Cromitos soneros VI: Y se hizo poesía y mucho más


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Sexteto de Ignacio Piñeiro

Cromitos soneros V: Y ahora son seis…

Cromitos soneros IV: y tiene un socio… o encontrando cómplices

Cromitos soneros III: ¿Quién trajo el son a La Habana?

Cromitos soneros II: Rajando la leña está(n)

Cromitos soneros I: ¿Cuál fue (el) primero?

En este asunto de ser seis para interpretar el son, en los años veinte, no solo destaca el Sexteto Habanero; existen otros importantes como el Boloña, Los Naranjos en la ciudad de Cienfuegos y el Occidental que fuera fundado por María Teresa Vera y que tuvo entre sus integrantes nada más y nada menos que a Ignacio Piñeiro ejecutando el bajo.

Esta explosión de este nuevo formato para hacer son que comenzaba a estar de moda en casi todos los estratos sociales de la nación y especialmente en la capital, había llamado la atención de las empresas discográficas norteamericanas de ese entonces que, habían capitalizado, desde la década anterior, todo lo referente a la grabación, comercialización y difusión de la música cubana y; según se ha contado más de una vez, esa fue una de las causas del surgimiento del Sexteto Occidente.

Valdría la pena preguntarse si realmente María Teresa Vera necesitaba un sexteto de son para impulsar su carrera o si fue una pensada maniobra comercial de “la dama de la trova”, como ya comenzaba a ser llamada. La respuesta, que despejará toda especulación histórica, queda en suspenso.

El Sexteto Occidente, como habría de ocurrir en el futuro con otras tantas agrupaciones de distinto formato en la música cubana, tendría vida efímera. Sin embargo, sería el motor impulsor para que Ignacio Piñeiro –a pesar de sus limitaciones técnicas— se consolidara como ejecutante del bajo y demostrara que es un instrumento de mayores posibilidades sonoras para ejecutar el son. Del mismo modo que concibió y le permitió dar el salto para “tener su propio sexteto” que habría de fundar a fines del año 1927 y que debutara primero en el mundo discográfico de entonces que ante el público de entonces.

Y aquí ocurre un fenómeno interesante. Mientras la casi totalidad de los sextetos de esos años utilizaban la botija primero y la marímbula para ejecutar los sones, Piñeiro apuesta por el bajo para dar al son una sonoridad más audaz –no es el término más adecuado, pero se ajusta a la época—, lo que amplía el diapasón musical del momento. Sin proponérselo, ese será el primer aporta de este músico a un género que estaba en plena expansión social y que ya había demostrado su ductilidad.

Innegablemente la primera fuente de la que bebieron los sextetos soneros en materia de texto, fue de los trovadores que se habían asentado en la capital en la que muchos de ellos “se posaban para cantar y pasar el cepillo” y de su relación con los poetas que se reunían en los cafés de la ciudad en largas tertulias; aunque otra fuente de inspiración la aportaban las páginas de eventos sociales de los periódicos de la época, en especial El diario de la Marina que era el más leído y popular del país. Ese caudal también era enriquecido por las vivencias diarias de estos hombres y sus conocidos.

Se podía ser un hombre sin gran instrucción, pero se debía escribir bonito y se podía usar palabras rebuscadas, altisonantes. Ese lenguaje era garantía de aceptación en determinados estratos sociales donde ciertas palabras de uso cotidiano podían ser un freno a la hora de un posible contrato, sobre todo cuando eran las señoras y las señoritas de sociedad las que organizaban fiestas y bailes de alto impacto social.

Curiosamente el uso de ese tipo de lenguaje, de esas imágenes, eran parte importante del “tropos comunicacional” de los trovadores y se estaban extendiendo a los primeros formatos soneros.

En otra zona de la cultura cubana de ese momento estaban los Coros de Clave y Rumba –ya en decadencia para esta fecha— que acusaban empastes de voces y textos de corte patriótico y bucólico en lo fundamental y en cuyas presentaciones se podía encontrar a un trovador interesado en que se versionara alguno de sus temas o que fuera parte de los mismos; como hubo de ocurrir con Ignacio Piñeiro, Alberto Villalón y otros tantos.

Y como cierre de esta profusa época de la Cuba que comienza el siglo XX, estaba la impronta africana que, aunque marginada, siempre era aceptada "sotto voce" por “la alta sociedad” como una vía de escape para darse “el correspondiente baño de pueblo o buscar un aliciente espiritual (a escondidas por supuesto) ante las realidades personales, económicas y sociales”. La santería, el palo y los ritos abakúa también formaban parte del entramado musical que convivía entre leyendas y mitos; lo que no le exoneraba de los juicios discriminatorios y excluyentes desde la mirada cultural de la época.

Solo que para el año 1927 ya la voz de Fernando Ortiz, de los miembros del Grupo Minorista de La Habana, y los Motivos de Son de Nicolás Guillén, habían abierto una gran brecha en la estructura social, cuando de mirar al hombre negro cubano y su cultura vinculada al África se trataba.

Había también otros elementos importantes como la proliferación de la radio que fagocitaba música constantemente, el auge de las sociedades de recreo para negros –también llamadas para “gente de color”— y una fuerte presencia de música norteamericana en diversos salones, en especial en el Roof Garden del hotel Sevilla-Biltmore; que motivaba la existencia de la jazz band para ejecutar aquellos ritmos de moda y que comenzaba a involucrar a músicos cubanos, más allá de simples ejecutantes de instrumentos, como es el caso del joven Armando Romeu que funda la orquesta Bellamar. Y como colofón, si se acepta el término, está la creciente demanda de ritmos cubanos en una Europa de la post guerra que vive desenfrenadamente un revivir económico.

Ignacio Piñeiro, hombre negro, amante de la rumba y miembro destacado de los coros de clave, jurado en la potencia abakúa Efori Nkomón y capaz de tocar el bajo, no lo pensó dos veces, y tras regresar de grabar su primer disco con su sexteto, apostó todas sus bazas a incluir una trompeta en su formación para darle más carácter a esos sones, boleros, criollas, caprichos y canciones al estilo trovadoresco, que estaban en su cabeza. Las mismas que en el futuro le harían famoso.

El sonido de la trompeta sería determinante en su sueño, solo que el trompetista que convocó, el hombre con el que definiría el Septeto sonero, provenía del jazz… ahora solo faltaba la poesía y esa era la siguiente tarea…

(Continuará…)

 


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