Ballet Nacional de Cuba: volver a los clásicos


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Constituye El lago de los cines, junto al romántico Giselle, el transicional Coppelia y los académicos Don Quijote, La Bayadera, La bella durmiente y Cascanueces, los llamados ballets clásicos por excelencia. Y son clásicos no solo por persistir en el tiempo, por su condición de artificio siempre presto al retorno, a la parodia, a la revisita, a la reinterpretación de su ser patrimonio de la cultura dancística universal; sino por su perdurabilidad en la materialidad de la obra misma.

Por estos días el Ballet Nacional de Cuba, en amplia temporada inaugural de año nuevo, nos ha presentado en la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso” la versión que la propia Alicia hiciera a partir de la coreografía de Marius Petipa y Lev Ivanov. Propuesta que legitima el gran mérito de nuestra prima ballerina assoluta como elegante repositora de la tradición romántico-clásica que, además de otorgarle dinamismo y progresión dramática y coreográfica a la obra original, respeta la maestría de Petipa en la construcción de escenas altamente visuales, a pesar de los complejos y variados diseños grupales.

Balletomanías al margen, El lago de los cines es una pieza clave en el repertorio de toda compañía de ballet. Recrea un “simple” relato, pero bien conciso en el trazado dramatúrgico de los sucesos que lo integran y en las soluciones escénicas que lo definen. Personajes bien estructurados que se oponen en un conflicto dramático certero. Todo en función de una fábula coreográfica que toma como uno de sus componentes centrales la propositiva música de Tchaikovsky para hacer emerger contradicciones, sutilezas en la acción, énfasis y correlaciones entre sonoridad y baile.

Quizás se le pudiera reclamar a las actuales puestas en escena de este ballet, los modos de concebir la presencia de las “danzas de carácter” en el Tercer Acto que, aun estando en las versiones rusas originarias o justificadas en la trama (recordemos que es el momento donde el príncipe Sigfrido debe elegir entre las distintas princesas de los diferentes reinos, cada uno con sus danzas específicas), se produce un estancamiento de la acción, más evidente en el orden de la danzalidad espectacular que en el plano dramático argumental. Presumo que, si se revisaran los diseños espaciales, las evoluciones y la presencia interpretativa de los danzantes, este acto, muy próximo a la resolución del conflicto central de la obra, ganaría en síntesis e interés por parte del receptor, quien desespera por la llegada del Cisne Negro.

En estas recientes funciones habaneras hay que destacar la feliz idea que viene teniendo el Ballet Nacional de Cuba de presentar a nuevas figuras en personajes protagónicos, hecho que garantiza confianza, pertenencia y permanencia de las mismas en la importante compañía. Feliz fue concluir la temporada con Viengsay Valdés en el doble rol Odette-Odile. Bailarina de probada excelencia técnica e interpretativa. Muchos espectadores reconocieron en la función del pasado domingo la solidez de la Primera Bailarina (ahora, además subdirectora artística del BNC) quien, recuperándose de esas dolencias de la práctica profesional cotidiana, ofreció una función plena, distinguida, mediada por las sutilezas del trabajo de los port des bras, donde la fina estilización sintetizaba los matices psicológicos y kinéticos del personaje; en el modo de relacionarse con el cuerpo de baile, con la dinámica musical de la orquesta en vivo, con su partenaire (el Primer Bailarín Dani Hernández) e, incluso, en el sometimiento de su Odile al hechicero Von Rothbart, haciendo de su actuación durante el Tercer Acto un pas de trois ejemplar. Odile animada, cual exquisita marioneta, delinea sus trayectorias espaciales y máscaras faciales entre la instrucción de su falso padre y la atracción del joven príncipe enamorado.

Cómo, ante los evidentes trucos de la escena (estrépito de trueno, relámpagos, distorsión musical, etc.), la sala de baile palaciega se oscurece. Rápidos destellos de luz dejar ver a los huidizos cortesanos, a la Reina madre aturdida, a Von Rothbart y Odile celebrantes en triunfo final de autorrevelación. Sigfrido no puede soportar sus risas y burlas; entonces, se vuelve para ver en la distancia la turbadora figura de Odette. Buscándole desesperadamente, con su cuerpo agitado por los sollozos. Cae al suelo atormentado por su falta. Cierra telón para dar paso al Epílogo que, en la versión cubana, Alicia comprime del acto final original.

Tras las quince funciones de esta temporada, el gusto y preferencia del público privilegia los grandes clásicos; al tiempo, válido es aplaudir las muchas horas frente a la barra de entrenamiento y esfuerzo de los bailarines para lograr una presencia verosímil. Mucho estudio requiere esquivar los estereotipos académicos para llegar a la “personificación en la técnica”, el desdibujo aparencial de ella para que se devuelva coreográficamente. Sin dudas, seguirá siendo El lago de los cisnes, parte de nuestras obras elegidas en el repertorio de los clásicos ballets. Pues, conserva él, la perdurabilidad de la “buena” obra de arte que (lo dejaba ver la estética hegeliana) es cosa en cuanto que fijada en el material y en cuanto que actualizada, porque es tanto permanencia en el material como su actualización instantánea.

De este modo, su espíritu puede ponerse de manifiesto en el instante de su puesta en escena hoy, en el que no solo se recupera, sino que, incluso, pudiera recrear, amplificar, su sentido (vocabulario y gramática movimental, traslación de la fábula, uso de los planos y niveles dramatúrgicos, asociatividad, contextualización, etc. Si la danza es, entre otras tantas cosas posibles, corporeidad dinámica que experimenta el tiempo y el espacio a través de la intensidad, el juego, la demanda, la escucha y el sentido; nuestra versión de El lago de los cisnes, perdurará por su permanencia en la materialidad que le sirve de sostén (la existencia de esos dispositivos que cualifican la danzalidad del cuerpo en juego y de su corporalidad danzante), y porque, gracias al Ballet Nacional de Cuba se reacomodan los modos de perdurar a través del tiempo. Oportuno seguirá siendo el volver sobre los clásicos.


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