José Martí del 68 al 98 / Por Pedro Pablo Rodríguez


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No hay dudas de que la rotunda declaración de José Martí en su carta inconclusa a Manuel Mercado, del 18 de mayo de 1895, ofrece una declaración clara y precisa acerca del profundo y precursor sentido antiimperialista que movió su pensamiento y su propia conducta.

“… impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.” (1)

Todos hemos leído y escuchado estas frases en más de una ocasión, pero no por ello dejamos de admirarnos ante la desmesura de semejante empeño, que lo ponía, dice antes, “en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber”, riesgo que asumía a plena conciencia, como señala inmediatamente en esa misiva, “puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo”.

Fijémonos en esa afirmación que nos indica, a la vez, tanto su comprensión, su conciencia (“lo entiendo”) como su voluntad espiritual (“tengo ánimos con qué realizarlo”) para impedir la expansión estadounidense hacia el sur.

Y continúa, tajante: “Cuanto hice hasta hoy, y haré es para eso.” La decisión desde antes y para siempre: “cuanto hice… y haré”. Para cerrar la idea, sigue la confesión del político, del previsor, del estadista: “En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, pues hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.” 

Y el investigador se pregunta si desde su precoz adolescencia Martí ya trabajaba en función de ese magno objetivo y si efectivamente lo mantuvo tan oculto.

No son preguntas ociosas estas porque andar en busca de sus respuestas nos permite entender mejor el alcance y el estímulo de la personalidad martiana y de la extraordinaria proyección de su pensamiento. Más de uno de quienes compartimos en esta tarde hemos trabajado en las raíces y formación del ideario del Maestro para alumbrar su tiempo y el futuro que se abalanzaba velozmente sobre Cuba y su gente, sobre nuestra América y su soberanía.

Hoy cobramos cada día mayor conciencia de que aquel cubano residente en Nueva York se planteó, nada más y nada menos que romper el curso de los acontecimientos de finales del siglo XIX y principios del XX y que esa colosal empresa, para la cual parecería poca su propia vida, era el lógico e inevitable resultado de quien, desde muy jovencito, consideró su deber luchar por su patria libre del colonialismo como parte de una América nueva, cuyas naciones deberían formar una alianza para la actuación unida y consensuada entre sus miembros y así frustrar la nueva dominación desde Estados Unidos.

¿Cómo Martí llegó a esas conclusiones? Ello fue resultado de un complejo proceso de conocimiento de la realidad de su tiempo histórico, conducido desde la perspectivas de quien fijó su conducta sobre tres bases esenciales: un profundo sentido de originalidad, de atención a lo propio de las sociedades y los individuos; una clara adscripción a los intereses populares y a los pueblos dominados, y una ética de servicio humano. Así, su temprana crítica al creciente espíritu mercantilista de la sociedad norteamericana y su juvenil preocupación por las ambiciones expansionistas del vecino norteño hacia los estados fronterizos de México —que había perdido buena parte de su territorio merced a la que calificó como una guerra de conquista—, ancharon sus criterios durante su larga estancia neoyorquina.

En los Estados Unidos de los ochenta, la impetuosa industrialización capitalista cubría ya el mercado nacional en crecimiento exponencial a causa de la inmigración masiva de fuerza de trabajo europea mientras que los primeros monopolios avanzaron rápidamente sobre los granjeros, el capital de libre concurrencia y limitaron  la concesión de derechos laborales a los obreros. Una violentísima pelea social se desató a lo largo de aquel decenio, descrita minuciosamente en sus hechos más significativos por las Escenas norteamericanas de Martí, quien analizó en esas deliciosas crónicas, que abrieron paso a una nueva escritura de las letras en lengua española, el cambio profundo de aquel país en que a la mentalidad ambiciosa por nuevos territorios y un arraigado sentimiento de superioridad desde su nacimiento se unía ahora la necesidad de nuevos mercados abastecedores de materias primas y consumidores de su producción excesiva.

Por eso sus escritos en el mensuario La América, entre 1883 y 1884, advierten más de una vez acerca del ominoso poderío estadounidense y convocan a los pueblos latinoamericanos a la defensiva acción unida.

Las Antillas de habla española volvían a convertirse en foco de interés para las grandes potencias ante los cambios geopolíticos que anunciaban las obras de construcción del canal de Panamá, y Cuba en particular, siempre deseada desde los tiempos de los Padres Fundadores de la nación norteña, establecía un vínculo económico con Estados Unidos que marcaría su historia para el venidero siglo XX. La dependencia azucarera de aquel como mercado único, donde el trust refinador junto al capital financiero pusieron su mira en la Isla, reavivaron el viejo afán anexionista que había entusiasmado a sectores de los plantadores esclavistas  a mediados del siglo XIX.

