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Crónica de un encuentro probable


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Al parecer, nunca sabremos los detalles del ir y venir del joven José Martí por el París de diciembre de 1874, durante su viaje a México a reunirse y apoyar con su trabajo a su desvalida familia.  Sabemos que iba triste, muy triste, dejaba atrás Aragón, la tierra donde rompió su corola ⁄la poca flor de mi vida, según sus propios Versos sencillos. Quedaba atrás su novia Blanca Montalvo, es ella la que le escribe el día 26 de diciembre de 1874 y le dice: “El día 25 recibí tus dos cariñosas y tristes cartas, pero, a pesar de lo tristes que son y lo que lloro cuando las recibo, me parece que me dan la vida, que respiro cuando veo carta tuya…” Sabemos que además de triste, iba aterrado, como le confiesa a Mercado años después en carta de 1877: “digo adiós a este México a que vine con el espíritu aterrado, y del que me alejo con esperanza y amor” …

Quedaban atrás, sobre todo, abolidas por su pobreza y la necesidad de mantener a su familia, las esperanzas de un futuro mediato independiente para poner manos a la obra de su vida sin apremios materiales. El fantasma de la miseria engullía sus sueños de realización personal y patriótica. Iba con el alma helada y confusa, y cruzará por un París que también está en esos días helado y confuso. Diciembre de 1874 fue para la Ciudad Luz un mes neblinoso y extremadamente frío. Le Rappel, el periódico que fundan los Hugo, nos informa que el 20 y el 21 de diciembre nevaba en París, que las calles eran lagos de lodo congelado y en su sección “Les on-dit” del 23 de diciembre se lee: Paris a été hier, dès trois heures, transformé en un véritable Londres por un brouillard jaune, tout à fait comparable à celui qui est particulier à la capitale de l'Angloterre. Le brouillard joignait à sa couleur une humidité glaciale qui penetrait les passants jusq'aux os”. (p.2)

Aun sesionaban los Consejos de Guerra contra los comuneros, en aquella ciudad que acaba de perder a 80 000 habitantes y el gobierno de Mac-Mahon buscaba fórmulas para la república, y perdía todo aquel año del 74 sumido en pugnas que enfrentaban a derechas e izquierdas sin conseguir un resultado satisfactorio. Hugo desplegaba su campaña por la amnistía, y se discutía la reforma de la enseñanza entre liberales católicos y no católicos.

Mientras tanto se continuaban proyectos heredados del Segundo Imperio, como el de construir el lujoso edificio de La Ópera, que ya estaba casi a punto y que generaba toda una polémica en la prensa. Y los numerosos teatros de París estrenaban vodeviles a cual más frívolo y picante, también cuestionados por periodistas que aspiraban a un teatro serio de aspiraciones éticas y pedagógicas. El joven Martí hará una lectura amarga de este París encanallado a su juicio por el que pasa yerto y angustiado, la reflejará en su crónica “Variedades de París” publicada en la Revista Universal de México el 9 de marzo de 1875.

El sol que reina ese año en esa ciudad es Víctor Hugo, desde su casa de la calle Clichy, con sus juveniles setenta y dos años. En el Salón Rojo de su casa recibe a sus amigos y visitantes. Se ha convertido en el poeta más popular y universal de Francia, y asombra al mundo con su extraordinario vigor y su capacidad creativa aún en medio de la ancianidad. En política reclamaba justicia dondequiera que la veía atropellada, y durante este año escribe nuevos versos poderosos y publica la novela El Noventa y tres, acerca de los sucesos de la Revolución Francesa, de la cual sus críticos dicen que constituye una defensa de la Comuna. En ese año publica también Mes fils, un conmovedor testimonio de la muerte de sus hijos y de los terribles días que vive Francia entre 1870 y 1873.

Según se cuenta bajaba del cuarto piso de su casa saltando los escalones de dos en dos, con la misma vitalidad con la que escribía, y era frecuente pasajero de ómnibus y tranvías que lo llevaban a sus citas amorosas con Blanche Lanvin y con Judith Gautier, mientras Juliette Drouet, su amante de toda la vida, quedaba en casa muerta de celos.

