Sobre los conceptos de propiedad social y mercado


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En su número 50 (enero-junio, 2007), Temas publicó el simposio Sobre la transición socialista en Cuba, donde 11 conocidos intelectuales y dirigentes respondían una serie de preguntas conceptuales. El cuestionario indagaba acerca de las etapas de la transición, el significado del consenso y de la participación ciudadana, la perspectiva de cambio del modelo socialista y el papel de las nuevas generaciones.

En su número 50 (enero-junio, 2007), Temas publicó el simposio Sobre la transición socialista en Cuba, donde 11 conocidos intelectuales y dirigentes respondían una serie de preguntas conceptuales. El cuestionario indagaba acerca de las etapas de la transición, el significado del consenso y de la participación ciudadana, la perspectiva de cambio del modelo socialista y el papel de las nuevas generaciones. En muchos casos, los entrevistados ofrecieron respuestas que diferían entre sí.

Una de las preguntas formuladas por los entrevistadores (Rafael Hernández y Daybel Pañellas) se refería a los conceptos de propiedad social y de mercado.

Dado que algunos de nuestros lectores pueden no haber tenido la oportunidad de conocer este simposio o haberlo olvidado, después de trece años, Catalejo publica hoy, por la importancia que siguen teniendo estos conceptos, las respuestas de entonces a aquella pregunta.

ENTREVISTADOS (2007).

Jorge Luis Acanda González. Profesor. Facultad de Filosofía e Historia, Universidad de La Habana.

Aurelio Alonso. Sociólogo. Casa de las Américas.

Narciso Cobo Roura. Juez. Presidente de la Sociedad Cubana de Derecho Económico.

Alexis Codina Jiménez. Profesor. Centro de Estudios de Técnicas de Dirección, Universidad de la Habana.

Ramón de la Cruz Ochoa. Jurista. Profesor Adjunto de la Facultad de Derecho, Universidad de La Habana.

Enrique Gómez Cabezas. Ingeniero. Director del Programa de Trabajadores Sociales.

Carlos Lage Codorniú. Economista. Presidente de la Federación Estudiantil Universitaria.

Osvaldo Martínez. Economista. Director del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial

Isabel Monal. Filósofa. Directora de la revista Marx Ahora.

Concepción Nieves Ayús. Filósofa. Directora del Instituto de Filosofía.

Fernando Rojas Gutiérrez.  Ensayista. Viceministro de Cultura.

 


 

R.H./D.P.: ¿Qué importancia tiene en este proceso de cambio o reordenamiento socialista la visión (o visiones) sobre la propiedad social y el mercado?

Jorge Luis Acanda González: Mercado, en sí mismo, resulta un concepto tan abstracto que prácticamente no sirve para ningún análisis científico importante; lo único que puede querer decir es espacio de intercambio de equivalentes, que es algo muy viejo. En el feudalismo hubo mercado, en el capitalismo también, y en una sociedad que quiere construir una sociedad comunista, con un sistema que llamamos socialismo, va a existir durante un tiempo.

Mientras una sociedad no pueda superar la división social del trabajo, el mercado tendrá razón de ser. Marx soñaba con un comunismo donde no existiera división social del trabajo, que no es lo mismo que división técnica. Como eso todavía se va a demorar bastante, porque atañe a las propias características del trabajo y al desarrollo de las fuerzas productivas, el mercado debe tener un lugar, sea este más central o más periférico al sistema. La demonización del mercado puede ser, en sí misma, bastante contraproducente para estudiar los procesos de construcción del socialismo.

¿Por qué se habla de socialización de la propiedad? Porque el socialismo realmente existente ha sido un modelo estadocéntrico, que identificó eliminación de la propiedad privada capitalista con estatalización de la propiedad, y propiedad social con estatal. En sus análisis, Marx y Engels dejaron claro que estatalización de la propiedad no significaba socialización. Esta quería decir que la propiedad de esos medios de producción pertenecía a toda la sociedad. Al considerar que estatalizar una propiedad equivale a hacerla de toda la sociedad, se identifica el Estado con toda la sociedad. Después de lo que ocurrió en Europa del Este, está claro que el Estado no puede confundirse con toda la sociedad, y que la propiedad estatal no tiene por qué ser sinónimo de propiedad de toda la sociedad.

¿Entonces, qué puede ser la propiedad social en el socialismo? Se trata de buscar formas nuevas en las cuales esa empresa, esa fábrica, esa institución, se conviertan en propiedad real de los trabajadores que laboran en ellas. La cooperativización de la propiedad es una estrategia socialista. Nadie tiene una respuesta de cómo va a ocurrir, pero esa debe ser la línea. Esas cooperativas deben tener una relación específica con un Estado, que no es cualquier Estado, sino uno cuyo propósito tienda a ser cada vez menos fuerte y ocupar un lugar menos importante, para contribuir a su propia extinción. La relación entre el Estado y las empresas cooperativas, así como el papel del mercado en este modelo, sería objeto de una reflexión más compleja que se debe hacer cuando esa circunstancia exista.

