José Martí y la Estatua de la Libertad (I) / Por Fernando Carr Parúas


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El historiador, jurisconsulto y escritor francés Edouard René Lefebvre de Laboulaye (París, 1811-1883) fue quien sugirió, en 1865, al término de la Guerra de Secesión estadounidense, que debía erigirse un monumento para conmemorar la alianza entre Francia y los Estados Unidos durante la Revolución de las Trece Colonias norteamericanas. Fue ideado como un monumento a la amistad entre esas dos naciones.

Esta alianza y amistad entre los pueblos de Francia y los Estados Unidos se inició con el gesto desinteresado del noble francés Gilbert Motier, marqués de La Fayette (en la literatura en inglés, principalmente la norteamericana, así como otras, lo escriben Lafayette), quien a poco de la declaración de independencia de las Trece Colonias inglesas en Norteamérica, se sintió solidario con los revolucionarios norteamericanos, fletó una fragata y se embarcó por su cuenta para luchar con las armas en América contra los ingleses. El joven La Fayette (1757-1834) desembarcó en Georgetown, se distinguió en la defensa de Virginia y derrotó a los ingleses en Yorktown. De todo este proceder resultó una gran amistad entre La Fayette y el prócer norteamericano George Washington. El Congreso —órgano superior de las colonias rebeldes— le nombró mayor general del Ejército, y se reembarcó para Francia para pedirle al rey Luis XVI que interviniera en favor de los rebeldes y así, el envío de un ejército de unos cuatro mil hombres que dispuso el Gobierno francés y la vuelta de La Fayette a Norteamérica, fue una intervención decisiva en la lucha de las Trece Colonias —que después serían los Estados Unidos de América— contra Inglaterra.  

Laboulaye, quien combatió el régimen represivo del imperio de Napoleón III, pensó que este monumento pudiera realizarse a semejanza de la figura principal del famoso cuadro del pintor francés Fernand Victor Eugene Delacroix (1799-1863) titulado La Libertad guiando al pueblo, que se conserva en el Museo de El Louvre, en el cual esa figura principal es una mujer con su pecho descubierto que representa a La Libertad, y que en su brazo izquierdo en alto enarbola una bandera francesa, guiando al pueblo armado en plena batalla. Discutió esta idea con un joven escultor nacido en Alsacia, Federic A. Bartholdi (1834-1904), quien se entusiasmó con el plan. Pero, en 1871, solamente después de la caída ese año de Napoleón El Pequeño, fue que Bartholdi se trasladó a los Estados Unidos, a instancias también de Laboulaye, para escoger el mejor lugar donde se erigiera tal monumento, y el escultor se decidió por la pequeña isla Bedloe, un cayuelo que se encuentra en la entrada de la bahía de Nueva York.

La idea de levantar tal monumento con una enorme estatua que representaría a La Libertad, fue aprobado en 1874 y, tanto en Francia como en los Estados Unidos, se crearon comisiones encargadas del proyecto. Así, se acordó que el pueblo francés costearía la estatua y el estadounidense, la base del monumento.

El costo planificado de la estatua fue sobrepasado, pero, ya a finales de 1879, los franceses —que habían respondido con entusiasmo para la campaña de recogida de fondos— tenían listo el total requerido: el equivalente a doscientos cincuenta mil dólares —fabulosa cantidad para la fecha—, sin que el Estado francés se viera obligado a hacer gasto alguno.

El trabajo de Bartholdi fue realizado en París. Primeramente levantó una maqueta de la estatua de 9 pies de altura, y el modelo de yeso fue ampliado, sección por sección, hasta su altura de 152 pies, o sea, cerca de 46 metros.

