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La Orfebrería, entre magia y sueño


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Fotos: Yaimí Ravelo y autor.

Por el extenso y laberíntico recorrido de FIART 2015, donde las miradas podrían perderse, y a veces hasta defraudarse por tropezar con piezas de poco valor artesanal que se inmiscuyen por el paseo, hay valores del trabajo manual que llevan la carga de las tradiciones y un aire de contemporaneidad que cautivan.

Entre ellas se encuentran las del destacado orfebre Alberto Valladares Valdés que ilumina su espacio con una obra de altos quilates. El artista/artesano, laureado en FIART 2011 y 2012, entre otros encuentros, ha llevado, desde hace algunos años al metal (variadas piezas de joyería y escultura) donde la danza, es protagonista de estas historias. Su firma yace en destacadas creaciones en las que la plata, el bronce, alpaca, hierro, mármol negro, verde y de Carrara, ágata…, se han convertido en arte. En las esculturas reúne el espíritu lírico del clasicismo de la danza y la fuerza telúrica de la orfebrería (donde el fuego y el martillo abren caminos…).

Del ballet clásico extrae ejemplos para fundir con sus sueños: Giselle puede “danzar” desde su diestra mano con formas elocuentes, y Don Quijote y Kitri recrean el espíritu del amor con un corazón de metal para dos… Su imaginación no tiene límites. Experimenta con las formas más atrevidas y juega con el arte y las sustancias más diversas. Y sus joyas se inspiran de ballets donde Alicia dejó huellas indelebles. Reflejos del Lago, El amor de Dido, Taglioni in memoriam, Recuerdos de Cascanueces, y otros títulos nombran conjuntos de aretes, anillos, colgantes, pulseras, broches… donde la fantasía tutea a la realidad. Y ahora sobre los recios materiales que también perduran en el tiempo, emerge la eterna bailarina que reflejará por siempre sus dos rostros: el de Giselle y el de Alicia, en el inmenso espejo de la danza.

Mirando su hoja de vida descubrimos que empezó como aficionado,  estudió la joyería de manera autodidacta,  ingresó a la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA) y,  poco a poco su talento nato se moldeó en la orfebrería de la cual ya no puede desprenderse. Un amor a primera vista que le ha hecho alcanzar no pocos sueños…

En el taller y de la mano de diferentes maestros en el oficio,  aprendió   a trabajar la escultura en metal con cincelado y forja que es lo más frecuente en sus obras.

Profundizó en diseño  y en las tendencias y tradiciones cubanas para crear su propio estilo en perfecta  fusión  de lo convencional y lo contemporáneo a base de mucho esfuerzo y tesó. Horas y horas en el estudio han hecho posible, con el devenir de los años, alcanzar una obra que desata cubanía por todos sus poros, y hasta otras manifestaciones artísticas que hacen nido en su trabajo. La danza, protagonista de sus más actuales trabajos se fusiona con su creatividad y le aporte ese extra que la hace diferente. En ellas está la huella de una bailarina que es símbolo de nuestra nacionalidad, y de ese lenguaje universal del movimiento a nivel internacional: Alicia Alonso. Ella pasea por muchas de sus piezas como gesto y fuerza, traducida en mil y un motivos que le dan una personalidad única a su obra.

De ahí que sus creaciones trasciendan fronteras de tiempo y de arte. Un toque singular poseen sus joyas que están escoltadas por disímiles piedras preciosas y diversos metales: oro, plata, bronce hasta el acero. Y en la escultura muchos personajes de la danza, obras como Don Quijote, Carmen, El lago de los cisnes, Dido abandonada, Coppelia…, y otras inspiradas en la naturaleza cubana deambulan por un catálogo artístico que atrapan todas las miradas.