Aurelio Alonso: No hay coincidencia entre socialización y estatización de la sociedad. La socialización tiene un sentido mayor. Una economía socialista no debe ser estatal a ultranza. El Estado socialista tiene que mantener una función reguladora, ser un inversor, y también propietario de los recursos naturales, de los grandes servicios públicos —la electricidad, el gas, el agua. Pero también debe legitimarse la economía mixta, incluyendo no solo la inversión extranjera, sino la nacional. Es necesario que se fomente, por ejemplo, un sector de economía familiar en aquellas actividades productivas y de servicios donde este sea más eficaz para resolver los problemas de la sociedad. El Estado debe tener la sensibilidad y la flexibilidad para descentralizar y privatizar en esa economía. Las barberías, las peluquerías, no tienen por qué ser del Estado; como tampoco la administración de las bodegas y de otras pequeñas cosas. La iniciativa privada debe abarcar espacios que no se limiten a doscientas actividades de cuentapropismo. Es necesario experimentar, y en la medida en que se demuestre más eficiencia, facilitarlo; o establecer cooperativas; o por el contrario, cuando no funcione en un sector, volver a la estatalización. Pero cuando se demuestre sólidamente que no es funcional, no cuando se atasque por las trabas impuestas. Un ejemplo palpable de esta necesidad se encuentra en la agricultura, mayoritariamente en manos de un sector cooperativo, pero controlado por el Estado en un alto grado. La pequeña propiedad agrícola, que es solo 15 %, es la que produce cerca de 60 % de lo que come la población. Nuestro socialismo no ha tenido éxito en su política agraria. Socialista no quiere decir estatalizado, sino que responda a los intereses del post-capitalismo que queremos crear, una de cuyas necesidades fundamentales es alimentar a la población en gran escala. Últimamente he percibido con satisfacción que algunos de nuestros economistas hablan de buscar «formas propiedad popular».

Respecto al mercado, realmente nunca hemos estado al margen de él. Lo hemos informalizado, eso sí. Yo pregunto: ¿cuando a uno se le rompe una cañería en la casa, no tiene que recurrir al mercado? Superarlo no puede reducirse a demonizarlo; la condena no funciona si no se consiguen otros mecanismos que igualmente tienen que nacer del mercado. Y que funcionen en el sentido económico y ético —es decir, conformes con los valores de la sociedad que se quiere crear.

Creamos una tendencia a pensar que, en el socialismo, había una correspondencia casi automática entre legalidad y legitimidad. Pero las fórmulas de solución jurídicas no son, necesariamente, todo en el espectro social. Esa diferenciación entre lo legal y lo legítimo también forma parte de la transición actual. No todo lo que existe se debe solucionar por la vía del antagonismo. No se puede superar el mercado si no es a partir de crear, desde su propio mundo, mecanismos superiores que conserven en la sociedad lo positivo que él le ha dado en su historia, y que evite la deformación que en los últimos cien o doscientos años ha ido introduciendo, al establecerse como un absolutismo. Pero no pensemos que se va a abolir el mercado con cuatro leyes. Un riesgo que han corrido los socialismos es el de volver a las sociedades estamentarias y crear un socialismo que parte de un esquema voluntarista, sin mecanismos que funcionen por sí mismos.

Narciso Cobo Roura: Con el mercado y la propiedad social sucede que, en ocasiones, se nos presentan como contrapuestos o mutuamente excluyentes. El tema del mercado ha sido muchas veces abordado desde visiones extremas y, por etapas, casi «anatemizado». Yo sí creo que existe la necesidad de configurar determinados espacios concurrenciales que obliguen y motiven a una gestión productiva y comercial de manera diferente a la que está teniendo lugar y que, consecuentemente, permitan que esta transición se mueva —y adelante— en la dirección requerida. No veo que el predominio de la propiedad social y el carácter planificado de nuestra economía se oponga a ello. Hay reflexiones muy serias y sostenibles en torno a esto.

Por otra parte, creo que la forma en que se han organizado los diferentes tipos de mercado entre nosotros dista mucho de satisfacer o posibilitar su verdadera función; al contrario, más bien constituye un elemento distorsionador que, por regla general, tiende a desarrollarse de manera parasitaria, a costa de la propiedad social. Sin concurrencia ni control. En primer lugar, hay un mercado de productos normados en moneda nacional cuyo cometido es asegurar una distribución equitativa y, en mi opinión, es una de las primeras fuentes del mercado negro. Se adquiere el mismo producto en el mismo lugar por dos precios. Eso da paso también a la corrupción. Existe un segundo mercado en moneda nacional de productos no normados, es decir, de venta libre, pero cuyos precios están determinados por los referentes del productor o del servicio privado, y que la población resiente. Hay un tercer mercado, en divisas, que se despliega con todo su atractivo, pero que no tiene cómo corresponderse con un sistema salarial en moneda nacional, lo cual no deja de fomentar la necesidad de adquirir la moneda convertible que permita acceder a él.

De cara a estos mercados tomados como referentes —sin mencionar el negro, que es una realidad—, tenemos que los egresos, por regla general, rebasan con mucho los ingresos en cualquier núcleo familiar. Esto trae de la mano un problema central: el trabajo deja de ser el centro de la economía. Los criterios de retribución cambian. Aparecen los términos «resolver», «luchar», con una significación que se comparte. Los ingresos quedan asociados a remesas, a actividades por la izquierda, a una economía informal. El trabajo retribuido, propiamente dicho, cede su lugar. Son otras las circunstancias que entran a determinar la capacidad económica de un individuo o familia.

