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A Santa Clara, ¿la fundó un gato?


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Santa Clara, la población que, según la leyenda, fue fundada por culpa de un gato.

Dice el pueblo, en su infinita sabiduría, que “una cosa es con guitarra y otra cosa es con violín”.

Sí: a veces un mismo asunto puede ser abordado por ángulos diametralmente opuesto, con ópticas distintas y hasta excluyentes.

Eso nos sucede al examinar la fundación de Santa Clara, aquella ciudad que surgió por la cintura de Cuba en el ya remoto Año de Gracia de 1689. 

Porque a ese hecho fundacional se le puede enfocar a través de la estricta verdad histórica, con todo el rigor que la ciencia exige en sus pesquisas.

Ah, pero también hay otra versión. Es la que viene dada por lo que alguien llamó “la espuma de la historia”, ese cúmulo de mitos, leyendas y tradiciones que se entreteje como una telaraña poética.

Según una opción, existe Santa Clara a resultas de los manejos de un inquisidor ambicioso. Pero, si nos atenemos a la variante de la leyenda, la nueva villa surgió porque en San Juan de los Remedios del Cayo no sabían de qué se alimentaban los gatos.

Ahí va la variante “científica”

Dice la rigurosa y adusta Historia que todo comenzó cuando el padre José González de la Cruz, rector de la parroquial en San Juan de los Medios del Cayo, Vicario Juez Eclesiástico, Comisario del Santo Oficio de la Inquisición y Real Subdelegado de la Santa Cruzada, comenzó a expulsar demonios con la misma celeridad que una serie de montaje de una fábrica Ford. Aseguraba el religioso que había sacado de los cuerpos de los posesos la bobería de ochocientos mil espíritus. A no dudar, era algo exageradito el señor cura.

Llegó más lejos el padre José. Ante el notario público, por medio de exorcismos, hizo comparecer nada menos que al mismísimo Lucifer. Ahí sí que apretó: nada menos que una interview, toda una entrevista periodística al Príncipe de los Infiernos.

Hubo poseso que, según el religioso, él solito, acaparaba la bicoca, la minucia, de cien legiones de demonios.

Pero, según pudo comprobar el padre José, Lucifer prefería morar en el cuerpo de una esclava, la negra Leonarda. Claro, gustos son gustos, y a la distancia de tres siglos yo no sé cómo estaba aquella morena.

Finalmente, el religioso declaró que Remedios se iba a hundir en una boca del infierno situada, según dijo, en un raro accidente geográfico que identificó como “La Güira de Juana Márquez la Vieja”.

Más tarde se hizo evidente que el hato para el cual el padre José proponía mudar la villa era de su propiedad. Vaya casualidad. Claro, al urbanizarse los terrenos, su precio subía en flecha.

Lo cierto es que los más crédulos pusieron sus pies en polvorosa, tomaron las de Villadiego o, sencillamente, se dieron con los calcañales en la nuca.

Los fugitivos fundaron, entonces, Santa Clara.

Hasta ahí la verdad. Claro, la histórica. Porque hay otra, la poética, que el pueblo forjó en la fragua de su imaginario.

Pero… ¿a Santa Clara la fundó un gato?

Sí, hay otra versión de cómo surgió la población villaclareña.

No será tan científicamente rigurosa, pero a todas luces resulta más deliciosamente imaginativa, y se le puede aplicar aquello de si no e vero e ben trovato.

Según la leyenda, a finales de los 1600 en la octava villa fundada por los europeos en Cuba, San Juan de los Remedios del Cayo, se había desatado una plaga que tenía en vilo al vecindario.

Los ratones eran los dueños del poblado. Asolaban los campos y graneros y, lo que es más grave, más de un cayero amaneció con un dedo del pie amputado por los repugnantes advenedizos.

Y aquellos buenos vecinos —según cuenta la leyenda—  eran tan, pero tan pero tan ingenuos que nos se les ocurría un método eficaz para mandar a los roedores a los quintos infiernos.

Entonces —asegura la tradición transmitida oralmente—, hizo su aparición un personaje providencial. Era un hijo de la Francia, acompañado de cierta fiera.

El monsieur ofreció su animal en venta, asegurando que era un infalible cazador de ratones.

Pero no se limitó a pregonar las virtudes de la fiera, sino que organizó una demostración pública en la plaza remediana. Allí el feroz animal liquidó de un zarpazo cuanta rata o ratón le pusieron a su alcance.

Entusiasmados y convencidos, por pública cuestación los pobladores reunieron la astronómica cifra que el francés exigía. Y ya era suya la fiera que los libraría de pesares.

Como ya habrán imaginado ustedes, queridas comadres, compadres dilectos, el animal no era otra cosa que un gato… ¡especie hasta entonces desconocida por los remedianos! No enfadarse: a las leyendas siempre hay que hacerles algunas pequeñas concesiones. Peor es la historia del Diluvio Universal, o de la Torre de Babel, y la gente se las cree.

Continúa la narración contándonos que cuando el francés ya había abandonado el pueblo, a alguien se le ocurrió preguntarse de qué se alimentaba la fiera, pues habían observado que se desentendía de los ratones tras matarlos.

El mejor jinete salió a darle alcance al vendedor, para salir de dudas. Cuando lo logró, escuchó del francés la respuesta: “Como la gente”, muy explicable refiriéndose a un gato, consumidor de las sobras de los manjares que comemos los humanos.

Pero, fuese por el pésimo español del francés, fuese porque su interlocutor era un poco duro de oídos, lo cierto es que a la villa remediana, en lugar de “como la gente”, la información que llegó fue “come gente”.

Y dice la ingenua tradición que ahí mismo se armó la estampida, y que muchos remedianos liaron sus bártulos huyendo de la fiera antropófaga.

Fueron a dar a un paraje llamado Sabana Larga, junto a los arroyuelos Bélico y Cubanicay. Allí, celebraron misa bajo un tamarindo, como acto fundacional de Santa Clara.

Y… colorín, colorao.

Despedida, como una opción

Queridas comadres, compadres dilectos: ahí tienen las dos variantes. Que, cada cual, escoja según su personal gusto.

Yo… yo me quedo con la segunda. Por su ingenuidad poética, por su gracia popular.


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