El largo siglo XX en la pluma de Oscar Zanetti Lecuona


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Aunque el título del libro y la especialidad del autor son excluyentes de las centurias coloniales, no deja de ser un monográfico abarcador de la historia de Cuba. De esta forma, Cuba: El largo siglo XX, editado por el Archivo General de la Nación de Santo Domingo, República Dominicana, en 2021, bien puede integrarse a la lista, no muy abundante, por cierto, de los monográficos sobre el pasado de la mayor de las Antillas dirigidos a los docentes, educandos y público en general interesados en el fascinante mundo del conocimiento histórico.

Zanetti, ampliamente conocido en los predios intelectuales cubanos y extranjeros, rompe con el formato y la escritura tradicionales para este tipo de literatura, en tanto su estilo, ameno y coloquial, interpreta los complejos procesos socioeconómicos y culturales desde la perspectiva de quien los ha estudiado con rigurosidad manejando un vasto referente teórico y conceptual —carente de ataduras manualistas— que bien puede utilizarse como parte del contenido de los diferentes temas abordados por el autor. Su lectura, más cercana a la ensayística que a los géneros de corte histórico tradicional, posibilita el entendimiento de lo mucho que aún deben investigarse los períodos, el republicano burgués neocolonial, que marcó la contemporaneidad de la sociedad cubana, y el de la Revolución en el poder, en el que se vive construyendo un país de nuevo tipo.

Ciertamente, aunque hay algunos ignorantes y extremistas que descalifican a la república anterior a 1959, fue ella quien nos ha hecho comprender los horizontes del estado-nación con sus virtudes y defectos y, sobre todo, a valorar la sucesión de una realidad cargada de contradicciones y desatinos gubernamentales, gestora de emprendimientos sociopolíticos y culturales que permitieron las iluminarias del 59. Sin esa república no hubiese existido posibilidad alguna para la concreción del proceso revolucionario actual. No se trata de validar o reprobar su existencia, sino de entender sus intimidades y comportamientos como realidad histórica en sí, portadora de una imprescindible experiencia que devela la sociedad capitalista en su variante neocolonial cuyas repercusiones en el andar cubano actual se hace, quiérase o no, latente en las formas de vivir de muchos de nosotros. A fin de cuentas, la cultura de los hábitos y las costumbres, de las añoranzas y los recuerdos no desaparece, por muy radicales que sean los cambios estructurales de carácter socioeconómico.

El proceso revolucionario actual no se gestó solamente en la cabeza de unos cuantos, entiéndase el liderazgo y sus seguidores, sino también en las múltiples realidades características de un régimen social presente en el país antillano desde los finales decimonónicos hasta las mediadas décadas del siglo XX, sin negar, como suele suceder en fenómenos similares, su ostensible visibilidad cultural en los tiempos actuales.

Negar los valores éticos y las realizaciones sociales de la república neocolonial no solo es sobredimensionar sus defectos e imperfecciones, sino también descalificar a sus opositores y a quienes trataron, por diferentes vías y métodos, de reformular su existencia para beneficio de los que tenían en ella su único horizonte de vida.

La Revolución Cubana no es solo ruptura con el viejo orden sociopolítico, también es continuidad de los valores ideoculturales acumulados durante varios siglos de duro batallar por el triunfo de la independencia, la soberanía y, por supuesto, la justicia social para beneficio de las mayorías poblacionales. Develar el pasado neocolonial no implica la emersión pública de una actitud apologética hacia el sistema capitalista —como opinan algunos díscolos extremistas—, sino hacer justicia a la memoria y a la ciencia que la estudia con sentido crítico.

Sobre este particular, debe reflexionarse en torno a las causas de que existan criterios, en no pocos sectores sociales, sobre la superioridad del viejo sistema capitalista neocolonial sobre el nuestro. Los argumentos son los relativos a la abundancia de bienes de consumo y del transporte privado y público, y las posibilidades de viajar al extranjero, entre otros, desconociéndose la realidad concreta de la sociedad profunda, entendida en su dimensión moral, bien ejemplificada con las discriminaciones de todo tipo, las desigualdades, el desempleo, la represión, el desgobierno, entre otras iniquidades promotoras de la conciencia crítica y del accionar opositor contra un orden con fachada democrática.

Pero, ciertamente, la república burguesa constituyó un gran avance con respecto al oneroso dominio colonial español. Hubo un sistema político parlamentario, elecciones presidenciales, sociabilidad y asociacionismos independientes, constituciones jurídicas y, por intervalos, libertad de prensa, y nuestra bandera de la estrella solitaria ondeaba libremente en las plazas, instituciones y parques del país. El Estado-nación surgió en 1902 y perdura hasta nuestros días.

Su estudio ha motivado a no pocos especialistas de la historia, la literatura, el arte y la política, entre otros saberes, con el marcado objetivo de develar su herencia en beneficio del enriquecimiento cultural de los horizontes actuales.

