Un “Lago…” que no pierde su magia


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Fotos: Leysis Quesada.

La presencia en la escena cubana de un clásico como El lago de los cisnes, que ocupará todos los fines de semana del primer mes del año y hasta el 3 de febrero, en la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso”, invita una vez más a la reflexión sobre la vigencia de sus postulados estéticos y los rasgos de interpretación que admite en la actualidad.

Cuando se abren las cortinas, en temporadas del Ballet Nacional de Cuba (BNC), “asoman” los fantasmas y memorias de grandes figuras que, lideradas por Alicia, han prestado su piel a los más disímiles personajes en el tiempo. Es como si de pronto el ayer despertara entre luces/ música/baile. Solo que han cambiado los rostros. Respiramos otro presente en las tablas, donde otros artistas, de la misma estirpe, escriben/bailan la historia. El lago de los cisnes, es un ballet que juega con los recuerdos.

La versión cubana de El lago de los cisnes, con coreografía de Alicia Alonso, sobre la original de Marius Petipá/Lev Ivanov, música de Piotr Ilich Tchaikovski, vestuario de Francis Montesinos/Julio Castaño, luces de Ruddy Artiles y escenografía de Ricardo Reymena, resume los aspectos esenciales que han hecho perdurar este título clásico a lo largo de la historia de la danza: el triunfo del amor y del bien sobre el mal, la integración de plástica, coreografía y dramaturgia, que determina su depurado resultado artístico. Y, sobre todo, las extremas exigencias técnicas e interpretativas, a las cuales deben responder tanto las primeras figuras como el cuerpo de ballet. No sin razón expresara el destacado crítico suizo Antoine Livio, al presenciar la coreografía cubana de esta pieza en París, en l984: "Hay que ver El lago de los cisnes por el BNC para saber lo que la palabra magia representa, lo que la palabra danza puede expresar, que la palabra arte existe".

Como en sus otras reconstrucciones de afamadas piezas coreográficas del pasado: Giselle, Coppelia, La fille mal gardée, el Grand pas de quatre..., Alicia Alonso sabe aprehender la médula estilística y conceptual de la versión original de Petipá e Ivanov, para insuflarle ese aliento de contemporaneidad y síntesis que tanto se agradece hoy. Cada una de las bailarinas que vistan el doble rol de Odette\Odile, reclama la más justa valoración de sus facultades y aportes individuales. Y ello no implica concesiones, sino un criterio inteligente que permita al espectador seguir sus ejecuciones, no con el ánimo de establecer comparaciones inútiles, sino de descubrir lo que sus personalidades artísticas son capaces de darnos: en una podrá predominar el virtuosismo, en otra, el lirismo de los actos "blancos”, en otra, la precisión del estilo, la fuerza del teatro, y, en el conjunto de todas, la excelencia compartida. Corresponde ahora a los intérpretes revalidar estas opiniones en las funciones anunciadas para el Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso”.

LA GALA DEL PRIMERO DE ENERO

De la mano de esta emblemática obra, el BNC saludó el aniversario 60 del triunfo de la Revolución Cubana, desde el GTH “Alicia Alonso”.

Haciendo un poco de historia, El Lago… fue el primero de los ballets compuestos por Piotr Ilich Chaikovsky, e inspirado en un cuento popular ruso tradicional, vio la luz en el teatro Bolshoi, de Moscú, a principios de 1877. Pero no fue hasta el año 1895, con la coreografía de Marius Petipa y Lev Ivánov, estrenada en el Teatro Marinsky, de San Petersburgo, que conoció un éxito rotundo que llega hasta nuestros días. En la tradicional Gala del Primero de Enero que cada año rinde homenaje a la importante efeméride, en este 2019 sumó el 500 cumpleaños de nuestra capital. En esa ocasión, el destacado pianista Huberal Herrera, recibió el Premio del Gran Teatro de La Habana 2018, por su calidad interpretativa y la universal cubanía de su arte, de manos de la presidenta del jurado, nuestra Alicia Alonso, que recibió una atronadora y mantenida ovación. Y se dieron a conocer también las Menciones en el Libro de Honor de la institución de Prado y San Rafael.

Los aires frescos de fin de año y comienzo del nuevo acercaron en esta primera jornada artística muchas sorpresas. Entre ellas, sobresalió la agradable y adecuada escenografía del maestro Ricardo Reymena, quien en atractivo trabajo creativo muestra su inspiración del ambiente de los exteriores/interiores del castillo, y sobre todo, el telón del amanecer en el lago, que renovado enriquece visualmente la obra, y resulta, sin duda, un instante mágico, de éxtasis finalizando la pieza.

