Mi voto Va por Cuba Socialista


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Queridos lectores, colegas, amigos y amigas, ante un hecho histórico trascendente que está a punto de consumarse, el Referendo de la Constitución de la República de Cuba que se realizará el 24 de febrero de los corrientes, es mi deseo expresar públicamente mis opiniones de mujer sencilla, madre, abuela, jubilada, pero no retirada aún de las lides profesionales, investigadora histórica y periodista. Someto mis reflexiones e inquietudes al juicio de especialistas, políticos y economistas profesionales, a todos quienes lean estas breves líneas. 

No soy una heroína de la lucha guerrillera o insurreccional, simplemente soy una militante revolucionaria sin carné de comunista, con sesenta años de incorporación activa a la defensa de la independencia y soberanía de mi país y al proceso de cambio radical por la construcción del Socialismo en Cuba, proclamado por Fidel en 1961 y aprobado por el pueblo que llenaba la calle 23 en El Vedado, donde yo me encontraba también alzando mi mano.

En aquellos momentos mi preparación política era mínima, al igual que la de la mayoría de los jóvenes de mi generación. La necesidad de reafirmar los cambios ya obtenidos desde los primeros meses de 1959 y de los que había leído en La Historia me absolverá y en los numerosos escritos patrióticos de Fidel, fundamentados en ideas martianas y marxistas, más o menos conocidas por mí, y en la cruel realidad que aún nos rodeaba —el pasado inmediato— nutrían mi entusiasmo, pensamiento y acciones a favor de la Revolución cubana. Estaba y, hasta hoy, estoy dispuesta a cualquier sacrificio para lograr la realización de los planes propuestos por el Gobierno Revolucionario.  

Así las cosas, transcurrieron sesenta años de la vida de la sociedad cubana, y de mi vida. En ellos podemos encontrar grandes victorias, éxitos que ni siquiera nos atrevimos a soñar; también hubo errores, desviaciones, que casi siempre fueron autocríticamente señalados y resueltos favorablemente. Aunque otros, igualmente necesitados de atención y soluciones, fueron acumulándose en una bolsa, todavía hoy nos golpean por sus consecuencias económicas, sociales y políticas: por ejemplo, la ineficiencia e irregularidades de la empresa socialista, columna vertebral de nuestra economía, en particular del sector agropecuario (básico y estratégico para sustentar y garantizar la alimentación del pueblo, en un país de clima tropical constantemente amenazado por eventos meteorológicos y, sometido al más riguroso y largo bloqueo económico, financiero y comercial de la Historia).

La situación de la vivienda en mal o regular estado, y de las urbanizaciones espontáneas, carentes de las imprescindibles regulaciones urbanísticas (algunas creadas para La Habana y la Isla de Cuba desde 1574) y del riguroso control sobre el cumplimiento de estas; la indisciplina laboral con impunidad, en cuestiones tan sensibles como la transportación urbana, interprovincial, rural (Me pregunto, ¿existiría el Ballet Nacional de Cuba y su fama internacional si hubiera la misma disciplina que encontramos entre los trabajadores de una base de transporte urbano? ¡Claro está, tal reflexión es absurda!). En fin, no creo necesario hacer una relación total de lo que bien conocemos como el padecimiento cotidiano de los cubanos y cubanas “de a pie”, cada día.

Lo importante a destacar es que, a pesar de todo, el balance general está a favor del proyecto socialista en Cuba, y esto es muy importante porque los cubanos y cubanas que estamos vivos hoy somos más instruidos, críticos, conscientes y reflexivos acerca de la Cuba que queremos construir y donde queremos vivir. Y, esa Cuba tiene un apellido Socialista, y posee un largo linaje de revolucionarios y revolucionarias cuyo origen se remonta hasta el alzamiento anticolonialista y antiesclavista del 10 de octubre de 1868.  Mucha sangre, sudor, lágrimas, pérdidas de toda índole se condensan en esta historia de luchas indetenibles, contra imperios que han querido someternos y aún lo pretenden. Esta realidad, también parte de nuestra historia presente, jamás podremos ignorarla.

No existiría la Revolución cubana, su gobierno, ni la Constitución reformada si la mayoría del pueblo que radica en suelo cubano, e inclusive muchos de los que tomaron el camino de la migración económica, no sintieran conscientemente las ventajas de Cuba Socialista. Los poderosos recursos del imperio al cual nos enfrentamos, habrían derrotado al Gobierno revolucionario  en menos de un año, tal y como lo esperaban los invasores de Playa Girón; o, quienes ahora mismo, conspiran y cabildean en los espacios políticos del actual gobierno yanki. Los traidores a la total independencia y soberanía de Cuba, los anexionistas, nos habrían liquidado, aniquilado, sin piedad alguna. La historia de las contrarrevoluciones que han llevado a la práctica su voluntad victoriosamente da fe de lo que he afirmado anteriormente.

Ahora bien, los profundos cambios de la reforma constitucional actual se abren a un horizonte de una gran complejidad, mucho más de lo anteriormente vivido, sobre todo cuando se tienen en cuenta los factores internos y los externos en los cuales se llevarán a cabo dichos “profundos cambios”. Ante todo, estos tienen que ver en esencia con el fundamento económico, el respaldo definitivamente imprescindible para realizar cualquier proyecto político, en cualquier sistema a que nos refiramos. Economía y Política, y viceversa, son inseparables, eso está bien explicado en la teoría marxista leninista, y en la capitalista también. (Trump lo sabe al dedillo, y así lo maneja; véase el debate doméstico que lleva a cabo sobre el presupuesto para el “murito” fronterizo con México).

