Hugo y los miserables


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Los miserables, de Víctor Hugo

Antes de morir en junio de 1862, José de la Luz y Caballero ―con muy poca salud, presentía pronto su fin― se lamentaba de que no podría terminar la lectura de Los miserables, de Víctor Hugo, pues ese mismo año se había comenzado a publicar en París esta obra, una de las primeras novelas por entrega, y el pensador cubano solo se había leído el primero de los diez tomos de esa primera edición. No se trataba de exceso de actualización, ni mucho menos esnobismo; Luz y Caballero, maestro cultísimo, posiblemente encontrara en esta obra del escritor francés un aporte fundamental para entender su época y elementos muy importantes que le podían servir para la construcción de un pensamiento cubano propio.

Hugo es uno de las máximos representantes del Romanticismo literario y el líder de este movimiento en Francia, no solo por su fecundidad y brillantez demostrada en todos los géneros de la literatura, sino porque su liderazgo lo ejercía también desde una activa participación social y política en las luchas de su país. El francés, quien sufrió exilio y posteriormente fue admirado por su amplísima producción intelectual de gran aceptación popular, ha sido muy controvertido en política por sus cambiantes y apasionadas posiciones: pasó del conservadurismo al reformismo y proclamó el concepto de los Estados Unidos de Europa, que posteriormente Trotsky quiso alguna vez para Rusia. La cultura francesa, que en sentido general siempre resulta sumamente enfática y ha tenido mucho vínculo con la historia, la sociedad y la política, también ha sido asumida con diversos intereses y lecturas; Hugo es uno de los representantes más genuinos de esta tradición y perspectiva, uno de los escritores más importantes de la lengua francesa de todos los tiempos, y uno de los más gustados, no solo en Francia, sino en todo el mundo.

Víctor Hugo ―1802-1885―, quien también fue dibujante y se interesó por la fotografía, se inició en la escritura como narrador con Bug-Jargal ―escrita en 1818 y publicada en 1826―; sin embargo, se estrenó en el mundo de las publicaciones con Han de Islandia ―1823―, novela escrita con solo 21 años de edad, en la que imaginó un ficticio reino de Islandia con un protagonista que compartía su vida con un oso y bebía sangre humana ―la obra fue versionada para la televisión cubana. Comenzó a escribir teatro y poesía; entre sus primeros cuadernos poéticos, puede mencionarse Odas y baladas ―1826―, aunque no es hasta Los orientales ―1829― que se convierte en un lírico elegíaco de interesante proyección filosófica, pues contribuyó a delinear el Romanticismo literario mediante la descripción pictórica vinculada a las luchas sociales de Grecia y Turquía, un tema que posteriormente otros poetas de similar estética pusieron de moda.

Llamó la atención cuando escribió el prólogo de Cromwel ―1827―, en que subvierte las tradiciones de los géneros literarios. En 1831 publicó obras de todos los géneros, entre ellas Las hojas de otoño, una consolidación de su poética mediante su sensibilidad íntima, casi inocente y primitiva, convertida en plegaria, y la famosa novela Nuestra Señora de París, escrita y publicada sin detenerse, con el consumo de una botella de tinta, según su propia confesión; este fresco de la Ciudad Luz en el siglo xv, con sus costumbres, leyes, artes… y con gran imaginación y fantasía, fue publicada en Cuba por Arte y Literatura en su Colección Huracán y muy leída hace años.

Su pasión por el teatro lo estimuló a continuar escribiendo otras piezas; en 1830 estrenó Hernani, drama en verso ubicado en el siglo xvi español, recordada por la «batalla» entre clasicistas y románticos el día de su estreno, y de notable influencia en muchos países, incluido el nuestro. Vale la pena mencionar también, de esos años, Ruy Blas, otro drama en versos, de 1838, situado en el siglo xvii, sobre un lacayo enamorado de una reina. Como su teatro no hay verosimilitud, la aceptación del público se concentra en su ruptura con el clasicismo, la recreación de situaciones históricas y la altísima belleza del lenguaje.