Como nota descollante de esa primera función, el primer bailarín Dany Hernández, encarnando al príncipe Sigfrido, entregó un personaje bordado de principio a fin, desde todos sus ángulos. Tanto técnica como dramáticamente, regaló una clase de estilo en los dos actos, mostrando una perfección de movimientos donde se reúne lo aprendido en estos años y su madurez escénica que signó la función, sumando la dramaturgia —todo un consagrado— y esa labor de partenaire que es de altos quilates.

A su lado, la también primera bailarina del BNC, Grettel Morejón, en el protagónico alcanzó sus mejores galas en el segundo acto. Apasionada, suave, intensa, su imagen del cisne cruzó como un soplo de lirismo por la escena, al que se puede añadir una perfección dramática que signó su actuación. El adagio fue el éxtasis. No hubo disonancias; bailó, en una palabra, la angustia de un hechizo. Trabajó hasta el último detalle, pareció perfecta. El port de bras del final del acto realzó estéticamente la emoción contenida del auditorio, y, dosificada logró el ritmo perfecto. En el tercer acto, no hay dudas, desplegó una buena interpretación, elegante en sus poses, pero en la coda faltó empuje. Sin embargo, concluyó con una intrépida ronda de piqués que levantó los ánimos del público. Las ovaciones corroboraron la actuación de ambos artistas.

El pas de trois contó con tres figuras sobresalientes del BNC: Ginett Moncho, Claudia García y Rafael Quenedit, quienes hicieron una loable faena, solo eso, sin superlativos, porque sin dudas pueden dar más en la escena, quedando los tres por debajo de sus posibilidades. Los cuatro cisnes (Maureen Gil, Mercedes Piedra, Adarys Linares y Chanell Cabrera) estuvieron eficaces y coordinados en sus movimientos para entregar una nota alta, y los dos cisnes (Chavela Riera/Yilian Pacheco) destacaron por su entrega y la uniformidad en las variaciones.

Un soplo de buen gusto y energía a granel/buen baile aportaron a la danza española Chanell Cabrera/Diego Tápanes (¡en su estreno en el papel!), así como Ivis Díaz/Ernesto Díaz –solistas de las Czardas. Muy bien Diana Menéndez, en la Campesina del primer acto, a la que imprimió fuerza y esa destreza que muestra ante cada salida. No hay dudas de que el juvenil Yansiel Pujada deja una excelente impresión en cuanto personaje de carácter encarna, y el Von Rothbart, no es una excepción. El bufón del joven/ágil bailarín Daniel Rittoles, técnicamente brilló con sus audaces giros/saltos, pero, lógicamente en su debut, necesita fogueo dramatúrgicamente, algo que logrará haciéndolo una y otra vez, para alcanzar la comunicación demandada por el importante personaje.

El cuerpo de baile tuvo altas y bajas. En particular, es menester poner mucha atención en los brazos y manos en el medular segundo acto, que no alcanza total uniformidad. Pero sí en el epílogo que fue de una belleza especial.

Es una pena que algunas luces ¿intermitentes? opacaran por momentos la escena durante la función, algo que parece inconcebible en un teatro que hace solo tres años reabrió sus puertas, luego de una restauración capital, amén de que es símbolo en nuestro país en las artes escénicas, donde se presentan obras y compañías de la mayor relevancia de la cultura teatral cubana. La Orquesta Sinfónica del GTH “Alicia Alonso”, dirigida por el maestro Giovanni Duarte, fue protagonista sonora de la historia al entregarnos la partitura de Tchaikovski, con mucho tino, en esta hermosa tarde del primer día del año 2019.

UN LAGO…, Y EL ESPLÉNDIDO DEBUT DE GINETT MONCHO

Nota descollante del comienzo de la temporada lo constituyó el debut de la bailarina principal Ginett Moncho en el doble papel de Odette/Odile, el viernes, sustituyendo a Sadaise Arencibia que estaba programada con Raúl Abreu. Con menos tiempo de preparación para asumir el difícil personaje, la arrestada bailarina asumió el compromiso, conjuntamente con un novel bailarín, Adrián Sánchez, quien también enfrentaba el Príncipe Sigfrido por vez primera. Sin embargo, el resultado no pudo ser mejor.

Los jóvenes bailarines que han llenado las filas del BNC en estos últimos tiempos han tenido una buena oportunidad, y también el compromiso de mantener el prestigio de una célebre compañía. La función del sábado, fue de esas que desde el primer acto presagian la mayor calidad. Con un cuerpo de baile rindiendo una labor digna de todo elogio, en particular en la entrega del pas de six, y el pas de trois. En este último —hacía años que un primer acto no motivaba al auditorio aquí—, brillaron Daniel Rittoles, Chanell Cabrera y Diana Menéndez, quienes con su especial actuación, rememoraron otros tiempos del BNC. Entregaron lo mejor de sí en una de las piezas de baile virtuosista que mas entusiasman, para recibir una gran ovación. Algo que motivó al cuerpo de baile a seguir por ese sendero optimista sobre las tablas, donde se incluyen las actuaciones del bufón de Narciso Medida —muy bien en el baile y armoniosa actuación (a pesar de ser su debut también). Era el prólogo de lo que se avecinaba…

