La Cenicienta, grato divertimento


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Después de un largo tiempo sin pisar las tablas de la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso”, se apoderó de ellas la comedia-ballet La Cenicienta, coreografía de Pedro Consuegra, inspirada en el cuento homónimo de Charles Perrault, con su carga de alegría, colorido y, sobre todo, juventud. Porque en la reciente temporada del Ballet Nacional de Cuba (BNC), noveles bailarines comenzaron a “vestir” los disímiles personajes de este grato divertimento, que ya ha adquirido el lustre que logran las obras cuando pasa el tiempo y se bailan.

Partiendo de la creación original, Consuegra recreó esta coreografía tratando de devolver a la obra la frescura que las sucesivas puestas en escena han ido mermando, y resolviendo con criterios más contemporáneos algunos aspectos del desarrollo argumental.

Esta versión, en dos actos y cuatro escenas, con música de J. Strauss (hijo) —muy bien interpretada durante las cuatro funciones por la Orquesta Sinfónica del GTH “Alicia Alonso”, dirigida por el maestro Giovanni Duarte—, a pesar de los variados criterios que sobre ella recaen desde su propio estreno, tiene como puntos positivos una imagen atractiva. En primer lugar, por la distribución en el espacio del elemento humano de que dispone. La utilización de un acertado diseño de vestuario y escenografía (Armin Heinemann) donde convergen variados estilos y una mezcla de intenciones expresivas de tendencias plásticas actuales, que funciona a la hora de recrear el ambiente perseguido en este ballet-pantomima, es otra de las características sobresalientes de la obra, en cuyo trabajo  coreográfico es visible la herencia de Petipá (por momentos nos lleva a pensar en El lago de los cisnes o La fille mal gardée).

En esta Cenicienta, el coreógrafo creó un argumento teatral contemporáneo, tomando ciertas libertades en relación con el plan original, enriqueciendo los aspectos técnicos y dramáticos. Aquí se mueven los mismos personajes, todos importantes y protagónicos, en los que hay una acción dramática continua. Greta (La Cenicienta), en las cuatro jornadas comentadas, alcanzó variados matices. Viengsay Valdés, en el cierre de la temporada estuvo espléndida. Plena de estilo, balances, giros, y una técnica a toda prueba, destacó, asimismo, en la interpretación y el fraseo con su compañero, Dany Hernández (Príncipe Gustav), siempre atento al baile para lograr una perfecta armonía de pareja. En sus solos, Dany actuó con desenfado, mostró sus cualidades técnicas indudables, su elegancia característica en la escena, y el virtuosismo/perfección implícito en su quehacer danzario. Ambos llenaron la escena de una magia particular.

Gretel Morejón, por su parte, en el protagónico brilló por su interpretación, y alcanzó instantes de alto vuelo en el baile, máxime en el segundo acto, aprovechando toda posibilidad sobre la base técnica. Su Greta fue sumamente lírica y tierna, y a su lado, Rafael Quenedit (Gustav) con una buena presencia escénica, produjo una caracterización de perfil y matices propios en su debut. Sin superlativos, su príncipe convenció en escena, aunque del lado técnico debe cuidar la limpieza, y hacer más énfasis en los saltos, sobre todo para lograr una perfección en la terminación de los movimientos. Condiciones tiene de sobra.

 

 

JORNADAS DE DEBUTS

En los protagónicos hubo dos parejas debutantes. La primera, integrada por esa hermosa bailarina que es Ginett Moncho, y Adrián Sánchez, en Cenicienta/Gustav, respectivamente, quienes supieron aprovechar las oportunidades que ofrece la pieza de Consuegra. Ella con una labor armoniosa en los dos actos, interpretativamente estuvo siempre en personaje, regalando sutiles matices que la caracterizaron como si la hubiera bailado mucho. Del lado del baile, entregó instantes de alto vuelo estilístico, con su perfecta figura, gestos elegantes, inteligencia a la hora de abordarlo, y una técnica adecuada bordó su Cenicienta de un particular aliento que provocó fuertes ovaciones en el auditorio durante toda la función, para convencer con su clase. Junto a ella, un joven bailarín que viene despuntando desde la pasada Carmen (fue excelente en su Don José), Adrián Sánchez fue un solícito acompañante, y demostró tener madera para nuevos empeños escénicos. Posee una figura idónea para estos personajes, y su ejecución fue creciendo a medida que avanzaba la obra. En sus solos tuvo momentos altos, y otros que quedaron por debajo de lo que corresponde, pero el bailarín se hace bailando —valga la redundancia—, y es menester ofrecerle más papeles protagónicos, y, sobre todo foguearlo, prepararlo bien, para próximas obras, pues hay en él un talento indiscutible. 

