El reto de la libertad

Por: Juan Nicolás Padrón
Categorías: SOCIEDAD, HISTORIA, LETRA CON FILO, ARTÍCULO

En varias ocasiones me he referido a la necesidad de refundar nuestras instituciones culturales teniendo en cuenta los nuevos tiempos. Los espacios y límites de libertad artística en ellos resulta un tema aún no muy debatido, a veces por la ojeriza de algunos cuando oyen la palabra “libertad”, un concepto defendido por los revolucionarios de todas las épocas, que toda la variedad cromática de anti-revolucionarios “que en el mundo han sido” ―contrarrevolucionarios, conservadores, reaccionarios, acomodados, oportunistas, retrógrados…― reprimen, frenan, detienen, postergan…, como si fuera un tema imposible de atender en una “plaza sitiada” y ante contingencias en que, supuestamente, peligra la estabilidad de una revolución.

Fidel Castro en varias ocasiones abordó el tema de la libertad artística y su adecuación a la política cultural cubana, cuestión estratégica que hoy asume máxima prioridad. La emancipación socialista ha sido un asunto poco debatido por quienes tienen la responsabilidad de organizar y poner en funcionamiento esta condición en las instituciones, quizás argumentando la falta de condiciones para desarrollar su implementación, de acuerdo con los tiempos y etapas en que se ha encontrado el socialismo cubano.

Por supuesto, cada vez que hablemos de libertad habremos de tener en cuenta dos aspectos consustanciales a la intención de desarrollarla: libertad de qué y libertad de quién o para quiénes. No es necesario advertir, a estas alturas, que toda libertad está vinculada estrechamente al concepto de necesidad, y por tanto, al de responsabilidad, y que no se trata de una libertad para afectar la justicia social o aumentar las desigualdades, ni mucho menos destruir o afectar el legado construido por la Revolución; tampoco la libertad es para los enemigos de la libertad, con su propuesta de dictadura de la plutocracia, que hoy por cierto sería la de los más ricos entre los ricos, o para quienes enmascaran una cínica falsedad tras un lenguaje aparentemente socialista y desde posiciones seudorrevolucionarias.

La libertad artística socialista a la que aspiro estuvo formulada por Fidel en el mal leído y peor citado discurso improvisado de Palabras a los intelectuales (Ver Un texto absolutamente vigente. A 55 años de Palabras a los intelectuales. Compilación de Elier Ramírez Cañedo; La Habana, Ediciones Unión, 2016), nada más y nada menos que unos dos meses después de los combates de Playa Girón. En el momento de máxima alerta militar en que peligraba la estabilidad de “la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes”, el joven líder revolucionario convocaba a la intelectualidad del país para intercambiar criterios y hacer un ejercicio de pensamiento con ellos, para debatir ideas en intercambio franco y completar la fundación de las instituciones culturales de la Revolución, único modo de asegurar un verdadero sistema socialista cubano recién nacido. Fidel, a pesar de su juventud e inexperiencia en asuntos del Estado, no le temía a ese debate, y de los tres días que duraron esas reuniones, dos de ellos estuvo escuchando y apuntando. Cuando intervino al final, abrió diciendo: “En el fondo, si no nos hemos equivocado, el problema fundamental que flotaba aquí en el ambiente era el problema de la libertad para la creación artística”.

Quisiera contextualizar que estas reuniones fueron en 1961, en momentos en que en el llamado “socialismo real” el tema de la libertad era anatema, y sus limitaciones tributaban a un determinismo sistémico que se encargaba de preservar los privilegios de una clase política en el poder, posteriormente anquilosada hasta su autodestrucción: allí ya se había aniquilado la crítica como factor imprescindible para ejercer criterios que contribuyeran a la aproximación de la verdad de todos, y no a la de un grupo que cada vez más perdía el contacto con el pueblo.

En medio del parto socialista cubano, Fidel razonaba con representantes de la intelectualidad del país sobre la libertad, y planteaba como algo inexplicable la posibilidad de que la Revolución, que como fuente de derechos significaba una suma de libertades, pudiera convertirse en enemiga de ellas. El estratega de la unidad cubana expresaba también con sinceridad que las instituciones recién nacidas o por nacer, debían afianzar la libertad de defenderse del peligro de la posible destrucción de la fuente de derechos que garantizaba esas libertades, y aclaraba que este principio no se limitaba a los intelectuales, sino a todos los ciudadanos del país, pues lo que se dilucidaba en aquellos momentos allí no solo era la libertad artística, sino la libertad en el socialismo cubano.

