El cartel y la memoria / Por Nelson Herrera Ysla


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Fotos: Adolfo Izquierdo.

En días pasados se acaba de inaugurar una exposición que representa la otra grande de carteles cinematográficos realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes luego de aquella impresionante de 1979 que, con el sobrecogedor título de 1000 carteles cubanos de cine, nos puso al día en materia de diseño y nueva visualidad, como para que no hubiese dudas de la importancia del cartel en la cultura cubana y universal. Ya el cartel era un hecho relevante para algunos intelectuales de renombre, más o igual que la pintura, el dibujo o el grabado, entonces dueños de todas las galerías y espacios de exhibición de esta ciudad y de otras en todo el país.

Pero el cartel era solo un elemento indudable del entorno urbano, oficinesco e íntimo en nuestras casas, para el que no estaban reservados los sacrosantos espacios tradicionales de exhibición, empeñados entonces en mostrar exclusivamente el arte tradicional, convencional, de ribetes patrimoniales casi. Aparecía como un hijo menor, casi bastardo, de las grandes producciones simbólicas, algo así como un simpático duende ideal para alegrarnos un poco la vida en espacios públicos y cerrados. El Salón 70 dio un paso sorprendente ese año al revelarnos la grandeza de numerosos diseñadores gráficos al lado de pintores, dibujantes, fotógrafos, escultores, grabadores: basta recordar aquella gigantografía del cartel Black Panther, de Alfredo Rostgaard, a la entrada misma de la exposición con sus amenazantes colmillos blancos saliendo de una enorme boca feroz rugiendo, ocupando un primerísimo primer plano como para sobrecoger a los espectadores que se dirigían por La Rampa en busca de tantas expresiones de las artes visuales cubanas.

Nueve años después varias instituciones culturales, con el Icaic al frente, organizó la impresionante muestra aludida y que hoy tiene casi 40 años. Un período descomunal nos separa de ella pero nada ha podido borrarla de nuestra memoria. Resulta gratificante saber que el cartel cinematográfico sigue dando muestras de energía, talento y creatividad y que sobrevivió a tiempos oscuros y grises en lo cultural, y también a la angustiosa escasez de recursos materiales que planeaba, y aun lo hace sobre nosotros a cada rato. El cartel sigue aquí, sin dudas, liderado ahora por un grupo de jóvenes creadores que se apropiaron del mito surgido en los años 60 y 70 con tal de evitar su caída o desaparición, y que respondieron al llamado del Icaic, específicamente de la Cinemateca de Cuba, a finales de los años 90 para continuar el legado de aquellos grandes que recurrían a bocetos increíbles utilizando revistas y periódicos extranjeros para simular títulos y créditos de las películas, inventando soluciones (hoy casi objetos de culto como verán en esta exposición)  junto a los inquietos e incansables impresores del conocido taller de serigrafía del Icaic, protagonistas también de tantas leyendas contadas por críticos e historiadores de la gráfica y las artes visuales de nuestro país.

Sería reiterativo volver a acentuar las particularidades estéticas de los carteles de cine, pero no puedo dejar de atender o insistir en un reclamo que corre el peligro de convertirse en letanía: que los carteles cubanos de cine ocupen definitivamente el espacio que les corresponden en la historia del arte y la cultura cubanas dentro del Museo Nacional de Bellas Artes, ese espacio que atesora gran parte de lo más valioso de nuestra producción simbólica cuyas colecciones nos enorgullecen a todos. Y que muestre al mundo y a los ciudadanos de este país, al lado de otras revelaciones de la gráfica y la ilustración de los años 20, 30 y 40 del pasado siglo, la belleza y la fuerza de un arte que nunca fue menor salvo en la pobre cabeza de mediocres e ignorantes.

Si no fuesen suficientes el respaldo intelectual de Alejo Carpentier, Adelaida de Juan, Graziella Pogolotti, Edmundo Desnoes, Manuel López Oliva, Alejandro G. Alonso, Susan Sontag (quien, por cierto, calificó al cartel como “el arte de la Revolución”, título a la vez de su importante libro de 1970), ahí están las numerosas exposiciones en Italia, Francia, Estados Unidos, España, de años recientes hasta la más fresca de todas, el mes pasado, en el Kennedy Center de la ciudad de Washington.Y la creciente cantidad de libros y revistas especializadas que han dedicado sus esfuerzos editoriales a tan singular reconocimiento como no había ocurrido en décadas pasadas.

Ojalá este año, según he escuchado, se convierta en realidad el hecho indudable de su importancia dentro de las salas permanentes para una mejor comprensión de nuestra cultura y reivindicación definitiva de tal legado, recientemente inscrita en el Registro Nacional y de América Latina y el Caribe en su Programa Memoria del Mundo de la Unesco junto a otras expresiones de nuestra cinematografía nacional.

La feliz idea de la muestra, materializada a través de una curaduría conjunta de Sara Vega Miche y Laura Arañón (con la colaboración de Daymar Valdés), y el apoyo de la Biblioteca Nacional José Martí y el Proyecto Cartel-On, confirma las virtudes de un arte, un oficio y una técnica que se han situado con toda legitimidad en prestigiosos espacios museísticos del mundo. La cultura visual cubana adquiere toda su dimensión estética y universal a través también de estos carteles que legitiman la naturaleza creadora e imaginativa de tantos autores, muchos de ellos felizmente entre nosotros.

Recuperemos siempre la memoria, constantemente, y si es diseñada, mejor.


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