Leonor Pérez, madre amantísima de Martí / Por Juanita Conejero


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Al dedicar los Versos Sencillos a Doña Leonor, Martí escribió: “A mi madre valiente y nobilísima”. Este año se conmemora el 190 aniversario del natalicio de aquella mujer, nacida en Santa Cruz de Tenerife.

Llegó a Cuba a los quince años, y aquí conoció a un sargento de artillería de origen valenciano llamado Mariano Martí. Se casaron en 1852. La pareja tuvo ocho hijos. El mayor y único varón fue José Martí.

La Casa Natal de Martí es hoy un museo querido por todo nuestro pueblo y conocido por visitantes de otras partes del mundo. Está situado en Paula 41,  calle que hoy lleva el nombre de Leonor Pérez.

Una vez Martí expresó con esa alma limpia y transparente que siempre lo caracterizó: “Soy cubano y he padecido mucho por serlo; pero mi padre fue valenciano y mi madre es canaria y así como ellos me tuvieron en mi tierra, así tengo en mí un ardentísimo cariño por mis dos Patrias, sin el odio y la injusticia que los afearían.”

Mucho sufrió Doña Leonor, aquella mujer humilde, al tener conciencia del camino que había escogido su hijo, el de la lucha sin descanso por una Patria libre. Convencida estaba que nuestro Héroe haría siempre lo que en cada momento debía hacer, una  manera de ofrecerse al sacrificio y de ser verdaderamente útil. Era la canaria, una mujer de heroica entereza y clarísimo juicio. Mucho la recordó el hijo preso.

¿Perdonaría su madre su salvaje independencia?

Fue en 1870, desde el Presidio, cuando escribió en la entrañable foto: “Mírame madre y por mi amor no llores / Si esclavo de mi edad y mis doctrinas, / Tu mártir corazón llené de espinas / Piensan que nacen entre espinas flores”.

En los Versos Libres, en 1878, escribe: “Dame el yugo, oh, mi madre, de manera / Qué puesto en él de pie, luzca en mi frente / Mejor la estrella que ilumina y mata.

Nunca Leonor tuvo paz y sosiego. Su hijo empleaba los últimos años de su vida en salvar a la madre mayor. Siento, decía, que sus luchas jamás acabarían. Diecisiete años más adelante le escribía a su amigo Manuel Mercado: “Mamá está como conociéndome de nuevo, y yo triste, porque las dificultades de obrar bien en el mundo, no me dejan disfrutar plenamente del goce de verla”.

Con la vida de trabajo que llevaba, se lamentaba de no haberse encontrado aun  con ella. Doña Leonor había ido a visitarlo al exilio. Hablaba Martí de su salud repentina y que sus amigos notaban. “Solo una palabra y por rareza feliz”, apuntaba. La visita de su madre hacía renacer las mariposas.

Y en los Versos Sencillos el entrañable recuerdo: “No hay bala que no taladre / El portón y la mujer / Que llama me ha dado el ser / Me viene a buscar mi madre / A la boca de la muerte / Los valientes habaneros / Se quitaron los sombreros / Ante la matrona fuerte / Y después que nos besamos / Como dos locos, me dijo, / Vamos pronto, vamos hijo: / La niña está sola: vamos.

Los Versos Sencillos constituían su vida. Recordando a la madre lejana, allá por 1894, decía “que se le escapaba el alma”.

Cómo no recordar en este mayo florido, en esta tierra hoy libre y soberana, martiana y fidelista, rumbo a un futuro en conquista de una sociedad socialista renovada y sostenible, aquella carta escrita en 1895 por Martí a su madre, a manera de despedida, donde le demuestra el amor infinito que siente por ella:

Hoy 25 de marzo en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Yo sin cesar pienso en Ud. Ud. se duele de la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida: y ¿por qué nací de Ud., con una vida que ama el sacrificio? Palabras no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.

Abrace a mis hermanas y a sus compañeros. ¡Ojalá puede algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí. Y entonces sí que cuidaré yo de Ud. con mimo y con orgullo. Ahora bendígame y crea que jamás saldrá de mi corazón, obra sin piedad y sin limpieza.

Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Ud. pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.

Desde el Presidio, auguraba que su vida iba a ser corta. Nunca nadie pudo hacer tanto en tan corto tiempo.

La destacada poeta, escultora y músico cubana Thelvia Marín, dejó para el recuerdo, en el interior del Parque García Sanabria, en Tenerife, un busto de bronce de Doña Leonor, como un homenaje de Cuba a la madre de nuestro Héroe Nacional que ha devenido como un símbolo de la historia entrañable que une a nuestras islas, y recuerda a tantas familias de origen canario que asentadas en Cuba, han estrechado lazos indisolubles dignos de admirar.

Este año conmemoramos el 150 Aniversario del Grito de Yara por Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria.

Cuba, la madre mayor de Martí, también tuvo una humilde mujer, mambisa y valiente, que para orgullo de los cubanos ha quedado en la historia como “La Madre de todos los cubanos”. Es sin duda alguna, Mariana Grajales, la madre de los Maceos. Esa mujer que Martí consideró epopeya y misterio, decoro y grandeza.

Muchas madres cubanas, a lo largo de nuestras luchas han sufrido con estoicismo la pérdida de sus hijos. Muchas, como Leonor, han derramado lágrimas; muchas Marianas han visto morir a sus hijos en la Patria que los vio nacer.

Sirvan estas palabras como merecido homenaje a todas las madres de la Patria, que se esfuerzan cada día,  junto a todo nuestro pueblo, por labrar un mundo más justo para todos sus hijos.

Así es nuestra historia, plena de madres con decoro y grandeza, orgullo de todos, valioso estandarte que nos anima y fortalece.

“Aquí en mi Madre América, la Hermosura besa en la mejilla a cada mujer que nace”, señaló  Martí.


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