En su crónica, Martí escribe de Hugo:

“Yo he visto aquella cabeza, yo he tocado aquella mano, yo he vivido a su lado esa plétora de vida en que el corazón parece que se ancha, y de los ojos salen lágrimas dulcísimas, y las palabras son balbucientes y necias, y al fin se vive unos instantes lejos de las opresiones del vivir. El universo es la analogía. Así Víctor Hugo es una montaña coronada de nieves, de la que a montones se escapan rayos que recibe del mismo Padre Sol”. (1)

Por la lectura de este texto Martí parece haber saludado a Hugo en algún momento y haber sostenido algunas palabras con él. Su deslumbramiento es enorme, tanto que ese instante parecer ser como un momento de libertad interior, un momento en que se libera de la angustia que va sintiendo en esos días. Dirá también en su introducción del l7 de marzo de 1874 a la traducción que hace de Mes fils, de Víctor Hugo, a propósito de Vacquerie, secretario y hombre de toda la confianza del poeta francés:

“La primera traducción que he hecho de alguna cosa ajena, en París acaba de ser y fue una hermosa canción de Auguste Vacquerie, este carácter sereno y firme, esta inteligencia valerosa de que el mismo poeta habla en Mis hijos. —Él lo quiso, y yo traduje, y anduve ciertamente honrado en tener que traducir aquella vez”. (2)

Sabemos entonces que Martí se entrevistó con Auguste Vacquerie, y parece que lo frecuentó ya que hubo tiempo y confianza para que le pidiera una traducción y él la hiciera. Nada se sabe de esa canción traducida. Tal vez el joven poeta y proscripto cubano atravesó las calles lodosas de París para ir a la redacción de Le Rappel y conocer a Vacquerie, tal vez allí tendió la mano a Hugo y lo escuchó hablar. Tal vez…

Lo cierto es que, ya en México, recordando los proyectos de Hugo para la enseñanza en Francia, y a propósito de un proyecto de instrucción pública debatido en la Cámara de Diputados mexicana, Martí escribe:

“Y ¿qué fuerzas no se descubrirían en nosotros, arrojando los montones de luz de Víctor Hugo sobre nuestros ocho millones de habitantes? Y como en nosotros, en toda América del Sur. No somos aún bastante americanos: todo continente debe tener su expresión propia: tenemos una vida legada, y una literatura balbuciente. Hay en América hombres perfectos en la literatura europea; pero no tenemos un literato exclusivamente americano. Ha de haber un poeta que se cierna sobre las cumbres de los Alpes, de nuestra sierra, de nuestros altivos Rocallosos; un historiador potente, más digno de Bolívar que de Washington, porque la América es el exabrupto, la brotación, las revelaciones, la vehemencia, y Washington es el héroe de la calma; formidable, pero sosegado; sublime, pero tranquilo”. (3)

De modo que el viejo Hugo, con su accionar de titán sobre la lengua francesa y sobre la conciencia republicana, le permitía al joven José Martí hacer esta reflexión profundamente nuestramericana. Lo que Martí pide no es la imitación de Víctor Hugo, sino la radicalización de la conciencia del hombre latinoamericano, su sintonización con la naturaleza que nos es propia y los factores que construyen nuestras repúblicas. Reclama la encarnación de la patria en el texto poético, en la historia, como lo había hecho Hugo en la literatura francesa.

No pocas cosas separan dramáticamente a Víctor Hugo y a José Martí, entre ellas el espacio y el tiempo. Pero, más allá de sus circunstancias vitales, de otras lecturas, como la de Emerson o la de Whitman, por citar dos que son centrales, que lo marcaron profundamente, José Martí coincide definitivamente con Hugo en esa brega incesante por la justicia y en la condición de príncipes de la poesía, cuyos textos encarnan a la patria. Y siempre, como parte de su leyenda poética, presentiremos y postsentiremos, para decirlo con un verbo que amaba Martí, ese encuentro probable en aquel diciembre de París, tan frío y lodoso.

 

 

 

Notas:

(1) Martí, José. Obras Completas. Edición Crítica. Tomo 3, 1875-1876, México. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000. pp. 22-23.

(2) Martí, José. Obras completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. t. 24, p. 15.

(3) Martí, José. Obras completas. Edición crítica, Tomo 2, 1875-1876, México, ob.cit., p. 211.

 

 


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