El último banquete o la des-concertación No 9 / Por Guillermo C. Pérez


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Fotos: Perfil de Facebook de Adonis Ferro.

Si Adonis Ferro, aun inspirado en Platón, no hubiera asumido su más reciente des-concierto como un banquete, de todos modos no otra cosa habría sido para el espectador asistente esta nueva representación de lo Total como condición ubicua de una sustanciosa agenda que ahora traslada al público.

En realidad pareciera que AF trata afanosamente de conectar, a pesar del prefijo “des” que puede ser tan elusivo, con los diferentes códigos de empatía que los diversos grupos de individuos llevamos en el interior. En propuestas anteriores los espectadores convocados hemos asistido a diferentes ofertas des-concertantes donde se implicaban los niveles de percepción de cada cual, desde la asimilación de la voz descolocada y reiterativa, el ruido, la música, la percepción visual y hasta voyerista, la imaginación conspicua de la desnudez orgiástica hasta la introspección y comunión con performáticos ritos paganos, máscaras alusivas, otra vez la desnudez y siempre, siempre, la poesía. Por tanto la suma de desconciertos propuestos implica un concertado camino y peldaños del artista hacia una concepción mayor. Secuencia y consecuencia que ha preparado a un segmento de público ávido en desatar intereses y confluencias con la propuesta orgiástica de los sentidos (si; visión, oído, tacto, sabor, olfato e imaginación).

De a poco los des-conciertos han ido caminando hacia la génesis, como un viaje a la semilla donde la búsqueda de lo primigenio y atávico no hace más que asentar las coordenadas consustanciales de lo humano y lo divino en conjunción denotativa de los valores ancestrales del hombre como propia fuente de conocimiento, de placer, de contradicciones, de bienestar. Siempre ha estado en su obra una constante de misterio y vocación por el cuerpo que poco se ve pero que implica una tensión erótica soterrada que puede venir de un gemido, una posición apolínea, un poema, la imaginación desatada tras los cuerpos desnudos indetenibles bajo una gran tela obscura o la desnudez sobrecogida, pero monda y lironda como culminación de un ritual. Cree y nos hace entender que todo eso y mucho mas está en cualquier banquete.

Como prueba de ello para esta ocasión no solo decanta su visión sino que la integra y hace plural poniendo de manifiesto una capacidad creadora transdisciplinar. Diseña instrumentos de cuerdas, percusión y viento con la tecnología del presente y la imaginación en el pasado y convoca e implica a talentos concurrentes, como el azar, que son luthiers, compositores, músicos, actores, cantantes, fotógrafos, videastas, ingenieros y profesionales de otras virtudes que conforman un espléndido ejército con los que coreografiar la contienda. En realidad asombra la capacidad de aglutinación y coherencia para concertar tal propuesta tomando en cuenta la inmanencia de los saberes individuales para imbricarlos, asumirlos y que tributen a su cosmovisión conceptual y directiva de autor donde la vertebración está elaborada mas allá del entusiasmo y la pasión porque hay sobre todo estudio, rigor, voluntad y conocimiento.

Para llegar a esta columna sensorial y afectiva que ahora cimienta este Des-concierto No 9 El Banquete presente en el Centro Wifredo Lam, donde la propuesta definitiva es a entrar y encontrar, AF no nada en aguas procelosas. Recurre a Platón no como boutade epatante sino por ósmosis y nervioso entendimiento que no deja fuera el hedonismo. Para ello construye un patio de arena gris dibujada como paisaje mutable pero imperecedero a pesar de la lluvia sobre la que sitúa instrumentos, músicos y cantantes ataviados con túnicas color tierra que desde la obscuridad se iluminan mientras ejecutan, gimen, cantan y se entregan convocando a las esencias del individuo y a la complicidad con el otro, conciliando un tránsito (no anacrónico) con parajes y escenas de otros tiempos. Diecisiete minutos de imaginería visual y sonora. Música de ahora y ancestral. Gemidos y cantos tan antiguos como contemporáneos que deja al público-espectador cogido in fraganti por la ambivalencia y resolución de lo visto y escuchado.

El hecho de que muestre en una sala aledaña al patio de sonidos el video donde se muestra la realización por los luthiers de los instrumentos diseñados y un libro objeto donde abunda en bocetos es un paso mas allá en la documentación que siempre estuvo en des-conciertos anteriores, como aquella que cerraba el No 5 La espina del diablo en la galería Servando, pero esta vez la intención es mas abarcadora y documentada, como permitiendo un seguimiento retrospectivo de los saberes de otros que valide el resultado.

