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El mundo de los sueños no nos pertenece (1)


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No estamos tan lejos de los otros: estamos lejos de nosotros mismos.

Octavio Paz

 

Cada vez que aprecio una nueva propuesta de Vladimir León Sagols me convenzo de la certeza de ese aserto que dice que el arte no es para entenderlo. No podemos entender el imaginario de este creador utilizando los raseros usuales, su discurso plástico escapa a la más lineal racionalidad. Quizá solo es posible intuir una cierta noción de hacia dónde mueve sus pasos. Las entrañas de su mundo onírico le pertenecen, si acaso, a él y a nadie más. Es un repertorio único, exclusivo, un dominio en el que la fabulación de que es capaz Sagols desborda de cualquier clasificación. De la misma manera que digo esto, afirmo que es uno de los pintores y dibujantes más interesantes y atractivos del panorama artístico del país. El arte no es para entenderlo, ya se sabe, pero sí lo es para sentirlo, para que nuestra inteligencia emocional se conecte con su esencia.

¿Qué es o qué significa la “casa de muñecas” que nos propone el artista? ¿Alguien puede decirlo? En mi caso particular esquivo la respuesta, sin embargo, anotaré al paso algunos comentarios sobre esta muestra. Esta exposición es un mirar hacia adentro, una introspección del artista en su mundo interior. Para el observador es como intentar ver de noche en un callejón con apenas una oscilante luz mortecina. Sin embargo, la idea de “casa” aparece fugazmente en varios de los cuadros. De nuevo Sagols nos invita a entrar en sus predios, ahora con una figuración más precisa que en otras muestras anteriores, pero con un mensaje no menos ambiguo y misterioso. Casa puede ser también un lugar de reclusión, un sitio donde reunir o concentrar a mujeres. Cierto erotismo sigue acompañando sus series, pero es una sensación erótica que no se manifiesta abiertamente, sino que es solo eso, una sensación, como una mano que puede terminar acariciando un cuerpo semidesnudo o unos cuerpos que se anuncian ávidos, se ofrecen al degustador, aunque no sabremos finalmente si esa es su intencionalidad, la del deseo. El cuerpo desnudo o semidesnudo de la mujer (¿son estas las muñecas?) aparece rotundamente en la mayoría de los cuadros como el surtidor de signos que ilumina el contorno en penumbras, la imagen cuerpo desplegada en su poderosa semántica visual. Nalgas, senos y cinturas rompiendo con su fuerza sensual la visualidad del conjunto. Se trata de una visión del erotismo muy suya, una mirada al esplendente cuerpo femenino dentro de un universo enrarecido o torvo.

Por otra parte, la supuesta Casa de Muñecas solo se advierte en pocos momentos, y es solo una vislumbre. Una mujer desnuda y en posición fetal se nos revela dentro de un corset que la encapsula o aprisiona, como si la idea de la serie fuese enclaustrar a estas mujeres en una casita, un concepto ambiguo sino absurdo, o mejor, onírico. Casitas pequeñas, una referencia apenas, aparecen en varias piezas como para ilustrar el título encriptado. No hay muñecas por ninguna parte, no hay siquiera una alusión a la infantil operación de jugar con esos objetos. Todo reside en la mente abstracta y turbulenta del artista, una estética ya probada de oscuridad y pocas revelaciones, una estética de lo cifrado. Sagols es diestro en esta manipulación óptica, nos desafía socarrón desde su inexpugnable hermeneútica. Ese es su sentido del arte y lo hace muy bien. ¿Quién puede objetarle algo? Más bien hay que respetar su coherencia creativa, sus pocos deseos de regalarnos sus significados.

De nuevo el manejo de las figuras humanas es sereno y tenebroso a un tiempo. Sagols no se parece a nadie en la pintura cubana. Hay, probablemente, en su obra algo gollesco, un poco del misterio Eiriz y del trasmundo del Fabelo de los noventa, un tanto más del Ponce enigmático y sin rostro, también un poco de Lucien Freud y Balthus, menos de Klimt. Quizá haya un poco de todos esos referentes o no lo haya de ninguno, pero su firma está en la originalidad indiscutible que ostenta. Ya sabemos que esas “digestiones” de los antecesores se van matizando con el tiempo, en el caso de nuestro artista es solo una percepción o adivinanza, su obra es única, ya alcanzó un estilo.

