Los cuentos sumamente jóvenes de Félix Pita Rodríguez


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El Instituto Cubano del Libro, en una feliz iniciativa, ha retomado, en una especie de “segunda época”, la colección Biblioteca del Pueblo, inaugurada ya hace algunas décadas por la Editorial Arte y Literatura, con títulos de autores extranjeros, según su perfil.  Ahora, en una primera serie de 70 libros, puestos a la venta en la 33 Feria Internacional del Libro en formato digital e impreso, la colección ha ampliado su espectro expandiéndose hacia otros públicos y áreas temáticas y geográficas, de ahí la inclusión de la serie infantojuvenil y de autores cubanos, entre ellos Félix Pita Rodríguez, revisitado por la Editorial Letras Cubanas.

A finales de la década del 60 de la era pasada, yo estudiaba en el preuniversitario Héroes de Yaguajay, de donde me gradué de bachiller y artillero. Al menos una vez por semana, iban escritores a nuestro taller literario, una experiencia nueva en el país, y allí lo mismo recibíamos a jóvenes estudiantes del último año de las escuelas de Periodismo y de Letras ya destacados en la literatura, como Eduardo Heras León y Denia García Ronda; que a escritores consagrados, como Eliseo Diego y Félix Pita Rodríguez ─de este último había leído muy poco, quizás los cuentos “Tobías” y “Cosme y Damián”, y alguna crónica periodística aparecida en Bohemia.

Por entonces, en el taller teníamos como autores paradigmáticos y de moda a los ganadores del Premio Casa de las Américas; de ahí mi estupor cuando Félix Pita criticó despiadadamente, pero con sólidos argumentos, a uno de los últimos galardonados; nos recomendó, en cambio, lecturas de poetas rebeldes como Mayakovski y Brecht, hoy apenas leídos, y de dos franceses “malditos”: Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud.

Además de los autores sugeridos, busqué en la biblioteca escolar del centro y en librerías libros del propio Pita, y la rebeldía de aquel escritor sesentón, todavía aventurero y bohemio cuando yo no tenía veinte, nos resultó tan atractiva en relación con otros visitantes aburridos y conservadores, que solicitamos de nuevo su presencia, con la condición de que hablara sobre su obra. Cuando volvió, nos contó de su etapa vanguardista con inclinación surrealista, de su estancia en París, de la influencia de François Villon, William Blake, André Breton… y de su comunicación con pintores como Picasso y Carlos Enríquez. Como vivíamos años en que se producía el último Apocalipsis de la modernidad con el genocidio yanqui en Vietnam, para Félix había que releer la poesía de Paul Èluard y Pablo Neruda.

Una vez liquidada la herencia neorromántica del siglo xix y la posmodernista de la centuria siguiente, el cuento cubano dejaba atrás al españolismo literario, especialmente en su renovación a partir de 1923. Se recibían los vanguardismos culturales de Francia, y la primera obra narrativa de Félix Pita, como la de Alejo Carpentier, se inició bajo esos influjos. Su vida juvenil de trashumancia y aventuras lo llevó a viajar a México y Guatemala; según se cuenta, trabajó como “ayudante de un vendedor de bisuterías y tónicos milagrosos”. En 1929 fue a España y allí compartió activamente los ideales republicanos y se relacionó con algunos miembros de las generaciones literarias del 98 y del 27.

Su trayectoria como narrador se amalgama con la de periodista, y algunos académicos o estudiosos de la literatura en Cuba nunca pudieron clasificarlo temáticamente. No se podía decir que fuera un representante típico del “realismo rural imaginativo”, ni del “realismo urbano”; tampoco del llamado “realismo metafísico”, ni del “mitopoético”. En su obra había de todo esto y más, y como no pudieron encasillarlo, se olvidaron de él. En sus cuentos se anunciaba el desastre espiritual de la modernidad antes de que se constatara en la realidad, finalizada la Segunda Guerra Mundial.   

