José Martí en 1888


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El tomo 28 de la edición crítica de las Obras completas del Maestro fue presentado recientemente en el Centro de Estudios Martianos, institución que desde hace muchos años lleva a cabo esta empresa.

Los textos allí incluidos abarcan desde el 27 de enero hasta el 5 de mayo de 1888, en total 49 escritos, 31 de ellos aparecidos en la prensa de la época, 16 cartas y dos apuntes. El grueso de esos documentos son, pues, trabajos enviados por Martí a los periódicos, 23 de ellos distribuidos entre los dos diarios con los que contribuía desde años atrás mediante sus “Escenas norteamericanas”: La Nación, de Buenos Aires (12 en total) y El Partido Liberal, de México (11 textos).

Consideradas habitualmente como crónicas, no es casual que su autor las llamara “Escenas”: es evidente que la pasión martiana por el teatro le hizo estimar que narrar la vida de las sociedades era una especie de representación semejante a la que se muestra sobre las tablas, y que en el  caso de la nación del norte su propósito era entregarla “en junto”, en todas sus manifestaciones materiales y espirituales, en su amplia diversidad de clases, grupos, estamentos, intereses, acciones, ideas. Como dijo en una ocasión, se trataba para Martí de llevar a la mente de sus lectores el punto de vista de que aquel país no debía ser el modelo para los pueblos hispanoamericanos, dadas sus muy diferentes historias, identidades y psicología social, y de que entre los habitantes al norte del continente se manifestaban virtudes y defectos al igual que entre los del sur.

Así, Martí demuestra una y otra vez en esas cronicas que la sociedad norteamericana no era mejor ni superior a las de nuestra América, como él llamaba a los países del sur, y que en el vecino poderoso crecían las ambiciones por apoderarse de nuestros pueblos a los que se despreciaba por juzgarlos bárbaros, atrasados, inferiores.

Durante esos primeros meses de 1888 en esas crónicas se ocupó del arte pictórico en Estados Unidos, del interés allí por los temas mexicanos y de su relación con la que el cubano llama la “escuela de la luz”. El invierno, particularmente la gran nevada ocurrida en el mes de marzo y de sus terribles consecuecias para los sectores sociales más débiles también atrajo su pluma. Un baile de ricos es descrito con minuciosidad para mostrar la pompa de los poderosos, al igual que una carrera de caminadores ofrecida con una perspectiva crítica de las costumbres de aquella sociedad, más los preparativos para las próximas elecciones presidenciales y las artimañas de los políticos y de los aparatos de los partidos para obtener el triunfo son objeto de su atención.

Escribe, además, acerca de las particularidades de las religiones en Estados Unidos y de algunas de sus prácticas populares, y del debate que tiñe la época entre los proteccionistas y los librecambistas en el ámbito económico. Sin olvidar trazar las actuaciones de personalidades notables del mundo intelectual,  de los negocios y de la política. Destacan las crónicas que remite a ambos diarios acerca de la muerte de Roscoe Conkling, un formidable estudio de las andanzas de uno de los políticos más importantes por entonces en Estados Unidos, cuya personalidad se transformó para bien, según Martí, cuando abandonó la política.

Uno de sus grandes estudios acerca de personalidades latinoamericanas resulta el texto que dedicó a José Antonio Páez, calificado por Bolívar como la primera lanza de Venezuela, uno de los principales héroes de la epopeya emancipadora de nuestra América. Martí narra la salida, a solicitud del gobierno venezolano de los restos de Páez desde Nueva York, donde estuvo enterrado, hacia Caracas, y entrega un valioso análisis de la vida de aquel  llanero que llegó a ocupar la presidencia de su país.

Del  mensuario neoyorquino El Economista Americano se incluyen algunos de los pocos textos que se han podido hallar de esa publicación que, al parecer, era redactada por Martí en su mayor parte. Asuntos latinoamericanos y cubanos ocupan estas páginas más breves que las crónicas acerca de Estados Unidos y entre ellas son significativas del permanente seguimiento por Martí de la vida cubana, las dedicadas al libro Seis conferencias de Enrique José Varona, a la publicación de varias cartas inéditas de José de la Luz y Caballero, y a la novela Mi tío el  empleado, de Ramón Meza, texto conservado gracias a su reproducción en El Avisador  Cubano, de Nueva York.

Un escrito de El Economista Americano nunca antes compilado es un aporte de este tomo 28, gracias a la colaboración del investigador Ricardo Hernández Otero, quien encontró su reproducción  en un ejemplar del Diario de Matanzas. Se titula “El negro Rafael” y trata del maestro puertorriqueño Rafael Cordero Molina, quien tuvo entre sus discípulos a importantes personalidades de la isla hermana.

Finalmente, este tomo incorpora 16 cartas dirigidas por Martí a Manuel  Mercado, Néstor Ponce de León, Emilio Núñez, Enrique Estrázulas y al ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay, las que, además de informarnos acerca de las actividades del Maestro, muestran sus sentimientos íntimos y el valor que concedía a la amistad.

Los escritos martianos de este tomo 28 muestran la plenitud literaria y de pensamiento alcanzada ya por Martí en 1888 y la extraordinaria multiplicidad de sus saberes e intereses.


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