Berta Martínez, un teatro de luz


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Foto: Berta Martínez y José Antonio Rodríguez en "Contigo, pan y cebolla", de Héctor Quintero.

Probablemente, en los ires y venires de las comadres de su pueblo natal, ya había mucho de lorquiano. En Yaguajay, ese pequeño sitio de Cuba donde ella nació, la vida era sencilla pero cruzada de mitos y gestos en los que las personas guardaban historias íntimas que también eran comidilla del poblado. De ahí, tal vez, vino esa imagen que luego ella reconstruiría tantas veces, a partir de las palabras del poeta de Granada al que dedicó tres montajes tan recordados. Lo cierto es que Berta Martínez, uno de los puntales de ese trío fabuloso sin el cual no podía imaginarse el teatro cubano a inicios de los 80, supo hacer con luces y sombras un mundo teatral propio, moviendo actores y figuras como conceptos, desde esa poesía desnuda a la que siempre apeló, y sin ocultar nunca sus esencias, sus voluntades rítmicas, su pasión por una escena en movimiento donde la poesía y la tragedia encontraran un eje de nuevas verdades ante el público.

Fue actriz, y una de las grandes. Empezó a ganar espacio en el teatro de las salitas que invadió a La Habana a inicios de los 50, y trabajó con diversos directores. El más importante de ellos en ese instante, Francisco Morín, le confió papeles y la codirección de algún montaje de Prometeo, el grupo líder en aquel momento. Con su voz inusual, su fuerte presencia, su capacidad para entender textos demandantes, Berta Martínez se fue haciendo de un sitio en aquel pequeño mundo de teatro de arte, y pasó a la televisión, donde también consiguió ser reconocida por su talento. Su paso por el Teatro Martí le hizo entender a cabalidad las estrategias interpretativas de quienes, en ese coliseo, manejaban lo popular y lo comedia, elementos que también le serían fundamentales para futuras experimentaciones.

Al triunfo de la Revolución, se integra a Teatro Estudio. Brilló en El perro del hortelano, y se ganó para siempre el rol de Lala Fundora, desde el estreno mundial de Contigo, pan y cebolla, la comedia de costumbres de Héctor Quintero, que dirigió Sergio Corrieri. Volvería al personaje de esa madre cubana en numerosas reposiciones, hasta fines de los 80. Su organicidad, la limpieza en la cadena de acciones, el dominio rotundo de una técnica stanislavskiana aplicada a la representación de los gestos y rasgos de una mujer que nos identificaba desde el escenario, se volvieron míticos. Se cuenta que en la escena del almuerzo, abría el mantel sobre la mesa y cada plato y cada cubierto aparecían, como por milagro, en el sitio debido. Controlaba detalles, la enunciación: construía concienzudamente un personaje que bajo las luces se animaba en retrato vívido de lo que somos.

Pero también era la directora que, desde La casa vieja, de Abelardo Estorino, trataba de encontrar una síntesis expresiva que luego fue ahondándose. Lo demostró con Don Gil de las calzas verdes, y luego con Bernarda, a partir de La casa de Bernarda Alba, interviniendo el texto y rompiendo concepciones anquilosadas, en 1970. La década no era propicia para esas aventuras, y habría que esperar a fines de ella para que, con Bodas de sangre, Berta Martínez pusiera al público y a la crítica a sus pies. Hilda Oates, hermosa y potente como esa madre negra que clamaba los textos del autor, era el centro de un espectáculo donde Isabel Moreno, Adolfo Llauradó, Miriam Learra y muchos otros talentos de Teatro Estudio se convertían, cada noche, en lo que ella quería que viéramos. Luces, contraluces, ella narraba desde la luz. El triunfo del espectáculo, influido por la vanguardia teatral rusa, como alguna vez dijera, era teatro cubano y universal. Ganó aplausos en muchos lugares. Era Berta Martínez en apogeo de sus fuerzas creativas. Junto a Vicente Revuelta y Roberto Blanco, ella era parte de ese triángulo dorado que el teatro cubano mostraba con orgullo en los años 80.

Después, vinieron Macbeth, La zapatera prodigiosa, La casa de Bernarda Alba, y su homenaje al bufo y al género chico con La verbena de la paloma, y Las leandras, con los que cerró su trayectoria, a inicios de los 90. La frescura, gracia, chispeante humorada cubana que comentaba nuestra realidad a manera de delirantes “morcillas”, movilizó al elenco de Teatro Estudio, y luego al de la Compañía Hubert de Blanck en estas reapropiaciones de los viejos títulos, con un aire de cubanía descacharrante y nostálgica, mezclando al negrito y a la mulata de nuestra comedia nacional con las célebres estrofas que cantaron nuestros abuelos en su juventud. Nostalgia, pero museo vivo de costumbres y teatralidad latente, fueron esos estrenos. Prometió uno más, otros títulos. Nunca llegó a dirigirlos. Pero nunca dejó de ser una maestra de actrices, actores. Y de ética.

Enemiga de los homenajes, enamorada del teatro al punto de hacerse delirante, ganó el Premio Nacional de Teatro y muchos más. Alguna vez logré que fuera a la sala Villena de la Uneac para celebrar su cumpleaños. Quiso hablar y demostrar su sistema de actuación, en lo que trabajaba febrilmente. Para demostrar sus apuntes, nos regaló dos transiciones. Bastaron para ver renacer a la gran actriz que fue, y el público deliró aplaudiéndola. No he podido encontrar las fotos de esa tarde. Me quedan en el recuerdo, ahora que la noticia de su muerte me golpea cuando me alisto a regresar a Cuba. Me queda esa imagen de una Berta Martínez en el centro de la escena, bajo las luces con las cuales ella reinventaba el teatro. Su teatro. Que quien lo vio, no va a poder olvidarlo nunca.


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