En cuanto a la propiedad social, se dice a menudo que el problema con la propiedad estatal es que «lo que es de todos no es de nadie» y, por tanto, nadie responde por ella, lo cual encierra una buena dosis de verdad. Sin embargo, no creo que se sostenga lo que el pensamiento neoliberal postula acerca de la ineptitud del Estado para «gerenciar» la propiedad social. Esta puede ser administrada por el Estado con tanta eficiencia como la privada. Sin embargo, hay obstáculos que frenan y entorpecen la gestión, problemas más bien de organización de la actividad económica, no necesariamente vinculados, de forma «fatal», a la condición estatal de la propiedad. Por ejemplo, se dice que el panadero no siente ni actúa como «dueño» de la panadería, y por eso no produce un pan de calidad. La verdad es que ese panadero, de hecho, «dispone» de los recursos de la panadería y actúa como si fuera su propietario, solo que en aspectos que le suponen una ventaja económica personal. Él actúa como «dueño». Solo que respecto a las ventajas. Riesgos, no soporta ninguno. Ocurre lo mismo con el chofer del taxibus, que no entrega ningún comprobante de haber recibido lo que se paga por el servicio; ese chofer actúa, en última instancia, como si fuera verdaderamente el propietario de ese ómnibus. Esa conducta no comporta ningún riesgo, pues ese medio estatal, que es propiedad social, no está siendo «gerenciado» como corresponde. ¿Por qué? ¿Es tan difícil darse cuenta?

Otros problemas estorban para que pueda haber una identificación del trabajador con sus medios de trabajo, y que su participación sea efectiva en la gestión de los recursos. La responsabilidad está diluida y el riesgo se hace recaer, de una forma u otra, en el Estado. Le corresponde a este soportar las consecuencias de su falta de administración o por elegir mal a quien debe administrar. Cuando se coloca a un empleado ante el consumidor, ejerciendo la gestión comercial del Estado, este tiene todas las posibilidades de defraudar al cliente y al Estado. Es lo cotidiano. Como cliente, como usuario, como consumidor, se tiene siempre la percepción de que no se nos da lo que nos corresponde ni aquello por lo que pagamos. A veces se nos quiere hacer ver que se trata casi de un favor.

No hay necesidad de que sea así. De hecho, no es así en todos los lugares. ¿Por qué en unos sí y en otros no? Estamos en plena capacidad de organizar la actividad económica con un criterio de eficiencia y racionalidad, con participación de los trabajadores. Es este el elemento central de cualquier cambio que queramos hacer. Pero para ello tenemos que corregir el diseño.

Naturalmente, hay otras formas de propiedad social, como la cooperativa, que en nuestro caso y hasta ahora se ha limitado a la esfera de la producción agropecuaria. Si examinamos las Cooperativas de Producción Agropecuaria (CPA) y las de Créditos y Servicios (CCS) en este mismo sector, ambas sufren un alto grado de interferencia de las estructuras estatales de dirección de la agricultura y del azúcar. Uno se pregunta: ¿en qué consiste la propiedad? Esta supone, por definición, un conjunto de derechos para disponer, decidir, sobre esos bienes y recursos, de conformidad con los mejores criterios. En la actividad de la cooperativa o del pequeño agricultor que la integra, hay muchos factores que interfieren esta gestión productiva. Se trata de disfunciones en su manejo, perfectamente corregibles, cuyo efecto negativo se ha estado viendo sostenidamente en la agricultura, y en consecuencia se expresa en el mercado de productos agropecuarios, como destino último de sus producciones.

Si examinamos las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC), recordamos que en los años 90 suscitó una gran expectativa, equivalente a la de una tercera reforma agraria. Pero al cabo de más de diez años, los resultados no son los que esperábamos. ¿Qué ha impedido que una mentalidad de cooperativista se forme después de diez años en esas personas que realizan su actividad en ese espacio productivo? ¿Qué elementos de subordinación, qué forma de condicionar las decisiones, han impedido que allí se forme esa percepción, ese sentimiento de propietario?

Los cooperativistas tuvieron que asumir los riesgos; pagar por estos medios, suyos en lo adelante, trabajando una tierra en usufructo. A pesar de esas condicionantes y del tiempo transcurrido, esa mentalidad no se ha formado, y no se han alcanzado los resultados productivos previstos. Puede que sea necesaria una recapitulación y un balance sobre algunos de estos problemas de fondo, que no son solo de cobros y pagos. Se requiere, en alguna medida, de un reordenamiento de las relaciones productivas que permita recolocar y reconocer al campesino en su papel de productor.

Alexis Codina Jiménez: La preservación de la propiedad social es fundamental para la continuidad del modelo socialista. Es lo que garantiza que los recursos se destinen a las prioridades más convenientes para el desarrollo económico-social del país y, más importante, la apropiación del excedente y su utilización en las necesidades más importantes de la población. Pero en las nuevas condiciones que se generaron con la desaparición de la URSS y el campo socialista, sin abastecimientos ni mercados externos asegurados en planes a largo plazo, su gestión tiene que ser más dinámica.

Tan importante como quién es el dueño, es la relación que existe entre los resultados de la empresa y la remuneración de los «productores directos». La gente no puede sentirse «propietaria social», ni generar sentido de pertenencia si reciben lo mismo, con independencia de que los resultados de la empresa sean buenos o malos. La distribución con arreglo al trabajo, que planteó Marx en la Crítica al Programa de Gotha, no hemos logrado concretarla. La situación se ha complicado más con los esquemas de estimulación y las tiendas en divisas, que han acentuado más las diferencias entre lo que aporta y recibe cada cual.

