Medicina verde


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Con el paso de los años he descubierto que comienzo a parecerme a mis mayores. Algo similar habrá de ocurrirles a mis hijos y así será hasta el mismo momento que la familia se extinga. Sí, porque las familias suelen desaparecer en algún momento de la evolución. Es por esa razón que algunos se toman el tiempo en buscar sus raíces, hacer sus árboles genealógicos y si les resulta, hasta reclamar blasones u otra prebenda.

De acuerdo a la edad y al parecido que se vaya teniendo con nuestros mayores; la lista incluye a los que ya no están y por momentos a aquellos que nunca conocimos pero que nos fueron siempre referenciados con aquella frase de “…me recuerda a… (…) ese mismo gesto lo hacía…” y una larga lista que se carga como San Benito familiar y al que se refieren, sólo es visible en una foto ya amarilla tomada en el Parque Central;  así serán las probabilidades de heredar o tener cierta enfermedad, achaque o dolencia.

Y como somos seres sociales y la memoria es un ente activo, mucho más de lo que pensamos o afirman los estudios, recurriremos a combinar las soluciones médicas con ciertos remedios caseros aprendidos o impuestos a la luz de los años vividos y las dolencias compartidas.

La mayoría de esos remedios caseros tienen su origen en el uso de plantas con ciertas propiedades curativas que, a pesar de la desconfianza natural de los médicos y especialistas en determinados temas, han estado presentes en nuestras vidas.

No olvido que cuando tuve mi primer dolor de muelas me cubrieron ese lado de la cara con una cataplasma hecha de hojas de llantén y dormilona roja; todo eso acompañado de dos aspirinas y un trozo de sábila, es decir aloe vera. El dolor se calmó por horas; pero a las dos de la mañana se anunció y todo terminó en el sillón del dentista a la tarde siguiente.

El asunto de los remedios caseros tenía, y tiene, sus altas y bajas, sus pros y sus contras. No olvido que si estaba acatarrado o resfriado mi abuela tenía la solución mágica para ellos: un caldo de gallina bien caliente. Un plato o una taza grande eran más que suficientes para estar listo y saltar en la calle al día siguiente. Eso sí; si la cosa se complicaba, era momento de una gran cucharada de jarabe de bejuco ubí mezclado con miel de güira cimarrona y hojas de copal. Solavaya. Tragarse eso era todo un acto heroico que implicaba tomarlo de una sola vez; y estaba prohibido vomitarlo. La solución era apretarse la nariz y tragar, mientras dos lágrimas asomaban a nuestros ojos.

Pero los resultados se notaban en poco tiempo. Uno sentía que el pecho estaba por estallar mientras sudaba copiosamente y comenzaban los retorcijones previos a la expulsión de la mucosidad acumulada. En ese estado de trance se podía estar al menos unos tres minutos que representaban una eternidad. Santo remedio.

Una vez que se alcanza cierta edad, este jarabe, que no desaparece, es sustituido en primera instancia por una cucharada de miel con limón y si se tiene suerte se acompaña con un sencillo de aguardiente; que en mis tiempos de infancia era la Coronilla. Pero si fallaba, el bejuco ubí estaba listo para ocupar su lugar.

Había otros remedios para asuntos hormonales. Así como lo lee. Remedios para asuntos hormonales, específicamente para el fuerte olor a sudor que aparece en la pubertad. Este consistía en un “enjuague” con un “omiero” de hiervas frescas y flores antes del secado. El remedio no estaba aprobado por las autoridades, por lo que casi siempre era un secreto familiar.

Se componía de hojas de vencedor, mar pacífico con sus flores incluidas, hojas de albaca morada y de algodón. El remedio además tenía uso social como freno a los malos ojos, abrir los caminos y desviar la atención de los maestros en el momento de recibir un regaño. Era una suerte de “chaleco antibalas”.

Pero lo que más extraño de esos tiempos de ciencia verde para el cuidado de la salud son las compresas de flores de vicaria. Un jardín no está completo, no lucía hermoso si no tenía sus matas florecidas. Las había blancas, moradas y rojizas también llamadas color cardenal, pero esta variedad era la más rara de encontrar en los jardines de las ciudades, aunque en los campos crece de forma silvestre.

Mas la vicaría no crecía sola. Le acompañaban las malangas ornamentales, una especie conocida como “manto” cuyas hojas cambiaban de color de acuerdo a la estación del año y una flor de un amarillo intenso llamada “flor de muerto”. Estas dos últimas no tenían efecto medicinal o terapéutico, pero creaban un hermoso conjunto cromático en los jardines.

Mi generación y algunas que le siguieron disfrutaron de las compresas de flores de vicaria para combatir o mitigar las infecciones oculares. No se debe olvidar que las compresas se usaban en dependencia del tipo de infección. Si era un “chalazo” o un “orzuelo” se usaban flores de vicaria morada, si era conjuntivitis o cansancio visual se usaban las flores blancas.

Ese colirio llamado “lágrimas artificiales” no era un tratamiento de uso masivo en esos años. Hasta un día.

Cierta mañana nos despertamos con la noticia de que la vicaria era contraproducente y tenía efectos secundarios sobre un órgano tan delicado como los ojos. Así de sencillo: después de haberse usado por más cien años por aquellos que nos precedieron, se decretaba su muerte clínica; y con la muerte de su uso medicinal vino su desaparición de los jardines cubanos.

Hasta esta semana en que una vecina ha logrado replantar en su jardín dos gajos de esa planta. Sentí que regresaba a mis años infantiles. Fue tanta la emoción que pensé en mis mayores y como soy un hombre que está de regreso intenté contar la historia de esta planta a mis hijos. Craso error. Mis hijos son dependientes de las lágrimas artificiales. Esas mismas que en su envase anuncian que pueden crear dependencia por su uso indiscriminado.

Por si acaso, o por si las moscas como aprendí en mi infancia, he decidido pedir un gajo de cada una a mi vecina; y ya que estaba pidiendo agregué a la lista un gajito de tilo; sí para evitar que me deprima la noticia de que no podemos volver a usarla.

 

 

 

 

 

 

 

 


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