José Martí en las relaciones de Cuba con el mundo


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Ilustración: J. Ángel Téllez

El siglo XX comenzó para Cuba con caminos interconectados que venían del XIX, desde la contienda iniciada el 24 de febrero de 1895, concebida y organizada por José Martí con perspectiva latinoamericanista y planetaria. El 25 de marzo siguiente —“en el pórtico de un gran deber”, porque se halla en tierras caribeñas en tránsito hacia Cuba para incorporarse a la guerra— le escribió a su amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal: “Yo alzaré el mundo”. Lejos de una actitud ególatra que nunca tuvo, expresaba el propósito mayor de aquella gesta.

En ese mismo texto y en otros ratificó la preocupación que el día antes de caer en combate resumió en la carta al mexicano Manuel Mercado, su gran confidente, al definir lo que abrazaba como su deber: “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”.

Si se quiere apreciar la importancia de su proyecto para el mundo que él sabía necesario alzar, revísese lo que desde 1898 sigue significando el hecho de que los Estados Unidos se apoderaran de Cuba y Puerto Rico. Fue el comienzo de pasos, cruentos y carentes de legalidad y ética, que a lo largo del siglo XX la potencia imperialista en ascenso continuaría dando en pos de una hegemonía que, aunque ya hoy con señales de quiebra y decadencia, continúa siendo surtidor de males en el siglo XXI.

La herencia antimperialista es uno de los componentes fundamentales con los que la Revolución Cubana sigue la guía trazada por Martí. El Congreso Internacional celebrado en Washington en varias sesiones entre los meses finales de 1889 y los primeros de 1890 representó para el revolucionario cubano lo que llamó en el pórtico a sus Versos sencillos “aquel invierno de angustia”, porque el águila imperial “apretaba en sus garras los pabellones todos de la América.

Tal efecto tuvo para él esa angustia que enfermó y el médico le indicó reposo. Pero alguien hecho a la actividad fundadora no estaba para descansar, y no solo aprovechó la estancia en las montañas de Catskill—adonde fue a cumplir la indicación médica— para escribir el poemario citado, sino para sembrar relaciones con estadounidenses que por su proyección justiciera podrían tener con respecto a su nación una actitud que cabía considerar disidente. En general, sus mayores elogios a figuras de los Estados Unidos se concentraron en quienes personificaban esa disidencia de distintos modos.

Foto: Tomada de Internet

Aquel foro —como en 1891 la Conferencia Monetaria Internacional, también celebrada en Washington, y en la que él, como representante de Uruguay, contribuyó a que entonces no se consumara el plan estadounidense dirigido a coyundear con su moneda a todo el continente— le confirmó a Martí la existencia de peligros que había venido advirtiendo durante años. Concernían no solo al agravamiento de la tiranía ejercida en el interior de la nación del Norte por los monopolios en la industria y el mercado, y que ya desmentía su pretenso modelo democrático. También revelaban las ansias de ese país por dominar a toda la América y lanzarse a conquistar la hegemoníaen el mundo.

Los ofrecimientos de falaz reciprocidad comercial por ese país a otros de la región, se orquestaron con abarcamiento continental en aquellos foros, y Martí vio la urgencia de frenar el papel que la nación anfitriona le reservaba a nuestra América: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Porqué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?” Con su penetración se anticipaba a identificar lo que se conocería como neocolonialismo.

Frente a tal realidad, razona: “La unión, con el mundo, y no con una parte de él; no con una parte de él, contra otra. Si algún oficio tiene la familia de repúblicas de América, no es ir de arria de una de ellas contra las repúblicas futuras”. El reclamo del hijo de Cuba estaría en pie también para la república moral que él quería fundar en su patria.

El desequilibrio mundial que los Estados Unidos ambicionaban con su rapacidad, significaría asimismo la quiebra de su honor como nación, ya entonces dudoso y lastimado. Eso se puede leer en varios textos de Martí, como las crónicas sobre los foros mencionados, una de ellas citada ya, y en artículos como “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, publicado en Patria el 17 de abril de 1894, y que desde el subtítulo, “El alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”, expresa la perspectiva continental con que él buscaba la liberación de Cuba.

A este país le urgía emanciparse, sin dar tiempo a la intervención de la entonces emergente potencia imperialista, a la cual Martí dirigió no una premonición abstracta, sino una increpación desafiante basada en sus preocupaciones objetivas con respecto al peligroso vecino: “No es en los Estados Unidos ciertamente donde los hombres osarán buscar sementales parala tiranía”.

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El desafío aparece en el comunicado que envió desde un campamento mambí a The New York Herald, poderoso diario sobre el cual había mostrado profundas aprensiones y que publicó el texto, vertido al inglés y con graves mutilaciones y falseamientos, el mismo día en que el autor cayó en combate. Por fortuna, y por previsión del propio Martí, se conservó el original en español, que Patria publicó íntegramente.

Martí pensaba cómo frustrar las trampas que los Estados Unidos urdían. Viene al tema un apunte ubicable hacia 1885, y numerado 196 entre los Fragmentos que integran el tomo 22 de sus Obras completas en uso. Refiriéndose, al parecer, a un proyecto de “paso transcontinental americano”, escribió algo que no se entiende al margen de su visión sobre la voracidad del país vecino.

A propósito de la concesión que una compañía inglesa ha recibido para “la mitad de la vía”, comenta: “lo que otros ven como un peligro, yo lo veo como una salvaguardia”. Pero no lo asume con carácter definitivo, ni mucho menos como vocero de intereses británicos: “mientras llegamos a serbastante fuertes para defendernos por nosotros mismos, nuestra salvación,y la garantía de nuestra independencia, están en el equilibrio de potenciasextranjeras rivales”.