Su muestra Palpitar, en el lobby de la sala Avellaneda del Teatro Nacional en saludo al 65 aniversario de la creación del Ballet Nacional de Cuba y el 70 del debut escénico de Alicia, en Giselle fue un momento alto del creador en el 2013. Allí vistió el ballet sus mejores galas, fusionado con la orfebrería. Su versión de La Muerte del Cisne, reflejado en un caracol que yace en el fondo del mar, o la reproducción de las zapatillas de Alicia, en una parada en quinta de ballet, avalan esa “química” que los une desde que surge la idea hasta convertirse en obra de arte. Alicia sugiere, comenta, aporta elementos  con la misma pasión que monta una coreografía. Y él, cual director de escena pone a bailar, desde el metal, los momentos más altos de la danza clásica en un pas de deux de altos quilates como sus propias piezas.

El Festival del Habano, que cada año se celebra en Cuba, es otra de sus inspiraciones. Con mármol negro y piedras incrustadas en metal  presenta propuestas atípicas como ceniceros, jarras, humidores y otras piezas asociadas a ese universo del tabaco que traduce magistralmente a la orfebrería, fértil terreno que en su talento alcanzan dimensiones singulares.

Lauros nacionales e internacionales se transparentan en su aval, al compás de su creatividad. Recibidos por su trabajo constante, acompañado por ese afán de investigar, estudiar, “escarbar” por las épocas, tendencias, artes… Porque Alberto Valladares nunca emprende una nueva idea sin tener suficientes conocimientos sobre el tema.

Asumir  la orfebrería en la puesta en escena de la novela cubana Al Compás del Son fue un reto muy importante en sus más de 10 años en el oficio. Su talento emerge en la manera de interpretar la historia, lo cotidiano, lo más convencional.  El color es uno de los símbolos más comunes en sus piezas. Su taller  resulta el templo de creación, donde  oro, plata, platino, titanio, piedras y brillantes impregnan un estilo que ha recorrido el mundo como uno de los valores más autóctonos de la orfebrería cubana. 

La Vida con Glamour y Alma de Mujer son algunas de sus exposiciones personales más conocidas. Turquía, Francia, Italia, República Dominicana, México y Estados Unidos le han conocido de cerca. En una importante galería de Barbados está, en muestra permanente, La Muerte del Cisne. Su obra llama cada vez más la atención y si crece la demanda entre los más sofisticados gustos es porque Alberto Valladares se ha convertido en un creador sui géneris que atrapa la danza y pone a “bailar”, en el silencio del arte escultórico, los mejores recuerdos en movimiento dejados efímeramente sobre la escena. Son sus trofeos a un arte universal que pasarán el tiempo traducidos al metal por sus manos que vibran entre magias y sueños. 

Formas ligeras, ágiles líneas, diseños atrevidos y hasta futuristas adornan sus trabajos. En sus manos, esas que en realidad hablan por él, endurecidas por el diario forjar el oro, la plata y otros metales, preciosos o no, cobran casi calor humano. Cada joya suya parece vivir y respirar, a tal punto que los seres más sensibles pueden llegar a entablar una silenciosa comunicación con el pedazo de cuerpo que la atesora.

Douglas Lucas/Carlos Puyalena reinventan el mundo     

                         

En el espacio de fantasía de Douglas Lucas/Carlos Puyalena, una fascinante galería de objetos juguetea en su paisaje caprichoso, ese que desafía hasta la lógica o la ley de gravedad. A medida que estos artefactos-maquinarias-inventos danzan y retozan ante nuestra vista en su mundo imposible, emerge un cuento de hadas que supera lo imaginable y proporciona pocas claves con respecto a la historia real. El artista disfruta creando algo tomado de la vida real que no existe en realidad, un extraño universo en funcionamiento donde cada cosa tiene su sitio y solamente él sabe lo que sucedió para que así fuera. Reconocemos los elementos, pero no podemos asociar su extraña situación con nada que nos sea familiar.

