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Pinceladas francesas en Carlos Enríquez


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Pintor y novelista cubano Carlos Enríquez

Las conexiones con Francia y lo francés del pintor y novelista cubano Carlos Enríquez, tienen la interesante peculiaridad de estar canalizadas a través de sus más evidentes pasiones: la pintura y las mujeres. Surtidores enlazados por el puente emotivo de Cuba.

En lo cultural como en lo político lo francés se hizo presente en la Mayor de las Antillas desde el siglo XVIII, a partir de los cambios en La Metrópoli como efecto de la victoria de la alianza franco-española en la “Guerra de Sucesión” y los “Pactos de Familia” entre ambos regentes; pero, sobre todo, con el fuerte aliento de modernidad que produjo la “Revolución Francesa” de 1789.

Su reflejo más palpable en el ámbito de las artes plásticas fue sin dudas la inauguración en enero de 1818 de la “Academia Gratuita de Dibujo y Pintura”, nombrada ulteriormente “San Alejandro”. La administración de tan importante institución la asumió el consagrado pintor francés Jean Baptiste Vermay (1786-1833), discípulo de Jacques Louis David (1748-1825), el pintor francés más influyente y reconocido siglo XIX, miembro del “Club Jacobino” y autor del famoso cuadro La muerte de Marat. Jean Baptiste se encontraba en La Habana desde 1815 por el destierro bonapartista.

Carlos Antonio Esteban Enríquez Gómez nació el 3 de agosto de 1900 en el poblado de Zulueta de la antigua provincia de Las Villas. Allí en “vuelta de Guaracabulla”, transcurre su niñez. Su padre fue un médico de prestigio y su madre ama de casa. Con su abuelo Carlos Enríquez y López, tuvo Carlitos sus primeros acercamientos al mundo de las formas y los colores.

Ya en La Habana, compartió clases en el Candler College con el futuro pintor Marcello Pogolotti, de futuras y profundas conexiones con Francia y su arte. Según refiere la destacada intelectual Graziella Pogolotti “a Carlos le decían Mosquito, porque era delgado e inquieto” (1).

Su familia, interesada en que el joven accediera al mundo de los negocios, lo envió en 1924 a estudiar Contabilidad y Comercio en el Curtis Business School de Filadelfia; sin embargo Carlos, con temprana conciencia de su vocación por la pintura, ingresó en el curso de verano organizado por la Pennsylvania Academy of Fine Arts (PAFA).

Era un curso de pintura de paisajes al aire libre que se realizaba, desde 1917, en una finca localizada en el condado de Chester y atravesada por tres ríos que de seguro le recordaron al “Zaza” de su poblado natal.

La PAFA no solo había contado en su claustro con varios pupilos formados en academias y por maestros franceses, sino que no estuvo ajena a los soplos de las vanguardias europeas. En especial, la muestra Armony Show (Exposición Internacional de Arte Moderno), que trajo aires de esta producción artística al paisaje pictórico estadounidense, con más de mil obras representativas del impresionismo, el post-impresionismo, el cubismo y el fauvismo y que transitó en 1913 por las ciudades de New York, Chicago y Boston.

Uno de los más destacados exponentes de este movimiento y que llevó a la PAFA varias exposiciones de estos “ismos” europeos, fue el pintor estadounidense Arthur Beecher Carles (1882-1952); quien fue maestro en esta academia desde 1917 a 1925, coincidiendo con el paso del pintor cubano por allí. Carles había tenido dos largas estadías en Francia y fue un gran admirador de las obras de Paul Cezanne (1839-1906) y Henri Matisse (1869-1954), quienes ejercieron una notable influencia en parte de su obra. Fue un artista intuitivo y creía que “la precisión es una cualidad intelectual, mientras que el arte es una aventura de las emociones” (2). Su obra ecléctica se caracterizó por un vibrante colorido, tanto la paisajística como sus desnudos.

Durante este breve curso el joven Carlos Enríquez conoció a la que fue su primera esposa, la pintora estadounidense Alice Neel (1900-1984); quien recientemente se había graduado en la Philadelphia School of Design for Women, convertida —bajo la dirección de la pintura y grabadora Emily Sartain (1841-1927) — en la escuela de arte para mujeres más grande de aquel país.

Las pinceladas gruesas y pastosas, los colores brillantes de los paisajes y retratos pintados por el creador cubano en esta etapa, denotan claramente la influencia que tuvo en sus inicios del movimiento iniciado por Édouard Manet (1832-1883).

Un viaje Francia es el motivo de la primera separación de Carlos y Neel. Es el verano de 1930 y Enríquez no tiene dinero suficiente para viajar a París con su esposa.

De su quehacer en la “Ciudad de la Luz” contaba Félix Pita Rodríguez: “Cuando yo llego a París en la primavera del 29 todavía Montparnasse es Montparnasse. Allí vivían Vallejo, Huidobro, Foujita, Pascin, Miguel Angel Asturias Toño Salazar. Allí también fue a vivir Carlos Enríquez, recién salido de Cuba. En su cuartico del hotel Daeaux, donde yo también vivía, comenzó a pintar. Giró hacia una pintura de tonos metálicos. Se ha hablado de holgazanería, de bohemia irreductible, de todas esas cosas. Pero eso no es verdad. Carlos Enríquez pintaba todos los días.” (3)

En Francia el joven pintor se pone en contacto con el vanguardismo en boga. El surrealismo estaba entonces en pleno apogeo, pero los postulados de ese movimiento no cambiaron su esencia pictórica; continuó siendo el pintor de la sensualidad y el embrujo tropical. Se interesa más por su postura, la defiende como el “triunfo de la imaginación” y porque “abiertamente ha salido al paso de la vulgaridad cotidiana”, lo que le permite poder “desmoralizar el orden racional burgués”. No se suscribe miméticamente al movimiento. Por eso dijo: “Creo que mi pintura se encuentra en constante plano evolutivo hasta la interpretación de imágenes producidas entre la vigilia y el sueño… Sin embargo, esto no quiere decir que sea surrealista… Me interesa interpretar el sentido cubano del ambiente, pero alejándome de escuelas europeas… Me interesan la forma humana, el paisaje y, sobre todo, la combinación de ambos, pues todo hombre tiene su paisaje, interior o exterior, del cual nunca podrá aislarse.” (4).