La preservación de la propiedad social no excluye la conveniencia de hacer ajustes en los enfoques que hemos estado aplicando. Exceptuando la agricultura, en el resto de las actividades la única forma que adopta es la propiedad estatal, que abarca desde una termoeléctrica hasta la reparación de calzado. Esto obliga al Estado a tener que atender, garantizar y administrar todo, incluyendo actividades de servicios menores de carácter personal, con la consecuente burocracia y la dispersión de recursos que esto supone.

En la agricultura, donde se maneja un recurso típicamente estatal, como la tierra, tenemos cooperativas de producción, de créditos y servicios, etc., incluyendo propiedad privada. No hay que tener los recursos de Greesom, el investigador de CSI, para imaginarse que, detrás de las pastillas de maní, que son iguales en todas partes, hay una pequeña industria, cooperativas, y grupos de individuos que se ocupan de toda la logística, producción y distribución. Es decir, en la práctica esas formas de propiedad existen, pero no son legales, ni se reconocen. Sin mencionar múltiples producciones clandestinas que utilizan materias primas no disponibles en el mercado, como se ha venido informando en la prensa.

Está claro que, en el socialismo, el mercado no puede ser el regulador automático de la producción y distribución de recursos, como en el capitalismo. El regulador fundamental tiene que ser el Plan. Pero en la práctica, vemos el mercado operando. Cuando la oferta de productos agrícolas del Estado se reduce, aumentan los precios en el mercado campesino. En las tiendas en moneda convertible lo utilizamos para recaudar divisas. Sin mencionar el mercado negro, donde se compran y venden artículos que no se ofertan en el mercado estatal, o se ofertan a precios en moneda convertible inaccesibles para mucha gente. Objetivamente, la «ausencia de mercado», «mercados desabastecidos», o donde se ofertan productos a precios muy altos, son factores que estimulan el mercado negro y las prácticas nocivas a las que está asociado. No se trata de estimular el consumismo, sino que el mercado posibilita identificar necesidades y preferencias de la gente, que deben ser tenidas en cuenta en la formulación de los planes.

También podemos ver el mercado como un complemento necesario de la distribución con arreglo al trabajo. Para garantizar la entrega de los productos normados, el Estado gasta cuantiosos recursos para subsidiarlos. Esos precios subsidiados son iguales para todos, con independencia de los ingresos que reciba cada cual. Con el mercado, los productos de la libreta podrían quedar solo para la población más vulnerable, como jubilados, núcleos de muy bajos ingresos, etc. Una limitación importante para que el mercado pueda desempeñar este papel diferenciador del consumo, según el aporte de cada cual, es la existencia de la doble moneda y, consecuentemente, de los mercados en moneda nacional y en peso convertible que, objetivamente, limitan el acceso a muchos productos solo a los que, por diferentes vías, tienen acceso a divisas. El acercamiento del valor real de ambas monedas y, en el futuro, su conversión en una sola es una condición importante para que pueda operar la distribución con arreglo al trabajo y podamos utilizar el mercado en las funciones que nos interesen.

Ramón de la Cruz Ochoa: El tema de la propiedad social es muy importante. En muchas ocasiones se ha identificado con la propiedad estatal. Por ejemplo, el movimiento cooperativo, que existe casi exclusivamente en la agricultura, ha dado buenos resultados y se ha ido perfeccionando. Esta producción social, ya sea como CPA o como Cooperativa de Créditos y Servicios, es una forma no estatal de propiedad social. Este sector es importantísimo para un problema tan prioritario para el país como la producción agrícola.

Tenemos que ampliar el punto de vista de lo que es ese tipo de propiedad, para darle más fortaleza, y extenderlo más allá de la agricultura, a otros sectores de la producción y de los servicios —por ejemplo, la gastronomía—, que en Cuba no se han desarrollado; allí la propiedad puramente estatal no ha sido exitosa. La comunitaria tampoco se ha desarrollado, y es una propiedad social. Se debe dejar de identificar la propiedad social única y exclusivamente con la estatal, y darle una connotación más creativa, más participativa al pueblo, de manera que este se sienta realmente identificado con ella.

En cuanto al mercado, es imprescindible en toda sociedad. La experiencia histórica —incluida la nuestra— así lo demuestra. Pero debe estar controlado por el Estado, y que este disponga de los resortes necesarios para que cumpla su función social.

Hace muchos años soy partidario de la descentralización. Naturalmente, las propiedades básicas en la economía del país, la energía, la gran y mediana industria, deben estar bajo el estricto control del Estado. Descentralizar no quiere decir dejar «suelto», sino dar autonomía, capacidad de gestión y dirección. Lo mismo ocurre con el sistema empresarial, que debe tener mayor descentralización y autonomía. Es posible que en los últimos años se les haya otorgado a determinadas empresas estatales un poder de decisión y autonomía para el cual no estaban preparadas, lo que trajo algunas consecuencias negativas que se intentan revertir mediante una mayor centralización. Hay que crear las condiciones en el sistema empresarial, sin dejar congelado el proyecto descentralizador, que es vital en el funcionamiento de la economía y el socialismo.