Douglas ha inventado su mundo en el que cada objeto parece ser parte de un lenguaje visual de signos reunidos, pero de su propia invención y sujeto a su propia interpretación. En su obra se advierte una fuerza y una franqueza poco usuales. Sus esculturas en metal son manifestaciones de una fertilidad creativa que fluye con intensidad. Este artista no es persona de pasos cortos. Su mirada se extiende lejos y, cuando la recoge, viene cargada de estímulos y ecos nuevos. Porque hay poca gente hoy que se plantea metas grandes: el creador es una de ellas y esto se nota al ver su obra. Es que su vida tiene mucho que ver con su trabajo. Ambos son la doble cara de la misma moneda: de una vida atada al compromiso de vivirla a fondo.

De lo más profundo de su imaginación emergen estos artefactos que nos propone ahora en su actual muestra que es resultado de un largo camino recorrido en busca de  una personalidad sobre el hierro, el metal para ser más amplio, donde ha encontrado la base o la piel de sus creaciones. Esas que en exposiciones, ferias y encuentros deslumbran las miradas, ya sea por la originalidad y extrañeza de los diseños, el acabado o simplemente por la espontaneidad con que cruzan las formas en el espacio… Douglas es un ser de este siglo y de otros atrás. Recuerdo su muestra Miedoevo —en la galería La Acacia— que suscitó amplios espacios de la crítica en la prensa, y curiosidad en los espectadores que no querían dejar pasar la posibilidad de hacer un viaje al pasado para soñar. Aquellas piezas parecían extraídas de un castillo feudal, y no construidas por la mano de un artista de hoy. ¿Magia? Talento creativo puesto en función del tiempo, alcance imaginativo de grandes dimensiones, desbordante pensamiento que hace realidad las cosas más inverosímiles.

Ante un pedazo de hierro, una plancha de metal, un alambrón… la mirada del artista lo transforma en lo que será. Después, las manos hábiles moldean la idea y el resultado atrapa al receptor convertido en arte del bueno. A propósito de esta muestra, no es casualidad que la sencillez y la profundidad de sus propuestas sean premisas fundamentales en el quehacer de Douglas Lucas, diríamos, el origen de su arte. Ya que este orfebre-escultor es consciente de que todo lo grande empieza pequeño, que existe un dinamismo interno en la naturaleza y en las cosas que reclama un “cuidado” especial del ser. Fuerza vital, benevolencia y cuidado son caminos por los que transitan sus trabajos.

De esa forma vemos en la obra del creador la carga expresiva, directa y honesta de quien recupera una cosmovisión apegada a la tierra, a las vivencias humanas fundamentales, como el tiempo, el crecimiento, el amor, en una palabra: los frutos.

La labor creativa de Douglas Lucas fructifica en quien lo observa: no permanecemos inmunes a su recordatorio y a su reto. Sus obras encierran la lección que a veces olvidamos: recuperar lo primigenio, reconsiderar la riqueza de la vida y su vastísima plenitud de posibilidades. No hay dudas: las manos del orfebre inventan el mundo: parten de lo material, conquistan el corazón y regalan los sueños...   

Desde hace algunos años descubrió un día que el “esqueleto” del hierro podrí unirse a otros materiales, entre ellos la mayólica para seducir aún más las miradas. Y se unió en este empeño que mira hacia nuestra historia años atrás, con otro excelente creador: Carlos Puyalena quien desborda creatividad en sus cerámicas en mayólica.  Diversos Premios han alcanzado en FIART y otros encuentros a partir de esta interesante comunión en la que la memoria juega un importante papel. Pues, sus obras respiran de otros siglos, de las mejores tradiciones cubanas del hogar. Elegancia, sencillez, colorido, paciencia, exquisitez y muchos otros adjetivos cuelgan de estas creaciones que reúnen materiales diferentes pero que con su ingenio revelan secretos  del tiempo que regresa a nosotros cargado de utilidad, belleza y contemporaneidad para respirar en su siglo con la huella del ayer.                                                                              

 


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