Después que los problemas de ingeniería fueron resueltos brillantemente por el famoso constructor de estructuras metálicas Alexander Gustave Eiffel —quien inauguraría años más tarde, en 1889, la alta torre que lleva su nombre y se yergue en medio de París, y es el símbolo de la Ciudad Luz—, al fin, en 1884, fueron ensambladas las piezas de la Estatua de La Libertad, en París, para presentarla formalmente a los Estados Unidos el 4 de julio de ese mismo año: era una enorme mole que sobresalía a toda la ciudad. El pueblo parisiense sintió gran felicidad al ver erigida en medio de su ciudad la estatua que regalaba al pueblo norteamericano y todo ello significó una gran fiesta. Al año siguiente fue desmantelada y enviada por piezas a Nueva York.

Sin embargo, la otra parte del proyecto, esto es, la recogida de fondos para levantar la base o pedestal de la estatua, que correspondería sufragar al pueblo estadounidense, no tuvo la acogida necesaria. El plan inicial de un costo de ciento cincuenta mil dólares fue rebasado, y en el otoño de 1884 se suspendieron esas obras, cuando la base contaba solamente con 15 pies de su estructura. Había gran apatía para colectar otros cien mil dólares necesarios: el público se mostró reacio a continuar con su contribución. Esta parte del monumento, es decir, el pedestal, fue encomendado al ya famoso arquitecto nacido en los Estados Unidos que vivió muchos años en París, Richard Morris Hunt (1828-1895).                      

Así las cosas, el publicista de origen húngaro —naturalizado estadounidense— Joseph Pulitzer, desde su periódico New York World, quien siempre había apoyado la idea del monumento, arreció sus campañas en marzo de 1885 para la construcción del pedestal, criticando la indiferencia de la población para esta finalidad, y planteó que debían hacerse planes para recoger fondos mediante actos de diferente índole, ya culturales, ya deportivos u otros, y tuvo tal eficacia su constante campaña que en solo cinco meses se lograba totalizar el efectivo que faltaba.

Una de las ideas que al ponerse en práctica sirvió para recoger bastante dinero, además de resultar un suceso cultural para la ciudad neoyorquina, fue una exposición que, a precios muy populares, atrajo a decenas de miles de gentes de todo tipo, principalmente a aquellos que nunca podrían ver, a tan bajo precio, las maravillas allí expuestas. Algunos ciudadanos prominentes de la ciudad, apenados por no haber recogido la suma necesaria para la conclusión del pedestal, pidieron prestados objetos de arte valiosos y raros a las familias adineradas de Nueva York para reunirlos en un gran local y exhibirlos.

El éxito fue tal que José Martí dedicó una crónica al caso: “Exhibición de arte en Nueva York para el pedestal de la Estatua de la Libertad”, publicado en La América, en enero de 1884, escrita después de 15 días de su inauguración, y decía que en ese tiempo no se había logrado haber visto vacía la sala, que contaba varios salones y un piso superior, y detallaba así la muestra: “En un salón, encajes de hilo; en otro, encajes de bronce. En un estante, miniaturas riquísimas. En otro, antiguos y singulares abanicos. Donde había más luz, la colección de cuadros de maestros”.

En otro momento de la crónica, dice: “He aquí las colecciones diversas que componían la exhibición: de pinturas; de muebles; de objetos de arte indígena; de vestidos curiosos; de grabados; de misales [...]; de instrumentos músicos; de loza antigua; de artes del Oriente; de labores de metal; de tapices y bordados; de joyas y obras de plata; de armaduras”.

Martí, tan especializado también en la plástica, comentó en su artículo distintas obras de arte que, en pinturas, integraban los bienes expuestos, entre ellos, cuadros de Durero, Detaille, Pasini, Millet, Corot, Manet, Delacroix, Degas. Pero expresaba Martí que el público visitaba más otras colecciones que las de pinturas, pues eran preferidas las de miniaturas, de abanicos, de encajes y otras preciosidades que allí abundaban, así como objetos personales de reyes, reinas, sabios, inventores y generales, y frente a tales colecciones eran muchedumbres las que se apretujaban para ver y disfrutarlas.