El segundo binomio debutante, en los papeles principales, fue el integrado por la singular Chanell Cabrera y Yankiel Vázquez. Los jóvenes bailarines se entregaron en cuerpo y alma para dibujar con todas sus “armas” a Greta/Gustav, y provocar no pocas ovaciones con sus actuaciones. Ella no solo demostró sangre fría al interpretarlo como toda una consagrada, sino el virtuosismo que la anima en la escena, fue creíble de principio a fin. Él desató su arsenal técnico de saltos deslumbrantes, giros…, y realizó un trabajo de pareja adecuado, se observó el avance alcanzado en este sentido, aunque debe perfeccionarlo para alcanzar el fraseo pertinente y el lenguaje coreográfico preciso que lleva el personaje, en algunos momentos cumbres, por ejemplo, la coda del segundo acto. Fue una juvenil y agradable entrega, sin dudas.

 

 

OTROS PERSONAJES…

El Hada Rava vivió agradables instantes sobre las tablas en las tres debutantes. En la piel de Claudia García, bailarina que se consolida cada vez más, encontró una artista perfecta, porque sus dotes físicas son idóneas para el quehacer escénico del personaje diseñado por Consuegra, al que añadió dosis de seguridad y fuerza que matizaron su desempeño de un aura particular. La también juvenil Chavela Riera tiene un físico espectacular, condiciones técnicas sobradas, amén de su belleza. Con esas armas conquistó el rol y al público con su labor. Mientras que Bárbara Fabelo desató también fuertes aplausos. Ella puso de relieve las sobresalientes cualidades  técnicas (extensiones, saltos, giros...) y confirmó estar dotada de un arsenal sólido, no solo demostró virtuosismo, sino también produjo una actuación destacada, en sus dos presentaciones 19 y 21 de julio, para poner en claro la descendencia del BNC.

No hay dudas de que La Cenicienta alcanza el nivel de un grato divertimento, que agradece el espectador, máxime en este caluroso y arduo tiempo estival caribeño, y en el que mucho aportan las situaciones-actuaciones de algunos intérpretes. Leontyne, la madrastra de Greta, en nuestra versión ha tenido en el tiempo  ejemplos cimeros: José Zamorano, José Medina, Félix Rodríguez —ahora en Ottokar, Gran Duque de Luxestein—, por solo citar estos. En la reciente temporada, Ernesto Díaz y Yansiel Pujada le dieron vida en escena, cada uno otorgando una visión personal. Ernesto, ya acomodado en el rol en el tiempo, lo matizó con tonos de hilaridad, enseñando sus dotes histriónicas y una controlada comicidad, que bordó con sumo cuidado para no pecar en ningún extremo, y fue saludada con muchos aplausos por los presentes. Yansiel Pujada, en su debut, demostró tener fibra para este tipo de trabajos —su Quijote en el ballet homónimo es de altos quilates—, aquí creció de la primera a la segunda presentación. Más contenido y ajustado, el domingo, encontró el término medio, guiado por la mesura, amén de la relación establecida con los otros personajes de la obra —también acertado en Ernesto Díaz—, constituyó una actuación digna de elogios para el novel bailarín.

BAILE Y ACTUACIONES

Por los terrenos de la actuación caminan también las hermanastras: Ivette y Fanchón, que encontraron excelentes intérpretes en estos días en las noveles Patricia Santamarina, Adarys Linares y Claudia García —debutantes en el papel—, y las consagradas Aymara Vasallo/Ely Regina. Todas dieron el máximo en escena, se entregaron con pasión, ánimo y deseos de entretener, y posar la sana sonrisa en los espectadores, algo que lograron con fuerza.

El primer bailarín Dany Hernández volvió a confirmar su clase en el maestro Toucour, tanto en baile como actuación; mientras que los  debutantes en el propio maestro de danzas: Julio Blanes —ya con experiencia de años en el BNC—, y el muy joven Adrián Sánchez, regalaron una simpática caracterización, demostrando estar preparados para el rol, donde además de la danza ponen en juego sus muchas travesuras, ambos, con un fluido baile. Diego Tápanes y Narciso Medina, funcionaron a la perfección en el Waldemar, hermano príncipe, bailaron con gusto y se comportaron en escena como experimentados artistas.

Un aplauso especial para la pareja de Laura Blanco y Luis Fernández quienes se entregaron con fuerzas en los solistas de la Czardas, demostrando que no hay papeles pequeños cuando se pone todo el empeño. El cuarteto de la danza española —en sus dos elencos—, fascinó al auditorio con el colorido y perfección de sus movimientos. Y el cuerpo de baile, al margen de algunos desajustes, se confirma como elemento básico a la hora de estructurar el espectáculo, por el colorido y el ambiente que logran en sus danzas masivas.

La Cenicienta dejó una estela de alegría y buenos augurios de la juventud del BNC.


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