La amenaza de la anexión sobre la nación cubana se ampliaba por días y un suceso indicó a Martí que ella no era un peligro potencial sino ya una realidad a finales del decenio de los ochenta de aquella centuria. La convocatoria por Estados Unidos de la Conferencia Internacional Americana de Washington le hizo desplegar sus mejores dotes de analista y de organizador para impedir que esta endosara un acuerdo en tal sentido. Si a ello sumamos su capacidad para comprender en esos años el agotamiento acelerado de la dominación española, imposibilitada estructuralmente de modernizarse, y la conciencia creciente en la patria de la inutilidad del autonomismo para lograr las reformas para esa modernización de la relación colonial, queda claro por qué Martí entró en campaña entonces para acopiar fuerzas a la vez contra el colonialismo y el autonomismo. Se le impuso, pues, el sentido de urgencia para la solución independentista que lo llevaría finalmente a cortar todos los compromisos de su vida pública y centrar sus esfuerzos en la organización de la guerra que llamaría necesaria, que desataría sin odios, con alcance universal y “por el bien mayor del hombre”, como diría en 1895 en el Manifiesto de Montecristi. 

Por tanto, el examen cuidadoso de sus actos y de sus escritos hacia los fines de 1888 y durante 1889 resulta de especial significación para comprender cómo diseñó y comenzó a ejecutar su vasto plan liberador y también cómo pudo ir asumiendo el liderazgo del movimiento patriótico cubano. Muchos de los estudiosos de su obra nos hemos referido al asunto, pero este sigue pendiente del examen pormenorizado y a fondo.

Desde luego que estas palabras no pretenden resolver esta ausencia, sino que pretenden solamente llamar la atención de este auditorio acerca de su importancia y de cómo para esos años ya Martí tenía plena convicción de que venía del norte “el peligro mayor de nuestra América”, como diría en su ensayo “Nuestra América”, uno de los puntos centrales de su campaña de liberación.

Desde los contextos vistos previamente, la revisión apresurada de algunos de sus documentos de aquellos años permite apreciar, por un lado, cuán identificado tenía el Maestro ese “peligro mayor” y hasta cuáles podrían ser sus procedimientos para apoderarse de Cuba, y, por otro lado, cuánto le contribuyó para ese conocimiento su examen de la  Guerra de los Diez Años, además de la Guerra Chiquita —su primera experiencia organizativa del movimiento armado para la independencia—, convertida por él, sobre todo la primera contienda, en símbolo y ejemplo desde aquellos inicios de su campaña liberadora.

En verdad, podría estimarse que la reaparición de Martí ante la emigración neoyorquina en el acto del 10 de octubre de 1887 forma parte de su vuelta a la acción política pública. Allí se manifestó contrario a “llevar a nuestra tierra invasiones ciegas” (2) y llamó “a amasar la levadura de república que hará falta mañana”. (3) Hay que tomar nota que, de hecho, juzgaba así, con tacto exquisito, las fracasadas prácticas patrióticas de los años inmediatamente anteriores, que fiaron el reinicio de la lucha armada al desembarco de expediciones sin un movimiento organizado en la Isla, incluyendo entre ellas probablemente, al plan de San Pedro Sula, encabezado por Máximo Gómez, del que se había separado en 1884.

Mas deseo valerme de algunas de las cartas martianas de 1889 para llamar la atención acerca de la importancia de esta época para el tema que tratamos, textos cuyo destino no fue público sino el de compartir juicios y estrategias con personas de su confianza, a fin de ir creando conciencia para la campaña de preparación en que ya se iba enfrascando.

No obstante, comienzo por un extenso texto que enviara a la prensa, publicado en El Avisador Cubano, de Nueva York, el 16 de mayo de 1888. Algunos de ustedes quizás ya imaginarán que se trata de la carta abierta a Ricardo Rodríguez Otero, datada seis días atrás en la misma ciudad. El destinatario se había entrevistado tiempo atrás con Martí en la gran urbe norteña y publicó un libro narrando su viaje por varios lugares de los Estados Unidos, en el que atribuía al Maestro una postura permisiva de la dominación española si esta satisfacía a la mayoría de los cubanos.