Para que haya descentralización tiene que haber fuertes órganos de control de todo tipo, como la Fiscalía o el Ministerio de Auditoria y Control, y otros organismos centrales del Estado. Los beneficios de un sistema más descentralizado son obvios. Se le puede dar al municipio un presupuesto, determinadas facultades para manejar ese presupuesto, obtener ingresos, bajo el control de la ley y de los órganos superiores. Por el contrario, como ocurre ahora, el municipio tiene poca capacidad para crear, innovar y desarrollar planes que satisfagan las necesidades de su población. Si todo lo hacemos centralizadamente, la consecuencia va a hacer más pasividad por parte de la población y de las distintas instituciones del Estado.

Enrique Gómez Cabezas: La propiedad estatal es lo que permite disponer de los resultados de la producción en función del desarrollo social y también, algo muy importante, hacer un uso racional de los recursos. No es la acumulación de capital el motivo principal de la producción de bienes y servicios, sino el desarrollo social necesario ante las alarmantes consecuencias de un desarrollo depredador del capital, que no repara en la destrucción acelerada de las condiciones de vida de la especie humana, sin haber resuelto los graves problemas de salud, alimentación ni educación.

Sin ser especialista del tema, pienso que nuestra economía está sometida a un proceso de análisis permanente, se enfrentan problemas de disciplina laboral, descontrol de recursos, despilfarros, corrupción. En algunas empresas existe cierta tendencia a poner sus intereses por encima de los de la sociedad, incluso perdiendo de vista su objeto social. Con los resultados de estudios del potencial de ahorro de portadores energéticos y las reducciones del consumo asociadas, se está demostrando que podemos lograr índices de eficiencia mayores en las empresas y en la economía, integralmente.

Carlos Lage Codorníu: En el llamado período de tránsito al socialismo, una de las transformaciones fundamentales es la de la propiedad. Aunque el individuo debería sentirse propietario de los medios de producción, de los que es supuestamente dueño, no se comporta como tal. Por las referencias que tengo, en los años de mayor bonanza económica esa contradicción no se resolvió. No tengo idea de cuál podría ser la alternativa, pero sí se hace necesario pensar en fórmulas novedosas para la realización de la propiedad en el modelo cubano.

La propiedad estatal tiene un reto, consistente en el manejo de los procesos de centralización y descentralización. Estos ciclos se han movido bruscamente en la economía cubana a lo largo de estos años, con fuertes centralizaciones y descentralizaciones. La centralización actual responde a una coyuntura. Pero cuando se vaya a descentralizar, lo mejor es no hacerlo de golpe, sino progresivamente. La empresa socialista depende muchas veces de que el empresario innove. Cuando se le quita la posibilidad de decidir —por la centralización excesiva— se limita su capacidad de iniciativa, su nivel de entrenamiento, y no aprende cómo funcionar de otra manera. Si se pasa bruscamente de la alta centralización a la descentralización, ese empresario se va a equivocar, porque estuvo mucho tiempo acostumbrado a que le dijeran lo que tenía que hacer y cuál era el camino.

No nos hemos dado tiempo todavía para demostrar que la empresa socialista estatal puede ser eficiente. A veces, en esto influyen muchísimo las relaciones con las demás empresas, los mecanismos de gestión, la doble circulación de moneda. Casi siempre las empresas estatales se mueven en una curva entre el control y la eficiencia. Según demuestran los estudios, cuando hay mucha eficiencia, existe poco control; cuando se centraliza, se gana en control, pero se pierde eficiencia. Ahora bien, no es lo mismo centralizar que regular. Hay fórmulas de regulación que pueden ayudar a que la curva se mueva hacia adelante, y se alcance un punto, con determinado control y también eficiencia. Por eso una de las mejores políticas que se iniciaron en esta etapa fue la del perfeccionamiento empresarial, cuyo objetivo era que la empresa se encaminara por sí misma.

El mercado —dígase el de la actividad de productores privados— siempre va a ser un problema, aunque ello no quiere decir que se deba renunciar a él. Hay determinadas actividades que pueden relegarse a ese mercado, pero siempre estableciendo límites muy claros. Estas relaciones de mercado facilitan la incubación de las relaciones capitalistas. No obstante, la economía socialista ha demostrado, a través de cuarenta años, que no todo tiene que ser planificado y controlado, sino que es necesario ir dejando margen a ciertos segmentos de mercado. Por ejemplo, la gastronomía en las cafeterías, los «timbiriches», las paladares, el mercado agropecuario. Hay que ver en qué medida estos han resuelto o no una problemática esencial de nosotros los cubanos y qué se hace para ofrecer un espacio social de mercado para que se desarrollen.

Aunque no la creo adaptable a nuestra realidad, la línea económica china adoptó medidas sabias, al definir de entrada sectores sujetos a la planificación y la centralización, como por ejemplo, el energético; otros con algún tipo de regulación, aunque con márgenes propios de actuación e incluso de planificación; y otros que no se planifican, donde solo actúa la ley del mercado. De cierta manera, esa filosofía puede ser útil, en el sentido de definir qué áreas son estratégicas; cuáles tienen que mantenerse bajo determinado control, menos estricto; y qué actividades pueden quedar a la iniciativa particular de los individuos. Con particular no quiero decir necesariamente privado o individual, sino un margen donde determinados segmentos socioeconómicos, que no afecten la correlación de fuerzas dentro de la sociedad, puedan resolver problemas y necesidades reales.