Fidel estaba fundando en la práctica la democracia socialista, frente a la deformada alternativa de la hoy casi extinguida “dictadura del proletariado”. Estaba perfilándose el objeto social de las instituciones culturales nacidas hacía unos dos años, como el Icaic y la Casa de las Américas, o de las que se instituyeron en el propio 1961, como el CNC ―creado el 4 de enero de ese año―, o las que nacerían posteriormente, como la Uneac ―cuya fundación se acordó el 18 de agosto en el Primer Congreso de Escritores y Artistas de Cuba―, o la Editora Nacional de Cuba ―establecida el 8 de mayo del año siguiente.

El amplio y variado programa cultural desplegado en esos años por toda la Isla destinado a un público masivo: conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional en plazas públicas, funciones didácticas del Ballet Nacional de Cuba en sitios donde no se conocía el lenguaje de la danza, proyecciones de cine-móvil a públicos que por primera vez accedían a ellas, bibliotecas circulantes en zonas intrincadas… demostraba que la preocupación no solo se extendía a la libertad a los creadores, sino también a la de todo el pueblo, para que estuviera en condiciones de apreciar y seleccionar su opción cultural. El descomunal apoyo al arte y a la literatura con la formación de instructores de arte, la creación de talleres literarios, construcciones de escuelas de arte…, al igual que el impulso a instalaciones para la ciencia y la técnica, el enorme esfuerzo desplegado en la preparación deportiva con escuelas de deportes y técnicos, entre otras inversiones para la educación, a la larga favorecieron la cultura general del pueblo, aunque quizás estuvieron cuestionadas en silencio por tecnócratas y burócratas, que no entendían por qué tantos recursos se “gastaban” ―quizás, para algunos, hasta “se botaban”― en actividades “improductivas”, porque no aportaban un resultado material inmediato.

En cada premio, festival, espectáculo, inauguración de escuela o institución cultural, científica, educacional o deportiva de importancia, y a veces de no tanta “importancia”, estaba Fidel, quien llegó a decir que “la Revolución es hija de las ideas”. No podía ser posible un parricidio en la diversidad de ideas que tenían que convivir en la unidad del pueblo, una vez desmantelado el orden legal de la “viceburguesía”. Con el crecimiento de la Revolución, se hizo necesaria otra legalidad y otra institucionalización para regular esa libertad ante nuevas etapas. Hoy es una necesidad impostergable.

Cuando a finales de los años 80 Cuba estuvo dispuesta a dar un salto cualitativo para alcanzar mayores espacios de libertad en la larga lucha por la emancipación, Fidel vislumbró la caída del campo socialista europeo. El 12 de marzo de 1988, en el primer Consejo Nacional de la Asociación Hermanos Saíz ―AHS― celebrado en el Palacio de las Convenciones, Fidel vuelve a preocuparse por el reajuste de las instituciones de la cultura. En aquella ocasión, en medio de peligros militares, ideológicos y culturales, porque el merengue de los comunistas soviéticos estaba temblando, reconoce: “Tenemos un pueblo dispuesto a hacer lo que se le pida, el problema es que nosotros no sabemos qué pedirle;  tenemos un pueblo dispuesto a hacer lo que sea necesario hacer por la Revolución, somos nosotros los que no sabemos qué decirle al pueblo qué haga”. En un enérgico análisis autocrítico, no temió abordar el fondo de la cuestión: “Tenemos que ser valientes, tenemos que ser abanderados de la libertad, porque esas fueron siempre nuestras banderas; abanderados de la verdad, porque ese fue siempre nuestro principio, nuestra lucha”.

Fidel hace equivaler libertad y verdad, y llega, incluso más allá de “Palabras a los intelectuales”, a profundizar en el centro de lo que se discutía en esos momentos entre los más jóvenes artistas, que se resumía en la necesidad de la crítica y de la libertad para lograr el consenso de la verdad: “Yo me acuerdo que cuando planteé esta cuestión de buscar el máximo de espíritu crítico decíamos: es preferible los inconvenientes de los errores que se produzcan, a los inconvenientes de una situación de ausencia de crítica. Y podría decir: es preferible los errores de tener mucha libertad, a los inconvenientes de no tener ninguna libertad (Aplausos prolongados)”. En buen cubano, “subió la parada” en cuanto al papel de la crítica y de la libertad para alcanzar más emancipación socialista, y supongo que nadie lo crea ajeno a la situación estratégica inaugurada por la era Reagan-Bush, pero él ya sabía que no se podía combatir al nuevo imperio con las “armas melladas” del “socialismo real”: “El enemigo va a emplear armas más sutiles, empleemos armas nuevas también, vamos a consolidar por todas estas vías de que ustedes hablaban la ideología, la fuerza de la Revolución”.