En la esfera historiográfica, la mayoría de sus cultivadores ha enfatizado en la esfera política y. en menor medida, en la económica. Sobre esta última, Julio Le Riverend, Oscar Zanetti y Alejandro García han creado notables referentes académicos. Sobre la primera de las vertientes mencionadas, el énfasis ha estado en los movimientos políticos, entre ellos el quehacer partidista electoral, las organizaciones opositoras y sus líderes, el asociacionismo elitista y popular, las luchas multitudinarias, el reformismo burgués, las políticas gubernamentales, las relaciones internacionales, fundamentalmente con Estados Unidos, el antimperialismo como ideología, acción y liderazgo, entre otras cuestiones caracterizadoras del régimen político.

Pese al cúmulo de asuntos investigados, el debate sobre estos resulta menor que el desarrollado en relación a la colonia. Tal vez las causas de semejante disparidad estén en la escasez de fuentes desclasificadas, la cercanía temporal y la ausencia de una cultura epistemológica sobre tan complejo sistema social. A lo que debe sumarse la carga ideopolítica de los enfoques actuales, desde los medios oficiales, que, lamentablemente, lastra la emersión de conocimientos y análisis desprovistos de prejuicios y objetividad.

Mucho de lo anteriormente expresado está presente en la obra de Oscar Zanetti, que en estas líneas pretendo reseñar.

El libro en cuestión comienza con un pequeño capítulo referido al siglo XIX, tal vez con el propósito de esbozar los antecedentes del XX, al menos en las coordenadas principales, que posibilitaron el cambio o la ruptura hacia la centuria posterior. Lo relevante, en este sentido, es que Zanetti se apoya en una amplia historiografía nacional y foránea —la que se reitera en todo el texto—, cuestión que, por su uso e interpretación ubica al autor como sistematizador de conocimientos, incluyendo, en el área correspondiente a la república, su presencia como imprescindible estudioso. Hago notar esto porque hubiese deseado conocer su crítica a la historiografía que le sirvió de base para crear el libro, experiencia que ha tenido con otros títulos suyos. Semejante labor hubiese facilitado al lector percibir su sentido o razones de elección, y también ayudado a comprender sus tesis desde el ángulo de lo desconocido o mal abordado por otros autores. A veces, el conocimiento de las ausencias, o de lo contrario, enriquece el conocimiento.

Zanetti elaboró una narración coherente e integral. Economía, sociedad, política y cultura conforman su texto, facilitando la comprensión de los procesos que les son inherentes; sin embargo, su periodización es de corte tradicional. Confieso que esperaba que otros aportes metodológicos—introducir sus elementos caracterizadores— fuesen las premisas de su investigación. No obstante, el lector, gracias al libro, tiene un referente, sobre este particular.

Ahondando más en lo expresado, es de felicitar a Zanetti por mostrar, analíticamente, las diferentes áreas de la sociedad neocolonial y la de 1959 en adelante. Este tipo de narrativa contribuye al entendimiento de que el sistema que avala al orden jurídico es polisémico, como las conductas humanas, y que su sustentación depende de la multiplicidad de acciones, muchas de ellas creadoras de la renovación social.

Ciertamente, el lector aprehenderá mucho de un pasado que camina en el presente no por la cercanía en el tiempo, sino por su herencia cultural. Sobre este particular debe subrayarse que el autor apostó más por la historia de la cultura que por la cultural, aunque ofrece algunos elementos, nada desdeñables, sobre el modo de vida y las costumbres. En ese sentido, debe agradecerse la presencia de la literatura, el arte y la ciencia como elementos relevantes tanto en la sociedad neocolonial como en la Revolución en el poder, aunque la historiografía, como creación en sí, no ocupa un papel relevante en su narración. Debe destacarse la ausencia en el texto de las publicaciones del grupo de Estudios Culturales, auspiciado por el Instituto de Historia de Cuba, las cuales constituyen un paso de avance en la concepción de una historiografía de nuevo tipo, al decir de sus lectores y comentaristas.

Uno de los mayores logros del libro es su enfoque crítico sobre el proceso revolucionario actual. Cuestión casi inédita, en el campo historiográfico, por parte de quienes están identificados con sus ideales y propósitos. No se trata solo de destacar los aciertos y desaciertos, los errores y rectificaciones, sino de explicar, al estilo sabio e inteligente de Zanetti, sus causas así como la complejidad del contexto en que estos se produjeron.

El autor explica, al exponer la Revolución en el poder, el papel del liderazgo, fundamentalmente el de Fidel Castro —a quien menciona indistintamente como Fidel o Castro—también el de sus sucesores, así como el rol de cada quien en los diferentes momentos de la misma. Aspecto acertadamente tratado, de forma justa, equitativa y sin los acostumbrados enfoques apologéticos presentes en otras publicaciones sobre el tema. Sin embargo, hay una cuestión a señalarse y es el papel de las masas, tanto las de la república neocolonial como las actuales, tema en el que el autor no profundiza lo suficiente, si se tiene en cuenta el papel determinante de estas  en los procesos de continuidad y ruptura, y en la conformación de políticas tendentes a la consolidación de ambos regímenes. Sabemos que existen numerosos estudios publicados sobre el tema, pero en una narración como la que hoy comento, el análisis del quehacer de los sectores populares debió tratarse con mayor fuerza y nitidez.

El libro de Zanetti merece respeto y agradecimiento no solo por quienes amamos la historia como ciencia, sino también por los que desean desarrollar la inteligencia y el buen saber a través de la lectura que incita a la renovación de las ideas.

 


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