Osvaldo Martínez: Son temas recurrentes, no resueltos, acerca de los cuales se ha debatido por toneladas de palabras y papeles, aunque siguen abiertos como grandes retos a la imaginación, a la sabiduría teórico-práctica y al escrutinio de experiencias. El tratamiento del mercado permanece siendo una asignatura pendiente del socialismo. Se trata de un fenómeno sumamente ambivalente. Lenin decía que las relaciones mercantiles generan capitalismo cada día, cada hora, cada minuto. Su funcionamiento espontáneo fue la base histórica del surgimiento del capitalismo y ha sido su mecanismo de generación y operación principal hasta hoy. Pero el mercado también es un mecanismo de estímulo a la productividad, a la innovación, a la producción. Y el socialismo se ha debatido históricamente frente a esa ambivalencia, que yo caracterizaría como la lucha entre la mercadofobia y la mercadocracia. Por un lado, no se trata del temor a un fantasma inventado, sino al peligro real de que las relaciones mercantiles, dejadas a su espontaneísmo, o confiando en su funcionamiento autónomo positivo, produzcan lo contrario a lo que el socialismo se propone. Siempre recuerdo la frase del Che cuando las calificaba de «armas melladas del capitalismo». Por otro lado, existe el peligro de que, al reprimir al mercado, ahogándolo totalmente, podamos conseguir efectos negativos, de desestímulo productivo, y esto puede ser grave porque el gran problema consiste en que no hemos descubierto nada para sustituir algunas de sus funciones recurrentes y permanentes. Vivimos en el filo de esa contradicción, tanto en Cuba como donde quiera que el socialismo ha intentado sentar sus bases, pues el mercado resulta ser como un brioso caballo que corre el riesgo de lanzar a su jinete por el aire y descalabrarlo; pero al mismo tiempo, no hay otra cabalgadura disponible. Naturalmente, no puedo ofrecer una solución para este problema. Considero que debe ser manejado de manera muy específica, en el día a día, mediante un proceso de prueba y error. Los que creyeron que construir el socialismo era solamente estimular las relaciones mercantiles y jugar al capitalismo bajo un rótulo socialista, tuvieron que arrastrar las consecuencias que les deparó la vida. Es necesario aprender a usar el mercado en dosis medidas para que no nos mate, ya que es un tóxico; y al mismo tiempo en dosis suficientes para que pueda funcionar como tónico y permita estimularnos. No es posible olvidar en este sentido el componente ideológico, que es fundamental, la actitud política de la población, que se resume finalmente en su cultura, entendiendo que esta no se reduce a las expresiones artísticas y literarias, sino incluyen la cultura política.

El desafío nos lo plantea una sociedad de consumo que nos bombardea cotidianamente con sus imágenes, sus mitos y su muy sabiamente administrada publicidad, que golpea sobre los instintos más recónditos del ser humano, y también sobre nuestras carencias y errores. Por eso, tanto el tema del mercado como el de la propiedad social requieren una nueva ronda de examen de la realidad, y de debate. Sería saludable una reconsideración actual de las reflexiones teóricas del Che, a comienzos de los años 60, en torno a las relaciones mercantiles en el socialismo, vistas a la luz de la experiencia de cuarenta años y después de la caída del socialismo real, cuando en América Latina pugna por surgir un socialismo con nuevas características y nuestro socialismo ha sobrepasado ya la etapa de sobrevivencia de los años 90 para empezar a plantearse nuevas metas de desarrollo.

Isabel Monal: Tenemos un problema muy serio, que es necesario subrayar: la propiedad social de los medios de producción no está funcionando como quisiéramos. Se han experimentado diversas formas; unas tendemos a afianzarlas; otras, a modificarlas. El socialismo, en general, no acaba de encontrar un camino muy claro al respecto. Una de las tantas dificultades es que los trabajadores no se sienten dueños de sus medios de producción, sino que dicen: «son del Estado». Aunque trabajan para un Estado socialista, que a su vez representa al pueblo, los trabajadores no la sienten como su propiedad, ni tampoco el pueblo, en general. Las implicaciones de este problema van más allá, pues afectan la calidad de la producción, el cuidado de los medios, su durabilidad, así como que el producto llegue bien al pueblo, y que cuando este hace uso de las instalaciones, tenga noción de que nos pertenecen a todos. Para evitar este y otros problemas, en algunos países socialistas se pusieron en práctica determinadas experiencias de autogestión, en que las decisiones sobre la producción se tomaban a nivel de la fábrica; pero esto daba lugar a que los trabajadores y la administración nada más pensaran en los intereses de su fábrica, y no en los de la sociedad. Ahí tenemos, creo, un problema del socialismo cubano, y del socialismo en general, sobre el que hay que trabajar.