Sin dejar de expresarse con respeto hacia Rodríguez Otero, pero con absoluta firmeza en sus manifestaciones, Martí rechaza semejante interpretación de sus palabras, se desmarca de la política al uso entonces en Cuba en obvia referencia a la inutilidad del esfuerzo de los autonomistas, y dedica otro largo párrafo al anexionismo, tema también de la conversación con Rodríguez Otero. Martí le explica a su destinatario que en aquellos momentos, cuando corrían rumores acerca de tal camino para la patria, él se encontraba ante ellos “entre indignado y piadoso, siendo la indignación para con los entendidos, y la piedad para con los ignorantes.” (4) Tal posición anexionista solo la estima concebible entre quienes no conocieran ni a Cuba, ni a Estados Unidos, ni “las leyes de formación de los pueblos, o quien amase más al país vecino que a la propia Cuba. (5) Por ello, se extiende en explicar la postura histórica del vecino frente a la Isla y su espíritu expansionista, que llevó al poeta Oliver Wendelll Holmes a decir: “Somos los romanos de este continente; y llegará a ser ocupación constante nuestra la guerra y la conquista.” (6)

Por eso, no “piensa con complacencia, sino con duelo mortal” (7), quien, como él mismo, cree que la anexión pudiera llegar a realizarse. Y a continuación, casi que prediciendo lo ocurrido en 1898, señala: “… tal vez sea nuestra suerte que un vecino hábil nos deje desangrar a sus umbrales, para poner al cabo, sobre lo que quede de abono para la tierra, sus manos hostiles, sus manos egoístas e irrespetuosas”. (8)

Casi un año después, el 15 de febrero de 1889, escribe a su amigo uruguayo Enrique Estrázulas: “… estoy ahora fuera de mí, porque lo que desde años vengo temiendo y anunciando se viene encima, que es la política conquistadora de los Estados Unidos, que ya anuncian oficialmente por boca de Blaine y Harrison su deseo de tratar de mano alta a todos nuestros países, como dependencias naturales de este, y de comprar a Cuba.” (9)

Tres días después le dice a Mercado: “… tengo el espíritu como mortal, por las serias noticias que ya salen a luz sobre el modo peligroso y altanero con que este país se propone tratar a los nuestros, —por los planes que veo que tienden, en lo privado y en lo público, para adelantar injustamente su poder en los pueblos españoles de América,— y por la declaración, ya casi oficial, de que intentan proponer a España la compra de Cuba.” (10)

Publicar un periódico en inglés, “moderado y activo” (11), dice que era su sueño para defender a nuestra América ante los lectores de Estados Unidos, idea, por cierto, sobre la que volvería algo después, mas que nunca pudo materializar.

Como se puede apreciar, como brillante estratega de la política, Martí planeaba y trataba de ejecutar su campaña antiimperialista en los más diversos terrenos, hasta en aquellos controlados por el enemigo, que sí ya contaba con un periódico en castellano para defender las ideas imperiales “entre nuestra propia gente.” (12)

Al mes siguiente, marzo de 1889, la pelea se hizo más fuerte y enconada cuando Martí se vio obligado a insertarse en el debate acerca de la anexión a Cuba entre dos periódicos de Estados Unidos, ambos extremadamente irrespetuosos contra los cubanos. Sé que muchos de ustedes ya saben que me estoy refiriendo a Vindicación de Cuba, título que dio al follero en que publicó la traducción del texto que originalmente escribiera en inglés.

La cantidad de publicaciones de esta viril defensa de nuestra nación, me exime en este rápido recorrido de entregarles citas textuales, que necesariamente, además, tendrían que ser muy extensas. Pero sí quiero recordarles que por esos mismos días de marzo de 1889, el 29, le comenta a Mercado así: “En las cosas de nuestra tierra se me ha calmado un poco el dolor, por el júbilo con que acogen mis paisanos la defensa de nuestro país que escribí, en lengua picuda, de un arranque de pena: y parece que impuso respeto.” (13)

No se puede pasar por alto en la batalla martiana la breve misiva que envió a José Ignacio Rodríguez, su profesor de inglés en la escuela de Mendive, persona vinculada a los políticos entonces en el gobierno de Estados Unidos y cada vez más proclive al anexionismo. Tras un párrafo inicial cargado de afecto y cariño, le envía Vindicación de Cuba en que defendió “a nuestra tierra de cargos que no pueden dejarse correr sin peligro, sea cualquiera la suerte que espere al país que con tenerlo a V. entre sus hijos, ya tiene material suficiente para su defensa.” (14) Obviamente, Martí intentaba así de atraer al campo patriótico a Rodríguez, buscando así su aquiescencia para que, al menos, rechazara las ofensas contra sus compatriotas.

En el mismo mes de mayo responde a Rafael Serra aceptando contribuir a la creación y la marcha de La Liga, la asociación de emigrados de Brooklyn en la que Martí impartiría clases y a las que incorporaría a muchos de sus colaboradores.

