Moisés Finalé, un arte de enigmas... en ebullición


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Frente a sus creaciones pictóricas, el espectador se conmueve por tantos  enigmas… Contemplarlas, resulta como visitar el gabinete de Pentesilea, la adivina del Renacimiento, o caminar por el Antiguo Egipto; vivir como si estuviésemos en otro estado del cuerpo y del alma, en un sitio extraño donde una vez vivimos y cuya conciencia nos sorprende, o como si participáramos, de pronto, ante una visión que resume la geografía universal y sus culturas. Es, en pocas palabras, como si viésemos nuestro rapto reflejado en un espejo... Siempre, una nueva exposición del destacado creador nos trae sorpresas,  alientos que encienden la imaginación y nos llevan a cruzar fronteras hacia un arte en plena ebullición.

Muchos calificativos pueden darse a la obra de Moisés Finalé (Cárdenas, 27 de septiembre 1957). Porque sus muestras son una suerte de visiones de un viaje por el tiempo, que incluye lo más profundo del Hombre. En todos estos años de intensa laboriosidad, el artista ha conformado un original “rompecabezas” donde somos también protagonistas, al lograr “armarlo” con las imágenes que llegan desde el más absurdo y hermoso de los inventarios, a partir de una cosmovisión  ¿imposible? ¿Impensable?

En ese recorrido, sus trabajos enfocan parajes remotos que construye en su mente y luego arma sobre las telas. El pinta lo que ven sus ojos —incluso por dentro- y establece un juego de imágenes semánticas y pictóricas que despiertan en quien las observa múltiples evocaciones. Y las texturas/formas/situaciones que evocan personajes, objetos y fondos de sus pinturas parecen llegar desde distintas épocas vividas por el Hombre en su bregar por la Tierra…

Utiliza indistintamente los códigos del arte moderno y del postmodernismo

Para llegar a este momento, Moisés Finalé ha desandado un amplio camino, aunque a decir verdad, desde sus inicios profesionales, el artista entregaba ya una de las obras más fuertes, personales y expresivas de la plástica cubana. Los años lo han enriquecido, y en sus trabajos, que no se adhieren a una tendencia específica, él armoniza todos los medios de la práctica profesional que ha conocido. Utiliza indistintamente los códigos del arte moderno y del postmodernismo, y estructura las imágenes con diversas gamas y tratamientos. Pueden deslizarse por sus superficies barrocas una técnica tradicional combinada, una distorsión lineal o un trazado punzante, algún brochazo informalista, una pintura libremente dispuesta y a veces chorreada, y hasta algún dibujo tomado de expresiones infantiles… Todo ello desbordando y hasta sumando asuntos ya tratados en otras series muy anteriores, relacionados con sus visiones de la historia universal del arte, las iconografías religiosas, tipologías humanas del escenario circundante, animales y objetos cotidianos.

Todo le sirve para… crear

Moisés Finalé, - graduado del ISA en 1984-, es uno de los artistas más representativos de los años 80 cubanos del pasado siglo XX, quien fundó junto a otros creadores el conocido grupo 4 X 4 con el que propusieron reflexiones diversas a aquellas que se realizaban en la Isla por entonces. Su maestría y creatividad han seguido en todos estos años, desde que en 1981 hizo su primera muestra personal en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, un proceso de ascenso en la exclusiva nómina de la excelencia de la plástica nuestra que lo asume con naturalidad. La razón es obvia. Su copioso quehacer se abre a la celebración verbal al mismo tiempo que consolida el elocuente silencio admirativo que es propio de toda obra grande.

En sus cuadros hallamos la composición definitiva que, tantas veces, inaugura posibilidades insólitas y llenas de preguntas. Su dibujo, exquisito, decantado en la seguridad de las líneas y las más diversas técnicas, se desdobla con carácter caleidoscópico en la precisión final de ciertas formas y rasgos, y en la evaporación de un conjunto, que, por sus espejismos, dota a sus piezas de la fuerza del enigma y el entrevisto del arquetipo. Se puede añadir a esas calidades, el sabio uso del color. Este, naturalmente rico, es siempre justo en su fidelidad a lo real y, a su vez, hasta en lienzos que pueden considerarse monocromáticos, hace proliferar una otredad ideal que se oculta en las apariencias. No menos central es su pincelada, su ejecución. Finalé es un artífice que, por encima del tema abordado, reafirma, tan deliberado como gestual, esa condición sin la cual no hay pintura: la pasión  por la pintura, por la pintura misma.