La cuestión del mercado es fundamental. No soy economista, pero creo, por una parte, que la mercancía y el mercado no nacieron con el capitalismo, sino que existen desde tiempos inmemoriales. Marx nos legó el análisis del fetichismo de la mercancía y el concepto de alienación. Él decía que la fase de transición guarda muchos de los elementos de la vieja sociedad, aunque no lo quisiéramos. El socialismo ha querido, erróneamente, eliminar la mercancía. No sé si esto desaparecerá en el comunismo, pero de lo que no me cabe la menor duda es de que en el socialismo no puede desaparecer todavía. Lo que hay que determinar es qué papel desempeña la mercancía y qué función le vamos a dar al mercado. El socialismo es un proceso con una dinámica; lo que está bien hecho, en la década de los 90 o de los 80, puede que deba ser cambiado en la próxima década. Eso no significa que lo que se hizo antes estuviera mal, sino que ya no es válido porque caducaron las condiciones en que tuvieron lugar.

No estoy de acuerdo con lo que se hace en China, porque no creo en un socialismo de mercado, me parece una contradicción. Sin embargo, es necesario concebir un socialismo con mercado. Aunque eso es muy ambiguo, pues ahí caben decenas de concepciones y de modelos. En Cuba, estamos aprendiendo cómo hacerlo: hay que encontrar un punto de equilibrio. Ese es un rasgo de la transición socialista. Es necesario construir esta transición, pero no a partir de modelos utópicos y abstractos —que Gramsci decía que eran formas de autoritarismo—, sino a partir de realidades y experiencias que recibimos.

En cuanto al control de la economía, nadie puede dudar que la ejecución de un gran proyecto, la generación de electricidad o los recursos hidráulicos deben estar centralizados. Pero otras cosas deben estar descentralizadas, incluso a nivel de municipio, como son, por ejemplo, algunas campañas de salud pública. Aun si hay un nivel de centralización en la proyección, puede haber mucha descentralización en la ejecución. El socialismo, como experiencia histórica —sin excluir la cubana—, ha pecado quizás de excesiva tendencia a la centralización, aunque se han creado en ciertos momentos formas de descentralización, pero pienso que siempre estuvimos un poco atrás en ese aspecto. Por ejemplo, las divisas en un momento dado se descentralizaron demasiado, pero no estoy muy segura de que se deban centralizar tanto como ahora y tengo en mente pequeños gastos para lo cotidiano. ¿Es que el modelo del socialismo que queremos exige algunas de esas centralizaciones? No. ¿Pero es posible, en las condiciones de Cuba hoy, hacerlo de otra manera? No es posible. Mi temor es que, habiéndose sobrepasado las condiciones que obligaron a ciertas centralizaciones, nos acomodemos a ellas.

Concepción Nieves Ayús: Las diferentes visiones sobre la propiedad social y el mercado en la etapa actual de reordenamiento socialista en esferas claves como la producción, distribución, comercialización y los servicios, transparentan la experiencia por la que transitamos en la década de los años 90, cuando tuvimos que adoptar un conjunto de medidas encaminadas a diversificar las formas de organización de la propiedad, incluyendo la de empresas mixtas, sociedades y asociaciones económicas con inversión extranjera. La diversidad que se introdujo en los años 1993-94 ha dado lugar a un proceso de acción y reacción en la sociedad cubana, cuyos fundamentos deben ser estudiados y analizados consecuentemente, en tanto se ha producido un replanteo en relación con el efecto de esas medidas. El tema de la propiedad es medular para la teoría y la práctica socialistas. Es imprescindible fortalecer la propiedad social. Hacer que resulte eficiente significa consolidar un sistema de relaciones diferente al capitalista, avanzar en la transición socialista. Sin embargo, hay acciones que no pueden hacerse reversibles de la noche a la mañana, hasta tanto no desparezcan las causas que le dieron origen, es decir, la propiedad cooperativa o la mixta podrán ser superadas solo en la medida en que agoten sus potencialidades de desarrollo. Es necesario sopesar todas las variables para redefinir el rumbo, aunque la estrategia esté clara.

Otro aspecto es la polémica en torno a la definición de propiedad social. Si nos atenemos a la letra del marxismo original, sabemos que esta no se identifica con propiedad estatal, aunque la incluye. Las experiencias del socialismo histórico demostraron los peligros de esos extravíos. La propiedad social se expresa especialmente en la socialización de los medios de producción, lo que ocurre de manera diferente en cada país, en dependencia de los niveles de partida de cada proceso, así como de las variables externas que pesan en la adopción de determinadas políticas. Por ejemplo, en Cuba la coyuntura histórica fue muy diferente a la que observamos hoy en otros procesos regionales —como es el caso de Venezuela. Sin embargo, tampoco para Cuba la propiedad estatal tiene que ser la única forma de expresión de la propiedad social. Durante el Período especial fue necesario acudir a la creatividad de las masas a fin de encontrar fórmulas de asociación para responder a problemas concretos. Es posible encauzar una política de autogestión y autodirección social consistente con el proceso de construcción socialista. Hay que tener en cuenta las condiciones por las que transitamos, aunque uno no puede obviar la importancia de utilizar los medios apropiados para alcanzar un determinado propósito. Construir una sociedad diferente a la capitalista requiere atender cuestiones como la igualdad, la justicia y la libertad. Es necesario que en lo político y lo social, pero también en lo económico, el obrero se sienta dueño. Como decía el Che, tenemos que construir la base material, pero sin descuidar la formación del hombre nuevo. Para lograrlo, se requiere trabajar paralela y gradualmente en ambas direcciones.