Ginett Moncho, provista de una de las líneas más perfectas en la compañía, demostró su clase, amén del estilo que siempre la acompaña, en ambos personajes: Odette-Odile, y dejó en claro el sostenido esfuerzo realizado para ofrecer, no solamente una armónica/excelente función, sino acompañada de una interpretación muy personal. Algo que hace pensar: ¿cuánto hubiera entregado al BNC a estas alturas —y que tanto lo necesita—, si ella hubiese tenido la oportunidad de bailarlo y foguearse, desde mucho antes, en este y en otros protagónicos de relevancia, en su ya larga estancia en el BNC? Fuertes aplausos saludaron, ya al final del adagio del segundo acto, un desempeño cuajado de sensibilidad, en el que lirismo, elegancia y el preciso sentido de la medida rigieron. Para lograrlo, resulta indispensable la técnica; pero, más aun, el sentido poético que debe dominar todo movimiento. Dibujó cada arabesque, mantuvo su cuerpo flexible y siempre suave para delinear el cisne… Buen gusto, balances prolongados…, definieron el desarrollo escénico. El lirico matiz de Odette se transformó en tajante acento, en el tercer acto, cuando le tocó encarnar a Odile, con una definida dramaturgia. En la escena manifestó la audacia y el modo con el que se adueñó de los rasgos expresivos del personaje. Balances, giros, hasta llegar a una coda, digna de todo elogio, para concluir muy arriba los arabesques sautés (vaquita). Aunque esta no será la versión definitiva en su carrera, tras el paso inicial, quedan pulir ciertos detalles de brazos…, para lograr una mayor perfección, y recrear, por supuesto, también la técnica, cuando lo incorpore en sus adentros de tanto bailar.

El muy joven primer solista Adrián Sánchez, con una agradable presencia, tiene de su lado un gran por ciento ganado para interpretar estos papeles, como el príncipe Sigfrido —también debutante—, se entregó con muchas fuerzas —a pesar de una lesión en su hombro—, y se creció en algunos instantes, tratando de mantener siempre el cuidadoso desempeño del mismo. Queda, entre otras cosas, revisar —como resulta obvio para un joven artista, que tiene un excelente porvenir—, el trabajo de interpretación/pantomima para estos personajes de príncipes, y, por supuesto, la técnica/limpieza de los movimientos... Ambos regalaron un dúo armónico que acaparó las más fuertes ovaciones de este comienzo de temporada, a pesar de iniciarse ambos en el ballet de ballets.

Detrás de ellos, de esas buenas interpretaciones —donde incluimos el pas de trois—, entre otros, vibran/respiran los profesores, maîtres y ensayadores, quienes con su experiencia, paciencia y dedicación son también protagonistas de estas historias felices que hablan de una Escuela.

Los cuatro precisos cisnes (Maureen Gil, Mercedes Piedra, Adarys Linares y Diana Menéndez) conjugaron homogeneidad-seguridad en el difícil desempeño; Ely Regina/Raúl Abreu aportaron una nota de frescura en la danza española, y los dos cisnes (Chavela Riera/Yiliam Pacheco) siempre en estilo, demostraron la importancia de bailar en la misma “dimensión”, al mismo ritmo, sin querer hacer una más que otra, como muchas veces sucede.

HERMOSA SIMBIOSIS DANZARIA

En el programa del domingo, se unieron en las tablas dos figuras del BNC:  Yanela Piñera —quien se encuentra trabajando en la compañía Queensland (Australia)—, y Dany Hernández, en una hermosa simbiosis danzaria en los protagónicos. Ella, en el doble papel Odette/Odile, confirmó que se desarrolla de actuación en actuación. La inteligencia, el lirismo y la mesura se conjugaron en su interpretación del acto blanco, creando un personaje bastante completo, y con enorme vitalidad. En su Odette no hubo disonancias, enseñando los pasos con que conquista el camino hacia la madurez. Su Odile fue un terreno donde demostró, por instantes su técnica, y aunque no delineó la coreografía cubana en toda su extensión, guardó para la coda una impresionante serie de fouettés combinados que acapararon muchas ovaciones. A su lado Dany Hernández —como el príncipe Sigfrido—, fue creciendo en logros a lo largo del ballet, manteniendo la habitual elegancia, cuidado en las poses y movimientos, y de excelencia como partenaire. En la coda del tercer acto alcanzó los mejores despliegues de bravura: giros perfectamente terminados, saltos…, siendo la característica principal la perfecta proyección del personaje, siempre atento a la acción y al estilo.

Esta semana continúa la larga temporada del clásico que nos seguirá trayendo debuts esperados y muchas sorpresas más.


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