No hay muñecas obviamente, solo seres alucinados en tonalidades rojizas u oscuras, los posibles colores de los ínferos, y algunos signos de mundos soterrados, todo un reto a la imaginación más aguda. El trazo de las piezas en esta muestra es más seguro, debido quizá al uso del dibujo con carboncillo y pastel en vez del pincel, por lo que la morfología es más definida o académica que en muestras anteriores.

Ante estos cuadros vuelve uno a preguntarse por la significación, no el símbolo en sí, sino como anticipo de lo escritural que hay en ella. José Luis Brea, el crítico español, describió muy bien esa asociación que viene desde los orígenes de la cultura humana. Cuánto de escritura hay en lo simbólico, se preguntó siempre Brea, y siempre, al meditar sobre estas piezas, regreso a encontrar mucho de poesía silenciosa en la obra de nuestro artista. Siguiendo esa línea de análisis, siento que hay una cierta asociación en estas imágenes con la esencia de los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont, aquel libro que provocó la inspiración del movimiento surrealista. Incluso si Sagols no lo hubiese leído nunca, percibo en el núcleo duro de su imaginario esa turbadora presencia, la sed de infinito que motivó a Breton y los suyos. Se trata de una pulsión humana, una suerte de “gramática visual”, epicentro de toda significación simbólica, esencia de lo que trata de desentrañar la semiología. El artista intenta nombrar una experiencia más allá de la retina, busca una clave más profunda que, en puridad, no es más que una experiencia de conocimiento.

Esta muestra se suma a una obra que va creciendo con solidez en el panorama pictórico cubano. Ya la producción simbólica de Sagols entra en zona de madurez absoluta; y no es que lo decrete un crítico, en este caso el que escribe este texto, eso probablemente sería digno de burla, sino que es evidente y ese hecho desafía cualquier ponderación en dirección contraria. Puede o no gustar su inframundo de imágenes perturbadoras, mas lo que no se discute es su maestría y el núcleo duro de una poética que vence cualquier clasificación.

Con relación a su muestra anterior en la pasada Bienal de La Habana me hice esta pregunta: ¿Qué signo más alentador de la vitalidad de una obra que, al verla de conjunto, unas piezas te parezcan fascinantes y otras te provoquen turbación? Sigue abierta esa incógnita, es más, diría que sigue abierta la incógnita toda de la obra de Sagols, su existencia en solitario en medio de una tradición como la de la pintura cubana. Tradición riesgosa e influyente, a veces distante, pero casi siempre cercana para nuestros artistas. En una época en que los artistas más jóvenes asumen ávidamente los códigos de arte más propalados en los circuitos artísticos internacionales, la estética sagoliana se mantiene como una isla impresionista en medio de mares posmodernos. Lo que sí me parece claro es que significa un mentís a la tan cacareada “muerte de la pintura”.

Sorprende que el artista haya creado esta atmósfera para un tema tan cándido e infantil. Es parte de su forma de ser y de su peculiaridad como creador. Es algo inherente a su modo de ver el arte. A la esperada, según el título, imaginería de casitas y muñecas, niñas, lazos y juguetes, la sustituye un mundo visceralmente adulto, sórdido y penumbroso, el universo sagoliano tal cual. De lo que no hay dudas es que esas piezas poseen un alto valor estético por donde quiera que se les mire. Estamos en presencia de una poética acendrada, una forma de la visualidad que produce fascinación. Cada vez que aprecio una nueva propuesta de Sagols estoy más interesado en meditar y escribir sobre ella.

 

 

 

NOTAS:

 

(1) La exposición Casa de Muñecas acaba de ser inaugurada en la Galería La Acacia.


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