Alejo Carpentier emparenta los suyos con los “tiernísimos desnudos de Modigliani”, aunque resalta que “el estudio de Enríquez resulta, si cabe la paradoja, más recio, más violento, dentro de mayor serenidad. Su inquietud determina la esencia misma de la concepción, pero cierta grata disciplina ha presidido el génesis de la figura. Con menos colores, con menos pasta, el pintor ha logrado una doble intensidad en la vida de sus líneas…” (5)

Muchos trazos y la intensidad en la paleta de ciertas piezas, nos remiten en ocasiones al fauvismo, pero en las telas del villareño la vehemencia cromática tiene más que ver con la luz chispeante del trópico.

A principios de 1934, de regreso en su Patria, intenta mostrar su producción europea en el “Lyceum de La Habana”, pero se reedita un escándalo semejante al de 1930. Aún el modernismo no había operado en las mentalidades de las élites burguesas de aquí. Poco después comienza a definirse la auténtica orientación plástica de Carlos Enríquez producto del reencuentro con el paisaje cubano, las remembranzas de la vida rural de su pueblito natal con sus mitos y leyendas lo que él llamó "el romancero criollo" y fundidos con sus experiencias europeas. Se opera en él una nueva rebeldía anticolonial.

Rapto de las mulatas (1938) es el mejor ejemplo de ese periodo. Esta obra maestra es una cubanísima alegoría al Rapto de las Sabinas; pero inspirada más en las recreaciones de los pintores franceses Nicolás Poussin (1594 -1665) y Jacques-Louis David (1748-1825) que en la clásica leyenda sobre los orígenes de Roma. Mito recontextualizado por Enríquez en el escenario antillano y donde como en el caso de las versiones de Pablo Picasso—, la mujer ya no es el símbolo de la paz o la concordia, sino la imagen de la humillación y la opresión de los débiles a manos de prepotentes opresores masculinos, violencia en la que no faltan evidentes alusiones sexuales.

Casualmente, en el mismo año en que fue premiada El rapto… en la “II Exposición Nacional de Pintores y Escultores de La Habana”; Carlos heredó un terreno situado en las afueras de la capital cubana, donde construyó su casa. Fue allí, en “El Hurón Azul”, donde conoció y se apasionó por la más importante de sus musas, la intelectual parisina Eva Fréjaville.

La “brave maîtresse de L’Huron Bleu”, llevaba los apellidos del reconocido ensayista y crítico Gustave Fréjaville (1877-1955) y había llegado a La Habana de brazos de Alejo Carpentier, quien la llevaba a las tertulias en la mística finca de Párraga. Poco después, luego de un “Rapto de francesa” en el Malecón, se fue a vivir con “Carlos Fálico y Diablo”. Era Eva, al decir de Marcelo Pogolotti, “una típica joven intelectual francesa, izquierdista de salón, lectora devota de Marcel Proust, emancipada, muy á la page, vivaracha, sensual y movida por una desenfrenada avidez de disfrutar a plenitud la vida, caldeada sin duda por el decorado tropical, ya que el gusto por el exotismo alucina a los franceses…” (6)

Meses después de su separación con Eva, el representante de la primera vanguardia cubana viajó a Haití para participar en una exposición en el “Centro de Arte” de Puerto Príncipe. “Me siento bordeando lo sobrenatural. La magia es un hecho”, escribe durante esta estancia en la excolonia de Francia. Era 1945, el artista proyecta pintar, como alegoría a la independencia de Haití, un mural en la Citadelle La Ferriere; se interesa por la historia y la cultura popular haitiana. Así conoce y entabla relaciones amorosas con una hermosa mulata, perteneciente a la burguesía local de Gonaïves. Era Germaine Lahens, con quien se casa en La Habana en noviembre de 1945 y es su modelo durante los cinco años que vive en “El Hurón Azul”.

En mayo de 1957 parecían ahogarse en un tembloroso alcoholismo las pinceladas francesas en Carlos Enríquez; pero no, quedaron empastadas en sus telas eternas.

 

Notas:

(1) http://epoca2.lajiribilla.cu/2007/n328_08/328_01.html

(2) http://trianarts.com/arthur-b-carles-entre-filadelfia-y-paris/

(3) Ver de Juan Sánchez, Carlos Enríquez (1996), pp. 41-45.

(4) Referido por Ciro Bianchi Ross en: http://www.juventudrebelde.cu/columnas/lectura/2016-07-23/romancero-criollo-de-carlos-enriquez/

(5) http://www.fundacioncarpentier.cult.cu/carpentier/carlos-enr%C3%ADquez-por-alejo-carpentier

(6) Ver de M. Pogolotti, Del barro y las voces (1968), pp. 267-268.

 


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