La antología que nos presenta ahora la Editorial Letras Cubanas, con selección y prólogo de quien fue el último gran amor del escritor, Ángela de Melo, es un libro nuevo, a pesar de que casi todo está publicado. Hay diferencias entre el escritor y su escritura, pero a veces la comunión es tan íntima, que resulta difícil distinguir entre uno y otra. En este caso, las etapas de la vida de Félix son las de su literatura; vida y obra están fundidas y confundidas. Fue un soñador que soñaba con palabras que estaba viviendo.

Teniendo en cuenta esta singular fusión entre autobiografía y escritura, los cercos que “infelizmente” han clasificado su obra, lo han sesgado a él también. No se ha estudiado de manera integral, sino partiendo de una clasificación preestablecida, necesaria, no lo dudo, para trabajos académicos generalizadores. También se ha pretendido ubicarlo, de manera inoperante, en una estratificación genérica heredera de Aristóteles. Hay otro sesgo, el estilístico: dentro de la vanguardia o dentro del conversacionalismo, y otro más: el ideológico, porque el autor es apasionadamente parcial con sus rupturas, pero por cuenta propia, como ha sido su obra. Sus vivencias andariegas por América y Europa se reflejan en su narrativa, que es también crónica vivida o reportaje periodístico, prosa poética, reseña histórico-cultural, testimonio ficcional, indagación, esbozo, investigación, duda, reflexión, impresiones, apuntes, ocurrencias, curiosidades… un periodismo impresionista convertido en literatura fantástica, o de fantasía, o fantasmagórica.

Uno de los tópicos que sintetiza la prologuista es su humanismo. Tal vez a quien no lo conoció le cueste más comprenderlo; se compraba enemigos al por mayor por su sinceridad, la mayoría de las veces gratuita. Félix asimiló la tensión surrealista en su obra y liberó el espíritu artístico de sus emociones hacia una aventura de la imaginación. Y aunque manejó la ironía en su literatura de manera magistral, podía ser más directo que una bala en la vida. Su escritura llamó la atención de personalidades muy diferentes que no lo conocían, y tuvo poca suerte con quienes lo conocieron, quizás temerosos de su audacia, una cualidad no muy abundante en nuestra literatura, y menos en la crítica.

Más que rupturas, hubo rupturas de las rupturas; sin embargo, existe una forma menos estudiada de honrar la tradición cultural cubana mediante rompimientos. He oído decir que sus muchos cambios no consolidaron un estilo; no obstante, para encontrar un estilo es necesario estudiar bien las primeras obras del escritor, pues muchas veces marcan un definitivo camino: Félix, a pesar de sus muy diversas incursiones, siempre regresó al lugar del origen. Por fin aparece una selección que lo demuestra y un prólogo que lo explicita.  

Toda antología o selección entraña riesgos; sin embargo, cuando existe organicidad y coherencia hasta el final, según los itinerarios del escritor en sus textos, uno siente que está releyendo una obra diferente, aun cuando no sea inédita. El propio autor se adhiere a la teoría de que los escritores y artistas son inconformes con el medio per se, de lo contrario no construirían otro mundo en sus textos, una tesis de rebeldía llevada al límite por no pocos existencialistas. Antes de la Revolución cubana, Félix vivió el período entre guerras en Europa, y más tarde, la guerra y la posguerra europea en Cuba; después de 1959, estuvo presente y activo bajo una de las tensiones más peligrosas de la historia contemporánea: la Crisis de Octubre, y posteriormente, en los mil y un avatares de la guerra irregular. Aun así, su literatura no giró alrededor de la guerra. Como refiere Ángela en el prólogo, su registro fundamental, especialmente en la narrativa, está permeado de atmósferas o ambientes. Su discurso bordeó por momentos el disparate como forma de diversión, a pesar de que en ocasiones renegó de él ante la tragedia humana. El humor se escapó alguna vez de la ironía, y en varias páginas el autor asumió lo trágico descarnadamente.

Otro aspecto que destaca Ángela es la capacidad de Pita Rodríguez para soñar y prolongar los deseos por encima de las realidades. Posiblemente una de las grandes motivaciones para elogiar a Marco Polo nació de su predilección por la aventura y el riesgo para descubrir lo desconocido y desentrañar sus misterios. A pesar de la experiencia acumulada, ninguna obra de Félix da consejos; no hay didactismos, no pretende enseñar, porque él mismo se consideraba un eterno aprendiz.

