Armando Morales, un maese caribeño.


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Tiene el teatro cubano teatristas de recia estirpe, artistas de esos que se entregan a su arte en cuerpo y alma y sostienen las banderas contra toda desventura, sin importar su grado y naturaleza. Por supuesto, lo llevan a cabo de modos diversos y en tesituras distintas. En mi opinión, Armando Morales, el colega que acabamos de despedir en estos días desde su dimensión corporal —y busco bien las palabras, pues ni siquiera puedo decir física, material— es uno de ellos.

No me detengo en la sucesión de hechos que parecen conformar una biografía puesto que otras  voces lo han hecho. Al respecto, es imprescindible decir que, en efecto, conformó la tropa fundadora del Teatro Nacional de Guiñol, en marzo de 1963, que lideraran Carucha y Pepe Camejo junto al amigo y colega de sueños Pepe Carril y, sin dudas, las labores compartidas en esa institución lo marcaron indeleblemente y resultaron fuente permanente, inagotable de energía y brújula que señaló el camino. No me parece posible un Armando Morales sin la huella de aquella experiencia fundadora, pero a la vez rotunda a la cual él se incorpora en una etapa fundamental para la vida de los individuos dado que contaba con veintidós años.

Los siete años de magisterio de Los Camejo (bajo cuyo apellido sumo a Carril) y la interacción del talento, las aptitudes, capacidades de los jóvenes artistas que junto a ellos hicieron posible la maravilla de aquel repertorio, entre los cuales él figuró y a cuyas influencias estuvo expuesto forjaron a este creador, quien muchos años después, sobre los ochenta —cuando la realidad del Teatro Nacional de Guiñol era otra— inició un camino como juglar solitario que, en realidad, comenzó como un camino para una pareja de artistas, el camino posible para Armando y Xiomara Palacio.

Que yo recuerde dos espectáculos salieron del binomio, el primero la versión de La lechuza ambiciosa para este mínimo elenco; luego vino la Suite Concertante a la cual Xiomara no le brindó su esperanza, y es que también hay que decir, con infinita admiración, cariño y risas por medio, que Xiomara era Xiomara.

Armando buscó la variante, pues él había decidido ya la senda y no era de los que se volvían atrás o se sentaban a lamentarse. Una mañana me vi compartiendo su ensayo de la Suite…, a solas, en el entrañable tablado del Focsa, él quería mi opinión porque planeaba irse con el espectáculo así como estaba, recién salido del horno y no muy crujiente aun,  a unas presentaciones en el extranjero. Y se fue, porque también será justo decir que Armando era Armando. Y el camino se hizo al andar, como dijo antes el poeta. Suite concertante era un espectáculo osado, audaz, de esos a los que apenas una pulgada o diez segundos o medio tono de más o de menos bastaban para colocarlo en zona ilegítima.

A partir de ese momento Armando crearía otras obras en su compañía, pero apenas tres o cuatro de ellas involucrarían a más de dos actores, entre esas recuerdo El Quijote anda, la versión de Don Quijote… , de Freddy Artiles;  S.O.S. Pelusín , de mi autoría, y Kiko Kiriko, de Dora Alonso.

A pesar de que Armando era el director general del Teatro Nacional de Guiñol desde que en el 2000, le había tocado “la ronda” (sobre la mitad de los noventa el Consejo Artístico había decidido que cada uno de sus miembros funcionara como director general por etapas) y de que la compañía contaba con una plantilla de alrededor de unas dos decenas de actores, él no estaba dispuesto a realizar producciones que involucraran sino a todos,  al menos a la mayoría. Ya había vislumbrado las ventajas que ofrecía el trabajo en solitario o, en todo caso, el laboreo junto a otro colega, entre ellas se hallaba la movilidad de las puestas y la disponibilidad para ser presentadas en muy disímiles espacios.

De esta suerte su repertorio se configuró con títulos como el clásico Chímpete Chámpata o Los pícaros burlados, El panadero y el diablo (ambos de Javier Villafañe), la versión de William Fuentes de La Caperucita Roja, y La República del caballo muerto, del reconocido dramaturgo argentino Roberto Espina, espectáculos con los cuales recorrió todos los festivales y encuentros territoriales profesionales de la Isla un sinnúmero de veces y se presentó en México, Perú, Ecuador, Venezuela, Colombia entre otros. Durante el tiempo en que compartió la creación con el actor y diseñador Sahimel García Varela datan otras puestas bajo su dirección tales como Pelusín Frutero, En el Infierno, Osobuco soberbio a la parrilla, Abdala y Floripondito o los títeres son personas, en estos dos últimos  interviene, además, como intérprete.

Antes había trabajado como director invitado en el Teatro de la Villa, en Guanabacoa, donde firmó las puestas de El mago de Oz, El mundo al revés, Papito, Mi amigo Mozart y lo mismo hizo después con el Guiñol Guantánamo, en la zona más oriental de la Isla. En el repertorio de esta agrupación Armando dejó Los bailes del deseo, El caballito enano y  Pelusín y la esperanza.

Para una de las ediciones de la Bacanal de Títeres para Adultos preparó Milanés, que hubo de presentarse aun en pleno proceso y resultó muy sugerente, aunque luego no se continuara trabajando sobre aquel.

Su condición de artista plástico, inicialmente como pintor y miembro del grupo de artistas visuales que trabajó el grafismo por excelencia durante los sesenta y parte de los setenta,  sus intercambios con artistas de otras geografías, su presencia en festivales alentaron sus búsquedas en el mundo del diseño para el teatro de figuras animadas, en particular en cuanto al propio concepto formal y expresivo del personaje, las formas múltiples, libérrimas que podrían asomarse y dominar los escenarios, a la vez que esta específica visión estética suponía poner el énfasis en la creencia y la verdad del actor titiritero (doy por descontada su idoneidad). Por la ausencia de las condiciones adecuadas para la continuidad y  la posibilidad de sistematizar un experimento de este tipo y,  también, por su propia dinámica de trabajo, que siempre miraba hacia adelante sin que hubiese en ella lugar para un cierto acabado (y no hablo de “perfección”,  un concepto que le era ajeno), para una segunda ojeada en un mismo proceso, pienso que mucho nos queda ahora para estudiar con detalle de todos esos continuos jalones estéticos, de todos esas llamadas sin palabras ni sonidos que él nos dispensó sin cesar.

Cierto es que muchos descubrimientos en cuanto al mundo de la figura animada están en los trabajos (y escritos) de un buen número de artistas contemporáneos (aunque, a veces, puede tratarse de asiáticos del siglo XII) pero con Armando esas verdades llegaban a casa,  con mayor facilidad se nos volvían nuestras. Observo un par de mis piezas titiriteras y  entiendo que mucho de lo que, en diálogo creativo con él —intercambio sin palabras—, hemos creado otros artistas en cada una de nuestras especialidades, sobre todo ya entrados los noventa, en ocasiones  desde el territorio de la provincia —y pienso ahora en Andante, Guiñol Guantánamo, Polichinela—,  ha sido estimulado, incitado, espoliado por los desafíos que Armando aceptó y, tal vez aun más, por aquellos que nos permitió entrever e imaginar.

Vivió la vida que tuvo “a todo trapo”, para poner en buen cubano la frase de “a toda vela”. Supo librarse de toda atadura para poder tomar el camino cada vez que fuera pertinente. Algún precio se ha de haber pagado por ello puesto que, en cuanto al vivir, ese es el pacto.  Lo cierto: lo mejor de su aliento queda con nosotros. Ahí están el camino y los nuevos retos.


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