De tal manera, Nueva York no solamente pudo recoger del pueblo el numerario suficiente para terminar el pedestal de la famosa estatua, sino que actos como este sirvieron para movilizar a la población e irla interesando en todo lo que representaba el artístico donativo francés que se levantaría próximamente en medio de la tan visitada bahía; y así, quedaría terminado el pedestal rectangular de 93 pies cuadrados, el 22 de abril de 1886.

Poco después se montaría la estatua y sería inaugurada el 28 de octubre de 1886, en una ceremonia en la que participaron altos dignatarios de los Estados Unidos y Francia.

La estatua, de 46 metros, se levanta sobre la base, de unos 45, para alcanzar los 91 metros sobre el nivel del mar. El pedestal consta de varios pisos y tiene servicio de elevadores. Tiene en su interior dos escaleras de caracol; por una se asciende hasta una pequeña sala bajo la corona, que sirve de mirador tras cristales para observar el exterior; y la otra sirve para descender. Además, por una escalera que surge a la altura del cuello de la estatua se puede subir por el brazo izquierdo, hasta la antorcha que sostiene, en cuya plataforma caben hasta doce personas, aunque desde hace años no se permite aquí el paso del público.

Sobre el día de la inauguración, el cubano José Martí envió una crónica al director del periódico La Nación, de Buenos Aires, fechada en Nueva York al día siguiente y que tituló “Fiestas de la Estatua de La Libertad”, en la cual señala: “Estaba áspero el día, el aire ceniciento, lodosas las calles, la llovizna terca; pero pocas veces ha sido tan vivo el júbilo del hombre”. Más adelante detalla cuánto era ese júbilo en la ciudad de la isla de Manhattan, la isla pequeña rodeada en el sur por los ríos Hudson y Este:

La emoción era gigante. El movimiento tenía algo de cordillera de montañas. En las calles no se veía punto vacío. Los dos ríos parecían tierra firme. Los vapores, vestidos de perla por la bruma, maniobraban rueda a rueda repletos de gente. Gemía bajo su carga de transeúntes el puente de Brooklyn; Nueva York y sus suburbios, como quien está invitado a una boda, se habían levantado temprano. Y el gentío que a paso alegre llenaba las calles no había cosa más bella, ni los trabajadores olvidados de sus penas, ni las mujeres, ni los niños, que los viejos venidos del campo, con su corbatín y su gabán flotante, a saludar en la estatua que lo conmemora el heroico espíritu de aquel marqués de Lafayette, a quien de mozos salieron a recibir con palmas y con ramos, porque amó a Washington y lo ayudó a hacer su pueblo libre.

Porque la estatua, decía allí Martí, la había regalado el pueblo de Francia, en memoria del 4 de julio de 1776, en que declararon los Estados Unidos su independencia de Inglaterra, ganada con ayuda de sangre francesa. En la crónica, el cubano se quejaba de que no había habido en las fiestas el recuerdo debido al marqués de La Fayette, pero buen espacio dedicó Martí al francés, y escribía: “Un grano de poesía sazona un siglo. ¿Quién no recuerda aquella amistad hermosa? Grave era Washington y de más edad: a Lafayette no le asoma el bozo; pero en los dos había, bajo diversa envoltura, aquella ciega determinación y facultad de ascenso en que se confunden los grandes caracteres”.

Y continuaba más adelante hablando del francés: “Iba la aurora con aquel héroe de cabellos rubios; y el hombre en marcha gustaba más a su alma fuerte que la pompa inicua con que en los hombros de vasallos hambrientos como santo en andas sobre cargadores descalzos, paseaba con luces de ópalo la majestad”. Y después, seguía: “La humanidad parecía haber madurado en aquel cuerpo joven. Se muestra general de generales. Con una mano se sujeta la herida para mandar a vencer con la otra [...]. Si sus soldados van a pie, él va a pie. Si la república no tiene dinero, él, que le da su vida, le adelanta su fortuna: ¡he aquí un hombre que brilla, como si fuera todo de oro!”.


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