La niña de las cañas / Por Fernando Carr Parúas


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Leopoldo Romañach y Guillén nació el 7 de octubre de 1862 en el poblado de Sierra Morena, actualmente parte del municipio de Corralillo, en la provincia de Villa Clara, parte de la antigua provincia de Las Villas. El poblado de Sierra Morena se encuentra solamente a unos ocho kilómetros de la población de Corralillo, capital del municipio de igual nombre.

Romañach quedó huérfano de madre a los cinco años. Entonces su padre, Baudilio Romañach, catalán de nacimiento, quien tenía en Cuba un próspero negocio, lo llevó a Cataluña y lo dejó con la familia de él, en Gerona, para que lo atendiera. Allí Leopoldo estudió la escuela primaria y después Comercio. Estuvo estudiando hasta después de cumplir los quince años.

Sin embargo, en ese tiempo nació en él el amor por las bellas artes cuando asistió en la ciudad de Barcelona a una exposición de pinturas de uno de los más importantes pintores españoles del siglo XIX , el catalán Mariano Fortuny (l838-1874). En esa muestra pudo deleitarse con diferentes obras de este gran maestro, quien murió muy joven. Entre las obras más destacadas de Fortuny están: El coleccionista de estampas, Fantasía árabe, Familia árabe. Su predilección por el tema árabe surge después que estuvo en África, cuando al regresar de la gira por ese continente presentó su primer gran cuadro: La batalla de Tetuán.

A los quince años, Leopoldo Romañach regresó a Cuba y fue a trabajar en el negocio del padre; pero, poco después, se trasladó a Nueva York por seis meses con la intención de aprender el idioma inglés; sin embargo, comenzó a visitar el Museo Metropolitano de esa ciudad y allí descubrió —al valorar obras de diferentes pintores— su irremediable vocación artística.

Volvió para Cuba y se instaló en la ciudad de Caibarién, donde residía su padre, en la misma provincia en que nació. Allí comenzó a pintar e hizo varios trabajos. Sin embargo, conocedor de que era necesario estudiar mucho para triunfar, se trasladó a La Habana en 1885 y matriculó en la Escuela de Bellas Artes San Alejandro. Cuando terminó los cursos reglamentarios de Pintura, tuvo la ayuda de su amigo Francisco Ducassi, nieto de los marqueses de Casa Laiglesia, quien logró en 1889 que el joven recibiera una beca por cinco años para estudiar en Roma, la cual le otorgó la Diputación de Santa Clara, capital de la entonces provincia de Las Villas, y meses después partió para Europa.

En Roma fue alumno de los maestros Francisco Pradilla (1848-1921), español radicado en Italia, y Filippo Prosperi (1831-1913), italiano, quien era el director del Instituto de Bellas Artes de Roma.

En 1895, al comienzo en Cuba de la Guerra de Independencia, le fue suspendida la beca y tuvo entonces la ayuda de la patricia villaclareña Marta Abreu (1845-1909), quien le dio dinero, y con él pagó el viaje a Nueva York y abrió en esa ciudad un estudio donde trabajó varios años, pero aprovechó e hizo amistad con varios de los patriotas cubanos exiliados en la urbe neoyorquina.

Liberada Cuba de España, volvió a la Isla en 1900 y le ofrecieron la dirección de la Escuela de San Alejandro, pero no aceptó el cargo y prefirió ocupar la cátedra de Colorido, en la cual trabajó por unos cincuenta años, y allí, él y Armando García Menocal (1863-1942) fueron los maestros de tantos y tantos alumnos que, más tarde, serían glorias del arte pictórico cubano. Años después, fue director de la Escuela Nacional de Bellas Artes de San Alejandro, de 1934 a 1936.

Fue un pintor muy prolífico, y entre sus obras pueden mencionarse La última prenda, La promesa, La muchacha del abanico, La vuelta al trabajo, Campesina, Primavera, En un rincón del estudio, Mis modelos, Nido de miseria y La convaleciente, obra maestra que obtuvo Medalla de Bronce en la Exposición Universal de París, en 1900, y Medalla de Oro en la Exposición Internacional de San Luis, en 1904, y que se perdió lamentablemente en un naufragio al ser devuelta a Cuba tras participar en esas muestras.

A partir de los primeros momentos en que Romañach se instaló en Caibarién, no solamente de dedicó a hacer bocetos y pinturas de esta bella ciudad, sino que incursionó con igual sentido por lugares cercanos y esto fue durante todo momento. Así también, más tarde, ya toda una personalidad en la Pintura y profesor de la Escuela de Bellas Artes, le gustaba visitar su poblado natal de Sierra Morena, donde tenía propiedades. En esos momentos salía por los alrededores en busca de una persona, un paisaje que le inspirara para un nuevo cuadro.

En cierta ocasión, contaría Romañach unos sesenta años, sería alrededor del año 1925, al estar de vacaciones en Sierra Morena, salió a recorrer la comarca y se llegó a los alrededores de la cercana población de Corralillo y allí, en una guardarraya, cerca de unas cañas, divisó a una niña mulata y pensó retratarla, pues admiró su belleza y quizá la languidez de su mirada. Se trataba de una niña de humilde condición y de complexión delgada, de unos diez años de edad.

La niña se llamaba Balbina Cairo y el pintor pidió permiso a Bárbara, la madre de ella, para hacer unos bocetos y la progenitora lo autorizó. Hizo dos bocetos, según aseguró posteriormente aquella niña, pero uno de ellos no se ha encontrado. El otro sirvió para hacer el cuadro cuyo nombre es con el que he titulado este trabajo: La niña de las cañas.

Y no solamente la pintó, sino que trató con la madre de Balbina la posibilidad de ofrecerle una beca para que estudiara, pero en eso la madre no estuvo de acuerdo.

Una de las obras más importantes de Leopoldo Romañach, que representa a un personaje de nuestra cubanía, la cual ha sido muy publicitada en los últimos años, es La niña de las cañas.

Según me cuenta la sobrina de Balbina, la profesora universitaria Ana Cairo Ballester, Premio Nacional de Ciencias Sociales, era Balbina la mayor de cuatro hermanos, y uno de ellos fue el padre de Ana, Crecente Cairo, quien había nacido en 1920 y falleció en 2011.

Del cuadro La niña de las cañas, de Leopoldo Romañach, se han hecho muchas reproducciones de diferentes tamaños por parte de la Empresa Artex; también ha servido para ser publicitada en distintos objetos, como fosforeras, ceniceros y otros tantos.

La familia de Balbina se mudó para La Habana. Con el tiempo, ella se casó con José Ballester, quien a su vez era hermano de la madre de la profesora Ana Cairo Ballester, quien se llamaba Ana Ballester. José y Balbina tuvieron cuatro hijos: Leovigildo, Elio, Marta y José, de apellidos Ballester Cairo. Los dos primeros fallecidos, los otros tienen muchísimos años.

Balbina era una mulata clara; quizá en el cuadro de Romañach le quedó subido el color. De mayor, tenía que usar espejuelos con gran aumento y falleció alrededor de los sesenta años de edad, en 1975.

Leopoldo Romañach y Guillén falleció a los 89 años, en La Habana, el 10 de septiembre de 1951.


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