El Comandante estaba convencido de que había que rectificar muchos errores, pero para ello había que identificarlos, analizarlos y discutirlos en un diálogo abierto y desprejuiciado, para eso se necesitaban la crítica y la libertad; con su habitual audacia, expresaba: “Vamos a demostrarles a los imperialistas y a los farsantes estos que somos diez veces más valientes que ellos, diez veces más honestos, diez veces más defensores de la verdad y de la libertad. Entonces, la libertad ha de ser una de nuestras grandes banderas”.

Quien no tome esas banderas hoy, no es revolucionario o dejó de serlo. En su espíritu siempre joven, Fidel se abría a las nuevas generaciones: “Podemos tener prejuicios, reservas; queremos descubrir si tenemos prejuicios y tenemos reservas. Sobre todo debemos preguntarnos si tenemos temor, valdría la pena que nos autoexamináramos para saber si tenemos temor, valdría la pena que nos autoexamináramos para saber si somos reacios o alérgicos a lo nuevo”. ¿Cuántos están dispuestos a autoexaminarse hoy para saber si tienen prejuicios, reservas, temor y son reacios o alérgicos a lo nuevo?

Y continuaba el líder de la Revolución: “La vida cambia, el mundo cambia, la Revolución cambia y tiene que cambiar, y nosotros estamos en el deber, entre todos, entre ustedes y nosotros ―nosotros en un sentido más global, nosotros viendo la estrategia general; pero veo que el esfuerzo que hagamos en este campo forma parte inseparable de la estrategia general. (Aplausos prolongados). Vamos a encontrar las respuestas nuevas o soluciones nuevas a problemas viejos y nuevos”. ¿Cuántos están dispuestos a esa obligación trazada hace casi 30 años?

E insistía con una sinceridad desbordada: “¿A qué le vamos a temer?, ¿a qué le podemos temer? Dediquémonos a trabajar y veremos cómo le vamos a encontrar las soluciones, que nadie las tiene aquí, nosotros no las tenemos; pero sí tenemos la seguridad de que con ustedes las vamos a encontrar, si somos valientes, si nos apegamos a los valores más sagrados de la Revolución, del socialismo y del humanismo”. Vale la pena seguir citando in extenso este discurso para darnos cuenta de las preocupaciones de Fidel hace tres décadas: “Creo que podemos tener las dos cosas: el mejor programa de educación estética y la mejor política cultural, y decía que si en todo lo demás tenemos éxito y no tenemos éxito en esto, tendríamos que sentirnos avergonzados, tendríamos que sentirnos incapaces de resolver un problema de este terreno. Evidentemente ha sido el terreno en que han encontrado más dificultades los procesos revolucionarios y los países socialistas”. No en balde, en pleno Período Especial, reiteraba que “la cultura era lo primero que había que salvar” porque “la cultura es escudo y espada de la nación”.

Justamente a partir de aquel momento comenzaron a hacerse más evidentes los resultados de los errores del “socialismo real” y del trabajo de zapa de la estrategia imperialista mediante la cultura, por ello Fidel estaba empeñado en renovar la política cultural; para eso contaba con los más jóvenes, y estaba dispuesto a reunirse otra vez al año siguiente para ver la marcha de tal esfuerzo de reorganización: “Tal vez en nuestra primera reunión no hayamos encontrado todavía soluciones para todo, pero estoy seguro que habremos avanzado, y si necesitamos dos años, si necesitamos tres… Estoy seguro de que vamos a poder decir también una idea muy clara sobre todo esto, y hablando con una absoluta franqueza: el que se equivoque que diga que se equivocó; el que tenga una opinión: esto salió mal por esto y por lo otro, esto tiene tal cosa. Hablando así, como hemos hablado hoy; pero no así, como hemos hablado hoy: con más libertad con la que hemos hablado hoy, ¡con más libertad que la que hemos hablado hoy! (Aplausos)”. Mas todo tuvo que postergarse por un asunto de vital emergencia: la subsistencia de la Revolución, y nunca volvió a encontrarse la oportunidad de retomar esta cuestión vital: la refundación de nuestras instituciones para actualizar la política cultural de la Revolución.

Fidel, con su sentido de futuridad, el 7 de noviembre de 2016, a pocos días de su muerte, autorizó la publicación de esta intervención recientemente dada a conocer por la AHS, pues hasta este momento permanecía inédita. ¿Alguien dudará de la urgencia de discutir sobre estos espacios de crítica y libertad para encontrar la verdad de estos tiempos?

Juan Nicolás Padrón

Enero de 2007


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