En esta entrega el des-concierto habilita una polisemia de los sentidos estructurada de manera ascendente. Si la presencia de la música, las voces y los cuerpos sobre el húmedo paisaje de arena constituían un convite sensual y auditivo denominado; Acto I ¡Ah!, Hondas ganas, le siguen otros que invitan al espectador escaleras arriba para encontrar una nueva dimensión de lo expresado. Así, el Acto II Quería olvidar el gris constituye, a mi entender, el mayor de esta creación des-concertada. La sala de cuadros al óleo está concebida con la intención de un todo circular y unívoco, en 360º a pesar de ser tres salas contiguas que forman un rectángulo, como rodeando al espectador, pero sin agobiar, haciendo sentir al pasar de una sala a otra la presencia y continuidad del formidable tríptico que nos recibe de frente con un lago preterido y manso, un cielo que va del ocre al esmeralda y un rosedal que se extiende mientras a la espalda está el cuadro de un bosque; ese que acecha, ese que ya va siendo recurrente y necesario en la diégesis (¿en la dialéctica?) del pintor. Y en todo esto hay una rotunda exhibición a lo Monet, una intención que precisamente por haberse realizado en el estudio y no en plein air como haría el maestro en Giverny, confirma la inmanente soledad y persistencia del artista entregado a una posibilidad posterior para concebir y hacernos partícipes del silencio múltiple y el devenir; de la introspección de una pintura que tiene un halo imantador, un misterio de tiempos idos y añoranzas que paradójicamente nos regala inquietud y devuelve sosiego. Aquí no hay performance, diseño o voluntad; aquí está el ansia, el hambre del artista. Un deslinde de emociones frente a la imponente certeza de un paisaje que, conectado con la laguna de arena en el exterior, nos deja de momento inmóvil para asimilar la sustancia y ambivalencia de la aparente falta del gris y otras ausencias. Donde hubo lo que pudo ser, por donde transitaron lluvia, viento, clamor y cuerpos desnudos que marcaron el paso, la acción y la distancia que ya fueron olvido y ahora son recuerdos. El trasvase breve de lo trascendente hacia una quietud de lo que ya fue. Idos de este encuentro seguiremos aferrados al tono y color de esta laguna que nos gana y desmiente el olvido del gris mientras emerge como paradoja de la sorpresa y el imaginario de acontecimientos, huellas imperceptibles, sustentación y recuerdos que nos enuncian la falibilidad de la memoria y la sostenibilidad de los sueños. En esta instancia, en calidad y magnitud, y a pesar de los contrarios, Ferro demuestra ser un pintor de raza.

El Acto III El Banquete es circunstancia hedonista, pura esencia y sacudida que permite la mezcla ambigua de frutas, vinos y cuerpos. Comensales con túnicas blancas como homenajeando a Platón pero desde lo físico del trópico. Deseo, provocación, embriaguez y hartazgo proyectado en paredes encontradas de una sala en sendos videos documentados en ralentí, blanco y negro y sin sonido como llamando a la sintonía e imaginación de tiempos idos y aun posibles. Mientras, de otra sala cerrada a cal y canto solo emerge un halo de luz y el sonido. Aquel sonido de libaciones, masticaciones, palabras y risas que permiten conjugarlo con lo visto como incentivo de lo que sigue. AF no descansa su propuesta en tributos imaginarios sino en contundentes actos que van develando que el homenaje es en grande y con una orquestación de aptitudes que lo muestran en la pluralidad de las concepciones.

Finalmente el Acto IV Sonido invisible para despertar a Platón es una instalación con la que el artista arguye una salutación y comunión con el espíritu y la letra de lo que propone Platón en El Banquete. Y digo salutación porque no creo que en ningún instante se haya dormido el sabio, ni siquiera recostado. Aquí se encuentra expuesta en repisa la carátula vacía de una edición del libro y en otra toda la tripa del texto amarrada con adhesivo, supuestamente leído, asimilado y asumido. Ocupa toda la sala otra vez un paisaje de arena con un rastrillo de madera aledaño como para que el espectador que se atreva lo modifique, y al final, un escaparate viejo con luna de espejo frontal y en su interior una luz cenital dorada como una invitación para los que se atrevan a caminar sobre la arena obscura (¿desierto?, ¿saber?, ¿cosmovisión?) y enfrentar al espejo donde se han de reflejar y recibir sobre cabeza la luz que los ha de iluminar. Una suerte de encuentro entre la noche y el día o la búsqueda a mirarse e intentar reconocer en uno mismo la belleza, el amor, la virtud, la felicidad, la contradicción, ya que no la inmortalidad, que nos proponía Platón.


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