Mi primer recuerdo del nombre de Picasso no proviene de conocer las obras del genial pintor español nacido en Málaga a fines del siglo XIX. Tenía por ese entonces unos ocho o nueve años, fue en el mes de abril y así se llamaba el perro de una vecina que en ese entonces vivía en mi edificio, que respondía al nombre de Teresita Calderín y era profesora de la Universidad de la Habana.
El perro era de raza, eso lo sabíamos por el negro Medina que era nuestro experto en razas de perros, gatos y palomas. Picasso ladraba indiscriminadamente a todo el que pasaba por su lado cuando salía con ella a hacer su paseo vespertino y a dejar su discreta huella en un rincón de la acera del que se había posicionado.
Teresita Calderín era una profesora en toda la extensión de la palabra; es decir siempre estaba dispuesta a “…una clase en cualquier circunstancia sin importar el lugar…”; y fue ella quien primero nos apoyó aquella idea de la grey del barrio de dedicarse a la cría de palomas en los balcones de nuestras casas y en la azotea del edificio aún en contra de la oposición de algunos vecinos. Su apoyo fundamental fue más cultural que otra cosa: nos prestó libros sobre estas aves y trajo a un señor que dirigía la sociedad colombófila para que nos asesorara en todo lo posible. Y, por supuesto, nos habló de la paloma de Picasso, el pintor que había muerto el mes de abril de ese año de gracia de 1973.
Aquel asunto de la cría de palomas duró no más de un par de años; aunque en la azotea del edificio el palomar sobrevivió a un par de huracanes hasta que “un plan tareco” puso fin definitivo a esa historia. Para ese momento ya Teresita Calderín había fallecido y había una nueva familia en su apartamento.
Sin embargo; el asunto de “las palomas” me ha seguido por años; lo mismo que a muchos de mis amigos y conocidos.
A lo largo de mis casi sesenta años he conocido muchos tipos de palomas; las rabiches que pululan en los campos y que últimamente se han establecido en algunos barrios habaneros y que son visibles a primera hora de la mañana mientras se alimentan. Las que crían hoy muchas personas, que alcanzan precios exorbitantes y que tienen fines diversos que van desde lo religioso a lo expositivo. Las mensajeras que suelen volar decenas de kilómetros para llevar algún mensaje importante o una nota insulsa.
Están esas palomas que nos han legado la literatura como símbolo de paz, amor y optimismo. El ejemplo de ellos fueron los compositores románticos como Gustavo Adolfo Becker o Lord Byron. También los modernistas nos legaron sus palomas como símbolo de identidad o de una libertad deseada desde lo humano hasta lo social. Están las palomas de Rafael Alberti, de Nicolás Guillén, de Fayad Jamís, de Vicente Huidobro y las de los sones y boleros que acompañan a ese ser desdichado y que cohabitan con la luna, ese otro amor del ser que ha sido despechado.
Mas, en una etapa de mi vida descubrí, crié y aprendí a convivir y a alimentar una paloma que me ha acompañado hasta el día de hoy. Es posiblemente “la paloma” más popular y familiar de la que se tenga noticia y que, me atrevo a afirmar con conocimiento de causa, que sobrevivirá a la Inteligencia Artificial (IA) y que las redes sociales no podrán doblegar. Y algo muy importante: se transmite de generación en generación.
Esta paloma no requiere para su existencia de grandes gastos ni de fórmulas de alimentación sofisticadas, solo depende de la creatividad personal. Eso sí, es hija, madre y hermana de las urgencias cotidianas.
Nace de la improvisación, de la escasez y del deseo de lucir socialmente. Mi generación fue partícipe de su desarrollo y se aferró a ella hasta la médula como tabla de salvación y supervivencia.
Quién de nosotros no recuerda el hecho de lavar la camisa de la escuela a las 10 de la mañana para que estuviera lista dos horas después; o lavar y “planchar” el pantalón –tecnología de becados-- colocándolo entre dos tablas y que a la mañana siguiente estuviera “casi seco” para ser usado en clases.
Sin embargo, sería el condensador de los viejos refrigeradores “el palomar” más usado por muchos de nosotros. Nada más recurrente que lavar cualquier prenda de ropa y colocarla en ese lugar; la fuerza del calor que desprendían aquellos condensadores eran mágicas; en poco tiempo la prenda de ropa, incluidos nuestros “popis” estaban listo para su uso nuevamente.
También desarrollamos la paloma higiénica que era la usual en tiempos de frío en aquellas noches de becas o escuelas al campo; aunque también llegaban al mundo doméstico y que incluía “…el pico, las alas y la cola incluyendo el bajo buche…”
Esta paloma, a diferencia de la de Pablo Picasso que pintaba con una mano, necesitaba de las dos y de muy pocos recursos y es que con medio cubo de agua se estaba listo para reincorporarse a la vida cotidiana, previa ayuda de perfumes u otro ungüento adecuado.
Pasados los años, acumulada experiencia vital y social no he renunciado a esta paloma; aunque en mis alforjas cargue las de los poetas, los boleros y las que crían mis vecinos adolescentes, incluidos mis hijos y los nietos de mis amigos; esos que cuando nos reunimos algún que otro viernes no confesamos que la ropa que nos protege tal vez, si y solo si fuera necesario, provienen de una paloma repentina para seguir siendo genio y figura hasta la sepultura…
Después de todo es un asunto que se transmite de generación en generación y lo aprendimos de nuestros mayores.

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