El cuasi decálogo del prólogo resume la mayoría de las características de la obra antologada. Destaca el uso de los mensajes indirectos para lectores avezados, cuyas descripciones y retratos consiguen ese objetivo sin que el destinatario se dé cuenta. Brilla su capacidad para mostrar lo esperpéntico o el cinismo, en fábulas de atmósfera mítica. Lo oscuro se oculta en la demasiada claridad. La falsedad y la hipocresía son flageladas irónicamente. El juego con la muerte y el desdoblamiento o convivencia con ella, como si llegara a ser nuestra sombra, constituyó una constante en su escritura, así como la vida después de la muerte, y la sátira permanente hacia a esa posibilidad.

Las noticias de la actualidad fueron tomadas y versionadas en una literariedad artística y fantástica, como en “El robo de la Venus”, con un método muy diferente al asumido, y es solo un ejemplo, por Alejo Carpentier en su brillante periodismo. También relató sucesos vividos personalmente, entre cambios de escenarios y extrañas situaciones, en una narración colmada de referencias cultas. Lo exótico comenzó a ser familiar, al igual que los escenarios inverosímiles y los personajes descolocados, las criaturas desgraciadas, los locos, los alucinados, los vagabundos y aventureros, los buscavidas y bandidos... Sus lecturas y su vida se amalgamaron en su narración con expresiones insólitas, asombros expresivos, sin estridencias lexicales ni barroquismos. Aunque a veces se asomó al costumbrismo, la estampa o la “tradición”, sale pronto de ellos con facilidad. Salta constantemente de países y de personajes paradigmáticos o apenas conocidos de diferentes literaturas, como si el planeta fuera un municipio. Coquetea con lo fantástico, pero vuelve a una realidad enmascarada. Prefiere las historias escondidas, subtextos con alguna fábula oculta: su iceberg es profundo. Lecturas y mitologías viven en su narración. A los personajes icónicos los desacraliza: los desnuda y los humaniza.

La selección de Cuentos escogidos comienza con obras aparecidas en la prensa antes de viajar el autor a Europa. Su escritura se transforma en diario, y, a veces, en crónica o reportaje. Nunca abandona el humor zumbón o socarrrón ─el Tenorio, muy representado en la época, fue objeto de burlas sucesivas─. Leer estos cuentos alegra el alma, y el universo se abre a la libertad, aun cuando trate tragedias y se focalice en un medio sin opciones, semejante a un testimonio del espacio rural, como en “Cosme y Damián”.

La picardía criolla y el diálogo ágil presentan generalmente los conflictos acercándose al melodrama. En sus cuentos marineros, como “El de Basora”, la trágica realidad transgrede las fronteras nacionales, y en los de la ciénaga, como  “La recompensa”, la microlocaliza. La combinación de monólogos y diálogos hace a su narrativa representable, según la intensidad que quiera expresar, y uno de sus valores es la ambigüedad artística. Los mismos personajes se hilan y continúan de un relato a otro, como capítulos de una novela, para expandir el ambiente creado. Ciertas expresiones entrañan una crítica afilada a calambucos de iglesia, mientras títulos como “Esta larga tarea de aprender a morir” revelan el enigma de la proximidad de la muerte.

La presencia silenciosa de la mitología en textos como “Iba parecido a la noche”, un verso de Homero también llevado a título por Carpentier, incorpora el ingrediente de leyenda universal. Hay una presunta investigación sobre el pintor Gianángelo Pienudi, para revelar la autenticidad de la pieza del siglo xvi La madona de la flor. Se incluyen acercamientos a la demonología con un sarcasmo delicioso, y fabulaciones de un astrónomo persa, Abdul-el-Ramán, “el más grande de los matemáticos de Basora”. Desapariciones o extravíos misteriosos como el de Ludovico Amaro en Siena, y apariciones insólitas “bien documentadas”, como la de Loyson Labiche, una mujer sin ombligo, dejan abiertos misterios insondables. Un prisionero injustamente castigado ingresó en la cárcel de Génova y terminó negándose a salir al ser probada su inocencia, porque aquel fue su espacio de libertad. Peripecias y aventuras salpicadas de realidades dudosas y fantasías posibles dentro de otros enigmas y arcanos de la Historia, conforman esta variada selección.