Al reconocer constitucionalmente los elementos capitalistas en los distintos tipos de propiedades que existen en Cuba, hay que reconocer igualmente las diferencias de diversas profundidades entre los cubanos y cubanas que integramos la población del país.

No se pueden obviar las contradicciones de aspiraciones e intereses entre las distintas clases sociales que se encuentran hoy en el panorama social y político. Hay que prever el aumento de la migración de mano de obra joven calificada, cuyas aspiraciones no podrán concretarse en sus necesidades básicas inmediatas: trabajos con buenos salarios, vivienda propia, auto, hasta ropa y calzado para toda la familia.

Sobre esto último: corresponde al modelo de vida y cultura al cual muchos “soñadores” desean disfrutar en la sociedad actual, para lo cual no hay suficiente riqueza para todos por igual, ni una infraestructura económica creada, tendrán que fomentarla antes de disfrutarla. (Eso ya ocurrió en los actuales países desarrollados, las antiguas metrópolis colonialistas. Lo que se exhibe en las vidrieras de hoy, son los resultados acumulados de un sangriento y mugroso pasado de explotación capitalista, Marx denunció esa realidad).

En mi parecer, se apunta justamente a situaciones económico sociales ya desenvueltas y estudiadas en muchos, o, casi todos los países caribeños: el turismo extranjero como “locomotora” principal de la economía. Este sector, desde luego, atrae al capital extranjero y a los extranjeros que se asientan en el país con su aparato gerencial y familias; pero (sin acento de xenofobia alguno de mi parte) provocan el despido o menosprecio de la mano de obra barata,  infra calificada, propia de los países de pocos recursos, absorbidos por el pasado colonial y/o neocolonial, que todavía tiene influencia en nuestro pensamiento histórico cultural (racismo, machismo, pretenciosos e ignorantes patrones de “pequeños burgueses”, muy similares a los de antaño conocidos…). Seducen con modelos de vida y cultura ajenos a los posibles en la vida real para la mayor parte de los ciudadanos y ciudadanas de nuestros países.

No se confundan las anteriores palabras con una negación del desarrollo económico, social y humano, en general, al que aspiramos los que votaremos por Cuba Socialista.  Aunque sí,  tenemos que afirmar nuestros reales intereses de desarrollo del país, tanto de la parte urbana como de la rural, de los pobladores  de nuestros campos y montañas, que considero merecen recibir la atención priorizada requerida para no abandonar sus tierras y cultivos, que constituyen su única verdadera riqueza, y la nuestra.  Además, ellos deben ser, y lo son, el respaldo más seguro de nuestra sobrevivencia, y de las enormes inversiones turísticas que se realizan. Todavía hay mucho que hacer por ellos.

Yo, particularmente, no aspiro a la arquitectura rica  y ostentosa de Dubai.  En primer lugar porque estoy jubilada, aunque todavía soy una trabajadora intelectual de mi país, con una remuneración reducida y jamás podré costear un alojamiento de lujo, ni me interesa (no por eso de que “por altas las manzanas están verdes”). Mi cultura se regodea en otro tipo de “lujos”: disfrutar del paisaje natural, una buena lectura, música, o de la compañía de personas educadas e instruidas, que “poseen” ideales: aman y piensan en sus semejantes como iguales, se solidarizan con ellos, por mentar algunos ejemplos.

Sin embargo, no puedo pasar por alto el nuevo paisaje que se proyecta para el presente y futuro del país, con hoteles altos, algunos de 5 estrellas plus, exclusivas zonas residenciales, totalmente diferentes en sus prácticas de vida, de valores económicos y culturales a las del resto, mayoritario de nuestra población. Esto me suena a “fragmentación”, que es lo opuesto a la unidad territorial y política del país. Claro está, tampoco asumo que unidad es unicidad, para evitar tal error conceptual existe la diversidad, pero ¿cuál/es será/n su/s limite/s? ¿Están explicitados en la reforma constitucional, o lo estarán en futuras leyes? Estas son verdaderas cuestiones de fondo, sobre las cuales hay que profundizar y debatir, mucho más, desde diferentes ángulos. Hay que ganar, para el bien de todos, la mayor claridad posible acerca las transformaciones insertadas en este proyecto de “socialismo cubano” y sus consecuencias a corto, medio y largo plazo.

“Sin prisa, pero sin pausa”, reiteraba Raúl en algunos de sus discursos. La Cuba Socialista es y será una construcción revolucionaria, innovadora, difícil, arriesgada, siempre amenazada, en el presente y el futuro. Y los ciudadanos y ciudadanas cubanos aún no hemos alcanzado el derecho a descansar —ni menciono “dormir”— sobre los laureles. Los derechos recogidos en la nueva Constitución son muchos, pero para merecerlos dignamente, los deberes siempre deben estar en primer lugar, para que sean factibles aquellos.  Defender la patria socialista es el primero, al menos así piensa esta cubana.

Reitero el título de estas líneas, mi voto será por Cuba Socialista, por el bien de todos los cubanos y cubanas, para que vivir en su tierra sea un orgullo, además de una posibilidad real, digna y garantizada por nuestra Constitución.


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