Su visión del tema no se detenía en ese punto: “Allá, muy en lo futuro, para cuando estemos completamentedesenvueltos, corremos el riesgo de que se combinen en nuestra contra las naciones rivales, pero afines,—(Inglaterra, EstadosUnidos)”. El vaticinio hace pensar en hechos como la guerra de las Malvinas en 1982, cuando los Estados Unidos se aliaron con Inglaterra, como parte de un nexo mayor y permanente.

Pensaba en los peligros que veía venir para nuestra América desde los Estados Unidos: “de aquí que la política extranjera de la América Central y Meridional haya de tender a la creación de intereses extranjeros,—de naciones diversas y de semejantes, y de intereses encontrados,—en nuestros diferentes países”. Pero tenía claro que debía actuarse “sin dar ocasión de preponderancia definitiva a ninguna aunque es obvio que ha de haber, y en ocasiones ha de convenir que haya, una preponderancia aparente y accidental, de algún poder, que acasodeba ser siempre un poder europeo”.

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Además de tener presente la cercanía de la nación dispuesta a apoderarse de los pueblos de la región, demandaba que estos no tuvieran una actitud pasiva. En el ensayo “Nuestra América”, publicado a inicios de 1891, y vale apuntar que usando el adjetivo formidable en sus acepciones prístinas, latinas, de temible y pavoroso, no en el sentido de magnífico que ha llegado a tener, escribió: “El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe”.

No cabe pasar por alto, ni minimizar su peso, la precisión de “una preponderancia aparente y accidental”, no un sometimiento comparable con el que entendía necesario impediren lo tocante a los Estados Unidos. Ante las intenciones de ese país, Martí entendía que la preponderancia “acaso deba ser” de un poder de Europa, donde la pujante nación veía entonces a sus rivales.

En tal rivalidad, y a base de recursos y maniobras de todo tipo, pasando por guerras fuera de su territorio, como las dos conflagraciones mundiales—a las que han seguido sumándose numerosos conflictos generados hasta hoy—, los Estados Unidos obtuvieron la hegemonía que les permitió uncir a su carro, como aliadas y cómplices, a naciones europeas.¿Cómo olvidar el monstruoso crimen de Hiroshima y Nagasaki, y el oportunismo mediático con que el imperio ha intentado ocultar el decisivo aporte soviético a la derrota del fascismo? Con la ventaja acumulada, hoy complica incluso a gobiernos de nuestra América con la agresiva organización militar que ha empleado para manejar a Europa, la OTAN.

Pero también hay países latinoamericanos y caribeños cuyos gobiernos se oponen a esos designios. Dan con ello muestras de una política de salvación nacional que para Cuba es un hecho heredado del proyecto martiano de liberación frente al coloniaje español y al neocolonialismo ejercido por los Estados Unidos, potencia que tampoco excluye de su política el colonialismo de viejo cuño, impuesto a Puerto Rico.

En ese cuadro regional, continental y mundial, le ha tocado a Cuba protagonizar un espíritu de búsqueda de paz con dignidad —no de resignación— como el representado en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. Así enfrenta los planes imperialistas de aislarla, y esa fue la firmeza que mantuvo cuando se desintegró la URSS y —lo denunció Fidel Castro— ya sabía que esa potencia había renunciado a apoyarla en caso de que los Estados Unidos la agredieran.

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De circunstancias cruciales en que los históricos Cinco Puntos de Cuba enarbolados por su líder ratificaron la soberanía y la dignidad de este país, habló en memorable carta al propio Fidel Castro otro exponente de la Revolución Cubana, Ernesto Che Guevara: “He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la crisis del Caribe. Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días, me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios”.

Con el desmontaje de la URSS y el campo socialista europeo, y su conversión al capitalismo, se destruyó la fuerza que había garantizado un relativo equilibrio frente a los Estados Unidos. Roto ese equilibrio, hubo quienes creyeron que Cuba no resistiría los embates de la potencia que ha lanzado contra ella agresiones armadas y mediáticas, terrorismo y un largo bloqueo genocida, arreciado recientemente para asfixiarla con la ayuda de una pandemia que este país ha enfrentado con recursos propios.

Al ejemplo de independencia de Cuba se han sumado —con vicisitudes inseparables de intereses clasistas internos y de las presiones imperialistas— gobiernos que defienden la soberanía y los derechos de sus pueblos, y encaran por ello amenazas y agresiones de los Estados Unidos. Ante alianzas tácticas inscritas en las contradicciones entre potencias, lo que puede protegerla soberanía de países como Cuba esafianzaren el centro de su política la firme decisión de defenderse por sí sola si fuera menester.

Eso no significa desconocer ni menospreciar el valor de la solidaridad internacional entre pueblos —cultivada por Cuba— y el apoyo de gobiernos que, a su vez, saben que la supervivencia de este país como nación soberana y dueña de su propio proyecto político y social es un tributo a la lucha contra la hegemonía imperialista.

Para los pueblos en general _y particularmente para Cuba, heredera del pensamiento martiano, y responsabilizada con cuidarlo como el tesoro que es_, la geopolítica tiene, como para el mundo todo, gran importancia. Pero no más que la ética, a menudo lacerada en nombre de reales o supuestos replanteos tácticos ineludibles, que habrá quienes consideren sacrosantos.


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