Hugo mantuvo su versatilidad en todos los géneros literarios; en 1853 publicó Los castigos, en que rememoró satíricamente el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, de Napoleón III, a partir de acontecimientos que aún no eran Historia. En Las contemplaciones ―1856―, escrita en el exilio después de la muerte de su hija, caracterizó en versos extensos temas eternos como el amor y la muerte; también en el exilio se dedicó al teatro, y ejemplo de ello es el drama en prosa o novela teatralizada El hombre que ríe, publicada en 1869, que tuvo varias representaciones y adaptaciones hasta para el cine.

Un compendio de su poética, con temas ambiciosos, de los más abarcadores que se han escrito, una proyección filosófica e histórica total de las aspiraciones de los seres humanos, de su conciencia religiosa, preocupaciones políticas, obsesiones por el progreso y temas contrapuestos como la sabiduría y la ignorancia, la piedad y la crueldad, la justicia y la iniquidad…: La leyenda de los siglos, fue publicado por partes en 1859, 1877 y 1883.

La obra de Hugo incluye la caracterización en el teatro de grandes figuras históricas; a las ya mencionadas, vale la añadir a Lucrecia Borgia, María Tudor y Torquemada; su última novela, de 1874, El noventa y tres, está ambientada en el terror desplegado por la Revolución Francesa en ese año, una narración que podría confundirse con el periodismo de opinión. Varias y diversas obras fueron publicadas póstumamente, como crónicas de viajes, epistolarios y otros textos. Fueron famosos sus discursos en la Cámara de los Pares y en las asambleas Constituyente y Legislativa, y trató temas como la pena de muerte, la miseria humana, la educación laica y gratuita, los reconocimientos civiles a las mujeres, el voto universal, el rechazo al trabajo infantil, y un sistemático alegato a favor de la paz.

Indudablemente, su obra literaria más trascendente, de mayores ambiciones y proyecciones, es Los miserables ―1862; también publicada en cinco tomos en Cuba por Arte y Literatura―, novela en que trazó un gran mural del convulso siglo xix francés, con decenas de personajes en disímiles situaciones sociales, políticas, morales… presentados bajo las tensiones más profundas del amor, la ternura, la compasión, la religión, la justicia, el dolor, la muerte, la venganza..., y casi siempre dominados por la ardorosa pasión que caracterizó al Romanticismo o por otros fuertes sentimientos, que no excluyen las miserias humanas. Episodios heroicos y digresiones sentimentales, meditaciones y mezcla de tonos, temas y lenguajes, hacen de esta enorme gesta un gran collage filosófico-simbólico de inmensas proporciones, en el que siempre emerge triunfador el honor del pueblo, a pesar de algunas acciones individuales; se trata de una elemental enseñanza que no debe ser olvidada por ningún gobernante, más allá de la grandeza de cualquier liderazgo.

Hugo condensó ímpetus y caracteres humanos en estereotipos, tal y como correspondía al héroe romántico de una época en los momentos en que estaba naciendo la conciencia moderna de las grandes ciudades, con su crecimiento demográfico y su éxodo desde el campo hacia las metrópolis; si bien de la totalidad de su literatura él mismo ha afirmado que puede considerarse solo un “libro múltiple que resume un siglo”, el texto que más ratifica esta aseveración es Los miserables. Algunos críticos han resumido su proyección en el estudio de la sociedad francesa de su tiempo, una lucha entre el bien y el mal. La totalidad recorre el período posterior a la batalla de Waterloo de 1815, el reinado de Luis XVIII y el de Carlos X, hasta la revolución de julio de 1830 que llevó al trono a Luis Felipe I.

