutiérrez Alea, Tabío: 1993), secuencia en la que Diego (Perugorría) conduce a David (Cruz) a través de una Habana colonial y decadente, preciosa justamente por su apático abandono.

La música de Vitier está compuesta precisamente como el vitral roto que aparece en uno de los planos de Fresa… Su retocada armazón es expresión clara de los aires clásicos que toma su melodía. Ya sea en Pendiente de un mirar o en la conocida Festiva, referencias a microformas, preludios o fantasías pertenecientes al repertorio clásico son recurrentes dentro del perfilamiento de su línea melódica. El virtuosismo y refinamiento de su mano derecha es recordatorio de Mozart, Chopin o Bach. Mientras, la armonía de danzones y canciones de la trova tradicional colorea los espacios entre las distintas partes de las piezas y el contrabajo de Acosta, en este sentido, se aseguraba de complementar la delicadeza del piano desde sus síncopas y montunos. Pero más allá del fino cristal de estas obras, se recorta la realidad que recubre el compositor con sus recursos.

Piezas como Ritual o Ave María de la Misa a la Caridad del Cobre tienen como base genuinas formas de la música folclórica afrocubana y es quizás en ellas donde pudo apreciarse con mayor efectividad esta concurrencia entre expresiones, clásicas y populares con las que Vitier construye su discurso. Las tres franjas funcionales de melodía, armonía y ritmo fueron asumidas por cada uno de los intérpretes desde identidades antónimas pero complementarias. Una vigorosa rítmica en los batás (Acosta) estabilizó el desarrollo armónico del teclado sobre el que se remontaba el texto sacro de la soprano (Llanes). Esta convergencia sitúa al oyente frente a la gran complejidad que representa la identidad, cubana expresada en las múltiples manifestaciones artísticas de su cultura.

En las piezas de cierre Vergüenza y Solo el amor, interpretadas por José María junto a Liuba, se cristaliza la hermosa melancolía que a veces se percibe en la poética de este compositor. Como en lamúsica de El siglo de las luces, como en Preludio para Sofía, Vitier recuerda amorosamente con su sensibilidad que es Cuba más quesol y alborozo. Extiende nuestro reconocimiento a la capacidad trágica implícitaen el genuino querer, mostrándose como una figura madura, poli-temática, de múltiples aristas y lecturas.

La música de Vitier, distinta al resto de las propuestas que se encuentran actualmente en las expresiones de concierto en nuestro país, es un recordatorio de esa inmensidad, de vivir entre la maravilla y la asfixia de sentir. Asistir a uno de sus conciertos es desaprender lo que nos es ya familiar, desmontar de la excitación del impulso que nos rodea para respirar aquello que se nos escapa. Una Habana distinta, hermosa y desconocida para muchos.


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