Vistazo al ayer de una ciudad cumpleañera: Los Aldama: alardosos recordistas


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Sí, no caben dudas: aquel inmueble se destaca, como una gema, entre lo edificado en San Cristóbal de La Habana.

En el área capitalina “es la más valiosa obra que se levantó […] durante el siglo XIX”, fue la opinión del arquitecto José M. Bens. “Es de tal majestuosidad y belleza que no desentonaría entre los palacios de las grandes ciudades italianas”, dejó dicho el humanista alemán Karl Vossler.

Sin embargo, ¿conoce todo el mundo de dónde salió el millón de pesos ―cifra colosal en 1840― necesario para erigir el Palacio de Aldama? Pero… comencemos por el principio, que es como deben ser iniciadas las cosas.

El clan tuvo su origen con la llegada del vizcaíno Domingo Aldama Aréchaga, uno de aquellos “indianos” que arribaron al Nuevo Mundo con alpargatas en los pies y sueños de riquezas en la testa.

Comenzó Aldama como humilde dependiente, midiendo yardas de tela y varas de encaje, pero, ni corto ni perezoso, dio el “braguetazo”, o sea, se casó con la hija de su patrón, salto de trapecista en la carpa circense de los estratos sociales. Mas ese fue sólo el principio de la fortuna de la familia Aldama.

TIRAR LA CASA POR LA VENTANA

El vasco Domingo Aldama pronto anda organizando expediciones a Guinea o a Loango. Y no era precisamente para efectuar investigaciones científicas sobre la flora o la fauna del continente negro, sino para traer “sacos de carbón”, “piezas de ébano”, en fin, mercancía humana.

El que fuera mísero inmigrante “alpargatoso”, ahora pudiente negrero, se construye un palacio que es el sueño de un advenedizo convertido en piedra, concretado frente al Campo de Marte —hoy Plaza de la Fraternidad— por el arquitecto e ingeniero dominicano Manuel José Carrerá.

El lugar sería escenario de hechos sobresalientes de nuestra historia, desde una gran rebelión urbana de esclavos hasta el asalto de las hordas de voluntarios. Allí residiría el polígrafo Domingo del Monte, casado con Rosa, hija de Domingo Aldama.

Para que nada faltase en el pasado del palacio fastuoso, se dice que allí se produjo el más recordable episodio de jactanciosa presunción en esta Gran Antilla. Sí, al parecer “los Aldama” se decían que ellos no tendrían tanta plata como el clan Terry de Cienfuegos, pero sabían tirarla con tanto descoco como ellos.

Cuando van a casar a una descendiente, proyectan cubrir con monedas de oro el piso del colosal comedor, cuyas dimensiones lo hacían capaz de acoger cómodamente a cien comensales.

Surge un escollo: las autoridades prohíben la ejecución de lo planeado pues no aceptan que se pise, por una cara, la efigie de la soberana, y, por la otra, la enseña española. Pero, según afirma la tradición popular, aquellos tremendos ostentosos se salieron con la suya. ¿Saben cómo? Pues... ¡poniendo las monedas de canto!

La anterior anécdota no está amparada por testimonio bibliográfico alguno. Sin embargo, la gente la ha repetido generación tras generación. Y, ¿no decían los antiguos que Vox populi, vox Dei, “la voz del pueblo es la voz de Dios”?


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