Aunque no soy economista ni experta en el tema, considero que el mercado no puede ser una entidad situada por encima de la sociedad, ni debemos absolutizar sus funciones. La posición extrema de excluir al Estado, variable importante en el proceso de construcción socialista, como mecanismo de regulación del mercado, no es viable. Tenemos que convivir con el mercado, no solo como una necesidad de nuestra economía interna, sino porque estamos insertos en el contexto del mercado internacional. Se requiere garantizar la suficiencia para el mercado interno en términos de producción, y para conectar ese abastecimiento y esa producción internacionalmente. Pero en nuestra sociedad los mecanismos de regulación del mercado no pueden ser los mismos que en el capitalismo. Hablando de transición socialista, no debe olvidarse que en este período las cosas no son puramente socialistas ni puramente capitalistas, pues estamos transitando de una forma de construcción a otra, y el mercado es una variable que se va a mantener a todo lo largo del proceso. No se trata de poner la sociedad en función del mercado, sino al revés. Hay un conjunto de variables asociadas a ese mercado que necesitan ser rearticuladas, repensadas, y desarrolladas consecuentemente. No solamente tenemos que considerar el mercado desde el punto de vista del movimiento de las mercancías, sino de la política de empleo y de otros muchos factores.

Fernando Rojas Gutiérrez: Ese es un asunto no resuelto. Los bolcheviques le dedicaron un congreso del partido casi íntegramente —en un momento en que no existía todavía el estalinismo— al tema del mercado. Después de que se canceló la relación solidaria con los países del llamado campo socialista y, esencialmente, con la Unión Soviética, en Cuba nos hemos movido hacia el mercado, entendiendo, por un lado, que es imprescindible y obligatorio para fomentar el desarrollo; y, por otro, que por su propia naturaleza y su asociación congénita con el capital, puede resultar dañino a los fundamentos conceptuales y las esencias ideológicas de la revolución y del socialismo. Se ha usado la frase «no nos ha quedado más remedio…». Esta refleja una contradicción —entre esa necesidad u obligatoriedad, y al mismo tiempo, los perjuicios que puede provocar la relación con el mercado—, todavía no resuelta en el plano de la teoría, ni en el de la política. Aún no podemos prescindir del mercado y, sin embargo, tenemos conciencia de sus perjuicios. Habría que desarrollar esa conciencia de la manera más beneficiosa, porque una demonización al extremo conduciría a prescindir de elementos que pueden sernos útiles, y a lo mejor incluso hasta imprescindibles, en la conducción y el desarrollo de la economía. Los bolcheviques empezaron a resolver esa contradicción introduciendo un término que en la teoría económica nuestra no se ha usado suficientemente: la «acumulación». Eugenio Preobayenski empezó a hablar de la acumulación primitiva socialista —evocando la capitalista—, es decir, reforzando la idea de la presencia instrumental de determinados elementos del capitalismo en la economía, con el objetivo de la acumulación. Me pregunto si no es posible hablar de una acumulación de capital para el desarrollo, a tenor de la introducción de elementos de mercado en los últimos quince años, como lo hizo la economía política del socialismo en aquellos primeros años de la revolución rusa.

En cuanto a las formas de propiedad ocurre igual. Lenin no identificaba la propiedad estatal como la única manera de avanzar hacia el socialismo; de hecho, cuando propone lo que los estalinistas llamaron después el «plan cooperativo leninista» —que les sirvió para decretar la colectivización forzosa de las tierras del campesinado—, él comenta estas ideas como Arquímedes cuando comenzó a gritar «¡eureka!», en el sentido de que, al fin, habían encontrado la manera de combinar el interés individual y el colectivo en la construcción del socialismo, mediante las cooperativas. Se puede llegar a la propiedad social —que no es lo mismo que propiedad estatal, dice Lenin claramente en sus últimos textos— a través de la libre cooperativización de los pequeños productores. En el marxismo de inspiración leninista no hay una apuesta íntegra y exclusiva por la propiedad estatal como antecesora de la propiedad social —aunque la estatal es también antecesora de la propiedad social, cosa que no entienden quienes la desprecian absolutamente.

En este tema no ha existido tampoco entre nosotros la suficiente claridad acerca de cuál es el alcance de la propiedad de tendencia socialista no estatal. Comprendo también que la manera en que se manejó la fundación de cooperativas en Europa del Este, durante la etapa de desintegración de aquella experiencia, no tiene que ver para nada con la de inspiración leninista, y puede inducir preocupación entre nosotros. Hubo discusiones muy saludables auspiciadas por el llamado Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas.

En general, acerca del mercado y la propiedad es necesario sentarse a reflexionar más. Es necesario contar con más recursos de capital, y no solo de capital humano. Y la revolución tiene que proponerse esa meta, conservando lo que Lenin llamaba «las alturas de mando». Hay que hacer concesiones, si es necesario, para procurar acumular capital. Las críticas a la Nueva Política Económica (NEP) —algunas muy respetables, porque advierten los peligros, como por ejemplo, autorizar el empleo de fuerza de trabajo asalariada, o el arriendo ilimitado de la tierra a propietarios privados—, aunque desde la perspectiva de la crítica a los excesos son correctas, muchas veces olvidan que cuando se gestó aquella experiencia, trazada para un período relativamente largo, en el que se sostendrían determinados niveles de bienestar, justicia y equidad, se ponía el énfasis principal en la acumulación de capital como fuente para el desarrollo.

 


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