Refranes:
Dios le da barba al que no tiene quijada.
La mano alcanza más alto que la cabeza.
Todo lo tengo, todo me falta.
“Su suerte ha sido grande y buena, pero la humanidad le tiene puesto los ojos encima, envidiándole todo lo suyo. A usted se le ve desesperada y desea irse lejos de donde vive. Tiene que vivir organizado con las cosas del santo, de los espíritus, con el trabajo o negocio y con su hogar o relaciones amorosas, y si se desorganiza todo lo puede perder y verse en la miseria. Tenga calma y paciencia porque usted en un viaje que dará va a conocer a una persona de estimación que entrará en relaciones con usted; tiene que tratarla bien y sin falsedad porque de ahí dependerá su suerte futura”.
Todo esto le dijo María Muñeco, la santera del barrio, a Kachita Kambrona de las Mercedes el día que esta la fue a ver desesperada para conocer de su suerte y de su destino.
La pobre Kachita ya no podía seguir viviendo esa vida insegura y llena de incertidumbre en que se consumían los mejores años de su juventud. Hija de un militar infeliz, sin recursos para costear una mínima pieza donde poder vivir con su mujer y sus dos hijas, y de una madre que vivía de ilusiones y de fantasías, Kachita Kambrona, que no creía en nada ni en nadie, estaba dispuesta a rayarse en Palo si era necesario y por eso se fue a ver a la María Muñeco, quien también era palera. Pero la palera, a pesar de todo lo que le decía, no la convenció porque le dijo una cosa que a ella no le gustó. Le dijo que ella tenía que ir a ver a Santa Rita, la abogada de lo imposible, que estaba en una Iglesia cercana, y eso a ella no le gustó:“mira que hablarme de imposible, a mí, a Kachita Kambrona.”
Y fue así que Kachita se fue a consultar con un babalawo y el babalawo le dijo que ella había venido al mundo para gobernar, que lo que tenía era que tener paciencia y controlar su genio, que eso no lo decía él, lo decía Orula y que Orula le decía que riera y que cantara y que de las malas influencias se alejara; y Orula le dijo más, le dijo que tenía que consagrarse a Oshún y de esa forma tendría casa propia y que no podía seguir viviendo donde vivía, y que se sujetara la lengua y no hablara lo que no tenía que hablar, “y usted va a tener buena suerte y va a viajar y a encontrar la tranquilidad que tanto desea y, por favor, asiente su cabeza que la cabeza manda al cuerpo”.
Y entonces por fin Kachita escuchó los consejos que le dieron y no discutió más, porque ella siempre discutía por culpa de su abuela a quien ella adoraba y quien por ser confidente, todo el bajo mundo en el barrio la rechazaba. Y dejó de transitar por los lugares nocturnos que ella solía frecuentar y cogió Los Guerreros e hizo todo lo que le dijeron. Y fue así como Kachita Kambrona de las Mercedes el mismo día de su cumpleaños, por esas casualidades de la vida, se encontró nada menos que con un abogado senador norteamericano con quien logró casarse, “y que no me vengan con cuento que yo fui a la boda, y que no me vengan con cuento que Oyú Maní Wara (mi ojo lo vio).”
“Y hoy Kachita Kambrona vive feliz en la Gran Manzana y que no me vengan con cuento que Oyú Maní Wara (mi ojo lo vio).”

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