Dos Ríos, la enorme tragedia del 95


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Mucho se ha escrito sobre la caída en combate del organizador y principal dirigente de la guerra independentista iniciada en 1895, José Martí. Los pormenores de aquel fatídico día para la causa cubana han sido examinados por decenas de investigadores y luego plasmados en libros y materiales audiovisuales. Muchas hipótesis y conjeturas se han debatido desde entonces, tomando en cuenta los informes y testimonios de los allí presentes, sus discordancias y coincidencias, y lo único que resulta ser una verdad incontrastable es que, aquel 19 de mayo de 1895 la causa independentista perdió a su dinamo principal, a su gran animador, y que el futuro político de Cuba quedó seriamente comprometido.

Después, vendrían otras pérdidas sensibles que irían restándole energías y lucidez a las fuerzas libertadoras, sobre todo pensando en el momento siguiente al triunfo que se esperaba sobrevendría inexorablemente; momento para estructurar el poder revolucionario y construir la república cespedista y martiana por la que se había batallado durante tantos años. Una república, vale añadir, que solo estaba dibujada en sus contornos elementales y necesitaba de precisiones y definiciones mayores. En el minuto de su caída, Martí no solo era el alma de la revolución y de esa futura república, sino una figura política de dimensiones continentales.

Tanto se ha escrito sobre la infausta fecha que hasta se ha mencionado una vocación suicida en Martí, por parte de algunos autores, los menos, que pretendieron, sin lograrlo desde luego, ostentar el conocimiento y dominio absoluto de los móviles personales del Maestro, de su siquis y equilibrio emocional. Vano esfuerzo. Martí realmente tuvo una fe inquebrantable en su revolución y lo apostó todo a ella. Cuanto escribió por aquellos días dejaba en claro que aspiraba a estar hasta el final de la guerra, y que deseaba deponer, ante la república victoriosa, las responsabilidades ostentadas en su preparación. En su ánimo estaba salvaguardar y proteger la balanza entre la futura nación, es decir, la civilidad, y el poder real de los militares que siempre se nutre y acrecienta en una contienda. Las experiencias (buenas y malas) del 68 estaban a la vista de todos. La áspera polémica de La Mejorana tuvo en ese aspecto su detonante que, afortunadamente, pocas horas después, con madurez y sapiencia, superaron, al menos por el momento, los tres grandes hombres del 95.

Martí fue aclamado como “el presidente” por las tropas orientales, pues estaba claro para todos los combatientes, veteranos o bisoños, que Máximo Gómez, Antonio y José Maceo, y Bartolomé Masó, entre otros grandes hombres del 68, eran los jefes destinados a conducir la campaña militar contra el ejército español, así como Martí era, visiblemente, la figura civil que lideraba la revolución.

Desde el 12 de mayo habían acampado Gómez y Martí en Boca de Dos Ríos, lugar en el que el Contramaestre conecta sus aguas con las del Cauto. Poco después, Masó hincó su tienda muy cerca. Martí cruzó el Contramaestre y fue a verlo. El 18 de mayo inició una carta que quedó inconclusa y que se considera su testamento político. En la misma, proclamó que los esfuerzos libertarios insulares estaban indisolublemente ligados con aspiraciones emancipadoras a nivel de continente, teniendo en cuenta las muy claras para él, ambiciones imperialistas norteamericanas en el hemisferio.

El 19 de mayo, una columna española de unos ochocientos hombres irrumpió en Dos Ríos, su jefe era conocedor de la presencia de los patriotas, pues habían apresado a algunos campesinos y emisarios que sabían que los prohombres cubanos vivaqueaban en las cercanías.

Martí esa mañana había arengado a las tropas de Masó, integrada por unos cuatrocientos cubanos; entre otras cosas les habló orgulloso y emocionado de que lo hubieran acogido como un combatiente más y les expresó algunas ideas sobre la guerra y la república en un tono inspirado y arrebatador. Fue ovacionado, se dieron gritos de Vivas a la independencia y a los tres jefes principales; para Martí hubo vítores de ¡Viva el presidente! Todo fue muy emotivo y el escenario quedó listo para el fatal desenlace.

Después del almuerzo, sobre la una de la tarde, llegaron noticias de disparos procedentes de la zona de Dos Ríos.  Los cubanos montaron sus caballos y cruzaron el río para dirigirse a Dos Ríos. Los hechos se aceleraron vertiginosamente. Fue un combate breve o escaramuza, como se prefiera, mal organizado por Gómez (quien lo reconoció posteriormente). Martí no siguió el consejo, instrucción u orden del generalísimo y montó su caballo Baconao, regalo de José Maceo, dirigiéndose prácticamente solo hacia donde estaban los españoles, los que, bien posicionados, disparaban a cuantos se aproximaban. Realmente es difícil imaginarse a un Martí que, disciplinadamente, obedeciera la instrucción de Gómez y se recogiera, ante la posibilidad de intervenir en su primer combate. Apenas unas pocas horas antes había arengado a los soldados con incendiarias palabras de guerra ¿Iba ahora a protegerse mientras los demás peleaban? Fue su decisión personal y murió de tres balazos que lo fulminaron. La tierra cubana se regó con su sangre, cayó como un mambí más.

Fueron infructuosos los esfuerzos de Gómez por recuperar el cadáver y entonces escribió: “¡Qué guerra esta! […] al lado de un instante de ligero placer, aparece otro de amarguísimo dolor. Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma, podemos decir, del levantamiento”. Poco después le escribió una carta a Antonio Maceo: “Esta guerra, general, la haremos usted y yo, pero será la guerra de Martí”.

Sin dudas, todo había cambiado de pronto, faltaba el corazón, el alma, el ligamento y el cerebro rector de la revolución y esa carencia se hizo notar al paso de los tres años de combates, sobre todo en el momento aciago de la intervención norteamericana al final del conflicto. Por eso, la muerte de José Martí en Dos Ríos y luego la de Antonio Maceo en San Pedro de Punta Brava, fueron pérdidas terribles e irreparables para la revolución, verdaderas tragedias para la causa cubana y para su futuro político.


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