Entre los personajes principales de la novela se encuentran: el protagonista Jean Valjean, un huérfano que robó pan y fue a dar al presidio marcado para toda su vida, a pesar de su cambio de identidad; Javert, carcelero y policía, su perseguidor implacable, que solo buscaba una justicia ciega y al entrar en conflicto moral con la actitud del exconvicto que le salvó su vida, prefirió ahogarse en el Sena; Fantine, chica huérfana parisina que después de quedar embarazada de un estudiante rico, tuvo que criar a su hija Cosette, prostituyéndose y sacrificándose por ella. Otros muchos personajes intervienen de manera frecuente en la novela como Marius, Éponime, Madame Thénardier, Gavroche, el obispo… que contribuyen a entender cualquier entramado social.

Diversas han sido las adaptaciones musicales, teatrales, para cine y televisión de esta obra literaria. Con afectos de júbilo y gozo, del compositor español Manuel de Falla, fue inspirada en Los miserables, y ha sido referente el musical compuesto por Alain Boublil y Claude-Michel Shönberg en 1979, estrenado al año siguiente en el Palacio de los Deportes en París, posteriormente en Londres en 1985 y en Broadway en 1987, con nominación a doce premios Tony, de los cuales consiguió ocho. Ha sido llevada al cine y a la televisión en Francia, Estados Unidos, Inglaterra, México... y todavía muchos recuerdan la versión interpretada por Fredric March y Charles Laughton.

En 2012 se estrenó la película musical Los miserables, dirigida por el inglés Tom Hooper, con uno de los impactos taquilleros más grandes de la historia del cine musical, recaudación de más de 800 millones de dólares y una favorable crítica debido a la reunión de excelencias interpretativas, escenográficas, musicales y de dirección. Por la dimensión de la obra, muy difícil para llevarla al teatro, su complejidad musical y coreográfica, y también por los costos, ningún director cubano se había atrevido a llevarla a escena. Alfonso Menéndez se arriesgó a representarla en el Anfiteatro de La Habana en 2016, su sede habitual, y también en el teatro Martí, con funciones a sala llena durante cuatro fines de semanas, muy aplaudidas por el público.

Hugo y Los miserables no cesan de releerse y reinterpretarse. Como toda obra inmortal, se recicla con cada interpretación y contexto. En la Venezuela de Hugo Chávez, en 2006, la Operación Cosette sirvió de apoyo a la Misión Negra Hipólita, programa del gobierno bolivariano destinado a atender a personas que deambulaban por las calles, víctimas de la exclusión y marginación social; el programa incluía la atención médica por adicción a las drogas y al alcohol, y a patologías psiquiátricas. La Operación Cosette consistió en la entrega gratuita de una edición de Los miserables en la II Feria Internacional del Libro de Venezuela; se distribuyeron gratuitamente un millón y medio de ejemplares entre hombres y mujeres rescatados de la indigencia y que, una vez alfabetizados, comenzaban a leer obras como esta, en que se presentaba la evolución de muchos personajes de condición social muy pobre, que habían vivido una vida semejante a la de los lectores que ahora recibían el libro.

Las Fantines del siglo xix se convirtieron en bisabuelas de muchos pobres del siglo xx; las Cosettes han sido las abuelas de muchos beneficiarios de la Misión Negra Hipólita. La lectura de obras literarias puede contribuir al mejor entendimiento de la historia, la sociedad y la condición humana; a comprender las reacciones de las personas frente a la miseria, fuente de muchos de los problemas sociales del presente, incluidos el odio, el rencor individual y el resentimiento social, que también forman parte de la complejidad de este entramado. Tales lecturas aportan múltiples ángulos a la formación cultural de las comunidades alfabetizadas, y también a la de los políticos que dirigen revoluciones sociales. Cuba se empeñó en un amplio programa editorial, una vez concluida la Campaña de Alfabetización, pues no basta la lectura de ensayos de tema político o social; la ficción literaria de las llamadas «obras maestras» ―es decir, siempre perdurables y útiles―, aporta ángulos, matices, posibilidades de identificación y comprensión desde la sensibilidad y el placer estético, capaces de movilizar al ser humano en la transformación de su entorno.


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