Óyeme, Cachita…


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Yo no sé cuántas mujeres en Cuba lo llevan como primer o segundo nombre, pero de lo que no me cabe duda es de que, por doquier, hay una Cary, Carita, Cacha, Cachita, Caridad… y ni pensar en un censo sobre aquellos que adoran a la Santísima Caridad del Cobre, o los que se han iniciado en la Regla de Ocha bajo la égida de Ochún. Puede ser también Choya Wengue, Yarina Bondá, Mama Chola, Mase, Yeyé o Dodowá; no importa de dónde haya venido, ni cual la génesis de su culto. Es ella, la nuestra, la Madre, la de todos los cubanos.

Las fuentes primarias de su credo están en la oralitura. Etnología e historia no pueden desestimar el valor de los mitos y las leyendas, esas construcciones anónimas, misteriosas y poéticas que permiten adentrarnos en el pasado para dar vida al presente. Así, la aparición o hallazgo de la Virgen converge entre dos versiones: por una parte, la costumbre (o superstición) de los marineros, que intentaban aplacar las tormentas echando la imagen de algún santo al mar; y por otra, el supuesto de un poderoso cemí venerado por arahuacos e hispanos en la zona de Barajagua, “abundancia de agua”. Todo queda en el halo de la conjetura. Nuestra Virgen no es un mascarón de proa como en algún momento se pensó, ni una deidad aborigen, y tampoco tiene una llegada sui géneris a nuestras tierras, pues ha sido frecuente encontrar imágenes flotando o sumergidas en las aguas de ríos y mares como, por ejemplo, Nuestra Señora Aparecida, en Brasil.

Si la trajo un náufrago o un colonizador español, nunca se sabrá. Lo cierto –si es que sus 85 años y la memoria cuando hizo la declaratoria se lo permitió- está en la declaración de Juan Moreno, hecha en abril de 1687 y hallada en el Archivo de Indias de Sevilla, España. Confiesa nuestro Negrito de la Caridad que aproximadamente con 10 años, fue en busca de sal junto a los hermanos “indios naturales” Rodrigo y Juan de Hoyos; embarcados en una canoa cerca de Cayo Francés, dice:

(…) vi una cosa blanca sobre la espuma del agua que no distinguimos lo que podría ser, y acercándonos más, les pareció ramas secas y pájaros, pero dijeron dichos indios parecer una niña, y en esos discursos, llegados reconocimos y vimos la imagen la Virgen Santísima con el Niño Jesús en los brazos sobre una tablilla pequeña, y en dicha tablilla unas letras grandes las cuales leyó dicho Rodrigo de Hoyos y decían: “Yo soy la Virgen de la Caridad”, y siendo sus vestiduras de ropaje nos admiramos de que no estaban mojadas (…)

Estudiar las sobre-significaciones que acompañan la imagen de nuestra Virgen de la Caridad y de los Remedios aporta curiosas particularidades: en primer lugar, los que iban en el bote o canoa. Aunque Juan Moreno afirma que eran dos indios –uno letrado, por cierto- y él, lo más común es escuchar que eran un indio, un blanco y un negro, con lo cual la transmisión oral acredita los tres pilares fundamentales de nuestra identidad: aborigen, europea y africana; a propósito, vale señalar que, en la estampa clásica difundida en los hogares cubanos, son dos hombres absolutamente rubios los que enfrentan con los remos la tormenta, en tanto el negro reza.

Otro de los elementos que se han estudiado es la posición de la luna. El sol en torno y la luna a los pies, como afirma Monseñor Carlos Manuel de Céspedes en su prólogo a La Virgen de la Caridad, símbolo de cubanía, de Olga Portuondo, “constituyen un importante dato bíblico-teológico, expresado por medio del lenguaje de la metáfora plástica, no del racionamiento teológico”. Pues la nuestra, por excepción, tiene la luna con los cuernos hacia abajo, lo cual es un enigma para los estudiosos, que muchas veces lo vinculan al significado que pueda en un proceso de inculturación, relacionado con el poder sobre la muerte desde la interpretación arahuaca, lugar desde donde surge y se establece el culto.

Punto aparte merece el vestuario de la Virgen de la Caridad. Evidentemente, en su forma sigue los patrones españoles vinculados a la imaginería sobre la Virgen María, por más estilizados o adaptados que estén… Aquí quiero hacer un alto y reflexionar, a propósito, que en nuestro caso específico este vestuario incluye, de alguna manera, la vestimenta ritual tradicional de las orichas y sus representaciones en los cultos de origen africano. Pero sigamos con la Virgen y su ropa, porque en cuanto al color, también ha habido variaciones; desde el blanco hasta el azul o el amarillo, siempre delicadamente bordados con incrustaciones de oro y piedras. Eso del color, como de los atributos que la acompañan, tiene una estrecha relación no solo con la hagiografía –ciencia que estudia la vida de los santos– sino con la interpretación que se hace por parte del creyente en este mundo sincrético y vivencial que se llama Cuba. Y es que esto de la forma de representación y los atributos, dicho sea, no importa tanto al cubano como el hecho propio de la fe que se le profesa. De ahí que no solo converjan color y estilo, sino también velas con girasoles, monedas con inciensos, harina de maíz con medallas, tambor con violín y órgano. Somos así.

No quisiera cerrar estas palabras sin dedicar un instante siquiera a la denominación más honrosa, a mi juicio, que tiene la Caridad del Cobre: Virgen Mambisa. Durante las Guerras, la creencia en la Virgen acompañó el grandioso esfuerzo de unión de todos los cubanos; muchos fueron los rezos, promesas, ofrendas y acciones en favor de la libertad, entre ellos, uno de los más enternecedores, el hecho de que Carlos Manuel de Céspedes cediera el dosel azul de su altar familiar para coser la bandera de la estrella solitaria; y de los más expresivos, las coplas cantadas en los campamentos insurrectos: “Virgen de la Caridad / patrona de los cubanos / con el machete en la mano / pedimos la libertad”, en el 68, y “Es menester que no hubiera / en el cobre Caridá / que allí esa señora está / pidiendo por los cubanos / con la bandera en la mano / que viva la libertá / Ay Dió! Gran Dió” del 95, esta última recogida textualmente por Don Fernando Ortiz en sus notas.

Fueron los Mayores Generales Jesús Rabí y Agustín Cebreco quienes –acompañados por dos mil veteranos que dejaban a un lado procedencia social o racial y militancia política remarcada por el fiasco de la pseudorrepública– fueron a caballo desde Santiago de Cuba hasta El Cobre, un 24 de septiembre de 1915, a solicitar a la Santa Sede el reconocimiento de la Virgen de la Caridad del Cobre y de los Remedios como Patrona de Cuba.  Y lo lograron.

No hay momento de la Historia de Cuba en que ella no esté presente; observe, el más descreído, los exvotos de su Santuario: collares y atributos que portaban nuestros rebeldes tanto en la Sierra como en el llano; medallas de los deportistas, títulos universitarios, prendas de vestir, obras de arte, condecoraciones, tierra de las diversas partes del mundo que han recibido ayuda internacionalista… a través de ellos se puede escribir, tácitamente, el devenir de nuestra Patria.

Eso, y todo lo demás, la hace tan nuestra: en los espacios familiares y sociales, y en los sitios funerarios; en las expresiones del arte, en el más íntimo rezo.

Es el sentir popular y unánime que resume El Cucalambé en sus versos:

Por eso en cualquier edad

De mi vida transitoria,

Siempre tendré en la memoria

La Virgen de Caridad.

 


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