Plácido a 210 años de su nacimiento


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Su nombre verdadero, Diego Gabriel de la Concepción Valdés, más conocido como Plácido, el más popular de los poetas del Siglo XIX, un natural versificador, lo que Cintio Vitier llamó un juglar sencillo, y como un dato significativo, el poeta más publicado de su época. Murió fusilado en Matanzas, a los 35 años. Había nacido en la Habana un 18 de marzo del año 1809. Era un cubano libre, hijo de una bailarina española y un peluquero mulato. Por razones de su tiempo, lo depositaron en la Casa de Beneficencia, a la cual posteriormente su padre lo fue a buscar. Una  vida complicada esperaba a aquel también mulato, en una Isla colonizada y con ansias de libertad.

Escribió desde muy niño. Fue carpintero, retratista, tipógrafo, fabricante de peinetas y otros objetos de carey y siempre cultivó el verso con esa naturalidad de improvisación que lo distinguía. Estudió literatura.

Tengo en un lindo cantero

Que a tu nombre dediqué

Ruda, albahaca, romero,

Varitas de San José

Y espuelas de caballero.

Ambarinas hay nacientes,

Amapolas ondeantes,

Hay pensamientos rientes

Y hay azucenas brillantes

Tan blancas como tus dientes.

Virgilio López Lemus, estudioso crítico, comenta que Plácido muestra en su obra , elementos  de lo que han de ser las dos primeras corrientes autóctonas, en la poesía cubana, el criollismo y el siboneyismo. .

También se sabe que  viajaba por muchas ciudades del país, que se casó con una cubana de raza blanca llamada Celia, y que José María Heredia, al saber de su existencia y de su situación de pobreza, lo fue a conocer y le ofreció llevárselo para México, lugar al que nunca quiso ir.

Una vida de constantes persecuciones lo esperaba. En Villa Clara, cuando escribía para “El Eco” fue apresado, lo mismo le ocurrió en Cienfuegos, donde permaneció detenido por más de seis meses. Regresó a Matanzas, en 1843 y  al año siguiente fue detenido, acusado de participar en la Conspiración de la Escalera, y tristemente sentenciado a morir. Se ha dudado hasta de la existencia de esa conspiración.

Plácido le dejó a Celia el siguiente encargo: “El llanto que te pido a mi memoria, es que socorras a los pobres siempre que puedas, y mi sombra estará tranquila y risueña contemplándote digna de ser esposa de Plácido”.

Cintio Vitier,  en Lo Cubano en la Poesía, expresa estas palabras que suscribo textualmente: “La cubanía de Plácido, mucho más que en sus temas vernáculos, despreocupadamente mezclados con los pastoriles, moriscos o medievales,  está en ese imponderable de ingenuidad y simpatía, de ternura y modestia, en esa transparencia natural de su voz manando cristalina sobre el fondo de la impalpable nada: voz  que al final trágico de su vida, víctima de la estúpida saña española, encarnizada siempre con los poetas, cobra acentos desgarradores de sencilla grandeza”.

Todos buscan el fin de aquella fiesta

Algún viviente entre la mar salada,

Y no viendo asomar humana testa,

¿Qué diablos es?la turba dice airada;

Más él en tono grave le contesta:

Nada, señores, ya lo he dicho, nada.

Muchos de sus poemas han resultado antológicos como “Jicotencal”, “La flor de la caña”, “La flor del café”, “La muerte de Gessler” y “Plegaria a Dios”.

Dicen que este último poema, “Plegaria a Dios”, lo escribió en el calabozo y que lo recitaba en alta voz a la hora de caminar al cadalso, y para conocimiento de mis más jóvenes lectores transcribo la primera estrofa:

Ser de inmensa bondad ¡Dios poderoso!

A vos acudo en mi dolor vehemente

Extended vuestro brazo omnipotente

Rasgad de la calumnia el velo odioso

Y arrancar este sello ignominioso

Con que el mundo manchar quiere mi frente…


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