La lectura permite el hallazgo de expresiones memorables. En el barco en que el autor viajaba a España en 1929, dejó la melancolía atrás: “Creo haber descubierto, por propia experiencia, que la nostalgia se cura radicalmente con la carne con papas de a bordo”. Un actor de teatro ambulante develaba: “Era un pueblecito ínfimo. El nivel cultural de sus habitantes nos aseguraba la vida”. La voz de uno de sus personajes parecía la suya propia: “Yo hago lo que me da la gana, para estar de acuerdo con Dios”. Deslizaba, taimada, la crítica: “Mefistófeles dejó caer una sonrisilla de abogado. O de caballero de industria”. Se mofaba de la obediencia académica: “En lo más íntimo de mi cerebro, yo he dudado siempre de dos cosas: La existencia real del Congo Belga y la existencia de la Real Academia de la Lengua”. Sorprendía con frases como: “Se está muriendo mucha gente que nunca se había muerto…”, o “La cosa comenzó con el gato verde que echaba luz por los ojos”…  

Lo que algunos críticos han llamado “imán”, el feliz inicio de un texto que invita a seguir leyendo, constituye un atractivo singular en su literatura: “Tengo un amigo a quien corriendo por la vida se le extravió el nombre y ya no pudo encontrarlo jamás. En sustitución de él, se colgó de los hombros un epíteto sonoro como una clarinada: Capitán”. O un diálogo ejemplar en “El de Basora”: “─Tres metros, si acaso. / —Cuatro largos. / —No tienes idea… Cuatro metros cuadrados es un salón de baile. Y aquí, si levantas un poco el brazo para beber, le das a don Chucho con el codo en el bigote. /  —Don Chucho, traiga el metro. / —Te apuesto y medimos… / —¡Vayan a jeringar a otro…!”. La bibliografía en estas indagaciones ficcionales es memorable: “Tablas comparativas de la densidad, volumen y capacidad de desplazamiento entre ángeles y demonios menores”, y también, Disquisiciones sobre la exteriorización y los medios matemáticos para lograrlo”. El cuento “Ludovico Amaro, temponauta” cita la obra del astrónomo de Siena, una concepción nueva de “la mecánica celeste”, en 428 páginas de gran formato; allí se describe cómo se puede desaparecer al avanzar “como si estuviese trasponiendo una puerta y entrando en alguna parte”.   

Uno de mis últimos encuentros con Félix, y su inseparable Ángela, ocurrió en una Jornada de Cultura Manuel Navarro Luna en Manzanillo. A tales jornadas, dedicadas a una personalidad literaria y política como Navarro Luna, nunca faltaba el primer secretario del Partido del municipio; sin embargo, en la inauguración, en la que también participó el reconocido artista y escritor Julio Girona, no estuvo presente el funcionario, pues debía presidir una reunión, según nos informaron. Al día siguiente, el compañero nos invitó a un almuerzo, actividad recogida en el programa impreso; Félix me advirtió que no iría “por estar indispuesto”, y Ángela se quedaría para cuidarlo ─sospechosamente, Julito se había perdido. Me aparecí solo al almuerzo y disculpé, en especial a Félix, diciendo que se trataba de un hombre “sumamente viejo” y no siempre estaba en condiciones para asistir a todas las actividades programadas. No me di cuenta de que aquellas palabras se estaban grabando y se transmitieron por la radio. Al llegar al hotel, Félix, Ángela y Julito me estaban esperando para tomar ron y burlarse de mí. Cariñosamente, me insultó por aquello de “sumamente viejo”… Como podrán comprobar quienes ahora lean este libro, Félix fue un artista rebelde en la escritura y en la vida, y sus cuentos, como él, han sido y son “sumamente jóvenes”.

 

  


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