Cromitos soneros III: ¿Quién trajo el son a La Habana?
Cromitos soneros II: Rajando la leña está(n)
Cromitos soneros I: ¿Cuál fue (el) primero?
En su memorable novela Mi tío el empleado, el escritor cubano Ramón Meza describe un baile de danzones que ocurre a comienzos del año 1900 en uno de los grandes salones de la naciente “sacarocracia cubana” de comienzos del siglo XX, en la que una orquesta interpreta danzones y donde destaca el dúo de clarinetes que acompañan al protagonista en su afán de conquista.
El personaje principal de la novela en cuestión es un inmigrante español que sobrevive a diversos acontecimientos que ha vivido Cuba como nación en los últimos veinte años y que en su avidez por ser reconocido más de allá de un inmigrante –se quiere aplatanar por completo—, derrocha todo su amor y fortuna intentado convertirse en un “empleado famoso” y formar una familia criolla; y ese baile de danzones es su gran oportunidad.
El dúo de clarinete al que hace referencia el escritor era el formado por José Urfé y “Cheo” Belén Puig, que integraban en ese entonces la orquesta del pianista Enrique Peña, fundada en el año 1902 y que llegó a ser una de las mejores danzoneras de su época junto a la orquesta Cervantes donde ejecutaba el piano Antonio María Romeu, el primer pianista danzonero de la historia.
Es en estos primeros años del naciente siglo XX que se comienza a hablar y a conocer en La Habana, ciudad capital de la Isla, la existencia del son oriental y de su instrumento base: el tres. Son los años en que la sociedad musical cubana se codea ampliamente con círculos de escritores, periodista y diletantes en los cafés de moda para vivir sus tertulias y descubrir a los juglares del momento, donde comienza a destacar un señor llamado Sindo Garay. Entre todos estos lugares será el café Vista Alegre, situado en el cruce de las avenidas de Belascoaín y San Lázaro, el más concurrido y famoso del momento y sobre el que se habrán de tejer muchas de las leyendas sociales y culturales del primer cuarto de este siglo que recién comienza.
Enrique Peña y algunos de sus músicos eran parroquianos fijos en el Vista Alegre, y uno de esos músicos era José Urfé, que vivía entonces en el barrio de San Leopoldo colindante con el conocido café y que casi siempre se hacía acompañar por su compadre Cheo Belén Puig.
Cuenta la leyenda que en una de sus mesas escribió sus dos danzones más famosos y conocidos: El bombín de Barreto y Fefita. Pero lo importante de esta historia no es haber compuesto estos dos danzones en una mesa de este lugar, sino el hecho de lo que los mismos implicaron para el danzón y el desarrollo de la música cubana en general: El bombín de Barreto (el primero de ellos en ser entrenado) fue el primer danzón que incluye en su parte final un montuno sonero. Así como le digo, un montuno sonero al estilo de estos tiempos en que el montuno gravitaba en el tres como instrumento, un montuno sonero oriental primitivo si se quiere, solo que pensado para un grupo mayor de instrumentos.
Desde aquel baile el danzón fue otro y el son –desde el figurado y rayado de sus ejecutantes— se anotaba un nuevo punto en el gusto social, al menos desde la perspectiva de una sociedad marcada por elementos clasistas a la hora del consumo de música. Un consumo en que el danzón era parte de un universo musical en el cual predominaba fundamentalmente el vals vienés y en el que el ritmo nacido en Matanzas en un baile de “arroz con frijoles” era el primo pobre de este consumo.
El hecho de que El bombín de Barreto fuera el primer danzón “soneao” no implicó un reconocimiento inmediato del son como género musical, ni abrió las puertas del mundo profesional a los ejecutantes de esta música de inmediato más allá de sus “peñas” en solares y bares del puerto, también llamados de mala muerte.
El son, durante los primeros veinte años de este comienzo de siglo, siguió siendo marginado y considerado música de “negros de orilla venidos de oriente” que habitaban en solares; mientras que el tres es considerado un instrumento menor, incluso por algunos importantes compositores y músicos importantes de esos años.
Solo que nadie pudo prever su impacto positivo a nivel de bailadores ajenos a las sociedades de recreo de la burguesía cubana y otras clases pudientes. Un impacto que se extendió y aquella forma de terminar los danzones se amplió a todas las orquestas del momento; tanto que una vez que Antonio María Romeu funda su orquesta en el año 1910 –el mismo en que se estrena y se baila El Bombín de Barreto— incorpora como una parte importante de sus improvisaciones motivos soneros. Los mismos motivos que había escuchado una y otra vez sentado en su habitual mesa del café Vista Alegre donde prodigaba su atención a muchos de aquellos músicos errantes que se esforzaban por hacer que los habaneros conocieran el son y sus elementos.
Será con el danzón Tres lindas cubanas, compuesto por Romeu, que ese género ingrese de forma permanente el “coro sonero”; primero cantado por el piano de su autor y posteriormente con la incorporación de la voz de Pablo Quevedo.
Y es que el nacimiento del danzón cantado es el primer paso de una complicidad entre dos formas de hacer la música en Cuba. El son llegaría a los salones de baile a principios de la década siguiente con el nacimiento de los sextetos y serán los negros y las clases bajas sus primeros consumidores; pero en ese proceso de asimilación, más allá del hombre común, será el danzón quien primero otorgue patente de corso social a esta música en los grandes salones de entonces.

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