 

Contraponiendo técnicas, materias, formas, trazos y tonalidades alcanza una textura visual de alto calibre que es co-protagonista de estas historias donde no faltan referencias etnográficas, antropológicas mezcladas con experiencias muy íntimas. Todo ello matiza un sistema pictórico que se vale de variados elementos míticos sincréticos, figuraciones bíblicas y objetos simbólicos, donde deambulan seres que se buscan, conversan, o simplemente nos entregan anécdotas insólitas de un vocabulario de gestos, miradas y hechos que sentimos cotidianos. Los fondos a veces son las mismas figuras que llevan la impronta de una libertad gestual. Su obra, que no tiene fronteras, incluso en el estrecho límite de las telas o maderas, tejidos, donde se mezcla el acrílico, con técnicas mixtas e incluso el metal. Porque todo le sirve para decir y crear.

Pintura de intimidad e intemperie

En esta obra renovadora en que la línea y los contrastes enriquecen cada detalle y lo proyectan en función de la eficacia de un conjunto, hay un elemento central que singulariza sus cuadros en los que late, amén de una depurada factura, una exaltada imaginación y, hasta lo real maravilloso nuestro: la luz. Una luz, que no importa qué figuras, objetos, acciones o paisajes exalte, en pos de una indiscutible belleza o resurrección de formas traídas en el tiempo. Es la luz de Cuba, que resulta patrimonio de la memoria del artista.

Yamilé Tabío, su esposa, ha dejado interesantes notas en palabras de catálogos de muestras a lo largo del tiempo. De primera mano nos retrata siempre al creador y subraya, objetivamente, su quehacer plástico: “Durante estos años he aprendido junto a Moisés que los conceptos limitados o definiciones fijas son hermetismos para el arte. Su trabajo, fundamentalmente expresivo, de alto lenguaje clásico y gran técnica de elaboración, no permite encasillarlo en el vaivén del abstracto y del figurativo. Todo el tiempo está en la búsqueda de nuevas técnicas, experimenta con materiales nuevos, hurga en los lugares más inciertos para hacer su obra, incursiona en el hierro, vuelve sobre el metal, descubre la magia del pladur, y se lanza a esculpir con maquinarias ruidosas que guarda en su atelier; se adueña del negro y del dorado y hace vibrar el rojo en una figura femenina sentada en la orilla del cuadro, observadora, callada. No obstante, su propuesta lleva un refinamiento y unas sugerencias tan repletas de metáforas, mitologías y sueños, que indiscutiblemente, y sin temor a enunciarlo, es un pintor contemporáneo barroco, heredero del lenguaje estético del autor de EL SIGLO DE LAS LUCES”.

Sus piezas son portadoras de un sólido rigor constructivo

Inmiscuyéndonos en su quehacer pictórico, podemos reconocer, que por entre el entramado de sus cuadros hierven las vibrantes y cálidas masas de colores a veces encendidos, cuyos luminosos fulgores se organizan  en refinados contrastes de temperatura y tono; los fondos restregados sin menoscabar la arquitectura; la armadura de gestos precisos, directos, definitorios, rápidos, son dados con la elegancia de una mano firme, sabiamente ejercitada en retener las impresiones fugaces. De esta manera se puede también describir, mejor que clasificar, la pintura de Moisés Finalé.

Como un sonámbulo sobreviviente de fantasmales naufragios, nos entrega visiones de viajes interiores, que después traduce con una línea precisa, un trazo vigoroso y sutiles tonalidades que se acomodan entre las formas. Portadoras de un sólido rigor constructivo, sus piezas, son tal vez, reflejos de una vivencia onírica o de pensamientos, como si el artista, luego de mirar distraídamente hacia el alinde neblinoso del espejo, obligara a su imagen a salirse de él, a desafiar impávidamente una hueste de aparecidos o interrogar las soledades, y ya de retorno, con la imaginación transida de quiméricas anatomías y fragmentos de toda índole, el arte del autor comenzara a unir lo disperso y a dispersar lo unívoco en una transmutación en la que clama, se retuerce y vibra el ingenio del artista por ordenar la realidad.

 

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