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Armando Hart: Un luchador incansable / Por: Rolando López del Amo


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Foto: Susana Méndez Muñoz.

 

Hay obras que estarán asociadas, indisolublemente, a la actuación de un dirigente determinado. Cuando se hable de la Campaña de Alfabetización y de la Educación Obrero-Campesina en Cuba habrá que mencionar al Ministro de Educación bajo cuyo mandato se hicieron realidad, el Dr. Armando Hart Dávalos. Cuando se hable del rescate del trabajo cultural de la Revolución cubana que, tras brillante inicio a comienzos de la década de los años sesenta del pasado siglo se depauperó algún tiempo después, habrá que hablar de la creación del Ministerio de Cultura con el Dr. Armando Hart como Ministro.

Pero hay una tercera razón de un valor estratégico para la nación cubana, asociada también al Dr. Armando Hart Dávalos: la creación de la Oficina del Programa Martiano y la Sociedad Cultural José Martí. En momentos muy difíciles y desorientadores tras la desaparición del campo socialista y, en particular de la URSS, la creación de esta oficina fue una suerte de regreso a los orígenes de la Generación del Centenario del natalicio de José Martí, origen de la fuerza dirigente de la Revolución cubana. Martí, desde el punto de vista ideológico, es el pensamiento madre de la independencia nacional, de nuestro latinoamericanismo, de nuestro antiimperialismo, de nuestro internacionalismo y lo esencial del ideario socialista libertador, de hacer causa común con los oprimidos y echar la suerte propia con los pobres de la tierra. Hart nos devolvió a Martí vivo y contemporáneo.

Uno de los aspectos que en muchas ocasiones le escuché a Hart fue el de prestar atención a la forma de hacer política de Martí. Y si nos adentramos en el pensamiento martiano comprobaremos lo mencionado por Hart.

Lo primero sería conocer la experiencia de las diversas sociedades humanas sobre el tema. Martí expresa: “Política es el estudio de los diversos métodos de vida común que ha discernido o pueda discernir el hombre. La aristocracia es una política, y la democracia es otra. El zarismo es política, y es política la anarquía”.

Habiendo mencionado varios ejemplos de prácticas sociales en el mundo, Martí va a insistir en que la práctica política ha de ajustarse a las condiciones de cada lugar. No calcar ni copiar. Así señala: “La política científica no está en aplicar a un pueblo, siquiera sea con buena voluntad, instituciones nacidas de otros antecedentes y naturaleza, y desacreditadas por ineficaces donde parecían más salvadoras; sino en dirigir hacia lo posible el país con sus elementos reales”.

Nos está indicando que hay que hacer lo que es posible a partir de los elementos reales con los que se cuenta. Y hay que tener la flexibilidad necesaria junto a la firmeza en los principios. Veamos: “En plegar y moldear está el arte político. Solo en las ideas esenciales de dignidad y libertad se debe ser espinudo, como un erizo, y recto, como un pino”.

Pero el sentido fundamental de la política para Martí es el siguiente: “La política es el arte de hacer felices a los hombres”. “La política, o modo de hacer felices a los pueblos, es el deber y el interés primero de quien aspira a ser feliz, y entiende que no lo puede ni merece ser quien no contribuya a la felicidad de los demás”.

En la definición anterior Martí considera que el objetivo de la política a la que él aspira es el de trabajar por la felicidad individual y colectiva porque entiende que no puede existir una sin otra. ¿No se parece esto mucho a lo planteado por Marx y Engels de lograr la armonización de los intereses del individuo con los de la sociedad?

Ese hombre que no puede ser feliz si los demás no lo son es un hombre bueno. Los hay excepcionales que aman al prójimo más que a sí mismos o, al menos, tanto como a sí mismos. Y Martí ha observado lo que ocurre en la sociedad: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso… Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”; pero sin perder el condicionamiento ético: “La prosperidad que no está subordinada a la virtud avillana y degrada a los pueblos; los endurece, corrompe y descompone”.

El siguiente pensamiento resume lo que antes hemos mencionado: “El deber es absoluto; pero la política es relativa. El pensador propaga, y el gobernante acomoda. Política es eso: el arte de ir levantando hasta la justicia la humanidad injusta; de conciliar la fiera egoísta con el ángel generoso; de favorecer y de armonizar para el bien general, y con miras a la virtud, los intereses”.

Pero Martí no es un idealista, un utópico que desconoce las realidades del mundo y sabe de los intereses egoístas y de los enemigos de los pueblos. Por eso la política debe también desempeñar otras funciones: “La política es el arte de inventar un recurso a cada nuevo recurso de los contrarios, de convertir los reveses en fortuna; de adecuarse al momento presente, sin que la adecuación cueste el sacrificio, o la merma importante del ideal que se persigue; de cejar para tomar empuje; de caer sobre el enemigo, antes de que tenga sus ejércitos en fila y su batalla preparada”.

Y sobre el deber de los estadistas de prever —y esta es idea en la que ha insistido nuestro máximo dirigente, Raúl Castro Ruz—, Martí dice: “Agitar, lo pueden todos; recordar glorias, es fácil y bello: poner el pecho al deber inglorioso, ya es algo más difícil; prever es el deber de los verdaderos estadistas”.

Una advertencia más nos viene de Martí: “Las reformas sólo son fecundas cuando penetran en el espíritu de los pueblos”.

Pasando revista a estas ideas es fácil comprender cuánto influyeron en la generación del centenario, en Fidel, en Raúl.

El compañero Hart nos ha advertido y recordado el camino que, a través de Martí nos llevó hasta Marx, bajo la guía de Fidel, porque los tres se pusieron del lado de los pobres.

Gracias a Hart por su trabajo y su obra en bien de nuestra nación.

 

Publicado: 26 de noviembre de 2017.


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