Cromitos soneros VII: Bardo… que te mueva mi dolor…


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Ignacio Piñeiro logró el que se podía considerar su primer gran sueño en su carrera musical. El niño que había nacido en La Habana de Intramuros a fines del siglo XIX; que había sido abandonado por su padre (hombre blanco asturiano); que recorría las calles del barrio de La Victoria descubriendo, asimilando y viviendo el ambiente de la rumba, de las religiones afrocubanas de las que se volvió practicante activo; ahora se había convertido en toda una figura importante de la música cubana de fines de los años veinte, en el mismo momento que fundó su Septeto al que llamó El Nacional, con su correspondiente estandarte. Como debía ser en ese entonces.

El Nacional fue el primer Septeto conocido. Su aparición modificó el ambiente sonero de la época, sobre todo en el occidente del país y fundamentalmente en la capital. Pero no se trató solamente de tener siete integrantes, fue el punto de giro que provocó, a nivel de expansión sonora del son como género, ampliar y complejizar su sonido. Y algo que se descubrirá después: un acercamiento primigenio al jazz en el modo de ejecutar la trompeta Lázaro “El Pecoso” Herrera.

Sin embargo, el aporte más importante de Piñeiro al futuro de la música popular bailable cubana –que ocurre desde el son— es la introducción de la clave abakúa como guía y/o marcha musical. Y junto con esta clave, que difiere de la rumba como complejo, están los constantes guiños al sonido de algunos de los tambores sagrados que definen ritualmente esa sociedad de socorro surgida para la protección del hombre negro en la segunda mitad del siglo XIX en La Habana y de la que Piñeiro era miembro.

El repertorio del Septeto Nacional, que fuera definido en su primera etapa por la creatividad de Ignacio Piñeiro, partió de su capacidad para reflejar en constantes crónicas el entorno circundante con sus personajes pintorescos como las butifarras del Congo en Échale Salsita o la visión acerca del respeto a las religiones afrocubanas, en especial la santería al contar “la historia de Mayeya”.

Literariamente, las composiciones de Piñeiro que interpretaba el Septeto tenían una fuerte carga poética y en ello estaba la impronta del ambiente cultural de la época en el que el uso de imágenes de fuerte carga simbólica –unas veces rebuscadas— eran determinantes en la comunicación social de entonces; y eso se reflejaba en el trabajo de muchos compositores de la época (ejemplo de ellos son Las perlas de tú boca de Eusebio Delfín, La tarde de Sindo Garay, Longina de Manuel Corona, Rosina y Virginia de Rosendo Ruíz el padre y otros tantos temas famosos en aquellos años fundacionales de géneros como el bolero). Todos ellos vinculados, de una forma u otra, a la trova como forma de expresión.

La procedencia y pertenencia al entorno rumbero también se hace presente en muchas de las composiciones del Septeto Nacional; y esa presencia de la rumba también será una de sus grandes trasgresiones: mezclar dos géneros musicales sobre los que existía ojeriza social en ese entonces. Eran músicas de negros, de desclasados, de marginales. Solo que Piñeiro les dio un nuevo ropaje, lo que permitió que entraran por la puerta ancha del consumo en aquellos tiempos.

Pero el gran acto de desobediencia religioso y a su vez de alto impacto socio-cultural fue crear un tema para que María Teresa Vera lo cantara teniendo como trasfondo sonoro la música abakúa: En la alta sociedad. Para muchos “ecobios” del músico fue un sacrilegio doble: hacer público toques y nombres de instrumentos sagrados y, peor aún, que una mujer cantara y utilizara palabras sagradas… Sobre Piñeiro cayeron algunas maldiciones, rechazos y hasta castigos. Para la cultura cubana en general fue un gran salto cualitativo en todos los sentidos, sobre todo cuando el abakúa era marginado y perseguido ferozmente por quienes negaban la impronta africana en nuestra cultura y vida cotidiana.

Solo que a estas alturas de la historia del son y de la música cubana de los años veinte, el son estaba definiendo su camino urbano desde una perspectiva distinta a la oriental. Estaba naciendo el “son habanero” con todo su arsenal de matices creativos y se estaba expandiendo más allá de los barrios, emisoras de radio y salones de bailes habaneros. Y esa expansión estaba llegando al mundo de la mano del Septeto Nacional; y esa expansión, ese primer paso hacia una universalización de un género musical, obra del talento de hombres negros, era resultado del talento de Ignacio Piñeiro.

De ello daría fe el compositor George Greenwich cuando tomó en préstamo pasajes de uno de sus temas para componer su Obertura cubana.

En un barrio habanero, un joven llamado Mario Bauzá, observaba estos acontecimientos y se nutría de sones, rumbas y algo del incipiente jazz que se hacía en ese momento en Cuba.

 

 

 


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