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Las primeras manifestaciones científicas en Cuba


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El arte de navegar, obra del médico sevillano radicado en La Habana Lázaro de Flores

Habían transcurrido ya dos siglos del régimen colonial en Cuba cuando se funda, en 1728, la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana, al cuidado de la orden de los dominicos. Unos años después se establece el Colegio San José, a cargo de los jesuitas y se amplía la impartición de enseñanza en La Habana a los conventos de Belén y de San Francisco. Se crea también por entonces, en Santiago de Cuba, el seminario de San Basilio el Magno. Las leyes españolas hacían de la enseñanza una responsabilidad eclesiástica.

Con la aparición de estas instituciones se fueron ampliando las posibilidades de instrucción para un determinado sector de la población, si bien la enseñanza adolecía por entonces del pesado lastre del escolasticismo, es decir, de la repetición mecánica de lo establecido desde la antigüedad, sin lugar alguno para nuevos conocimientos. Esto era tanto más sensible si se toman en cuenta los avances científicos que desde el siglo anterior y en el propio siglo XVII se venían produciendo en varios países europeos, gracias a los aportes de figuras como Copérnico, Vesalio, Galileo, Descartes, Newton y Leibniz.

En 1673 había aparecido en Madrid el primer libro científico de origen cubano: El arte de navegar, obra del médico sevillano radicado en La Habana Lázaro de Flores, el cual había sido escrito en La Habana entre 1663 y 1672 pero debió ser impreso en España toda vez que la introducción de la imprenta en Cuba no ocurrió hasta 1723.

La obra en cuestión se correspondía con la dinámica del tráfico marítimo que proyectaba ya en esa época al puerto habanero como el más importante de las Américas. En esa misma conexión el también médico, graduado en México, Marcos Antonio Riaño de Gamboa, realizó en 1714 un conjunto de observaciones astronómicas encaminadas a determinar la latitud y longitud de La Habana y otras ciudades cubanas. A partir de entonces, habría que esperar hasta finales de ese siglo XVIII para que viera la luz en el país una nueva obra científica.

Así, en 1787 fue impresa y divulgada en la Isla el libro del portugués residente en Cuba Antonio Parra denominado Descripción de diferentes piezas de historia natural, las más del ramo marítimo, representadas en 75 láminas, el cual constituyó una primera aproximación científica a la naturaleza cubana; pero es sobre todo una década después, en 1797, que aparecen un racimo de trabajos y folletos escritos por cubanos, sobre temas científicos acordes a las condiciones y requerimientos de aquel momento histórico.

El reconocido historiador cubano de la ciencia José López Sánchez (1911-2004) nos ha mostrado cómo, desde mediados del siglo XVII y en paralelo con la expansión económica, se venía produciendo en el país un importante movimiento dirigido a sacudir el lastre de la escolástica en la enseñanza y el pensamiento social en general. Un importante impulso a esa corriente antiescolástica habría de producirse con la apertura en La Habana, a la altura de 1773, del Real y Conciliar Colegio y Seminario de San Carlos y San Ambrosio.

En el ámbito socio-económico, con la restauración en 1763 del poder español en La Habana una vez retiradas las tropas inglesas que la ocupaban desde el año anterior a cambio de la cesión por España a Gran Bretaña del territorio de la Florida comenzaría una sustancial reforma del sistema colonial español en Cuba. La transformación en cuestión no repercutiría de igual manera en los distintos estratos sociales de la colonia, pero sin dudas contribuyó de forma decisiva a reforzar el poder económico de un selecto núcleo de integrantes de las capas superiores.

El núcleo oligárquico beneficiado por la reforma, de acuerdo con el historiador Eduardo Torres-Cuevas, no excedía hacia 1800 la cifra de unas 500 familias y 50 casas comerciales. Sin embargo, sería sobre ese sustrato que tendría lugar, a partir de los decenios finales del siglo XVIII, un proceso de capitalización que habría de generar un cambio sustancial en la mentalidad de los hacendados de la Isla. Un hito expresivo de ese proceso fue la aparición en La Habana, en 1790, el primer órgano de prensa en Cuba: el Papel Periódico de La Havana.

En torno al nuevo vehículo comunicativo, en especial a partir de la creación en 1793 de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, habría de producirse un creciente movimiento encaminado a difundir conocimientos actualizados sobre temas de interés para la clase dominante, lo cual repercutiría también sobre las principales vías de instrucción de las capas sociales que tenían acceso a la misma.

Ya a mediados de ese siglo XVIII había logrado consolidarse la que el propio Torres-Cuevas ha identificado como sociedad “criolla”, asociada en buena medida con el auge de la producción de azúcar de caña. La dulce gramínea había sido introducida en la Isla desde principios del siglo XVI, pero la industria azucarera propiamente dicha sólo registró un impulso incipiente a principios del siglo siguiente y su desarrollo tecnológico había sido hasta ese momento notoriamente lento.

Según fuentes disponibles, hacia 1750 existían ya 62 fábricas de azúcar en las cercanías de La Habana y otras 21 se encontraban en construcción, proceso en que los primitivos trapiches darían paso a los “ingenios” en respuesta a la necesidad de incrementar la productividad y con ello las ganancias de los propietarios. En correspondencia con tal expansión aumentaba de manera incesante la fuerza de trabajo, mayoritariamente esclava, dedicada a la producción azucarera.

Ese peculiar crecimiento poblacional traería aparejados problemas específicos en materia de aparición y diseminación de enfermedades, inducidas muchas de ellas por las jornadas extenuantes y la precaria alimentación que caracterizaba la despiadada explotación de miles de seres humanos

La magnitud de los recursos humanos envueltos en procesos productivos alcanzaría un nivel significativo, generador a su vez de necesidades multiplicadas. Hacia 1792 trabajaban para la oligarquía criolla unos 60 mil esclavos en plantaciones cañeras, así como casi 80 mil campesinos dedicados a otros cultivos, especialmente tabaco.