Allí explica que a donde se debe ir no es tanto al mero cambio político, como “la buena, sana, justa y equitativa constitución social, sin lisonjas de demagogos ni soberbias de potentados, sin olvidar jamás que los sufrimientos mayores son un derecho preeminente a la justicia, y que las preocupaciones de los hombres, y las desigualdades sociales pasajeras, no pueden  sobreponerse  a la igualdad que la naturaleza ha creado.” (15)

Al destacado patriota negro, pues, la explicación de alcance social verdadero que habría de tener la república cubana por fundar tras una colonia donde solo tres años antes se había eliminado la infamia de la esclavitud.

Y así llegó el 10 de octubre de 1889 en que, con entusiasmo notable, más aun que otras veces anteriores, se reunió la emigración de Nueva York para recordar el comienzo de la gesta por la independencia. Dos días después, en carta a Serafín Bello, entrega la mucha “razón por el júbilo” (16) que le embargaba por aquel acto y declara: “Yo solo sé que la hora de la fundación empieza, y que allí se cogió la primer cosecha de la obra de ocho años.” (17)

Y para cerrar debo recurrir a la extraordinaria correspondencia a Gonzalo de Quesada del 29 de octubre de 1889, toda una lección de política y una muestra notable de las condiciones  que avalan y explican el liderazgo martiano para esa época. Por un lado, le expone su idea de que algunos cubanos llevaran al Congreso Panamericano el tema cubano para comprometer a Estados Unidos a que no se aliara a España en una nueva contienda por la independencia, y aunque no esperaba ese resultado como algo de fácil alcance, lo estimaba como lo “posible” y como “un deber político” (18) en la “situación revuelta, desesperada, y casi de guerra, de la Isla.” (19) Se trataba, pues, de atar las manos estadounidenses. No se debía llegar, diríamos hoy, a un 98.

Por otro lado, ante una idea que se manejaba por ciertos cubanos de relaciones con personalidades importantes de la política estadounidense, como José Ignacio Rodríguez, de impulsar mediante ofertas económicas la entrada del país del norte en negociaciones con España para alcanzar el fin de la colonia, el juicio martiano es de meridiana claridad: la fe en el cumplimiento del país norteño no era “racional”, además de que para Martí, en verdad, lo que se quería era que la Isla pasara a Estados Unidos antes de que otra potencia la poseyera. Y ahí viene la pregunta clave de Martí, que los cubanos sabemos cuánto nos ha costado: “Y una vez en Cuba los Estados Unidos, ¿quién los saca de ella?” (20)

Ese deseo de obtener la libertad por la paz, entiende Martí que no se obtendrá “o se obtendrá para beneficio ajeno.” Y por eso concluye: “El sacrificio oportuno es preferible a la aniquilación definitiva.”(21) Por eso se extiende en sus consideraciones acerca de sus sospechas de que el verdadero objetivo de dicho plan era la anexión.

En dos palabras: frente a la compra de Cuba por Estados Unidos, a su mediación ante España a través de intereses monetarios o al aprovechamiento de la guerra para ocupar la Isla, a lo que fue en definitiva el 98, Martí lo afronta con el espíritu del 68: apela a la lucha armada, a la constitución de una República en Armas. Por eso las conmemoraciones del 10 de octubre en las emigraciones; por eso la proclamación del Partido Revolucionario Cubano el 10 de abril de 1892, recordando a la Asamblea y la Constitución de Guáimaro y la formación de la República en Armas.

El ejemplo y el símbolo del 68 frente al anexionismo. El 68, como el 95, por una patria de veras independiente y soberana, como la que tenemos desde 1959.

 

NOTAS:

(1) Todas las citas de esta carta en Epistolario José Martí. Compilación, ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual y Enrique Moreno Pla. La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, 1993, t. V, p. 250. En adelante se citará EJM, el tomo en número romano y la página en número arábigo.

(2) Martí, José. Obras completas. La Habana, 1963-1965, Editorial Nacional de Cuba, tomo 4, p. 220.

(3) Ídem.

(4) EJM, II, 31.

(5) Idem.

(6) Idem.

(7) Ibid., 32

(8) Idem.

(9) EJM, II, 71-72.

(10) EJM, II, 73.

(11) Idem.

(12) Idem.

(13) EJM, II, 98.

(14) EJM, II, 95-96.

(15) EJM, II, 106-107.

(16) EJM, II, 129.

(17) Idem.

(18) EJM, II, 144.

(19) Idem.

(20) EJM, II, 145.

(21) Idem.


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