Estaban dadas pues las condiciones para que los sectores más ilustrados y de pensamiento más progresista de la élite dominante volvieran la vista hacia la adquisición de conocimientos y novedades científicas que se iban haciendo disponibles en países más avanzados. En los primeros momentos, la atención estaría dirigida hacia las particularidades de la agricultura tropical, las nuevas tecnologías y las enfermedades más comunes en el país, las cuales afectaban sin hacer distinción a hombres libres y esclavos.

En aquel crucial año 1797, trascendente para la historia de la ciencia en Cuba, circulan en total siete folletos, exponentes de la que el citado López Sánchez dejó identificada para la posteridad como “eclosión científica cubana”. Lo acertado de la afirmación se aprecia de inmediato al examinar los títulos de las obras en cuestión:

- Disertación sobre algunas plantas cubanas, de Baltasar Manuel Boldo.

- Oración inaugural en elogio de la cirugía, por Francisco Xavier Córdova.

- Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente vómito negro, de Tomás Romay Chacón, primer trabajo científico difundido en Cuba acerca de la fiebre amarilla.

Su autor fue también el introductor de la inmunización antivariólica en Cuba y está considerado con justicia el iniciador del movimiento científico en Cuba y una de las figuras fundacionales de la nacionalidad cubana.

- Discurso sobre las buenas propiedades de la tierra bermeja para el cultivo de la caña de azúcar, obra de Jorge Luis Morejón y Gato.

- Memoria sobre la cría de abejas, por Eugenio de la Plaza.

- Memoria sobre el mejor modo de fabricar el azúcar, de J. F. Martínez de Campo.

A estas temáticas de directa relevancia práctica se sumaría la primera manifestación de cuestionamiento al dogmatismo escolástico en el pensamiento cubano: las Lecciones de Philosophia Electiva del presbítero José Agustín Caballero y Rodríguez de la Barrera. El mismo fue profesor del mencionado Seminario de San Carlos y San Ambrosio, mentor intelectual de Félix Varela y autor también poco después de un Discurso sobre la Física, en el cual abogó por el incentivo a la observación y la experimentación como impulsoras del conocimiento científico.

Al examinar de conjunto estos opúsculos precursores y siguiendo de nuevo a López Sánchez se puede apreciar con claridad que prevalece en ellos un criterio científico natural, encaminado a la aplicación de los conocimientos disponibles a las condiciones económicas y culturales del país. A partir de ese momento, los cubanos se irán formando una visión propia dirigida a la comprensión de la naturaleza circundante y las mejores maneras de aprovechar sus recursos.

Como signo del cambio positivo de mentalidad, en todos estos artículos prevalece el propósito de describir y explicar los fenómenos naturales sobre la base de la observación, la experiencia y la razón, en correspondencia con el paradigma de la ciencia moderna. La edición de estos trabajos representó la culminación de un proceso que se había iniciado con la aparición del Papel Periódico, cuya significación resaltó Romay con elocuencia al calificar a este último como “la primera ruta que se trazó a nuestro espíritu, dirigiéndolo, aunque con pasos lentos, al Santuario de las Ciencias”.

La introducción en el país de nuevos conocimientos y técnicas continuaría en aumento sistemático durante todo el medio siglo siguiente, para configurar una dinámica etapa que el tantas veces citado López Sánchez caracterizó como “periodo cubano” de la historia de la ciencia en Cuba, el cual dejaría atrás al que él mismo denominó “período hispánico”.

Abordar los pormenores de este nuevo y fructífero periodo excedería el espacio disponible, pero baste decir que dentro de él tuvieron lugar hechos trascendentes, como la introducción y extensión en la industria azucarera de la máquina de vapor antes que en la metrópoli; la introducción y gradual difusión de la enseñanza de la física por el Padre Varela y sus discípulos y el impulso a las nuevas ciencias en auge por figuras cubanas como Esteban Pichardo, Felipe y Andrés Poey, Tranquilino Sandalio de Noda, Desiderio Herrera y Manuel Fernández de Castro.

En 1827 sería publicado en Europa el Ensayo político de la Isla de Cuba, del barón Alejandro de Humboldt, obra que en lo interno no representó sin embargo un estímulo apreciable para los científicos cubanos en aquel momento. A su vez, fue al final de ese periodo que el español Ramón de la Sagra completó y editó –con la colaboración de un equipo de científicos franceses su obra monumental: Historia física, política y natural de la Isla de Cuba, considerada la de mayor significación realizada en la primera mitad del siglo XIX.

Ese fructífero período habría de culminar con la fundación, en 1861, de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, primera de su tipo que se constituyera fuera del continente europeo. Aún con el inevitable identificativo de “Real”, la nueva institución habría de constituir un paso relevante para la ciencia y la cultura cubanas si bien no fue ella, en rigor, la primera institución científica que se estableciera en el país.

No obstante, su integración mediante rigurosa selección, sobre la base del mérito y de la elección por iguales, revistió especial significación para la institucionalidad nacional en el campo de la ciencia y fue un eslabón significativo dentro del proceso de gestación histórica de la nación cubana y la presencia de la ciencia en el mismo. Su creación daría paso a una etapa nueva y superior, el “período académico” de la ciencia en Cuba colonial, el cual se extenderá hasta el fin de la dominación española, la indeseada intervención militar de los Estados Unidos y la instauración de la república mediatizada.


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